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Capítulo siguiente 144 — La ruptura del equilibrio

  El aire pareció detenerse cuando Reen habló, como si la llanura misma contuviera la respiración. “Listo, acabó el calentamiento”, dijo con voz que retumbó en las rocas, y en un parpadeo su cuerpo cambió. Creció hasta alcanzar casi tres metros; los músculos se hincharon de forma desproporcionada, las venas se marcaron como cuerdas y su figura se volvió masiva, imponente. La nueva silueta proyectaba una sombra que cubrió la llanura entera. Incluso desde la distancia, la idea de recibir un golpe de ese tama?o heló la sangre de cualquiera que lo viera.

  Antonio y Jhon, sorprendidos por la transformación, bajaron la guardia un instante que fue suficiente. Reen no perdonó la vacilación: con un paso flash —tan rápido que el aire no tuvo tiempo de reaccionar— extendió una mano y los tomó a ambos por un brazo, uno en cada extremidad. La fuerza con la que los sujetó fue como ser atrapado por una garra de hierro. En un movimiento que combinó velocidad y desprecio, los lanzó hacia arriba. Subieron como proyectiles: la llanura se hizo peque?a bajo ellos, las nubes se abrieron y, en cuestión de segundos, se encontraron a dos mil metros sobre el suelo, cayendo en caída libre.

  La caída fue una sucesión de sensaciones extremas. Antonio, con el cuerpo magullado y la respiración entrecortada, adoptó la postura de paracaidista: brazos y piernas extendidos para controlar la resistencia del aire, concentrando la energía en el centro del cuerpo para amortiguar el impacto. Jhon, en cambio, se sentó en el aire como si estuviera en el suelo, piernas cruzadas, la calma absoluta en el rostro; su postura era extra?a y desafiante, como si la gravedad fuera un detalle menor frente a su decisión. Desde la distancia, la proyección en el cristal mostraba a los dos hombres como puntos diminutos que caían, y la sala vibró con cada sacudida que los impactos en la llanura provocaban.

  Mientras caían, Jhon habló con voz baja pero firme, consciente de que el tiempo era escaso. “Va siendo hora de usar la fusión”, dijo. “Nos están consumiendo la poca energía que nos queda. Reen sacó un poder oculto y ya estamos al límite.” Antonio, con la boca manchada de sangre y el cuerpo temblando, asintió con dificultad: sabía que era la única opción para igualar la escala del enemigo. En ese instante, cuando Antonio pronunció el “sí” que sellaba la decisión, Reen reaccionó con una velocidad que volvió a romper la continuidad del tiempo.

  Antes de que Jhon pudiera completar el gesto, Reen se abalanzó hacia Antonio con una rapidez que no parecía posible en caída libre. Con una mano enorme lo agarró del cuello, separándolo violentamente de Jhon. La presión fue inmediata y brutal: los dedos de Reen se hundieron como tenazas, y con la otra mano le propinó una serie de pu?etazos directos al estómago y al abdomen. Cada golpe resonó en el cuerpo de Antonio como si fuera martillado por dentro; la sangre brotó de su boca en chorros oscuros, su respiración se volvió un jadeo entrecortado y su garganta ardía como si la hubieran raspado con fuego. El sonido de los impactos se prolongó en cámara lenta: la carne vibrando, la sangre salpicando, el aire expulsado en un vómito de dolor.

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  Jhon, que había visto cómo Reen lo separaba, sintió la rabia subir como un incendio. Pero antes de que pudiera lanzarse, Reen lo sostuvo con la mirada y, con una mueca que mezclaba burla y desprecio, se dirigió a Antonio con voz alta para que Jhon lo oyera. “?Te vas ya?”, dijo con tono burlón. “Al menos termina la conversación antes de irte.” La crueldad de la frase fue un golpe más.

  Antonio, con la garganta destrozada y la sangre empapando la barbilla, escupió un hilo rojo y le gritó con la voz rota: “?Idiota, no me fui por gusto!” Sus palabras salieron entrecortadas, llenas de rabia y de la determinación de quien se niega a rendirse aun cuando el cuerpo lo traiciona. La escena quedó suspendida: Antonio colgando de la mano de Reen, el pecho hundido por los golpes, y Jhon observando con los ojos encendidos por la furia.

  Reen, entretenido por la escena, no apretó más la presa; la soltó con un gesto lento y calculado, dejándolo caer en picada hacia la llanura. Antonio cayó como una piedra, pero la curación que Antonio y Jhon habían practicado antes le había dado algo de margen: no murió en la caída, aunque el impacto lo dejó doblado y vomitando sangre. Reen se mantuvo en el aire un instante, su nueva forma colosal dominando el horizonte, y luego descendió con pasos que hicieron temblar el suelo.

  Jhon no perdió un segundo. La burla de Reen había encendido algo en él: la ira contenida, la necesidad de proteger a su compa?ero y la certeza de que la única salida era la fusión. Respiró hondo, clavó los pies en la tierra destrozada y comenzó a reunir energía. Su aura se encendió primero como un hilo, luego como una luz que se expandía; el aire alrededor de su cuerpo vibró y el tiempo pareció ralentizarse otra vez. Antonio, aún en el suelo, con la respiración rota, intentó incorporarse; sus manos temblaban, pero cuando vio la determinación en los ojos de Jhon, supo que no había marcha atrás.

  La preparación para la fusión fue un ritual de sincronía. Jhon alzó la mano y marcó la se?al que habían practicado: un gesto corto, preciso. Antonio, con la garganta hecha trizas, respondió con un movimiento que fue más voluntad que fuerza. Sus auras comenzaron a mezclarse: la luz clara de Jhon y la sombra densa de Antonio se enredaron en el aire como dos corrientes opuestas que se buscaban. En cámara lenta, la energía giró alrededor de ambos, formando un torbellino que levantó polvo y peque?as piedras. Reen los miró con una mezcla de sorpresa y diversión; no esperaba que, aun heridos, pudieran intentar algo así.

  Pero la fusión no es instantánea. Requiere concentración, sincronía y un último impulso de energía que ambos debían dar al mismo tiempo. Jhon sintió la fatiga en cada músculo, la sangre en la boca y el mareo que amenazaba con hacerlo caer; aun así, apretó los dientes y empujó. Antonio, con la visión nublada, reunió lo que le quedaba y respondió. Sus voces, apenas un susurro, pronunciaron la palabra que sellaría el enlace. El aire se tensó, la llanura pareció contener la respiración y, por un instante, todo quedó suspendido entre el latido de un corazón y el siguiente.

  Reen, sin apartar la mirada, dio un paso adelante, listo para romper la maniobra si era necesario. Sus ojos brillaron con una luz nueva, como si hubiera descubierto un nuevo juego. Jhon y Antonio, en el umbral de la fusión, no retrocedieron. La energía que los envolvía se volvió más densa, más caliente, y el suelo bajo sus pies comenzó a agrietarse por la presión. La escena quedó congelada en un instante de tensión máxima: la fusión a punto de completarse, Reen a punto de intervenir, y la llanura entera como testigo de la decisión que podía cambiarlo todo.

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