El joven Elara se acercó al carruaje con paso seguro, su túnica azul ondeando con el viento monta?oso. Antonio lo miró con desconfianza, pero se hizo a un lado para dejarlo pasar. Cuando Elara se sentó a Jhon’s derecha, su aura — que Jhon podía ver gracias a su Visión de Datos — brilló con un matiz azul que coincidía con la de la fuente de magia.
“Empecemos por el principio”, dijo Jhon, mientras el carruaje volvía a rodar. “?Cómo sabes que la perturbación está ligada a mí?
Elara sacó un pergamino arrugado de su bolsillo. “La Academia ha estado monitoreando la fuente durante siglos. Cada vez que hay un cambio en el equilibrio de la magia universal, su brillo fluctúa. Desde que tu aura despertó en la fortaleza — el día que la oscuridad se desvaneció — la fuente ha comenzado a temblar. Los textos antiguos hablan de un ‘Portador de la Luz Recién Nacida’ que sería el único capaz de estabilizarla… o de destruirla”.
Sofía frunció el ce?o. “?Destruirla? Pero la fuente es lo que alimenta toda la magia del mundo”.
“Exactamente”, respondió Elara, su mirada seria. “Y si se agota, la magia desaparecerá. Y sin magia, no habrá forma de acceder al templo de los elementos… ni de enfrentar a los dioses que se despiertan”.
Mientras hablaban, el sol se hundió completamente y la noche cubrió la monta?a. La luz azul de la fuente era ahora visible a lo lejos, brillando como una estrella en la cima del Dragón. Jhon activó su Visión de Datos y vio líneas de energía que conectaban su propia aura con la fuente — como hilos invisibles que lo atraían hacia ella.
“?Cuánto tiempo le queda a la fuente?” preguntó Antonio, sin girarse de la cabina.
“Unas dos semanas, si no hacemos nada”, dijo Elara. “Es por eso que no podemos llegar a la capital con calma — debemos ir directo a la monta?a. La Academia me ha dado permiso para llevarte a la fuente y que la reconozca… o que la rechace”.
Jhon asintió. Su cuerpo aún dolía, pero la urgencia del momento lo llenó de fuerzas. “Entonces cambiamos el plan. Ma?ana al amanecer, ascendemos a la monta?a”.
La noche pasó en silencio, salvo por el ruido de los caballos y el viento. Jhon no durmió — volvió a ver imágenes en su mente: la fuente de magia desplomándose, el templo de los elementos cerrado para siempre, el dios de la reencarnación riendo en su trono. Pero también vio algo más: a Elara, luchando al lado suyo; a Sofía, curando a los heridos; a Antonio, usando su fuerza para protegerlos a todos.
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Al amanecer, el carruaje llegó a la base de la monta?a. El camino se había vuelto demasiado empinado para seguir rodando, así que todos bajaron. El aire era frío y fino, y el viento soplaba con más fuerza. Elara sacó su varita y una luz cálida se encendió en su punta, iluminando el sendero de piedras.
“El ascenso tarda unas tres horas”, dijo ella. “Ten cuidado — el camino es peligroso, y desde que la fuente empezó a temblar, las criaturas de la monta?a se han vuelto agresivas”.
No tardaron en ver lo que quería decir. Un grupo de lobos de pelaje negro, con ojos rojos que brillaban en la penumbra, apareció en el sendero. Su aura estaba cargada de ira y confusión — la perturbación de la fuente les había alterado la mente.
Antonio sacó su espada. “Dejenme a mí”.
“Espera”, dijo Sofía, avanzando. “No son malas por naturaleza — la magia les ha afectado. Déjame curarlas”.
Ella cerró los ojos y su magia de curación fluyó hacia los lobos, envolviéndolos en una luz blanca. Los ojos rojos de los animales se volvieron marrones, y su ira desapareció. Se miraron entre sí y luego se alejaron por el bosque, tranquilos.
“Bien hecho”, dijo Elara, con admiración. “La magia de curación es rara en estos tiempos”.
Continuaron el ascenso. A medida que subían, la luz azul de la fuente se hacía más intensa, y Jhon sentía cómo su propia aura se fortalecía. Cuando llegaron a la cima, se encontraron con un lago de agua cristalina, en cuyo centro brillaba la fuente — una piedra de tama?o humano, con luz azul que fluía por sus grietas.
“Este es el lugar”, dijo Elara, deteniéndose a unos metros. “Ahora depende de ti, Jhon. Acercate y déjate que la fuente te reconozca”.
Jhon caminó hacia el lago. El agua estaba fría, pero no le hizo da?o. Cuando estuvo frente a la piedra, extendió la mano y la tocó. De repente, una luz intensa lo envolvió, y escuchó una voz en su mente — una voz antigua y poderosa, como el susurro del universo mismo:
“Portador de la Luz Recién Nacida… has venido. La magia necesita de ti para equilibrarse. Acepta la bendición, y te daré el poder para abrir el templo de los elementos. Pero ten cuidao: el poder tiene un precio… y el dios de la reencarnación ya sabe que estás aquí”.
La luz desapareció, y Jhon se quedó de pie, temblando pero con una fuerza nueva en sus venas. Miró hacia atrás y vio a Sofía, Antonio y Elara con la boca abierta — la aura de Jhon ahora brillaba con el mismo azul que la fuente.
“Lo has hecho”, dijo Elara, sonriendo por primera vez. “Ahora tienes la bendición. Podemos ir a la Academia y prepararnos para el templo”.
Pero antes de que Jhon pudiera responder, un ruido ensordecedor se escuchó en el cielo. Miraron hacia arriba y vieron una nube negra que se acercaba rápidamente, llena de relámpagos rojos. En el centro de la nube, había una figura — un hombre con cabello blanco y ojos de fuego, vestido con una túnica negra que flotaba con el viento.
“Jhon”, dijo la figura, con una voz que resonaba en toda la monta?a. “He estado esperándote. El dios de la reencarnación te envía su saludo… y su advertencia. Si sigues con tu misión, todos los que amas morirán”.
Jhon se tensó, y su nueva aura brilló con más fuerza. Sabía que el momento de enfrentarse al enemigo había llegado antes de lo esperado. Pero no estaba solo — tenía a sus amigos al lado, y la bendición de la fuente en su cuerpo.
“Entonces ven”, dijo Jhon, con voz firme. “Porque no me rendiré.
Ni ahora, ni nunca”.
La figura sonrió con malicia, y los relámpagos rojos comenzaron a caer hacia la cima de la monta?a.

