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Capitulo 91 PARTE 3 DE LA PRUEBA DEL ELEMENTO LUZ: EL CAMINO SOLO Y LA LUZ CEGADORA

  Jhon cruzó la segunda pared de luz y sintió cómo el mundo se desvanecía a su alrededor. El lago ya no era un lago — era un espacio sin tierra ni agua, solo luz. Una luz tan intensa que le dolían los ojos, aunque estuvieran cerrados. No había sonido, no había olor, no había nada más que luz.

  “Esta es la tercera parte”, dijo una voz que venía de todas partes y de ninguna a la vez — la voz de la propia luz. “Aquí, estás solo. Sin amigos, sin familia, sin nada que te ayude. La luz te quitará todo lo que te hace humano — tu memoria, tu identidad, tu voluntad. Tienes que encontrar tu camino en el vacío, sin nada más que tu propia alma”.

  Jhon abrió los ojos con esfuerzo, pero la luz era tan fuerte que solo veía un resplandor blanco. Intentó caminar, pero no sabía hacia dónde — todos los lados eran iguales. Sintió cómo su memoria empezaba a borrarse: primero, los nombres de los aldeanos, luego el color de los ojos de Sofía, luego el sonido de la risa de Alan.

  “No”, susurró Jhon, intentando agarrarse a sus recuerdos. “No puedo olvidarlos”.

  Pero la luz era más fuerte. Empezó a olvidar lo que había venido a hacer, olvidar el nombre del lago, olvidar quién era. “?Quién soy?”, preguntó, con voz perdida. “?Dónde estoy?”

  La luz respondió: “Tú eres nada. Tú eres luz. Solo luz”.

  Jhon sintió cómo su cuerpo empezaba a volverse transparente, como si se convirtiera en luz también. La sensación era extra?a — no sentía dolor, no sentía miedo, solo una sensación de vacío. Parecía fácil quedarse así, convertido en luz, sin problemas, sin recuerdos, sin dolor.

  Pero entonces, en el fondo del vacío, escuchó un sonido: el llanto de un ni?o. Fuese lo que fuese, ese sonido le dio fuerza. Intentó concentrarse en él, y poco a poco, el sonido se volvió más claro — era el llanto de Alan, el día que nació.

  “Alan”, susurró Jhon, y el nombre le quedó grabado en la mente, como una peque?a luz en medio del vacío. Empezó a recordar: el peso de Alan en sus brazos por primera vez, la sonrisa de Sofía cuando lo vio, las palabras que le dijo: “Es nuestro hijo, Jhon. Nuestra esperanza”.

  Con ese recuerdo, Jhon empezó a encontrar su camino. Caminó hacia donde escuchaba el sonido, aunque no veía nada. Otro recuerdo apareció: el día que enfrentó la prueba del fuego con Antonio, cuando su amigo le dijo: “Juntos lo logramos”. Ese recuerdo le dio más fuerza, y sus pasos se volvieron más firmes.

  La luz intentó quitarle esos recuerdos, volviéndose aún más intensa, pero Jhon se agarró a ellos como a una tabla de salvación. Empezó a recordar más cosas: el sabor de la limonada de Sofía en el campo, el canto de los pájaros en el bosque, el calor del sol en la aldea. Cada recuerdo era una peque?a luz que se sumaba a la suya, haciendo que la luz cegadora del vacío fuera menos poderosa.

  Después de lo que pareció una eternidad, Jhon vio una peque?a luz en el horizonte — una luz diferente a la del vacío, cálida y familiar. Caminó hacia ella, y a medida que avanzaba, la luz se volvía más grande, más clara. Cuando llegó a ella, se encontró con una puerta de luz, y en la otra lado, el lago volvió a aparecer.

  Pero el lago era diferente ahora. El agua estaba negra como la oscuridad misma, y los cristales del fondo brillaban con un resplandor rojo, como si estuvieran encendidos. El aire estaba cargado de tensión, y Jhon sintió un miedo que no había sentido nunca antes — ni en la prueba del fuego, ni en la del viento.

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  “Esta es la mitad de la prueba”, dijo la voz de la luz, ahora desde el lago. “Has pasado el vacío, has encontrado tu identidad en el olvido. Pero lo peor está por venir. La cuarta parte te hará enfrentar tu peor miedo — el miedo a perder a los que amas, el miedo a morir, el miedo a que todo lo que has hecho haya sido inútil”.

  Jhon se metió en el agua negra, que estaba fría como la muerte. El resplandor rojo de los cristales le iluminaba el camino, pero cada paso era más difícil — el agua estaba espesa, como si fuera de miel, y le costaba moverse. Mientras avanzaba, empezó a ver imágenes en el agua: Sofía y Alan, en la aldea, siendo atacados por monstruos. No podía ayudarlos, no podía llegar a tiempo.

  “?Sofi! ?Alan!”, gritó Jhon, intentando correr, pero el agua le impedía. Veía cómo los monstruos se acercaban, cómo Sofía intentaba proteger a Alan con sus brazos, cómo los dos miraban hacia él con cara de desesperación.

