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Capítulo 112: LO QUE DESPIERTA EN EL SILENCIO

  I. El tercer a?o

  El tercer a?o comenzó sin ceremonia. No hubo palabras de aliento, ni nuevos círculos de piedra, ni promesas de avance. Solo el mismo claro, el mismo cielo, y los mismos dos hombres intentando lo imposible.

  Jhon y Antonio ya no contaban los días. Solo contaban los intentos. Y los fracasos.

  Kai había dejado de corregirlos con la misma intensidad. Ahora observaba más que hablaba. Tomaba notas. Ajustaba detalles. Pero en el fondo de sus ojos, algo había cambiado. No era resignación. Era una espera silenciosa. Como si supiera que el momento llegaría… pero no cuándo.

  —Otra vez —decía cada ma?ana.

  Y ellos obedecían.

  —

  II. Alan y la figura borrosa

  Esa noche, Alan so?ó.

  Estaba en un campo de flores que no conocía. El cielo era violeta. El sol, doble. Y frente a él, una figura.

  No tenía rostro. No tenía forma definida. Era como una silueta hecha de niebla y luz. Pero su voz… su voz era cálida. Familiar. Como la de alguien que lo había amado desde siempre.

  —Hola, Alan.

  El ni?o no se asustó. Solo inclinó la cabeza.

  —?Quién eres?

  La figura no respondió. Solo se sentó en la hierba, cruzando las piernas.

  —?Te gusta crear cosas?

  Alan asintió.

  —Sí. Me gusta mezclar cosas. Ver qué pasa.

  —Eso es bueno —dijo la figura—. Crear es recordar. Y tú… estás empezando a recordar.

  Alan frunció el ce?o.

  —?Recordar qué?

  La figura extendió la mano. Sobre su palma, una esfera de energía morado rojiza giraba lentamente.

  —Esto.

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  Alan la miró, fascinado.

  —?Qué es?

  —Es lo que eres. Pero aún no sabes cómo decirlo.

  Alan quiso tocarla. Pero la figura cerró la mano.

  —Aún no. Pronto.

  Y el sue?o se desvaneció.

  —

  III. El entrenamiento se rompe

  En el claro, Jhon y Antonio intentaban una nueva variante de la fusión: una secuencia de movimientos sincronizados, seguidos de una canalización cruzada y una liberación compartida.

  Kai los observaba desde una roca, en silencio.

  —Uno… dos… tres —dijo Jhon.

  Ambos se movieron al unísono. Las energías surgieron. Se entrelazaron. Por un instante, el aire vibró con una armonía perfecta.

  Y luego… se quebró.

  Una descarga de energía los separó. Antonio cayó de rodillas. Jhon se llevó las manos al pecho, jadeando.

  —?Basta! —gritó Kai, por primera vez en meses.

  Ambos lo miraron, sorprendidos.

  Kai se acercó. Su rostro estaba tenso.

  —?Qué están haciendo?

  —Lo que nos ense?aste —dijo Antonio.

  —No —respondió Kai—. Están repitiendo. No están sintiendo. No están escuchando.

  Jhon se puso de pie.

  —?Y qué se supone que escuchemos? ?El silencio? ?El fracaso?

  Kai lo miró con dureza.

  —Escúchense a ustedes mismos. No a mí. No al entrenamiento. A ustedes.

  Antonio bajó la mirada.

  —No sabemos cómo.

  Kai suspiró.

  —Entonces sigan intentando. Hasta que lo descubran.

  Y se alejó.

  —

  IV. Alan y las mezclas

  Mientras tanto, Alan había convertido el jardín trasero en su propio laboratorio secreto.

  Cada noche, después de que Sofía se dormía, salía con una linterna, una manta, y un cuaderno donde dibujaba sus experimentos.

  Había perfeccionado el barro viviente: una mezcla de agua y tierra que podía cambiar de forma según su voluntad.

  Había dominado el torbellino de fuego: una espiral de viento y llama que giraba sin quemar.

  Incluso había logrado mantener juntas combinaciones imposibles: fuego y agua, tierra y aire. No por fuerza. Sino por juego. Por intuición.

  —Si se pelean, no funciona —decía en voz baja—. Pero si los haces jugar… se entienden.

  Una noche, intentó algo nuevo.

  —?Y si los junto todos?

  Luz. Sombra. Fuego. Agua. Tierra. Viento.

  Los invocó uno a uno. Los sostuvo en el aire. Los hizo girar. Se repelían. Chocaban. Se deshacían.

  —No peleen —susurró—. Sean uno.

  Lo intentó durante horas.

  Y al final… lo logró.

  Una esfera surgió. Morado rojiza. Pulsante. Viva.

  Alan la sostuvo entre las manos.

  —Hola —le dijo.

  Y la esfera vibró, como si respondiera.

  —

  V. La Custodia siente

  En lo alto de la Torre de Obsidiana, la Custodia meditaba frente al fuego bicolor.

  Llevaba semanas en silencio. Observando. Esperando.

  Pero esa noche… algo cambió.

  Una vibración. Un pulso. Una energía que no venía del sur, donde entrenaban Jhon y Antonio. Sino de otro lugar. Más cerca. Más peque?o. Más… nuevo.

  Abrió los ojos.

  —?Qué es esto?

  Se levantó. Caminó hacia el ventanal. Extendió la mano.

  La energía era intensa. Pura. Inestable. Pero no caótica. Era… curiosa. Joven. Como una melodía que aún no ha aprendido a ser canción.

  —No es de ellos —murmuró—. No es de Yen-Lua. No es de los dioses.

  Cerró los ojos. Intentó rastrearla.

  Pero no pudo.

  —?Quién eres…?

  La energía se desvaneció.

  La Custodia retrocedió, inquieta.

  —Algo… ha despertado.

  —

  VI. El eco del futuro

  Esa noche, Alan volvió a so?ar.

  La figura borrosa lo esperaba, sentada sobre una roca flotante en medio del cielo.

  —?Lo lograste?

  Alan asintió.

  —Sí. Todos juntos. Y salió este color raro.

  La figura sonrió.

  —No es raro. Es tuyo.

  Alan se sentó a su lado.

  —?Quién eres?

  —Alguien que te conoce muy bien.

  —?Eres mi papá?

  La figura negó con dulzura.

  —No. Pero él es parte de ti. Como tú eres parte de algo más grande.

  Alan frunció el ce?o.

  —?Qué tan grande?

  La figura extendió la mano. El cielo se abrió. Mostró estrellas. Mundos. Dimensiones.

  —Más grande que todo esto.

  Alan se quedó en silencio.

  —?Y qué hago con eso?

  —Juega. Aprende. Crea. El resto… vendrá solo.

  Y el sue?o terminó.

  —

  VII. El día siguiente

  En el claro, Jhon y Antonio entrenaban de nuevo. Kai los observaba, más sereno.

  —Hoy no intenten fusionarse —dijo—. Solo… escúchense.

  Lo hicieron.

  Y por primera vez en meses… no fallaron.

  No se fusionaron. Pero tampoco se repelieron.

  La energía fluyó. Suave. Estable. Como un río que encuentra su cauce.

  Kai sonrió.

  —Así se empieza.

  —

  En el jardín, Alan dibujaba en su cuaderno.

  Había creado nuevos símbolos para sus mezclas. Nuevos nombres. Nuevas formas.

  Y en la última página, dibujó la esfera morado rojiza.

  Debajo, escribió una palabra que no sabía de dónde venía.

  “Origen.”

  Y el viento sopló, como si el mundo lo hubiera leído.

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