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Capítulo 105: EL DESCANSO DE LOS GUERREROS

  El sol ya se alzaba cuando los tres cruzaron el último tramo del bosque.

  Jhon caminaba con el brazo vendado, pero con paso firme. Antonio, aún con rastros de sangre seca en el rostro, sostenía a Kai, que dormía sobre su espalda como un ni?o agotado. El silencio entre ellos no era incómodo: era sagrado. Un silencio de supervivientes.

  Cuando la aldea apareció entre los árboles, envuelta en la luz dorada del amanecer, los tres se detuvieron.

  —?Crees que nos van a recibir con antorchas o con abrazos? —preguntó Jhon, medio en broma.

  —Con limonada —respondió Antonio, sonriendo.

  Y no se equivocó.

  Sofía fue la primera en verlos. Corrió hacia ellos con Alan a su lado, y detrás de ellos, Julius, los ni?os, los ancianos, los vecinos. No hubo palabras. Solo abrazos. Lágrimas. Risas. El pueblo entero se volcó sobre ellos como una ola de calor humano.

  Kai se despertó en medio del abrazo colectivo. Se aferró a la mano de Antonio, sin saber si debía sonreír o llorar.

  —Estás a salvo —le dijo Jhon, agachándose a su altura—. Aquí nadie te obligará a pelear.

  Kai asintió, con los ojos húmedos.

  El descanso

  Esa noche, por primera vez en días, durmieron.

  Jhon en su cama, con Sofía abrazándolo por la cintura. Antonio en la habitación de huéspedes, con Alan dormido a su lado, abrazado a su brazo. Kai, en una peque?a cama improvisada, rodeado de mantas, con una vela encendida a su lado por si tenía pesadillas.

  El silencio de la aldea era profundo. No por miedo, sino por respeto.

  El mundo había cambiado. Y todos lo sabían

  Al día siguiente, se reunieron en la colina detrás de la aldea. Jhon, Antonio y Kai se sentaron en círculo, con una jarra de limonada en el centro.

  —?Recuerdas algo? —preguntó Jhon.

  Kai asintió lentamente.

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  —Recuerdo… gritar. Luchar. No saber por qué. Solo… pelear. Siempre.

  —?Y antes de eso? —preguntó Antonio.

  Kai cerró los ojos. Su voz se volvió más baja.

  —Recuerdo un lugar sin tiempo. Donde el dios de la reencarnación me hablaba. Me decía que yo era su espada. Que mi propósito era probar a los fuertes. Que si no peleaba… desaparecería.

  Jhon apretó los pu?os.

  —Te usó.

  —Sí —dijo Kai—. Pero ya no más.

  Se puso de pie. Su cuerpo aún era el de un ni?o, pero su mirada era la de un veterano.

  —Quiero entrenarlos.

  Jhon y Antonio se miraron, sorprendidos.

  —?Tú… entrenarnos? —preguntó Antonio.

  —Sí. Porque ni siquiera juntos pudieron vencerme fácilmente. Y yo estaba manipulado. El dios de la reencarnación… no pelea con fuerza. Pelea con intención. Con estrategia. Con manipulación. Si no dominan sus nuevos poderes, no tendrán oportunidad.

  Jhon asintió, serio.

  —?Y tú sabes cómo entrenarnos?

  Kai sonrió.

  —No lo sé todo. Pero he peleado contra dioses. Y he perdido. Y he ganado. Puedo ense?arles lo que sé. Si me dejan.

  Antonio se levantó y le tendió la mano.

  —Entonces empieza ma?ana. Hoy… descansamos.

  Esa tarde, la aldea celebró.

  No con una gran fiesta, sino con una comida compartida. Pan recién horneado. Sopa de lentejas. Limonada fría. Música de flautas. Risas de ni?os.

  Jhon bailó con Sofía bajo el árbol de los higos. Alan jugó con Kai, que por primera vez reía sin miedo. Antonio se sentó con Julius, compartiendo silencios y miradas que decían más que las palabras.

