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CAPÍTULO 87: DÍA 4 — EL CAMPO Y LAS BEBIDAS FRÍAS

  El alba llegó con un resplandor rosado que se reflejaba en las aguas del río que cruzaba la aldea. Jhon despertó antes que el sol, con la sensación de paz que solo sentía en casa — no más puertas doradas, no más fuego ni tempestades, solo el susurro del viento por las ventanas de la fortaleza y el calor de Sofía junto a él. Al lado de la cama, Alan dormía envuelto en su manta, con la boca entreabierta, y Jhon se agachó para besarle la frente sin despertarlo.

  “Ya te levantas?”, preguntó Sofía, abriendo los ojos con lentitud, su voz aún gruesa del sue?o.

  “Quiero ir al campo temprano”, respondió Jhon, sentándose en el borde de la cama. “El suelo está húmedo del rocío — es el mejor momento para sembrar. Antonio me dijo que vendría conmigo”.

  Sofía se sentó y le tocó la mejilla: “Cuídate, no te esfuerces demasiado. Aún estás recuperándote de la última prueba”.

  “Eso es precisamente por qué quiero hacerlo”, dijo Jhon con una sonrisa. “Trabajar la tierra me hace sentir vivo, me recuerda que hay cosas sencillas que valen la pena. Y quiero plantar algo que sea nuestro — algo que crezca con la aldea”.

  Mientras Jhon se vestía con ropa cómoda y botas de cuero, escuchó un golpe suave en la puerta. “Es yo!”, gritó Antonio desde afuera. “?Listo para arar la tierra, amigo?”

  Jhon abrió la puerta y encontró a Antonio con sus herramientas en la mano: un azadón viejo pero bien cuidado, una pala y una bolsa de semillas que había tomado del almacén de la aldea. “Traje maíz, habichuelas y algunas semillas de calabaza”, dijo Antonio, mostrándole la bolsa. “Mi abuela decía que la calabaza trae suerte — y créeme, nos hace falta un poco más de suerte para lo que viene”.

  Jhon rió y cogió su propia azadón: “Vamos, antes que el sol empiece a calentar demasiado”.

  Los dos caminaron por el camino de tierra que llevaba al campo de la aldea — un espacio amplio y verde, con filas de vegetales que los aldeanos habían plantado semanas atrás. Al final del campo, había un sector vacío, cubierto de tierra negra y fértil, que los ancianos habían dejado para Jhon y Antonio como regalo por su regreso.

  “Mira esto”, dijo Jhon, agachándose y cogiendo un pu?ado de tierra en la mano. “Está tan húmeda y rica… las semillas crecerán rápido”.

  Antonio empezó a arar la tierra con el azadón, moviendo el cuerpo con la práctica de alguien que había trabajado la tierra de ni?o. “Cuando era peque?o, ayudaba a mi abuela en su huerta”, dijo, mientras el azadón se hundía en el suelo con un sonido suave. “Ella me ense?ó que cada semilla es un peque?o milagro — tienes que cuidarla, hablarle, darle sol y agua… y luego esperar con paciencia”.

  Jhon empezó a hacer hoyos en la tierra arada, cada uno a la distancia justa para que las plantas tuvieran espacio para crecer. “Es como con el mana”, dijo, sembrando una semilla de maíz en el primer hoyo. “Tienes que darle forma, cuidarlo, no dejarlo descontrolado… sino que lo haga crecer en lo que necesitas”.

  Mientras trabajaban, los primeros aldeanos empezaron a llegar al campo. “?Jhon! ?Antonio!”, gritó Pedro, un hombre alto y fuerte que cuidaba el campo. “?Necesitan ayuda con eso?”

  “No, gracias, Pedro!”, respondió Antonio, sonriendo. “Queremos hacerlo nosotros mismos — es un regalo para la aldea”.

  Los aldeanos saludaron y continuaron con su trabajo, pero de vez en cuando miraban a Jhon y Antonio con admiración — sabían lo que habían pasado, lo que habían enfrentado para protegerlos, y verlos arando la tierra como cualquiera más les hacía sentir más cerca, más humanos.

  Pasaron casi dos horas así, en silencio cómodo, solo con el sonido del azadón, el susurro del viento y el canto de los pájaros en los árboles que bordeaban el campo. El sol empezó a calentar más, y el sudor empezó a correr por la frente de Jhon y Antonio. Jhon se quitó la camisa, revelando las cicatrices de las pruebas pasadas — una en el pecho, otra en el brazo — y se enjugó el sudor con el borde de la camisa.

  “Ya es demasiado calor”, dijo Antonio, dejando el azadón en el suelo y sentándose en un tronco cerca. “Vamos a descansar un rato”.

  Jhon se sentó junto a él y miró el campo: habían arado casi toda la tierra vacía, y las filas de hoyos estaban listas para las semillas. “Quiero que cuando crezcan, los ni?os de la aldea vengan a cosechar”, dijo. “Quiero que aprendan que el trabajo duro da sus frutos — que no todo es magia y hechizos”.

  “Esa es una buena idea”, dijo Antonio, mirando hacia la aldea. “Cuando yo era ni?o, no tenía a nadie que me ense?ara esas cosas… es por eso que me desvié por el camino incorrecto. Pensé que la magia era la única forma de tener poder, pero olvidé que el poder también está en la tierra, en la gente que te quiere”.

