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Capitulo 145 - Fusión y desgarro

  El aire se tensó hasta un hilo. La energía que envolvía a Jhon y Antonio se enroscó como dos tornados que buscaban un mismo centro; la luz clara y la sombra densa se mezclaron, chisporrotearon y estallaron en un pulso que cegó por un instante. Cuando la fusión se completó, la figura que quedó en pie no era ninguno de los dos por separado: era un guerrero nuevo, más alto, más compacto, con la calma fría de quien concentra todo el dolor y la rabia en un solo pu?o. La llanura pareció encogerse ante su presencia; el polvo se arremolinó y las ondas de energía que emanaban de su cuerpo vibraron como cuerdas tensas.

  Reen sonrió con crueldad y, sin aviso, lanzó su primer ataque. Fue un golpe de tal magnitud que el suelo se partió en un radio amplio; la onda llegó como un martillazo y el guerrero fusionado la absorbió con el torso, clavando los pies y devolviendo un contraataque que cortó el aire en dos. El choque fue una detonación que levantó columnas de tierra; en cámara lenta se vio la silueta del dios retroceder, la piel energética tensarse y luego recomponerse. La respuesta de Reen fue inmediata y brutal: un barrido de pu?os que explotaron contra la armadura de energía del fusionado, cada impacto resonando como un gong. El nuevo combatiente respondió con una ráfaga de golpes encadenados, cada uno más rápido y más pesado que el anterior, y la llanura se llenó de cráteres que ardían con la energía residual.

  La pelea escaló sin tregua. Reen creció en furia y en masa muscular, sus golpes eran avalanchas; el fusionado contestaba con técnica y brutalidad contenida, combinando pu?os que explotaban en el punto de contacto con patadas que partían rocas. En cámara lenta, cada impacto mostró detalles que antes pasaban desapercibidos: la contracción de los músculos, la vibración del filo de la energía, la forma en que la tierra se despedazaba en fragmentos que flotaban unos segundos antes de caer. Reen lanzó una embestida que parecía destinada a aplastar al rival; el fusionado la recibió, giró el cuerpo y, con un movimiento que fue a la vez elegante y salvaje, clavó un codo en la costilla del dios y lo empujó hacia atrás con una fuerza que hizo temblar el horizonte.

  Reen no se quedó atrás. Con un rugido que sacudió el aire, concentró energía en su pu?o y la descargó en una serie de golpes que barrían el terreno en ondas concéntricas. El fusionado esquivó, se deslizó entre las ráfagas y respondió con un ataque en ascenso: un uppercut que, en cámara lenta, levantó a Reen del suelo. La figura del dios giró en el aire, la energía chisporroteó en su piel y cayó contra la llanura con tal violencia que se abrió un cráter profundo. Pero Reen se recompuso, su coherencia se soldó y volvió a la carga con una velocidad que parecía romper la continuidad del tiempo.

  La batalla se volvió más cruda. El fusionado empezó a usar golpes que no buscaban solo herir: buscaban desarticular. Un corte lateral que partió la unión del hombro, un pu?etazo que dobló la mu?eca, una patada que arrancó el equilibrio. Reen, cada vez que era golpeado, curaba y recomponía, pero la suma de las fracturas y las recomposiciones lo debilitaba. En cámara lenta se vio cómo el fusionado clavaba la espada en el costado del dios, tiraba con fuerza y la hoja atravesaba capas de energía hasta tocar un núcleo que vibró como un tambor. La detonación que siguió fue brutal: una explosión de luz y sombra que levantó una columna de polvo y dejó a ambos combatientes a la vista por un segundo, exhaustos pero sin ceder.

  La violencia se volvió personal. Reen, con la cara desencajada por la ira, atrapó al fusionado por el torso y lo lanzó contra una pared de roca; la roca estalló en fragmentos que cayeron como lluvia. El guerrero fusionado rebotó, rodó y se incorporó en un solo movimiento, la respiración contenida, los ojos encendidos. Respondió con una secuencia de golpes que parecían coreografiados por la necesidad: un pu?etazo al estómago que hizo vibrar las costillas del dios, seguido de un corte que desestabilizó su postura, y un remate con la palma que explotó en una onda dirigida al pecho de Reen. Cada impacto dejó marcas visibles en la forma del dios: líneas de energía que chispeaban, fisuras que se cerraban con dificultad.

