El sol llegó con fuerza a la fortaleza, y Jhon despertó con la sensación de energía que nunca había sentido antes. Se sentó en la cama y miró sus brazos — las cicatrices de la prueba del fuego y la tierra habían desaparecido completamente, reemplazadas por piel suave y músculos que parecían más definidos que nunca. Al lado suyo, Antonio también se despertó, estirándose con un sonido de satisfacción.
“?Joder!”, exclamó Antonio, mirando su propio brazo. “Las cicatrices… se curaron. Y siento como si tuviera la fuerza de un oso”.
Jhon se levantó y dio un pu?ado en el aire — el movimiento fue tan rápido y fuerte que creó un peque?o viento que movió las cortinas de la ventana. “Yo también”, dijo, sonriendo. “Creo que después de todas las pruebas, subimos varios niveles de golpe. Nuestra fuerza se recuperó… y tal vez incluso aumentó más de lo que esperábamos”.
Los dos bajaron a la cocina, donde Sofía estaba preparando el desayuno con Alan. “Buenos días, amor”, dijo Jhon, acercándose para besarla — pero al extender el brazo, le tocó la estantería donde estaban los platos con demasiada fuerza. ?CRAC! Tres platos se cayeron al suelo y se rompieron en mil pedazos.
“Jhon!”, gritó Sofía, con los ojos abiertos de sorpresa. “?Qué te pasa? ?Eso eran mis platos favoritos!”
“Lo siento, lo siento mucho”, dijo Jhon, agachándose para recoger los trozos. “No me di cuenta de la fuerza que tenía”.
Mientras tanto, Antonio intentaba coger una cuchara de la mesa — pero al apretarla, la cuchara se dobló como si fuera de plastilina. Alan se rió: “?Tío Antonio, eres muy fuerte!”
Antonio se sonrojó y dejó la cuchara doblada en la mesa: “Perdón, Sofi… no lo hice a propósito”.
Sofía suspiró y seguía preparando el café. “Está bien”, dijo, con voz calmada. “Pero ten cuidado, por favor”.
Jhon intentó abrir la puerta de la cocina para ir al patio — pero al empujarla, la puerta se salió de sus goznes y voló hacia afuera, cayendo en el césped con un estruendo. Sofía se giró hacia él con la boca abierta, y esta vez su voz no fue calmada:
“?JOHN! ?ANTONIO! ?BASTA!”
Los dos se quedaron quietos, mirándola con cara de culpa. “?No se dan cuenta de lo que están haciendo?”, continuó Sofía, con voz firme. “Rompen mis platos, doblan mis cucharas, se llevan las puertas volando… su fuerza está descontrolada. Ya no pueden seguir así — van a lastimarse a sí mismos o a alguien más”.
Alan se acurrucó en el regazo de Sofía: “Mamá está enojada”, dijo, en voz baja.
“Sí, estoy enojada”, confirmó Sofía, mirando a Jhon y Antonio. “Así que se van a entrenar. Tienen que aprender a manejar esa fuerza, a medirla, a equilibrarla. No vuelvan hasta que sepan cómo tocar un plato sin romperlo”.
Jhon asintió: “Tienes razón, Sofi. Lo siento mucho. Vamos, Antón — a entrenar”.
EL ENTRENAMIENTO DEL EQUILIBRIO
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Los dos se dirigieron al bosque que estaba al lado de la aldea — un lugar tranquilo con árboles altos y un suelo cubierto de hojas. Jhon miró a Antonio: “?Cómo hacemos para entrenar esto? No es magia, es fuerza física descontrolada”.
“Mi abuela me ense?ó algo cuando era ni?o”, dijo Antonio, buscando entre los árboles. “Un entrenamiento del equilibrio — para aprender a usar solo la fuerza que necesitas”.
Encontró un árbol con ramas finas y flexibles, y cogió una de ellas. “Mira”, dijo, agarrando la rama con la mano. “Tienes que agarrarla sin romperla. Si la rompes, es porque usaste demasiada fuerza”.
Jhon intentó agarrar otra rama — pero al apretarla, se rompió de inmediato. “Maldita sea”, dijo, frustrado.
“Trata de sentir la rama”, dijo Antonio, agarrando la suya con cuidado. “Imagina que es un huevo — tienes que agarrarlo lo suficiente para no soltarlo, pero no demasiado para romperlo. Usa tu mana para sentir el límite de la fuerza”.
Jhon cerró los ojos y activó su sensación de mana — sintió la energía fluyendo por su brazo, hasta su mano. Agarró la rama con lentitud, sintiendo su textura, su flexibilidad. Esta vez, la rama se dobló un poco, pero no se rompió.
“?Lo hice!”, exclamó Jhon, con alegría.
Luego, Antonio encontró una pila de piedras peque?as. “Ahora, tienes que levantar una piedra y llevarla hasta ese árbol de allá”, dijo, se?alando un árbol a diez metros de distancia. “Sin tirarla, sin romperla — con la misma fuerza durante todo el camino”.
