Sofía y Julius miraban la proyección en el cristal como si cada sacudida fuera un golpe directo contra la sala; la imagen vibraba con los terremotos que causaban los impactos en la llanura y el vidrio parecía resonar en sus manos. Sofía apretó los pu?os, la preocupación le marcaba la cara: veía a Jhon recibir y devolver golpes, medir tiempos, aguantar la presión, y no podía evitar temer por él. Julius permanecía más contenido, pero sus ojos no perdían detalle; cada explosión en la pantalla hacía que ambos sintieran el suelo del castillo vibrar bajo sus pies. Alan estaba junto al ser; observaban en silencio. Alan, con la voz baja, dijo lo que no se atrevía a decir en alto antes: no creí que mi padre pelearía tan bien, sabía que era luchador, pero no creí que le pudiera hacer frente a ese tipo. El ser lo miró con calma y respondió: aunque no lo creas, a Jhon aún le falta por mejorar. Alan se quedó sorprendido, sin apartar la vista de la proyección, buscando en cada movimiento de Jhon una lección, una pauta que pudiera explicar cómo su padre resistía ante Reen.
Mientras tanto, Antonio se había apartado unos metros y se curaba con lo que le quedaba de energía; concentró su fuerza en el cuerpo, cerró los ojos y dejó que la curación hiciera su trabajo: la sangre dejó de brotar tanto, los cortes se cerraron parcialmente y la respiración se fue estabilizando. Desde la roca donde se había sentado, observaba la pelea entre Jhon y Reen con la mirada fija, recuperando fuerzas para volver si hacía falta.
En la llanura, Reen y Jhon estaban separados por unos cincuenta metros. Jhon cerró los ojos un segundo, respiró y dio un paso. Al siguiente movimiento desapareció ante la vista de los observadores; no fue un salto visible, fue un desplazamiento tan rápido que pareció teletransportación. En la proyección, Reen giró la cabeza al sentir la presencia detrás suyo; antes de que pudiera reaccionar, Jhon apareció y le conectó un pu?etazo seco en el rostro. El impacto fue brutal: Reen salió volando, la fuerza lo impulsó varios metros y atravesó una monta?a a la distancia, dejando un túnel de roca y polvo. La imagen mostró a Reen cubierto de polvo, arrastrándose, y en cuestión de segundos la figura se levantó. Con un paso relámpago —un movimiento tan rápido que la proyección apenas lo captó— Reen volvió a materializarse en la llanura destrozada y la pelea continuó sin pausa.
Reen reaccionó con una violencia que no había mostrado antes: en un movimiento rápido y brutal agarró a Jhon por el rostro con una mano como si fuera un mu?eco, lo levantó en el aire y lo estrelló contra el suelo una, dos, tres veces; cada impacto dejó la marca de su cuerpo en la tierra, un contorno quemado por la fuerza, y Jhon escupió sangre con cada golpe, la comisura de los labios rota y la respiración hecha trizas. Aun así, cuando Reen lo soltó y retrocedió un paso para medir el da?o, Jhon se incorporó con esfuerzo, la visión nublada, el cuerpo vibrando por el dolor, pero con la mandíbula apretada y la determinación intacta; se limpió la sangre con el dorso de la mano y volvió a avanzar. Esta vez no fue un intercambio de pruebas: Jhon atacó con todo, combinando golpes precisos y ráfagas de energía concentrada que buscaban no solo herir sino desarticular la coherencia de Reen; cada pu?etazo suyo explotaba al contacto y sacudía el aire, cada patada abría grietas en la llanura. Reen respondió con embestidas salvajes, pu?os que partían rocas y descargas que comprimían el espacio; en un choque directo, Jhon recibió un golpe que lo lanzó varios metros, pero en el aire giró y, con un movimiento tan rápido que pareció desaparecer, reapareció detrás de Reen para asestar una serie de cortes y un pu?etazo que lo hizo tambalear. La pelea escaló: Reen lanzó columnas de energía que explotaban al impactar, Jhon las cortó con la hoja y las transformó en impulsos que lo acercaban al adversario; cada impacto entre ambos levantaba columnas de polvo y arrancaba trozos de terreno. Jhon empezó a usar la técnica que había practicado en secreto: desplazamientos cortos y golpes encadenados que explotaban la latencia de recomposición de Reen, y por momentos logró quebrar la forma del dios, obligándolo a recomponer su aura en fragmentos. Reen, herido en su coherencia, respondió con una ráfaga que buscó aniquilar cualquier punto de apoyo, una descarga que partió la llanura en radios y arrojó a Jhon contra una pared de roca; Jhon se incorporó con la ropa hecha jirones, la sangre en la boca, pero sin ceder un paso. La intensidad no disminuyó: ambos atacaban sin pausa, más agresivos, más despiadados, y la llanura se convertía en testigo mudo de un choque donde la resistencia y la voluntad dictaban quién podía seguir imponiendo su fuerza; Jhon, herido pero firme, volvió a cargar, sabiendo que cada segundo contaba y que la siguiente serie de golpes podría decidir el rumbo del combate.
