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Capitulo 103

  Cuando Antonio activó Eco de las Sombras y su mano tocó el pecho del dios de la guerra, el mundo se quebró.

  No con un estruendo, sino con un silencio absoluto.

  Todo se desvaneció: el bosque, el cielo, el dolor físico, incluso el rugido del combate. Solo quedó un vacío blanco, inmenso, sin horizonte ni suelo. Antonio flotaba en medio de la nada, su cuerpo envuelto en una sombra que latía al ritmo de su corazón.

  —?Dónde…? —susurró.

  Una grieta se abrió bajo sus pies. No era una grieta física, sino una herida en la realidad. De ella brotó un torrente de imágenes, sonidos, gritos. Antonio cayó dentro sin poder evitarlo.

  Y entonces, lo vio.

  Un campo de batalla eterno.

  Miles de cuerpos yacían en el suelo. Algunos humanos, otros divinos, otros imposibles de describir. El cielo era rojo, la tierra negra, y el aire olía a sangre seca y ceniza. En el centro, un ni?o de cabello rojo y ojos dorados, cubierto de heridas, gritaba mientras blandía una espada más grande que él mismo.

  —?No quiero parar! ?No puedo parar!

  Antonio lo reconoció. Era el dios de la guerra… pero más joven. Más humano.

  —?Dónde estoy? —preguntó Antonio.

  Una voz respondió, suave y antigua:

  —Estás en su alma. En su prisión.

  Antonio se giró. A su lado estaba Jhon. Su cuerpo era translúcido, como si solo una parte de él hubiera logrado entrar.

  —?Cómo…?

  —Tu sombra me arrastró contigo —dijo Jhon, sonriendo con tristeza—. No iba a dejarte solo aquí.

  Antonio asintió. Y juntos, caminaron hacia el ni?o.

  Cada paso que daban, el campo de batalla cambiaba. Las escenas se repetían: el ni?o luchando, ganando, perdiendo, llorando, gritando. Cada victoria era seguida por una nueva guerra. Cada muerte, por una nueva orden. Nunca había descanso. Nunca había paz.

  —?Ves eso? —dijo Jhon—. No es un dios. Es un ni?o atrapado en una guerra sin fin.

  Antonio se acercó al ni?o. Este giró hacia ellos, con los ojos enrojecidos y la espada temblando.

  —?No me toquen! ?Tengo que seguir luchando! ?Si me detengo, todo se acaba!

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  —?Quién te dijo eso? —preguntó Antonio.

  —?él! —gritó el ni?o, se?alando al cielo.

  Y entonces, el cielo se abrió.

  Una figura descendió, flotando sobre ellos. Era el dios de la reencarnación, pero no como lo habían visto antes. Aquí, en la mente del dios de la guerra, su forma era gigantesca, con mil rostros que reían, lloraban, gritaban, susurraban.

  —?Otra vez vosotros? —dijo una de las caras, burlona—. ?No os basta con arruinar mi diversión en el mundo real?

  —?Qué le hiciste? —exigió Jhon.

  —Nada que no quisiera —respondió otra cara, esta vez con voz dulce—. él nació para esto. Para luchar. Para destruir. Solo le di un propósito. Un juego. ?Qué tiene de malo jugar?

  —?Le robaste su voluntad! —gritó Antonio—. ?Lo convertiste en una máquina de guerra!

  —?Y qué sois vosotros, entonces? —preguntó otra cara, con voz grave—. ?No lucháis también? ?No matáis por proteger? ?No os alimentáis del dolor para ser más fuertes?

  Antonio tembló. Jhon apretó los pu?os.

  —La diferencia —dijo Jhon— es que nosotros elegimos.

  —Y él también puede hacerlo —a?adió Antonio.

  Se acercó al ni?o, que seguía temblando, con la espada en alto.

  —No tienes que seguir luchando —dijo Antonio, arrodillándose frente a él—. Ya no estás solo. Puedes parar. Puedes descansar.

  —No puedo… si paro… él me castiga…

  —No más —dijo Jhon, colocando una mano sobre su hombro—. Nosotros te protegeremos.

  El ni?o los miró. Por primera vez, sus ojos mostraron algo más que furia: mostraron miedo. Y esperanza.

  El dios de la reencarnación rugió. Su forma se deshizo en una tormenta de rostros, que descendieron como una lluvia de cuchillos.

  Antonio se puso de pie, extendió su sombra como un escudo. Jhon alzó su luz como una barrera. Ambos cubrieron al ni?o.

