Antonio llegó al límite. Cada golpe que había lanzado en los últimos minutos le costaba más esfuerzo; la respiración le quemaba el pecho y la sangre le brotaba por la comisura de los labios. Había conseguido abrir fisuras en la coherencia de Reen, había forzado titubeos y arrancado reacciones violentas, pero el precio fue alto: músculos agarrotados, visión que se nublaba por instantes y un dolor sordo en las costillas que no cedía. Tras una última serie de golpes —pu?os que explotaron al contacto, una patada giratoria que hizo vibrar el aire y un corte con la espada que dejó una detonación en la tierra— Antonio fue empujado por una descarga que lo lanzó varios metros. Cayó, rodó y se incorporó con esfuerzo; la sangre en la boca le supo a metal. Se quedó un segundo en pie, respirando con la mano en la rodilla, y supo que no podía seguir. Dio un paso atrás, dejó la espada apoyada en la tierra y, sin dramatismos, se retiró unos metros para recuperar el aliento. No fue una huida: fue reconocer un límite físico que, si se cruzaba, lo dejaría inútil. Se dejó caer sobre una roca, escupió sangre y cerró los ojos para ordenar la respiración. Reen no mostró sorpresa; su mirada permaneció fija en Jhon, como si hubiera esperado ese relevo desde el principio.
Jhon se puso en pie. Había observado todo desde la distancia, midiendo tiempos, anotando reacciones, registrando la latencia entre estímulo y respuesta. No llevaba la furia de Antonio; llevaba la calma de quien sabe leer la estructura de un combate. Ajustó la empu?adura de su espada, sintió el pulso en las mu?ecas y dejó que su energía se asentara en el centro del cuerpo. Reen avanzó un paso y la presión en el aire aumentó. Jhon no dudó: caminó hacia el centro de la llanura con paso firme, sin prisa, sin mostrar miedo. Cuando la distancia se acortó lo suficiente, Reen lanzó la primera prueba: una ráfaga de energía en línea recta que cortó el suelo y levantó una nube de polvo. Jhon la recibió con un movimiento medido, clavó la bota y desvió la onda con la hoja, usando el filo no para herir sino para redirigir la fuerza. El choque resonó como un martillazo; la vibración le recorrió los brazos, pero Jhon mantuvo la postura.
Reen respondió con una serie de embestidas rápidas, golpes que buscaban romper la guardia y aplastar la resistencia. Jhon no se limitó a bloquear: combinó desplazamientos cortos con contragolpes precisos. Sus ataques no eran tantos explosivos como los de Antonio, pero cada uno iba al punto correcto: un corte que desestabilizaba la base, un empujón que abría la cadera del adversario, un golpe que obligaba a Reen a recomponer su forma. La diferencia fue inmediata: donde Antonio había buscado romper la coherencia con potencia, Jhon buscó explotarla con precisión. Cada impacto de Jhon hacía que Reen gastara energía en recomponerse, y esas recomposiciones eran más lentas cuando la presión se concentraba en puntos concretos.
Reen no tardó en escalar. Al notar que los ataques de Jhon eran quirúrgicos, la entidad empezó a variar: descargas puntuales que buscaban interceptar trayectorias, ráfagas que alteraban la percepción del tiempo y golpes que comprimían el terreno bajo los pies. Jhon respondió con técnica: esquivas cortas, cambios de ángulo y golpes que usaban la inercia del propio Reen en su contra. En un intercambio cerrado, Reen lanzó un gancho lateral que habría partido a cualquier hombre común; Jhon giró el torso, absorbió parte del impacto con la cadera y devolvió un corte ascendente que alcanzó la mandíbula de Reen. El choque produjo una detonación localizada; la entidad vaciló y por un instante su aura perdió definición. Jhon aprovechó y encadenó: un empuje con la espada, un desplazamiento lateral y un corte descendente que explotó contra el costado de Reen. Cada movimiento era medido, sin desperdicio de energía.
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La intensidad subió. Reen respondió con una descarga concentrada que partió la llanura en radios y lanzó a Jhon hacia atrás. Jhon cayó, rodó y se incorporó en un solo movimiento, respirando con control. No había prisa; sabía que la pelea sería de resistencia y precisión. Se acercó de nuevo y esta vez atacó con una combinación más agresiva: golpes dirigidos a las articulaciones, empujes que buscaban desbalancear y una serie de estocadas que obligaron a Reen a gastar energía en recomponer su centro. Reen, enfurecido, elevó su energía a un nivel más salvaje y lanzó una ráfaga que comprimió el aire en torno a Jhon. El impacto fue directo: Jhon sintió la presión en el pecho, la respiración se le aceleró, pero mantuvo la guardia y respondió con un corte lateral que, al conectar, generó una explosión que abrió un cráter.
Los choques se volvieron más rápidos, más duros. Reen alternaba entre ataques de fuerza bruta y maniobras que alteraban la percepción; Jhon alternaba entre defensa técnica y golpes que buscaban explotar la latencia de recomposición. En un momento, Reen concentró energía en su mano y la lanzó como un proyectil que atravesó el aire a gran velocidad; Jhon lo interceptó con la espada, la hoja vibró y la energía se dispersó en chispas que quemaron la tierra. La onda resultante lo empujó varios metros, pero se incorporó de inmediato y volvió a la carga. No había gritos, no había gestos teatrales: solo el sonido seco de impactos, el crujir de la tierra y la respiración contenida de Jhon.
La pelea alcanzó picos de violencia: Reen lanzó una serie de embestidas que combinaban fuerza y velocidad, cada una capaz de partir rocas; Jhon las recibió y respondió con golpes precisos que buscaban desarticular la estructura del ataque. En un intercambio decisivo, Jhon conectó una secuencia de cortes que obligaron a Reen a retroceder; la entidad, por primera vez, mostró signos de desgaste real: su aura se fracturó en líneas y su forma perdió definición por segundos más largos. Jhon no desperdició la ventana: concentró su energía en un ataque sostenido, una sucesión de estocadas y cortes que explotaron al contacto y que, al final, hicieron que Reen retrocediera varios pasos, tambaleándose.
Reen reaccionó con furia. Reunió energía en el centro de su cuerpo y la liberó en una explosión masiva que barrió la llanura. Jhon fue lanzado por la onda, giró en el aire y cayó con violencia; se incorporó con la respiración entrecortada, la ropa rasgada y la piel marcada por cortes. Aun así, se mantuvo en pie. Miró a Antonio, que observaba desde la roca, y asintió con la cabeza: no hacía falta hablar. Se volvió hacia Reen y, con la calma de quien ha calculado cada movimiento, avanzó de nuevo. La intensidad no cedía: cada choque dejaba la llanura más devastada, cada impacto aumentaba la exigencia física. Jhon atacaba con precisión quirúrgica; Reen respondía con adaptaciones brutales. La pelea continuó, sin tregua, con Jhon empujando su cuerpo y su técnica hasta el límite, y con Reen escalando su violencia para no ceder terreno.

