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CAPÍTULO 80: EL VALLE DEL DOLOR Y LA PRIMERA LUZ

  El templo de los elementos se abrió como una boca negra en el centro del valle, con el aire tan denso que era difícil respirar. Jhon y Antonio cruzaron la puerta y el suelo se cerró tras ellos — no había vuelta atrás. Luces brillantes se agruparon en el centro de la sala: los espíritus antiguos, más fríos y severos que nunca.

  “El camino a la victoria es hecho de sangre y dolor”, dijo la voz del espíritu del aire, tan aguda que hizo vibrar los oídos de ambos. “Comencemos con el primer elemento”.

  PRIMER ELEMENTO: EL CICLO DEL VIENTO (Días 1-3)

  La sala se transformó en un caos de viento. Unas paredes de piedra se cerraron a su alrededor, y del techo empezaron a caer rocas de tama?o de cabeza, arrastradas por corrientes que cambiaban de dirección en milésimas de segundo.

  “Deben alcanzar la salida al otro lado en menos de 3 horas. El viento decidirá si sobrevivís”.

  JHON:

  Sabía la ense?anza de adaptarse, pero esta vez el viento era diferente — cargado de ira, como si quisiera romperlo. Empezó a moverse con el flujo, pero una corriente súbita lo golpeó en la espalda, lo hizo girar y una roca le rozó la ceja, dejando un corte que le chorreaba sangre por el rostro.

  “Maldita sea”, masculló, intentando recomponerse. Volvió a moverse, pero otra vez se equivocó de ritmo — el viento le arrancó el aliento, lo levantó del suelo y lo tiró contra una pared. El dolor en las costillas le hizo gritar. “No puedo luchar… pero tampoco puedo dejarme llevar ciegamente”, pensó, aguantándose la respiración para sentir el patrón del viento.

  Lo intentó de nuevo: un paso a la derecha cuando el viento soplaba al norte, un salto hacia adelante cuando giraba al este. Falló dos veces más — una roca le golpeó la pierna, le hizo tropezar, y otra le rasgó la manga del brazo, dejando la piel desgarrada. Después de 2 horas y media de sufrimiento, de sangre que le empapaba la ropa y respiración jadeante, finalmente llegó a la salida y se desplomó en el suelo.

  “Has aprendido que la adaptación no es pasividad — es inteligencia en medio del caos”, dijo el espíritu.

  ANTONIO:

  El guerrero agarró su espada (aunque el espíritu se la había quitado antes de empezar) y gritó, intentando aguantarse en pie contra el viento. “?No me voy a rendir!” — pero la corriente lo levantó como si fuera una hoja y una roca le golpeó directamente en la mandíbula. Sintió cómo se le rompía algo, y sangre le salió por la boca.

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  Cayó al suelo, se levantó y volvió a fallar. La séptima vez que cayó, una roca le golpeó la espalda y le hizo quedarse tendido, sin fuerzas para moverse. El viento le azotaba el rostro, llenándole los ojos de polvo y sangre. “Soy un fracaso… siempre lo he sido”, pensó, recordando su pasado como sirviente del dios. Se cerró los ojos, listo para dejar que el viento lo matara.

  Pero entonces escuchó la voz del espíritu, más cerca esta vez: “La fuerza bruta no rompe el ciclo — la observación lo sigue”. Antonio abrió los ojos con esfuerzo y empezó a mirar: el viento no era aleatorio — tenía un ciclo de 30 segundos, cambiando de dirección en un orden preciso.

  Lo intentó de nuevo el segundo día: falló 5 veces más, se rompió un dedo al agarrarse a una crevice y se desmayó por la pérdida de sangre. El tercer día, con la mandíbula hinchada y la espalda adolorida de muerte, siguió el ciclo del viento — un paso, un salto, un desvío. Cuando llegó a la salida, se desplomó junto a Jhon, llorando de dolor y rabia contra sí mismo.

