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Capitulo 102 EL RUGIDO DEL DIOS DE LA GUERRA

  El dios de la guerra se lanzó como un cometa de furia.

  La figura fusionada de Jhon y Antonio —una sola entidad de luz y sombra entrelazadas— lo recibió de frente. El choque fue tan brutal que el suelo se partió en una grieta de más de cien metros. El impacto levantó una muralla de tierra y fuego que se alzó como una ola, arrasando árboles, rocas y todo lo que había alrededor.

  Pero ninguno de los dos retrocedió.

  El dios de la guerra giró sobre sí mismo, sus espadas gemelas trazando arcos de energía que cortaban el aire con un silbido agudo. La figura fusionada se movía con precisión quirúrgica: esquivaba por milímetros, bloqueaba con una mano de luz, contraatacaba con una lanza de sombra.

  Cada golpe era un terremoto.

  Cada esquiva, una danza entre la vida y la muerte.

  El dios de la guerra rugió, y su cuerpo se cubrió de runas incandescentes. El suelo bajo sus pies se derritió. Con un grito, clavó ambas espadas en el suelo y liberó una explosión de energía que lo empujó hacia arriba como un proyectil. En el aire, giró sobre sí mismo y descendió con ambas espadas cruzadas, apuntando al corazón de sus enemigos.

  La figura fusionada no se movió.

  Esperó.

  Y en el último instante, abrió los brazos. La luz de Jhon se expandió como un escudo, y la oscuridad de Antonio se cerró como una trampa. Las espadas impactaron contra el escudo, pero no lo rompieron. En cambio, la sombra se alzó desde el suelo y atrapó al dios por los tobillos, jalándolo hacia abajo con una fuerza gravitacional imposible.

  This text was taken from Royal Road. Help the author by reading the original version there.

  El dios cayó de rodillas. Por un instante, pareció vulnerable.

  La figura fusionada no dudó. Se lanzó hacia él con una velocidad que rompía el sonido. Un pu?etazo de luz al rostro. Una patada de sombra al costado. Un giro en el aire, y luego un tajo cruzado con una espada formada de ambos elementos: mitad luminosa, mitad oscura.

  El dios gritó. Sangre dorada brotó de su pecho.

  Pero no cayó.

  En cambio, rió.

  “?Sí! ?Eso es! ?Eso es lo que quería!”

  Y entonces, su cuerpo cambió otra vez.

  Su piel se volvió negra como el carbón, pero con vetas doradas que brillaban como lava. Sus ojos se volvieron completamente blancos, sin pupilas. Su cabello se alzó como llamas vivas. Su voz ya no era humana. Era un trueno.

  “?BASTA DE CONTENERSE!”

  Con un rugido, liberó una onda expansiva que deshizo la fusión de Jhon y Antonio. Ambos fueron lanzados en direcciones opuestas, estrellándose contra las monta?as. La tierra tembló. El cielo se oscureció. El dios de la guerra flotaba en el aire, con los brazos extendidos, como un dios verdadero.

  Jhon se levantó con dificultad. Su brazo derecho colgaba roto. Su rostro estaba cubierto de sangre. Pero sus ojos seguían ardiendo.

  Antonio se arrastró fuera de los escombros. Su sombra temblaba, como si también estuviera herida. Pero su voz era firme.

  “No hemos terminado.”

  El dios descendió como un meteorito, directo hacia Antonio. Pero Jhon se interpuso, cruzando sus brazos para recibir el golpe. El impacto lo enterró en el suelo, creando un cráter de fuego.

  Antonio gritó. Su sombra se alzó como una muralla, envolviendo a Jhon y alejando al dios. Luego corrió hacia su hermano, lo sacó del cráter y lo sostuvo entre sus brazos.

  “?Jhon! ?Resiste!”

  Jhon abrió los ojos. Sonrió, con sangre en los labios.

  “Plan C…”

  “No tenemos plan C.”

  “Entonces… improvisamos.”

  Antonio lo dejó en el suelo y se levantó. Su sombra se alzó detrás de él, tomando forma. Era una figura gigantesca, con alas negras y ojos rojos. Era su dolor, su furia, su amor. Era todo lo que había perdido… y todo lo que había ganado.

  El dios de la guerra se lanzó de nuevo.

  Antonio lo recibió con su sombra.

  El choque fue brutal. El dios cortó la sombra en dos, pero esta se regeneró al instante. Antonio gritó, y la sombra se convirtió en una jaula que atrapó al dios. Dentro, el tiempo se ralentizó. El dios se movía como si nadara en miel.

  Antonio entró en la jaula.

  Y lo miró a los ojos.

  “Basta.”

  El dios rugió. Intentó golpearlo. Pero Antonio no se movió.

  “Basta.”

  Y entonces, activó “Eco de las Sombras”.

  Su mano tocó el pecho del dios.

  Y todo cambió.

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