Jhon tomó la mano de Antonio y juntos cruzaron la pared de luz transparente. En el instante en que lo hicieron, la atmósfera del lago cambió completamente — la luz que antes era cálida y reconfortante se volvió fría y cegadora, y el agua se puso tan oscura como la noche, a pesar del resplandor que venía de los cristales del fondo.
“Esta es la segunda parte”, dijo Jhon, con voz baja, porque la luz parecía absorber el sonido. “Aquí, la luz no muestra tus alegrías — muestra tus sombras. Tus errores, tus fracasos, todo lo que has hecho mal. Tienes que verlo, aceptarlo, sin dejar que te consuma”.
Antonio miró a su alrededor, y ya empezaba a ver sombras moviéndose en la luz. “Yo… ya he enfrentado mis errores”, dijo, pero su voz temblaba un poco.
“Lo sé”, respondió Jhon. “Pero la luz aquí no te deja escapar de nada. Te muestra todo, con cada detalle”.
Mientras caminaban, la luz se volvió más intensa, y las sombras se convirtieron en imágenes claras. Jhon empezó a ver sus propios errores: el día que abandonó la prueba en su reencarnación pasada, el día que no pudo proteger a unos aldeanos de un monstruo, el día que le gritó a Sofía por miedo. Sintió un nudo en la garganta, pero siguió caminando — había aceptado esos errores hace tiempo.
Pero para Antonio, era diferente. La primera imagen que vio fue de un campo lleno de cadáveres, y en el centro, a él mismo, con una espada ensangrentada en la mano. Llevaba una armadura negra, y su rostro estaba oculto por una capucha — era Shadow.
“?No!”, exclamó Antonio, intentando cerrar los ojos, pero la luz era tan fuerte que no podía. “Ya no soy ese hombre”.
La imagen se volvió más clara: vio cómo atacaba un reino peque?o, cómo mataba a hombres, mujeres y ni?os sin piedad, solo por rabia, solo por venganza. Escuchó los gritos de terror, el sonido de la espada cortando carne, el olor a sangre que llenaba el aire.
“Eres Shadow”, dijo una voz que salía de la luz — una voz fría y sin piedad. “Tu mano ha matado a cientos. Tu rabia ha destruido reinos”.
Antonio se detuvo, incapaz de caminar más. Otra imagen apareció: su casa, antes de que todo pasara. Veía a su esposa, Elena, con su sonrisa suave, y a sus dos hijos — Mariana, de siete a?os, con el cabello rubio como el sol, y Lucas, de cinco, con los ojos azules como los suyos. Estaban comiendo juntos en la mesa, riendo, felices.
“Elena… Mariana… Lucas”, susurró Antonio, con lágrimas en los ojos que se mezclaban con el agua del lago.
Luego la imagen cambió. Vio a Dios descendiendo del cielo, con un resplandor que cegaba. Vio cómo su esposa y sus hijos intentaban correr, pero la luz de Dios los envolvió, y desaparecieron en un instante, sin dejar rastro. Solo quedó el silencio y el olor a humo.
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“Por eso te volviste Shadow”, dijo la voz de la luz. “Para vengarte de Dios. Pero en tu rabia, mataste a inocentes. Tu dolor no justifica lo que hiciste”.
Antonio se cayó de rodillas en el agua, que ahora llegaba hasta su cuello. La luz le mostraba más imágenes: cada reino que destruyó, cada vida que quitó, cada rostro de los que mató, lleno de miedo. Sintió una culpa tan grande que le costaba respirar, como si el agua se le metiera en los pulmones.
“Lo sé”, gritó Antonio, con la voz rota por el llanto. “Lo sé, y lo lamento. Pero no podía hacer nada — la rabia me consumió. Perdí a los que amaba, y no sabía qué hacer más que matar”.
Jhon se acercó a él y le puso una mano en el hombro: “Antón, mirame”, dijo, con voz calmada. “Ese fue tu pasado, pero no eres ese hombre ahora. Has cambiado. Has ayudado a la aldea, has salvado vidas, has sido mi amigo. Tienes que aceptar tu pasado, pero no dejar que te defina”.
Pero la luz no lo dejó escapar. La imagen de Elena, Mariana y Lucas apareció de nuevo, pero esta vez, los tres le miraban con cara de decepción. “?Por qué?”, preguntó Mariana, con voz peque?a. “?Por qué mataste a esos ni?os? Ellos no hicieron nada”.
