El amanecer los recibió con una brisa suave y un cielo te?ido de oro y violeta. Jhon y Antonio salieron de la cueva caminando lado a lado, con pasos lentos pero firmes. El cuerpo de Jhon brillaba con una luz blanca cálida, mientras que Antonio emanaba un resplandor oscuro y sereno, como una sombra protectora que no asustaba, sino que abrazaba.
A lo lejos, la aldea despertaba.
Cuando cruzaron el puente de madera que daba la bienvenida al pueblo, Sofía fue la primera en verlos. Dejó caer la cesta de frutas que llevaba y corrió hacia ellos, con Alan detrás. Jhon abrió los brazos justo a tiempo para recibirlos a ambos.
“?Estás de vuelta!”, gritó Alan, abrazando a su padre con fuerza. “?Y brillas más que el sol!”
Antonio se quedó unos pasos atrás, observando la escena con una sonrisa. Pero Sofía se giró hacia él, lo abrazó también, y le susurró: “Gracias por traerlo de vuelta. Gracias por volver tú también.”
Los aldeanos se reunieron en la plaza. Había lágrimas, risas, abrazos. Una fiesta improvisada comenzó: tamales humeantes, pan recién horneado, música de flautas y tambores. La luz de Jhon iluminaba la plaza, y la sombra de Antonio refrescaba el aire. Por primera vez, la aldea estaba en equilibrio.
El nuevo nivel de Antonio
Esa noche, mientras las estrellas brillaban sobre el techo de la aldea, Antonio se sentó junto al fuego con Jhon. Sintió una vibración en su pecho, como si algo dentro de él se hubiera asentado.
Un número apareció frente a sus ojos, flotando en el aire como una revelación:
Nivel 550 alcanzado.
Jhon lo miró y sonrió. “Ahora sí estamos parejos.”
Antonio asintió, y alzó la mano. De sus dedos brotó una sombra suave que se curvó como una pluma en el aire. No era agresiva. Era elegante. Viva.
Nuevas habilidades de Antonio
Jhon observó con curiosidad mientras Antonio probaba su nuevo poder. Las habilidades se manifestaban con naturalidad, como si siempre hubieran estado ahí, esperando ser despertadas:
- Manto del Silencio: una niebla oscura que anulaba todo sonido y magia dentro de su radio.
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- Refugio Sombrío: una cúpula de sombra que protegía a los suyos y calmaba el miedo.
- Eco de las Sombras: al tocar a un aldeano herido, podía ver su dolor más profundo… y aliviarlo.
- Abrazo del Vacío: una técnica que absorbía el da?o de un aliado y lo convertía en fuerza interior.
“Tu oscuridad… es hermosa”, dijo Jhon.
“Gracias a ti”, respondió Antonio. “Tú me ense?aste que no tenía que temerle.”
Esa noche, mientras todos dormían, Antonio se quedó despierto mirando el cielo. Jhon se le unió en silencio.
“?Crees que esto es todo?”, preguntó Antonio.
“No”, respondió Jhon. “Esto es solo el principio.”
En ese momento, una estrella fugaz cruzó el cielo… pero no se desintegró. Cayó más allá del horizonte, dejando una estela negra y dorada.
Ambos la vieron. Ambos sintieron el cambio.
“?Lo sentiste?”, preguntó Antonio.
Jhon asintió. “Sí. Algo… despertó.”
La estrella cayó como una lanza de fuego, rasgando el cielo con una estela negra y dorada. Jhon y Antonio se miraron apenas un segundo, y sin decir palabra, salieron disparados hacia el lugar del impacto. La velocidad que alcanzaron era sobrehumana: Jhon volaba con sus Alas de Luz, dejando un rastro blanco brillante; Antonio se deslizaba entre las sombras, como si el viento mismo lo llevara.
En cuestión de segundos, llegaron al claro donde la estrella había caído. Pero no era una estrella.
Era un ni?o.
O al menos, eso parecía.
De pie en medio del cráter, con el cabello rojo como el fuego y los ojos dorados como el sol del mediodía, estaba el peque?o dios de la guerra. Su cuerpo irradiaba una energía antigua, salvaje, contenida apenas por su forma infantil. Estaba descalzo, con una túnica rota y los pu?os apretados.
Jhon dio un paso al frente, con cautela. “?Estás bien?”, preguntó, con la voz suave.
Pero algo no encajaba. El dios de la guerra no respondía. Su mirada estaba vacía, como si no reconociera a nadie. Y entonces, sin previo aviso, se lanzó hacia Jhon con un rugido gutural, lanzando un pu?etazo directo a su rostro.
Jhon apenas tuvo tiempo de reaccionar. El mundo se volvió lento. Su cuerpo se movió por instinto, inclinándose hacia atrás mientras el pu?o pasaba rozando su mejilla, dejando una onda de choque que partió un árbol cercano en dos.
Jhon retrocedió, encendiendo su Escudo de Estrellas. “?No está bien! ?Está fuera de sí!”
En ese instante, una voz resonó en sus mentes — una voz burlona, juguetona, pero con un fondo de crueldad que helaba la sangre.
“?Hola, mis campeones! ?Les gusta mi regalo?”
Era el dios de la reencarnación.
Su voz no venía del cielo ni de la tierra, sino de dentro de sus propias cabezas. Jhon y Antonio se quedaron paralizados por un momento, mientras la figura del dios aparecía en su mente: un ser de múltiples rostros, todos sonriendo con una mezcla de ironía y aburrimiento.
“Veréis… hace tiempo que no los veo luchar en serio. Y me estaba aburriendo. Así que decidí animar un poco las cosas. Le lavé el cerebro al peque?o dios de la guerra. Ahora cree que sois sus enemigos. ?No es divertido?”
“??Qué has hecho!?” gritó Jhon, apretando los dientes.
“Solo un empujoncito mental. Nada permanente… si sobreviven, claro. ?Buena suerte!”
Y con una carcajada que se desvaneció en el viento, el dios de la reencarnación desapareció.
El dios de la guerra volvió a cargar, esta vez con ambos pu?os envueltos en fuego dorado. Antonio se colocó junto a Jhon, su sombra extendiéndose como una capa viva.
“?Listo?”, preguntó Jhon.
Antonio asintió, su voz firme: “Como siempre. Juntos.”
Y entonces, la batalla comenzó.

