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Capitulo 143 - estrategia

  La ofensiva conjunta no dio tregua. Antonio y Jhon atacaron en sincronía milimétrica: Antonio abría con ráfagas cortas y explosivas, empujando a Reen a gastar energía en recomponerse; Jhon entraba en el hueco con cortes precisos que buscaban desarticular la estructura del dios. Cada choque se sintió como un impacto seco contra la llanura: la tierra se fracturaba, el aire vibraba y las ondas de energía levantaban polvo en columnas.

  En varios momentos la acción pareció ralentizarse, como si el mundo se hubiera puesto en cámara lenta para mostrar la violencia de cada movimiento. Antonio lanzó una serie de golpes que, en esa fracción alargada, se vieron como trazos oscuros en el aire: pu?os que explotaban al contacto, patadas que cortaban la distancia y estocadas que buscaban las articulaciones. Jhon, moviéndose con la calma de quien mide cada centímetro, aprovechó la latencia de Reen para desplazarse en un parpadeo y clavar la espada en el brazo derecho del dios. La hoja penetró; la carne energética se abrió y el brazo quedó inútil por un instante. En cámara lenta se vio cómo la energía brotaba, cómo la mano de Reen caía sin fuerza, y cómo la figura titubeaba.

  No esperaron a que Reen se recuperara. Antonio atacó de nuevo con una ráfaga dirigida al mismo brazo, golpe tras golpe, hasta que la articulación cedió otra vez: hueso y energía se fracturaron en una secuencia que sonó como un crujido seco. Jhon remató con un corte que separó el antebrazo; la pieza cayó al suelo y dejó un cráter humeante. La escena, ralentizada por la intensidad, mostró fragmentos de energía dispersándose y la expresión de esfuerzo en los rostros de los dos hombres. Pero la ventaja duró segundos. Reen reunió su coherencia en el torso, concentró energía en la herida y, con un pulso concentrado, regeneró el miembro: la carne energética se soldó, los huesos se recomponieron y el brazo volvió a funcionar como si nada hubiera pasado. La curación fue rápida, casi instantánea, y dejó a Antonio y Jhon con la sensación de haber golpeado contra un muro que se reconstituía.

  No se detuvieron. La táctica cambió a golpes repetidos y a ataques que forzaran a Reen a gastar su capacidad de recomposición. Antonio, en cámara lenta, lanzó una serie de desplazamientos cortos: un paso, un corte, otro paso, una explosión de energía en la punta de la espada. Cada impacto buscaba no solo herir, sino desorganizar la red de coherencia que mantenía unido al dios. Jhon, por su parte, usó cortes dirigidos a las articulaciones y empujes que desbalanceaban la postura de Reen, obligándolo a recomponer su centro de gravedad una y otra vez. En una secuencia que pareció detener el tiempo, Jhon se movió detrás de Reen, clavó la espada en el hombro y tiró con fuerza; el brazo se dobló, la unión cedió y el miembro quedó inútil por tercera vez. La llanura tembló con el impacto, y por un instante la figura de Reen se deshizo en líneas de energía que intentaban recomponerse.

  Reen respondió con violencia creciente. Cada vez que su brazo era roto, su reacción era más agresiva: concentraba energía en el núcleo, liberaba pulsos que barrían el terreno y lanzaba proyectiles que cambiaban de dirección en el aire. En cámara lenta se vieron los proyectiles girar, desviarse y estallar contra la defensa de Antonio, levantando fragmentos de roca que cayeron como lluvia. Antonio esquivó con desplazamientos cortos, su cuerpo trazando arcos precisos; Jhon interceptó un proyectil con la hoja y lo transformó en una onda que empujó a Reen hacia atrás. La coordinación entre ambos se volvió más fluida: uno atraía la atención, el otro atacaba el punto débil, y en la repetición de ese patrón lograron romper el brazo de Reen varias veces más. Cada fractura dejaba marcas visibles en la forma del dios, líneas de energía que chispeaban y se cerraban con rapidez.

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  La curación de Reen no era solo regeneración física; era recomposición de coherencia. Cada vez que un brazo volvía a unirse, la entidad lo hacía con una descarga que buscaba castigar a los atacantes: una onda expansiva, un golpe de retorno, una ráfaga que comprimía el aire. En cámara lenta se vio a Antonio recibir una de esas descargas: su cuerpo se arqueó, la energía lo atravesó y por un segundo todo pareció detenerse mientras su figura describía una parábola en el aire antes de estrellarse contra el suelo. Jhon reaccionó en fracción de segundo, corrió y lo levantó, devolviéndole impulso para que volviera a la pelea. No hubo tiempo para lamentos; la urgencia era máxima.

  La velocidad de los intercambios aumentó hasta volverse casi continua. Los movimientos se sucedían en ráfagas: Antonio atacaba con combinaciones de pu?o y espada que explotaban al contacto; Jhon, con cortes precisos, buscaba las uniones y las articulaciones. En cámara lenta, cada golpe mostró detalles: la tensión de los músculos, la vibración del filo, la forma en que la energía se comprimía y explotaba. Reen, por su parte, alternaba entre ataques físicos y manipulaciones del espacio: comprimía el terreno bajo los pies de Antonio, ralentizaba la percepción de Jhon en un instante, y en otro momento lanzaba un pu?etazo que partía la roca como si fuera barro. La llanura se convirtió en un mosaico de cráteres, columnas rotas y surcos de energía.

  A pesar de las curaciones rápidas de Reen, las fracturas repetidas empezaron a pasar factura. Cada recomposición consumía energía; cada pulso de curación dejaba al dios con menos margen para responder con la misma intensidad. Antonio y Jhon lo notaron y apretaron el ritmo. En una secuencia larga y brutal, Antonio rompió el brazo derecho, Jhon lo cortó en la articulación del codo, Antonio lo volvió a fracturar en la mu?eca y Jhon remató con un corte que separó la mano. La cámara lenta mostró la mano caer, girar y desaparecer en una nube de energía. Reen, herido, lanzó una descarga que obligó a ambos a retroceder, pero la ventana que dejaron fue suficiente: atacaron de nuevo, esta vez buscando no solo romper sino desestabilizar el núcleo de coherencia que permitía la regeneración.

  La pelea se volvió una prueba de desgaste. Los ataques en cámara lenta destacaban la brutalidad de cada impacto y la velocidad con la que los dos hombres se recuperaban para volver a golpear. Antonio, jadeando, seguía lanzando ráfagas; Jhon, con la respiración controlada, seguía buscando puntos de ruptura. Reen curaba, recomponía y contraatacaba, pero la suma de golpes y fracturas repetidas empezó a mostrar efectos: su forma tardaba más en recomponerse, su aura se volvía menos estable y sus respuestas, aunque aún poderosas, perdían la precisión de antes.

  El combate continuó, extenso y despiadado, con escenas que parecían filmadas en cámara lenta para mostrar la violencia y la velocidad de cada intercambio. Antonio y Jhon no cedieron; cada vez que rompían un brazo, lo volvían a atacar, y cada vez que Reen lo curaba, ellos ajustaban la táctica para golpear en otra parte. La llanura quedó marcada por la sucesión de impactos, y la sensación que quedó en el aire fue la de dos hombres que, con velocidad y coordinación, forzaban a un dios a pagar el precio de cada recomposición.

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