Jhon cogió una piedra con cuidado y empezó a caminar — al principio, la mantenía bien, pero cuando llegaba al árbol, su mano se tensó y la piedra se rompió en dos. “Otra vez”, dijo, sin rendirse.
Pasaron casi dos horas así: agarrando ramas, llevando piedras, intentando abrir y cerrar sus manos con la fuerza justa. Antonio tuvo más suerte — su experiencia pasada le ayudó a encontrar el equilibrio más rápido — pero Jhon seguía luchando, frustrado por no poder controlar algo tan sencillo.
“Trata de respirar hondo”, dijo Antonio, cuando Jhon rompió otra rama. “La fuerza no está solo en los músculos — está en la respiración, en la mente. Si estás tenso, usarás más fuerza de la necesaria”.
Jhon cerró los ojos y respiró hondo, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba. Agarró otra rama, y esta vez, la mantuvo intacta durante un minuto, luego dos. “?Sí!”, gritó, con una sonrisa de triunfo.
Luego, Antonio tuvo una idea. “Ahora, un ejercicio más difícil”, dijo, cogiendo un vaso de vidrio que había traído de la fortaleza (ya con miedo de romperlo en casa). “Tienes que coger el vaso, llenarlo de agua del arroyo y llevarlo hasta ese tronco sin derramar nada ni romperlo”.
Jhon cogió el vaso con extremo cuidado, fue al arroyo y lo llenó. Empezó a caminar — sus manos temblaban un poco, pero la respiración profunda le ayudó a mantener el equilibrio. Llegó al tronco y colocó el vaso sobre él, sin derramar ni una gota.
“?Lo lograste!”, dijo Antonio, abrazándolo con cuidado (para no romperlo). “Ahora, inténtalo con dos vasos”.
Pasaron otra hora, y poco a poco, Jhon y Antonio empezaron a controlar su fuerza. Podían agarrar platos (que Antonio había traído) sin romperlos, abrir puertas sin llevarlas volando, doblar cucharas solo lo suficiente para hacerlas volver a su forma original.
“Creo que ya lo tenemos”, dijo Jhon, colocando un plato sobre el tronco con la misma suavidad que Sofía. “Gracias, Antón — sin ti, no lo hubiera logrado”.
“De nada, amigo”, respondió Antonio. “Ahora, volvamos a casa — espero que Sofi no esté todavía enojada”.
EL MOMENTO PACíFICO DEL ATARDECER
Los dos volvieron a la fortaleza y encontraron a Sofía y Alan en el patio trasero, sentados junto a la fuente. Sofía miró a Jhon y Antonio, y vio que llevaban platos intactos en las manos.
“?Ya lo lograron?”, preguntó, con voz más suave.
Jhon acercó un plato y se lo pasó a Sofía con extremo cuidado: “Lo intentamos”, dijo. “Perdón por romper tus cosas, Sofi. No fuimos intencionales — solo no sabíamos controlar la fuerza nueva”.
Sofía tomó el plato y sonrió: “Está bien, lo perdono. Sé que han pasado por mucho, y que esta fuerza es nueva para ustedes”.
Alan se levantó y corrió a Jhon: “Papá, ?mira! Mamá me ense?ó a hacer coronas de flores”. Mostró una corona de flores rojas y amarillas que llevaba en la cabeza.
“Es preciosa”, dijo Jhon, agachándose para besarlo — esta vez, con la fuerza justa, sin asustarlo.
Sofía se levantó y fue a la cocina, volviendo con una bandeja con pan recién horneado y café. “Ahora que ya saben controlar su fuerza”, dijo, sonriendo. “Pueden ayudarnos a comer sin romper más platos”.
Los cuatro se sentaron en el patio, bajo el sol del atardecer que se reflejaba en la fuente. Jhon tomó el pan y se lo pasó a Antonio con cuidado, Sofía le dio a Alan un trozo de pan con mantequilla, y todos comieron en silencio cómodo, escuchando el susurro del viento y el canto de los pájaros que volvían a sus nidos.
“Mamá, ?cuando papá y tío Antonio vayan al Lago de los Cristales de Luz, yo puedo ir con ellos?”, preguntó Alan, con los ojos brillantes.
Sofía miró a Jhon, que negó con la cabeza suavemente. “Aún no, mi amor”, dijo. “Es demasiado peligroso. Pero cuando seas mayor, y sepas controlar tu mana y tu fuerza, podrás ir a todas partes con él”.
Alan asintió y se acurrucó en el regazo de Jhon: “Bueno, entonces voy a aprender rápido para ir con papá”.
Jhon le acarició el cabello y miró al horizonte, donde el sol se estaba poniendo en un resplandor naranja y rojo. La fuerza descontrolada ya era cosa del pasado, y la semana de descanso estaba llegando a su fin. El Lago de los Cristales de Luz esperaba, y el miedo volvía a aparecer — pero en ese momento, con su familia al lado, Jhon sabía que podía enfrentar cualquier cosa.

