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Capitulo 139 Combate: Reen contra Antonio

  El silencio se rompió en un instante y la llanura explotó en movimiento. Antonio avanzó sin vacilar; su respiración era controlada, sus pies buscaban agarre en la tierra que ya empezaba a agrietarse bajo la presión de la energía que emanaba de Reen. Al primer choque, Antonio lanzó una ráfaga de cortes y estocadas rápidas, cada golpe dirigido a forzar la distancia y medir la respuesta del adversario. Reen no bloqueó como un humano: su cuerpo desvió los ataques con microajustes del espacio alrededor suyo, y cada vez que una hoja encontraba resistencia la entidad devolvía una contracarga de energía que empujaba a Antonio varios metros atrás. Antonio rodó, se incorporó y volvió a entrar con más agresividad; su aura se concentró, oscura y compacta, y sus golpes empezaron a explotar al contacto, generando detonaciones que levantaban polvo y arrancaban trozos de terreno. Reen respondió elevando su intensidad: una masa de energía fría se condensó alrededor de su torso y lanzó una onda que partió la llanura en radios, obligando a Antonio a cubrirse y a recomponer su táctica.

  Antonio cambió el ritmo: dejó de buscar aperturas largas y pasó a golpes cortos, explosivos, combinando desplazamientos laterales con estallidos de energía concentrada en la punta de la espada. Cada impacto que conectaba con Reen hacía que la forma de la entidad vibrara y perdiera definición por fracciones de segundo; esas ventanas eran peque?as, pero Antonio las explotó una y otra vez, empujando a Reen a gastar energía en recomponerse. Reen, lejos de retroceder, respondió con violencia creciente: proyectiles de energía que cortaban el aire, descargas que deformaban la percepción del tiempo y embestidas directas que golpeaban con la fuerza de un ariete. Antonio recibió varios impactos; su cuerpo se dobló, la sangre asomó en un corte, pero su ritmo no cedió. Subió la apuesta: concentró su energía en ráfagas más densas, su aura se volvió más afilada, y sus movimientos ganaron velocidad y potencia. Cada choque entre espada y aura producía explosiones que sacudían el suelo y levantaban columnas de polvo.

  Reen empezó a cambiar de táctica: dejó de responder solo con fuerza bruta y comenzó a usar la llanura como material de ataque, levantando fragmentos de roca que se convertían en proyectiles guiados por su voluntad; además, lanzó oleadas que buscaban desorganizar la respiración y el pulso de Antonio, intentando quebrar su ritmo. Antonio, sin perder la compostura, adaptó su guardia: combinó bloqueos con contraataques inmediatos, usó la inercia de su propio cuerpo para transformar cada defensa en un impulso ofensivo. En un intercambio cerrado, Antonio logró encadenar una serie de golpes que empujaron a Reen hacia atrás; la entidad titubeó, su forma se desdibujó y por un segundo la presión que emanaba disminuyó. Antonio aprovechó y lanzó una carga sostenida: una sucesión de embestidas que concentraron energía en un punto, explotando contra el torso de Reen y provocando una detonación que partió la tierra en cráteres.

  La respuesta de Reen fue instantánea y brutal. Reunió energía en el centro de su cuerpo y la liberó en una descarga masiva que barrió la llanura; Antonio fue lanzado por los aires, giró en el aire y cayó con violencia, pero se incorporó en fracciones de segundo, respirando con esfuerzo y con la ropa hecha jirones. No hubo pausa: Antonio volvió a atacar con una combinación de golpes físicos y ráfagas de energía, cada una más intensa que la anterior. Reen absorbía parte de la energía y la devolvía transformada en ataques más caóticos: ráfagas que cambiaban de dirección, pulsos que retardaban los reflejos y proyecciones de fuerza que buscaban aplastarlo desde varios ángulos. Antonio esquivó, bloqueó y contraatacó, pero la presión aumentaba; su cuerpo empezó a mostrar signos de fatiga, los músculos temblaban, y aun así su voluntad empujó su energía a un nuevo nivel. Su aura se hizo más densa, más oscura, y con ese cambio sus golpes ganaron un peso que Reen tardó en contrarrestar.

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  Reen, sintiendo la escalada, dejó de contenerse. Su energía se volvió más salvaje, menos contenida, y cada embestida suya tenía la intención de romper la estructura misma del combate. Avanzó con pasos que comprimían el suelo y lanzó una serie de ataques en cadena: ondas concéntricas, columnas de energía verticales y descargas que explotaban al contacto. Antonio recibió varios golpes directos; su cuerpo fue empujado hasta el límite, pero en lugar de caer, respondió con una ofensiva desesperada y precisa: desplazamientos cortos, golpes dirigidos a las articulaciones de Reen, explosiones de energía que buscaban desestabilizar su coherencia. En un momento crítico, Antonio logró conectar una sucesión de impactos que hicieron tambalear a Reen; la entidad perdió definición y su aura se fracturó por segundos. Antonio no dudó: concentró todo su impulso en un ataque final, una ráfaga sostenida que combinó fuerza física y energía comprimida, y la lanzó directo al centro de Reen.

  La colisión fue brutal. La explosión resultante elevó una columna de tierra y energía que partió la llanura en radios; el aire se llenó de fragmentos y polvo. Antonio fue arrastrado por la onda, rodó y se incorporó con esfuerzo, respirando con dificultad, la sangre en la comisura de los labios. Reen, por su parte, mostró por primera vez una fisura real en su coherencia: su forma se deshizo en fragmentos de energía que intentaban recomponerse. No obstante, la entidad no estaba derrotada; su respuesta fue una reacción aún más violenta: concentró la energía restante en un pulso que explotó en todas direcciones, una descarga que buscó aniquilar cualquier punto de apoyo en la llanura. Antonio recibió el impacto directo, fue lanzado varios metros y cayó, pero se puso en pie de nuevo, con el cuerpo al límite y la respiración entrecortada.

  La pelea continuó sin tregua, con Antonio empujando su cuerpo y su energía más allá de lo que parecía posible y Reen adaptándose, escalando su poder y respondiendo con ataques cada vez más destructivos. Cada choque dejaba la llanura más devastada; cada intercambio aumentaba la velocidad y la intensidad del combate. Antonio atacaba con ferocidad sostenida, con ráfagas cortas y explosivas que buscaban romper la coherencia de Reen; Reen contraatacaba con poder bruto y variaciones que alteraban la percepción y la estabilidad del terreno. La secuencia de golpes, choques y explosiones se volvió una prueba de resistencia pura: quién podía mantener el ritmo, quién podía sostener la energía y quién lograría imponer su voluntad sobre el otro. La batalla seguía escalando, y en cada embestida Antonio demostraba que, aunque herido y agotado, no cedería; Reen, por su parte, mostraba que su poder no era solo fuerza, sino capacidad de adaptación y de convertir el entorno en arma. La llanura ardía, el cielo se llenaba de polvo y la pelea continuaba, sin resolución inmediata, con ambos combatientes empujando sus límites hacia un punto en el que solo la siguiente maniobra decidiría la dirección del choque.

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