  “Has aprendido que la humildad es la única fuerza que puede seguir lo que no se puede romper”, dijo el espíritu.

  SEGUNDO ELEMENTO: LA PRUEBA DE LA FOSA (Días 4-7)

  La siguiente sala era una fosa de 50 metros de profundidad, con paredes de barro negro y húmedo que se desmoronaban al menor toque. En la cima, el espíritu de la tierra habló:

  “Subid sin herramientas. La tierra acepta a quienes se sienten parte de ella — a los demás, se los traga”.

  JHON:

  Recordó la ense?anza de formar parte de la tierra, pero este barro era diferente — viscoso, como si quisiera atraparlo y lo hiciera hundirse. Empezó a colocar sus manos con cuidado, intentando sentar la tierra, pero el barro se desmoronó y lo hizo caer 10 metros. Se golpeó la rodilla contra una piedra oculta, y el dolor le hizo gritar hasta quedarse sin voz.

  Volvió a subir: un centímetro a la vez, presionando el barro para que se endureciera. Pero se apuró, y la pared se desmoronó de nuevo — cayó 15 metros, y el barro le entró por la nariz y la boca, casi lo ahoga. “Tengo que ser paciente… pero el tiempo se acaba”, pensó, escupiendo barro y sangre.

  Lo intentó de nuevo, con más calma. Falló dos veces más — una vez se le desprendió una masa de barro que le golpeó la cabeza, y otra vez se le resbaló el pie y se golpeó la costilla que ya le dolía. Después de 4 horas y media de esfuerzo, de barro que le cubría todo el cuerpo y heridas que le ardían, finalmente llegó a la cima y se tiró al suelo, sin fuerzas para moverse.

  “Has aprendido que la paciencia no es lentitud — es fuerza controlada en medio de la fragilidad”, dijo el espíritu.

  ANTONIO:

  El guerrero empezó a escalar con todas sus fuerzas, agarrándose a cualquier protuberancia. Pero el barro se desmoronó inmediatamente, y lo hizo caer hasta el fondo de la fosa. Se golpeó la espalda contra el suelo de piedra, y sintió cómo le reventaban los vasos sanguíneos en las manos por el esfuerzo.

  Lo intentó de nuevo — y otra vez cayó. La duodécima vez que cayó, se rompió el brazo izquierdo al agarrarse a una roca para no golpearse la cabeza. Se quedó tendido en el fondo, con el brazo hinchado y la sangre manchando el barro. “Imposible… no hay forma”, gritó, con la voz rota. “?Por qué Jhon lo hace y yo no? ?Soy un idiota!”

  El espíritu le habló desde la cima: “La tierra no te sostendrá si te crees superior a ella — sé humilde, y ella te dará la fuerza que no tienes”. Antonio cerró los ojos y tocó el barro con su mano buena, sin intentar dominarlo — solo sentirlo. Sentió cómo la tierra tenía un pulso, un ritmo.

  Los días siguientes fueron un infierno: cayó 8 veces más, se desmayó dos veces por la pérdida de sangre y el dolor del brazo, y casi se ahoga cuando el barro le tapó la nariz. El séptimo día, con la fuerza agotada y la mente a punto de romperse, empezó a escalar con respeto — presionando el barro en el ritmo de su pulso, sentando cada mano y pie con cuidado. Cuando llegó a la cima, se desplomó sobre Jhon, gritando de dolor y alivio a la vez.

  “Has aprendido que la humildad es la base de todo lo imposible — sin ella, todo se desmorona”, dijo el espíritu.

  La sala se abrió a la siguiente, y ambos se levantaron con esfuerzo, apoyándose el uno en el otro. Su cuerpo estaba cubierto de heridas, de sangre y barro, pero en sus ojos había una luz nueva — la de quienes han pasado por el infierno y han salido con vida.

  “?Listos para el siguiente?” preguntó Jhon, con la voz jadeante.

  Antonio asintió, apretando los dientes por el dolor del brazo. “Sí. No importa cuánto duela — no me rindo”.

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