  Mientras hablaban, escucharon el sonido de pasos rápidos en el camino de tierra. Al mirar, vieron a Sofía caminando hacia ellos con Alan en brazos y una cesta grande en la mano — la cesta estaba cubierta con una tela blanca para mantener el contenido frío.

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  “?Chicos! Ya son las once, deben de tener sed”, gritó Sofía, con una sonrisa que iluminaba su rostro. Alan, que llevaba una gorra de paja en la cabeza, agitaba las manos con entusiasmo: “?Papá! ?Tío Antonio! ?Vine a traerles algo de beber!”

  Sofía llegó hasta ellos y se sentó en el tronco al lado de Antonio, mientras Alan se bajaba de sus brazos y empezaba a correr por el campo, cogiendo flores silvestres que crecían entre las filas de vegetales. Sofía quitó la tela de la cesta y sacó dos vasos grandes de vidrio, llenos de limonada fría — se veía el hielo flotando y las hojas de menta verde que le daban color y aroma.

  “Aquí tienen”, dijo, pasándoselos a Jhon y Antonio. “Lo hice esta ma?ana, con limones del árbol del patio y menta que planté hace unos meses. También traje jugo de manzana para Alan”.

  Jhon tomó el vaso y dio un trago grande — el sabor ácido y refrescante de la limonada le hizo sentir como si le hubieran vertido agua fría por todo el cuerpo. “Esto es lo mejor del mundo, Sofi”, dijo, mirándola con amor. “Gracias por venir”.

  Antonio también bebió y cerró los ojos de placer: “?Cómo te las arreglas para hacerla tan rica? Deberías ense?arle a los cocineros de la aldea — su limonada no se compara con la tuya”.

  Sofía rió y se enjugó una gota de sudor de la frente: “Es porque la hago con amor”, dijo. “Y con un poco de magia de agua — para que quede más fría y refrescante”.

  Mientras tanto, Alan volvió con un pu?ado de flores amarillas y azules, y se paró frente a Jhon: “Papá, estas son para ti y para mamá. Son bonitas, como la aldea”.

  Jhon se agachó y cogió las flores, luego se las puso a Sofía en el pelo: “Sí, son bonitas”, dijo. “Como tu mamá”.

  Alan sonrió y empezó a ayudar a sembrar — cogía semillas peque?as de la bolsa que Antonio había dejado en el suelo y las ponía en los hoyos con mucho cuidado, contando cada una: “Una, dos, tres… para que crezcan muchas plantas y comamos todo junto”.

  Jhon y Antonio se miraron y sonrieron — ver a Alan trabajando con ellos, tan concentrado y feliz, era el mejor regalo que podían tener. Mientras Alan sembraba, Sofía se levantó y empezó a arreglar los hoyos que habían hecho, asegurándose de que las semillas estuvieran bien cubiertas de tierra.

  “?Sabes qué?”, dijo Sofía, mientras trabajaba. “Cuando estos maíces crezcan, haremos una fiesta en la aldea. Cocinaremos tamales, atole y todos comeremos juntos. Los ni?os podrán jugar entre las filas de maíz, y los ancianos podrán cantar sus canciones”.

  “Me encanta la idea”, dijo Jhon, cogiendo una semilla de calabaza y plantándola en el último hoyo. “Quiero que esta huerta sea un lugar de reunión para todos — donde la gente venga a trabajar, a charlar, a compartir”.

  Mientras terminaban de sembrar, los aldeanos que estaban en el campo se acercaron a ellos. “?Qué bonita huerta!”, dijo María, una mujer mayor que cocinaba en el centro de la aldea. “Cuando las plantas crezcan, te ayudo a cocinar la fiesta, Sofía”.

  “?Claro que sí!”, respondió Sofía, sonriendo. “Todos están invitados”.

  Los aldeanos saludaron de nuevo y se fueron a seguir con su trabajo, mientras Jhon, Antonio, Sofía y Alan se sentaban en el tronco para descansar un poco más. El sol brillaba con fuerza, pero el viento seguía siendo fresco, y el aire olía a tierra húmeda, limonada y flores silvestres. Alan se acurrucó en el regazo de Jhon, y Jhon le acarició el cabello mientras miraba la huerta que habían plantado juntos.

  “Creo que esto es lo que necesitábamos”, dijo Jhon, en voz baja. “Un día de tierra, de limonada y de familia. Me hace olvidar el miedo a lo que viene con el Lago de los Cristales de Luz”.

  “El miedo nunca se va del todo”, dijo Antonio, poniendo una mano en su hombro. “Pero con esto — con ellos — tenemos razón para luchar contra él”.

  Sofía tomó la mano de Jhon y le apretó: “No estás solo en esto, amor. Todos estamos contigo — yo, Alan, Antonio, la aldea. Cualquier cosa que venga, la enfrentaremos juntos”.

  Alan se despertó un poco y miró a Jhon: “Papá, cuando las plantas crezcan, voy a trepar por las ca?as de maíz para alcanzar el sol”.

  Jhon rió y le besó la frente: “Claro que sí, mi amor. Pero primero tienes que crecer un poco más”.

  Mientras el sol empezaba a bajar, Jhon, Antonio, Sofía y Alan se levantaron y se dirigieron a la aldea, con las herramientas en la mano y la sensación de paz y satisfacción que solo llega después de un día de trabajo honesto y amor. La huerta quedaba atrás, con sus semillas plantadas en la tierra negra, listas para crecer, para dar frutos y para ser un recuerdo de ese día de calma en medio de todo el caos que venía.

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