Reen lo tomó desprevenido: una mano se cerró sobre el rostro de Jhon con una fuerza que no parecía humana y, en un movimiento relámpago, lo arrastró por la llanura como si fuera un trapo sobre piedra; la piel raspada, la ropa hecha jirones y la tierra marcando el contorno de su cuerpo quedaron como prueba del trayecto. Cada vez que el cuerpo de Jhon golpeaba el suelo, la llanura temblaba; la sangre brotaba por la comisura de sus labios y por cortes en la frente, pero en su rostro, entre el dolor, se dibujó una peque?a sonrisa, la de quien no renuncia aunque el cuerpo lo traicione. Reen se apartó unos pasos, midiendo, sin cerrar la escena: ofreció con voz fría la posibilidad de que se retiraran a curarse, como si quisiera prolongar el juego y asegurarse de que la pelea continuara en condiciones que le resultaran entretenidas. Antonio, desde la roca donde se había refugiado, no dudó: se acercó con la poca energía que le quedaba y posó las manos sobre Jhon; la curación que pudo ofrecer fue limitada, parcheó heridas, detuvo hemorragias y devolvió movilidad a músculos agarrotados, no lo dejó entero pero sí lo suficiente para que Jhon pudiera incorporarse. Jhon, con la respiración entrecortada y la boca manchada de sangre, se obligó a ponerse de pie; apoyó las palmas en la tierra, concentró su energía y lanzó una curación sobre sí mismo que fue más profunda y sostenida: los cortes se cerraron, el mareo cedió y la fuerza volvió a sus piernas. Sin perder tiempo, extendió la misma energía hacia Antonio; la curación que compartió fue más breve pero efectiva: cerró las heridas abiertas, alivió la fatiga y les devolvió la capacidad de pelear con sentido. Recuperados en lo esencial, se miraron un segundo, sin palabras, y decidieron que atacarían juntos. La coordinación no fue improvisada: Jhon había observado a Reen, había anotado tiempos de reacción, ventanas de recomposición y patrones de ataque; Antonio había probado la resistencia del dios y conocía sus puntos de latencia. Planearon en un parpadeo, sincronizando respiraciones y marcando se?ales con un leve movimiento de hombros. Salieron al unísono. Antonio abrió con una ráfaga explosiva: se lanzó en línea recta, cuerpo bajo, golpes cortos y rápidos que buscaban forzar la defensa de Reen y atraer su atención; cada impacto iba acompa?ado de estallidos de energía oscura que explotaban al contacto y obligaban a Reen a gastar parte de su coherencia en recomponerse. Reen respondió con una descarga en arco que cortó el aire; Antonio esquivó, giró y siguió presionando, manteniendo la distancia corta y la cadencia alta. Mientras tanto, Jhon no atacó de frente: se movió en diagonal, aprovechando la apertura que Antonio generaba, y con desplazamientos veloces se colocó en el flanco opuesto. Su energía era distinta: clara, sostenida, y sus golpes buscaban anclar la realidad alrededor de Reen, no solo herirlo. Cuando Antonio consiguió una brecha y Reen titubeó por la recomposición, Jhon explotó la ventana con una serie de cortes precisos y estocadas que iban al centro de la forma del dios, obligándolo a concentrar energía para mantener su integridad. La táctica fue simple y brutal: Antonio atraía, Jhon penetraba; Antonio rompía el ritmo con explosiones cortas, Jhon mantenía la presión con golpes que no desperdiciaban fuerza. Reen, sorprendido por la sincronía, empezó a variar: lanzó proyectiles que buscaban interceptar la trayectoria de Jhon y columnas de energía que intentaban separar a los dos atacantes. Antonio respondió con desplazamientos cortos y ráfagas que desviaban los proyectiles; Jhon, por su parte, usó la inercia de los ataques de Reen para girar y convertir defensas en contraataques. En un intercambio cerrado, Antonio logró encadenar una serie de golpes que empujaron a Reen hacia atrás; Jhon aprovechó la apertura y clavó la espada en el costado de la entidad, liberando una detonación que sacudió el aire. Reen gimió, su forma se fracturó por segundos, pero no cedió: reunió energía y lanzó una onda masiva que partió la llanura en radios. Ambos fueron arrojados, rodaron y se incorporaron en un mismo latido. No hubo pausa en su coordinación: Antonio, con la respiración agitada, lanzó una ofensiva de corta distancia para mantener la atención de Reen; Jhon, con la mirada fría, acumuló energía en el torso y la liberó en golpes dirigidos a las articulaciones del dios, buscando desarticular su estructura de manifestación. Cada choque entre ellos y Reen producía detonaciones que abrían cráteres; cada vez que Reen intentaba recomponer su aura, Antonio y Jhon atacaban en patrones alternos, explotando la latencia. La intensidad subió: Antonio aumentó la agresividad, sus golpes se volvieron más brutales y su aura más compacta, mientras Jhon afinaba la precisión, cortando trayectorias y anulando puntos de apoyo. Reen, sintiendo la presión, respondió con ataques que mezclaban fuerza y manipulación perceptiva: proyectó imágenes que buscaban distraerlos, lanzó ráfagas que retardaban los reflejos y comprimió el terreno bajo sus pies. Antonio y Jhon no cedieron; se cubrieron mutuamente, se movieron en tándem y, en un momento clave, sincronizaron una maniobra de doble impacto: Antonio abrió con una carga que obligó a Reen a levantar la guardia, Jhon aprovechó para desplazarse por detrás y asestar una serie de cortes y un pu?etazo energético directo al torso. La colisión fue brutal, la explosión levantó una nube de polvo y por un instante la forma de Reen perdió definición. No era suficiente para derrotarlo, pero sí para demostrar que la coordinación entre los dos había cambiado la dinámica del combate: ya no era un duelo individual, sino una ofensiva combinada que obligaba a Reen a dividir su atención y a gastar energía en recomponerse constantemente. Exhaustos, heridos y con la llanura hecha trizas a su alrededor, Antonio y Jhon mantuvieron la presión, conscientes de que la siguiente secuencia de golpes tendría que ser aún más precisa y despiadada si querían inclinar la balanza.
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