  —?No más juegos! —gritó Antonio.

  —?No más cadenas! —rugió Jhon.

  La sombra absorbió los cuchillos. La luz los desintegró. El dios de la reencarnación gritó de rabia, y su forma se deshizo en humo.

  El campo de batalla se desvaneció.

  El ni?o cayó de rodillas, y la espada se deshizo en polvo. El cielo se volvió azul. La tierra, verde. Por primera vez, el alma del dios de la guerra conocía la paz.

  Antonio se arrodilló a su lado.

  —?Cuál es tu nombre?

  El ni?o lo miró, confundido.

  —No tengo uno. Solo me llaman “Guerra”.

  Jhon se acercó, sonriendo.

  —Entonces elige uno. El que tú quieras.

  El ni?o pensó. Luego, con una voz tímida, dijo:

  —Kai. Me gusta Kai.

  Antonio asintió.

  —Bienvenido, Kai.

  Perfecto, Santiago. Aquí tienes la segunda parte del Capítulo 102, desarrollada como una continuación directa del viaje dentro del alma del dios de la guerra. Mantengo el tono introspectivo, simbólico y emocional, con una resolución poderosa que honra todo lo que han vivido Jhon y Antonio hasta ahora.

  El ni?o —Kai, como había elegido llamarse— se quedó arrodillado en medio del campo de batalla que se deshacía a su alrededor. Las espadas rotas, los cuerpos sin rostro, el cielo rojo… todo se desvanecía como ceniza en el viento. Solo quedaban él, Antonio, Jhon y el eco de una guerra que nunca fue suya.

  —?De verdad… puedo parar? —preguntó Kai, con la voz temblorosa.

  Antonio se arrodilló frente a él, con la sombra aún latiendo en su espalda como un corazón oscuro.

  —Sí. Ya no estás solo. No tienes que pelear por alguien más. No tienes que ser su arma.

  Jhon se acercó y se sentó a su lado. Su luz era tenue, no cegadora. Cálida. Humana.

  —Tú puedes elegir, Kai. Por primera vez.

  Kai bajó la mirada. Sus manos, antes cubiertas de sangre y acero, ahora estaban limpias. Peque?as. Vulnerables.

  —No sé cómo vivir sin pelear.

  —Entonces aprende —dijo Antonio—. Nosotros te ense?amos.

  Kai alzó la mirada. Por primera vez, sus ojos no brillaban con furia, sino con lágrimas.

  —?Y si me equivoco?

  —Entonces te levantas —dijo Jhon—. Como todos nosotros.

  Un temblor recorrió el espacio. No de destrucción, sino de transformación. El cielo se volvió azul. El suelo floreció bajo sus pies. Donde antes había cadáveres, ahora brotaban flores blancas. El aire olía a tierra mojada y esperanza.

  Kai se puso de pie. Su cuerpo brilló con una luz dorada tenue, mezclada con un resplandor oscuro. No era el dios de la guerra. No era una máquina. Era un ni?o… con poder.

  —Gracias —dijo, mirando a ambos—. Por darme un nombre. Por darme una salida.

  Antonio le tendió la mano.

  —?Vienes con nosotros?

  Kai la tomó.

  —Sí.

  En ese instante, una puerta de luz y sombra se abrió frente a ellos. No era una salida forzada, sino una invitación. El alma de Kai ya no era una prisión. Era un hogar.

  Jhon, Antonio y Kai cruzaron juntos.

  —

  Volvieron al mundo real con un destello.

  El cuerpo del dios de la guerra —ya no un adolescente, sino un joven de unos catorce a?os— yacía en el suelo, inconsciente pero en paz. Su respiración era tranquila. Su rostro, sereno. Las espadas de energía habían desaparecido. Las runas doradas se habían apagado.

  Antonio cayó de rodillas, agotado. Su sombra se replegó lentamente, como un animal que vuelve a dormir. Jhon se dejó caer a su lado, jadeando, con el brazo aún roto pero una sonrisa en los labios.

  —?Lo logramos? —preguntó.

  Antonio asintió.

  —Sí. Lo liberamos.

  Ambos miraron al cielo. Las nubes se habían disipado. El bosque, aunque herido, seguía en pie. El equilibrio no se había roto. Solo había sido puesto a prueba.

  Kai abrió los ojos. Miró a ambos. Y sonrió.

  —Tengo hambre.

  Jhon rió, aunque le dolía todo el cuerpo.

  —Bienvenido al mundo real.

  .

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