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Capítulo 106: EL MÉTODO DE KAI

  El amanecer llegó sin sobresaltos, pero con una tensión invisible en el aire. Como si el mundo supiera que algo importante estaba por comenzar.

  Kai no durmió.

  Desde antes de que el sol asomara, estaba en la biblioteca improvisada de la aldea, rodeado de pergaminos, hojas sueltas, mapas de energía, diagramas de anatomía mágica y registros antiguos de entrenamiento divino. Tenía ojeras, el cabello revuelto y una concentración feroz en el rostro.

  —Esto no puede ser como con los elementales —murmuraba para sí—. No basta con meditar o conectar con el alma. Esto es otra cosa. Esto es poder bruto. Poder que puede romper el mundo si no se controla.

  Trazó una línea en el pergamino central. Luego otra. Luego un círculo. Y dentro de él, escribió:

  Fases del Entrenamiento:

  1. Fase Física: resistencia, velocidad, reflejos, control muscular bajo presión mágica.

  2. Fase Cognitiva: toma de decisiones en combate, lectura de patrones, estrategia, improvisación.

  3. Fase de Control de Energía: canalización, contención, liberación medida.

  4. Fase Espiritual: conexión con el núcleo del poder, identidad, propósito.

  5. Fase de Sincronización: combate en dúo, fusión táctica, lectura mutua.

  —Si no dominan esto… no podrán ni rozar al dios de la reencarnación —dijo en voz baja.

  En ese momento, Antonio entró, con una taza de té en la mano.

  —?Dormiste?

  Kai negó con la cabeza.

  —No puedo. Si me equivoco en esto… los mato.

  Antonio dejó el té sobre la mesa y se sentó a su lado.

  —Entonces no te equivoques. Pero tampoco cargues solo con todo. Estamos contigo.

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  Kai lo miró. Por un instante, pareció más ni?o que dios. Luego asintió.

  —Hoy empezamos. Y no será fácil.

  Primera sesión: el cuerpo

  El campo de entrenamiento fue preparado detrás de la aldea. Julius había ordenado reforzar el terreno con runas de contención, por si algo salía mal.

  Kai se paró frente a Jhon y Antonio, con una túnica negra y blanca, el símbolo del equilibrio bordado en el pecho.

  —Hoy no vamos a hablar de emociones. Hoy vamos a romper sus límites físicos.

  Jhon sonrió.

  —?Correr? ?Flexiones? ?Eso es todo?

  Kai lo miró con frialdad.

  —Correr… con el doble de gravedad. Flexiones… mientras resisten una presión mágica que les aplasta el pecho. Y todo eso… sin usar sus poderes.

  Antonio tragó saliva.

  —Perfecto. Me hacía falta sudar.

  Durante horas, corrieron cuesta arriba con pesas mágicas en los tobillos. Saltaron entre plataformas flotantes que se deshacían si dudaban. Lucharon entre sí con armas de madera, sin usar magia, hasta que sus músculos temblaban.

  Kai no los detuvo. Solo observaba. Tomaba notas. Cronometraba.

  —No es solo fuerza —decía—. Es control. Precisión. Dominio del cuerpo antes del alma.

  Al final del día, Jhon colapsó en el suelo, jadeando. Antonio se dejó caer a su lado, con los brazos cubiertos de moretones.

  —?Y ma?ana? —preguntó Jhon.

  Kai sonrió.

  —Ma?ana… entrenamos la mente.

  Muy lejos de allí, en la cima de una monta?a sin nombre, la mujer de cabello blanco observaba el horizonte desde su torre de obsidiana.

  En su mesa, un mapa de Eldoria. Sobre él, tres puntos brillaban: uno de luz, uno de sombra… y uno que oscilaba entre ambos.

  —Así que el ni?o decidió ense?ar —susurró—. Interesante.

  Una sombra se movió detrás de ella.

  —?Intervenimos?

  La mujer negó con la cabeza.

  —Aún no. Dejemos que se preparen. Quiero ver si realmente pueden alcanzar el poder del dios de la creación… sin perderse en él.

  Y con una sonrisa enigmática, volvió a mirar hacia el sur..

  EL DíA DE LA BATALLA CON EL DIOS DE LA GUERRA.

  La torre no tenía ventanas. Solo aberturas talladas en ángulos imposibles, por donde entraba la luz sin tocar el suelo. El aire era denso, cargado de silencio. Y en el centro, sentada sobre un trono de piedra negra, la Custodia de Obsidiana abría los ojos por primera vez en siglos.

  No necesitaba ver. Ya había sentido.

  El pulso.

  La vibración.

  El eco de algo que no debía existir.

  Se levantó con lentitud. Su túnica flotaba como humo. Caminó hasta el altar central, donde ardía una llama bicolor: blanca y negra, girando en espiral sin consumirse. Extendió la mano sobre ella, y la llama reaccionó, proyectando una imagen en el aire: dos figuras fusionadas, envueltas en luz y sombra, luchando contra un dios.

  —Así que ha comenzado —susurró.

  Caminó hacia la biblioteca sellada. Sus dedos rozaron una pared de obsidiana, y esta se abrió como si respirara. Dentro, cientos de pergaminos dormían en estantes de piedra. Algunos estaban sellados con runas antiguas. Otros, cubiertos de polvo de siglos.

  Tomó uno.

  Lo desenrolló.

  En él, un símbolo: el círculo dividido en dos mitades, con una espiral en el centro. El emblema de Yen-Lua.

  —El Equilibrio… —murmuró—. No como uno. Sino como dos.

  Cerró los ojos. Recordó.

  Recordó al antiguo Yen-Lua: un ser que caminaba entre los dioses sin inclinarse ante ninguno. Que hablaba con la luz y dormía en la sombra. Que no necesitaba destruir para vencer. Que desapareció cuando el mundo eligió extremos.

  —Y ahora… regresan como dos mitades —dijo—. ?Podrán sostener lo que él fue?

  Se volvió hacia el ventanal más alto. Desde allí, podía ver el sur. Muy lejos, una chispa de energía danzaba en el horizonte. Dos corazones latiendo como uno.

  —Jhon. Antonio. Si logran alcanzar el centro… si no se rompen en el intento… entonces les mostraré esto.

  Se volvió hacia otro pergamino, más antiguo, sellado con cera negra y blanca. Lo desenrolló apenas un centímetro. Lo suficiente para ver el nombre:

  La Espada del Equilibrio.

  La Custodia sonrió.

  —Pero no antes. Primero… deben demostrar que no son solo una coincidencia. Sino una convergencia.

  Y la torre volvió al silencio.

  Pero el fuego… seguía ardiendo.

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