  “?No!”, gritó Jhon, con todas sus fuerzas. “No te hagan da?o!”

  Pero la imagen se volvió más clara: vio cómo los monstruos atacaban a Sofía, cómo ella caía al suelo, cómo Alan llora su nombre. Sintió un dolor en el pecho tan grande que le costaba respirar, como si le hubieran clavado una espada.

  “Es tu culpa”, dijo la voz de la luz. “Tu culpa por irte. Tu culpa por dejarlos solos. Si hubieras quedado en la aldea, esto no hubiera pasado”.

  Jhon se detuvo, incapaz de caminar más. La culpa le consumía, igual que la rabia consumió a Antonio. Empezó a creer que la voz tenía razón — que todo lo que había hecho, todas las pruebas que había pasado, era inútil si no podía proteger a los que amaba.

  Mientras estaba ahí, paralizado por el miedo y la culpa, el agua negra empezó a envolverlo, a meterse en sus pulmones. Sintió cómo su respiración se volvía difícil, cómo su corazón empezaba a latir más lento. La luz roja de los cristales se volvió más intensa, y Jhon empezó a ver su propia muerte: cayendo al fondo del lago, solo, sin poder volver a ver a Sofía y Alan.

  “?Es esto el final?”, preguntó Jhon, con voz baja.

  La voz de la luz respondió: “Sí. Si no puedes superar tu peor miedo, esto es el final”.

  Jhon sintió cómo su conciencia se desvanecía. El dolor en el pecho era insoportable, y el miedo le impedía luchar. Pero entonces, recordó lo que Antonio le dijo en el camino: “La luz no es solo buena, ni solo mala. Es la verdad. Y la verdad es que tu amor por ellos es más fuerte que tu miedo”.

  Con ese último recuerdo, Jhon decidió luchar. Agarró con fuerza la idea de Sofía y Alan, de su amor por ellos, y empezó a respirar de nuevo, a luchar contra el agua negra que le envolvía. Su corazón empezó a latir más rápido, y su cuerpo se volvió más fuerte.

  “?No!”, gritó Jhon, con todas sus fuerzas. “Mi amor por ellos es más fuerte que cualquier miedo! Mi vida no termina aquí!”

  En el instante en que dijo esas palabras, el agua negra se desvaneció, y el lago volvió a ser transparente. El resplandor rojo de los cristales se convirtió en amarillo, cálido y brillante. Jhon respiró hondo, con alivio, y miró hacia adelante — vio la tercera pared de luz, la entrada a la cuarta parte de la prueba.

  Pero su alegría fue corta. Mientras caminaba hacia la pared de luz, sintió cómo su corazón se paró de repente. El esfuerzo de luchar contra el agua negra le había costado demasiado. Su cuerpo se volvió frío, y su conciencia se desvaneció completamente. Cayó al fondo del lago, sin movimiento, sin vida.

  Mientras tanto, en la orilla, Antonio estaba esperando, preocupado. Había sentido una energía extra?a en el lago, una energía de dolor y muerte. Corrió hacia el agua y se metió, nadando hacia adentro, hacia donde estaba Jhon. Cuando lo encontró, estaba sin vida, en el fondo del lago, con los ojos cerrados.

  “?Jhon!”, gritó Antonio, cogiendo su cuerpo y llevándolo hacia la superficie. Cuando llegaron a la orilla, lo puso en el césped y empezó a usar su poder de curar — un poder que nunca había usado para revivir a alguien, pero que sabía que tenía.

  “Por favor, amigo”, susurró Antonio, mientras su mana de curación envolvía a Jhon. “No te vayas. La aldea te necesita. Sofía y Alan te necesitan. Yo te necesito”.

  El mana de Antonio era brillante, verde como la vida. Envolvió a Jhon completamente, y Antonio sintió cómo su propia energía se iba agotando. Pero no se rendió — sabía que tenía que llegar en el momento oportuno, que Jhon aún podía ser salvado.

  Después de lo que pareció una eternidad, Jhon tomó una respiración honda, con fuerza. Abrió los ojos y miró a Antonio, con alivio.

  “Antón…”, susurró Jhon.

  “Estoy aquí, amigo”, respondió Antonio, con lágrimas en los ojos. “Te lo dije — si algo pasa, el tío Antonio lo arregla”.

  Jhon sonrió débilmente y miró hacia el lago, hacia la pared de luz de la cuarta parte. Había muerto, y Antonio lo había revivido. La prueba era más difícil de lo que imaginó — y aún le quedaban dos partes. Reflexionó: la luz no solo te hace enfrentar tus sombras y tu olvido, sino también tu propia muerte. Y la única forma de superarla es con el amor y la ayuda de los demás — incluso cuando estás solo en la prueba, nunca estás realmente solo.

  “Ahora sí”, dijo Jhon, levantándose con la ayuda de Antonio. “Ahora sí estoy listo para la cuarta parte”.

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