Antonio cerró los ojos y gritó con todas sus fuerzas: “?Lo siento! ?Lo siento mucho! Quisiera poder volver atrás, quisiera cambiarlo, pero no puedo!”
En ese momento, la luz se volvió aún más intensa, y una figura apareció en frente de él — era él mismo, vestido como Shadow, con la espada en la mano. “Tú eres yo”, dijo la figura de Shadow. “Y siempre lo serás. La rabia está dentro de ti, la culpa está dentro de ti. Nunca podrás escapar de mí”.
La figura de Shadow se acercó y levantó la espada para atacarlo. Antonio no se movió — no quería luchar, sentía que se merecía el castigo. Pero antes de que la espada llegara, Jhon se interpuso y agarró el mango de la espada con su mano.
“No”, dijo Jhon, con voz firme. “él no es tú. Tu pasado no es tu futuro. Yo te conozco, Antón — eres un hombre bueno, un amigo leal. Has pagado por tus errores con la culpa que llevas dentro todos los días”.
La figura de Shadow se desvaneció en la luz, y las imágenes empezaron a desaparecer. Antonio levantó la cabeza y miró a Jhon, con lágrimas en los ojos. “?Cómo puedes ser mi amigo?”, preguntó. “Después de todo lo que he hecho”.
“Porque todos tenemos sombras”, respondió Jhon. “La luz te ense?a eso — que nadie es perfecto, que todos hemos hecho cosas malas. Pero lo que importa es lo que haces después. Tú has elegido el camino correcto, Antón. Eso es lo que cuenta”.
Antonio respiró hondo y se levantó. La luz ya no era tan fría, y el agua volvía a tener un resplandor suave. Miró hacia adelante y vio otra pared de luz — la entrada a la tercera parte de la prueba. Pero cuando intentó caminar hacia ella, sintió una fuerza que lo detuvo, como si una mano invisible le agarrara el brazo.
“No puedes avanzar más”, dijo la voz de la luz, ahora más calmada. “Has enfrentado tus sombras, has aceptado tu pasado. Pero tu camino en esta prueba termina aquí. La tercera parte es demasiado difícil para ti — requiere un poder y una voluntad que aún no tienes. Tienes que salir del lago”.
Antonio miró a Jhon con cara de desesperación: “No. No me voy sin ti. Juntos llegamos hasta aquí, juntos terminamos”.
“Antón, escucha”, dijo Jhon, tomando su mano. “La luz tiene razón. Tu lugar no es en la tercera parte. Tienes que salir, guardarte fuerzas. Por si algo me pasa. Por favor — hazlo por mí”.
Antonio se quedó quieto por un instante, procesando las palabras de Jhon. Sintió la frustración del fracaso, la rabia de no poder seguir, pero también el deber de hacer lo que Jhon le pedía. Asintió con la cabeza, con lágrimas en los ojos.
“Está bien”, dijo, con voz baja. “Me iré. Pero prométeme que volverás. Prométeme que no te quedarás aquí”.
“Lo prometo”, respondió Jhon, le dio la mano y sonrió. “Ahora ve. Y recuerda — tu pasado no te define. Eres Antonio, mi amigo, y eso es lo que importa”.
Antonio empezó a caminar hacia atrás, hacia la orilla. Mientras avanzaba, la luz le mostraba una última imagen: su esposa y sus hijos, con sonrisas en el rostro, asintiéndole con la cabeza. Sintió una sensación de paz que nunca había sentido antes — había aceptado su pasado, y ahora podía seguir adelante, sin dejar que la culpa lo consumiera.
Mientras Antonio se alejaba, Jhon miró la pared de luz de la tercera parte. La prueba se estaba poniendo más difícil, y ahora estaba solo. Reflexionó sobre lo que había visto — sobre el pasado de Antonio, sobre las sombras que todos llevamos dentro. La luz no es solo alegría y esperanza — es la verdad, la capacidad de ver lo que realmente eres, con tus defectos y tus virtudes. Para dominar la luz, tienes que aceptar todo lo que eres, sin escapar de nada. Y ahora, él tenía que hacerlo solo.
Tomó una respiración profunda, se enderezó y caminó hacia la pared de luz de la tercera parte.