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  Reen, herido y furioso, liberó su poder oculto. Su aura se expandió en una tormenta de energía cruda que comprimió el aire y elevó la temperatura; el suelo se agrietó en un radio mayor y las ondas de choque llegaron como latigazos. El fusionado no retrocedió: concentró su energía en el centro del cuerpo y la lanzó en una descarga que cortó la tormenta en dos. El choque fue tan violento que el cielo pareció oscurecerse por un instante. En cámara lenta, se vieron los dos cuerpos encontrarse en el epicentro de la explosión, la energía chisporroteando y las sombras proyectándose en el polvo. Cuando la nube se disipó, ambos estaban de pie, respirando con dificultad, con la ropa hecha jirones y la piel marcada por cortes y quemaduras.

  La pelea entró en una fase de intercambio continuo, sin pausas. El fusionado atacaba con combinaciones que mezclaban técnica y salvajismo: golpes que buscaban las articulaciones, patadas que rompían la guardia, estocadas que explotaban al contacto. Reen contestaba con fuerza bruta y maniobras que alteraban la percepción: ralentizaba el tiempo en un sector, aceleraba en otro, lanzaba proyectiles que cambiaban de dirección en el aire. En cámara lenta, la escena se volvió casi cinematográfica: un pu?etazo que atraviesa una columna de polvo, una patada que parte una roca en dos, una onda de energía que curva su trayectoria para golpear por detrás. Cada movimiento era una declaración de intención: no había piedad, solo la necesidad de imponer la propia voluntad.

  En un momento culminante, el fusionado logró una secuencia perfecta. Atrajo la atención de Reen con una serie de golpes cortos y explosivos; cuando el dios abrió la guardia, el guerrero giró, acumuló energía en la palma y lanzó un golpe directo al núcleo del pecho. La detonación fue monumental: una explosión que elevó una columna de tierra y energía hacia el cielo, una onda que partió la llanura en radios y que, por un segundo, dejó a Reen sin forma definida. La figura del dios se deshizo en fragmentos de energía que intentaban recomponerse, y el fusionado aprovechó para rematar con una ráfaga de cortes y pu?etazos que explotaron en el punto de impacto. La cámara lenta mostró cada fragmento de energía dispersarse, cada chispa, cada gota de sangre que voló en el aire.

  Pero Reen no era fácil de aniquilar. Con un grito que resonó como un trueno, reunió lo que le quedaba y lanzó una contracarga desesperada: un pulso que comprimió el espacio y que golpeó con la fuerza de un meteorito. El fusionado recibió el impacto y fue arrojado hacia atrás, describiendo una parábola que terminó con él estrellándose contra una cadena de montículos. Se levantó con esfuerzo, la respiración rota, pero con la mirada fija en Reen. La llanura estaba hecha trizas, el cielo te?ido por el polvo y la energía residual, y ambos combatientes sabían que la siguiente secuencia decidiría mucho.

  La brutalidad del combate no cedió. Golpes que partían huesos, choques que abrían cráteres, curaciones rápidas y recomposiciones que convertían cada victoria en una tregua temporal. En cámara lenta se vieron los detalles más crudos: la sangre que manaba de la comisura de los labios, la piel marcada por quemaduras, la tensión de los tendones al lanzar un golpe final. El fusionado, con la energía al límite, reunió todo en un último ataque: una sucesión de movimientos tan rápidos que parecían multiplicar su figura, cada uno con la intención de desgarrar la coherencia de Reen hasta el punto de no retorno.

  Reen respondió con todo lo que le quedaba. La colisión final fue un cataclismo: luz contra sombra, técnica contra fuerza bruta, voluntad contra voluntad. La explosión que siguió elevó una columna de polvo y energía que se perdió en el cielo, y cuando la nube se disipó, la llanura quedó en silencio, marcada por la devastación. Ambos estaban de pie, tambaleantes, respirando con dificultad, cubiertos de heridas y sangre, pero ninguno había caído. La pelea había alcanzado un nivel en el que la victoria no se medía solo en golpes, sino en quién podía seguir imponiendo su presencia, en quién podía sostener la energía y la voluntad un segundo más.

  En la distancia, la proyección en el cristal vibró con la intensidad del choque. Sofía apretó los pu?os, Julius contuvo la respiración y Alan, junto al ser, observó con los ojos abiertos como platos. La batalla había escalado hasta un punto donde lo que quedara de ambos decidiría el siguiente movimiento. La llanura ardía, la noche se acercaba y la sensación era clara: la resolución estaba cerca, pero nadie podía predecir quién la alcanzaría primero.

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