  —?Cómo estás? —preguntó Julius.

  —Cansado. Pero… en paz.

  —?Y ahora?

  Antonio miró a Jhon, a Kai, a la aldea.

  —Ahora… entrenamos. Porque lo que viene… será peor.

  Julius asintió.

  —Entonces come. Porque ma?ana, hermano, empieza otra guerra.

  La cena había terminado, pero la noche aún no caía del todo. El cielo estaba te?ido de naranja y violeta, y la aldea respiraba con una tranquilidad que no se sentía desde hacía semanas.

  Después de la comida, Sofía tomó a Jhon de la mano y lo llevó de regreso a casa. Alan iba delante, saltando entre las piedras del camino, como si todo lo vivido fuera solo una historia más para contar.

  En la cocina, Sofía preparó una infusión de hierbas dulces. Jhon se sentó en la silla de madera que él mismo había tallado a?os atrás. La miró en silencio mientras ella servía las tazas.

  —?Sabes? —dijo ella, sin mirarlo—. Cuando el cielo se partió… pensé que no volverías.

  Jhon bajó la mirada.

  —Yo también lo pensé.

  Sofía se acercó, le tomó el rostro con ambas manos y lo besó en la frente.

  —Pero volviste. Y eso basta.

  Alan entró corriendo con una flor en la mano.

  —?Papá! ?Mira! ?La encontré donde cayó la estrella!

  Era una flor nueva. De pétalos blancos con bordes oscuros. Una mezcla perfecta de luz y sombra.

  Jhon la tomó con cuidado. La sostuvo entre los dedos como si fuera un milagro.

  —Gracias, hijo. Es… perfecta.

  Mientras tanto, Julius caminaba por la aldea sin su capa real, sin su corona. Solo con su bastón de roble y su mirada firme. Saludaba a cada aldeano por su nombre. Escuchaba sus preocupaciones. Reía con los ni?os. Acariciaba a los perros.

  Un joven soldado se le acercó, nervioso.

  —Majestad… ?no deberíamos regresar al castillo? El consejo espera su informe.

  Julius lo miró con una ceja alzada.

  —?Y dejar esta sopa sin probar? —preguntó, se?alando el cuenco que una anciana le ofrecía—. El consejo puede esperar. Mi pueblo… no.

  El soldado asintió, avergonzado.

  Julius se sentó en un tronco, comió en silencio, y luego se quedó mirando el cielo.

  —El equilibrio ha cambiado —murmuró—. Y con él… cambiará Eldoria.

  Kai pasó el resto del día explorando la aldea. Caminó por los campos, tocó el agua del río, se detuvo a mirar cómo una ni?a tejía coronas de flores. No hablaba mucho, pero observaba todo con una mezcla de asombro y desconfianza.

  Antonio lo acompa?aba a distancia, sin presionarlo.

  —?Nunca habías visto una aldea así? —preguntó.

  Kai negó con la cabeza.

  —Siempre estuve en campos de batalla. O en templos. O… en la nada.

  Antonio se agachó a su lado.

  —Entonces empieza aquí. Este lugar… puede ser tu primer recuerdo real.

  Kai lo miró. Por un instante, pareció a punto de llorar. Pero en lugar de eso, se sentó en la hierba y empezó a trenzar una corona de flores, imitando a la ni?a.

  Cuando el sol finalmente se ocultó, la aldea se sumió en una calma profunda. Las luces de las casas titilaban como luciérnagas. Las risas se apagaban poco a poco. El mundo parecía, por fin, en paz.

  Julius se retiró a su casa, donde lo esperaba un escritorio lleno de cartas sin abrir. Pero esa noche, no las leyó. Se sentó en su sillón, cerró los ojos… y sonrió.

  Jhon y Sofía se acostaron con Alan entre ellos, como cuando era peque?o. Antonio durmió en la habitación contigua, con Kai en una colchoneta a su lado, respirando tranquilo.

  Y en el cielo, la estrella que había caído ya no brillaba. Pero su eco… aún latía en los corazones de todos.

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