El núcleo dejó de latir y por un instante todo pareció volver a la normalidad, pero entonces el cielo se oscureció de golpe y Jhon y Antonio desaparecieron de la llanura como si la tierra los hubiera tragado; Sofía, que estaba en la sala de control junto a los registros, notó la ausencia al instante y, con la voz tensa, le ordenó a Alan que los localizara. Alan cerró los ojos, concentró su maná y sintió dos presencias familiares: la de Antonio, más agitada, y la de su padre, más firme; calculó la dirección y dijo en voz baja que estaban a unos ochocientos kilómetros, lo que dejó a Sofía sin palabras por lo improbable de la distancia. Sin tiempo para teorizar, Alan pensó en un experimento: tomó las bases del cristal de memoria y del cristal de audio que había probado con Arturo, trabajó con rapidez y precisión, imbuyó dos piezas peque?as con una mezcla de resonancia y viento, reforzó una con un sello para que viajara como transmisor y la otra la configuró como receptor-proyector. Con todo su maná concentrado lanzó el cristal reforzado por los aires en la dirección que había sentido, enviándolo como una se?al a la distancia exacta; El otro cristal, en su mano, empezó a captar una débil respuesta y Alan lo activó como proyector. En la pantalla de cristal apareció la llanura donde Jhon y Antonio estaban ahora: un terreno abierto, cielo pesado, ya lo lejos una figura que descendía lentamente del firmamento. En la ciudad, Kai sintió la presencia del dios de la reencarnación como un golpe en el pecho; se quedó inmóvil, las manos le temblaron y los recuerdos de la batalla anterior lo asaltaron. La figura terminó de bajar y se plantó a unos cincuenta metros de Jhon y Antonio; no había hostilidad inmediata en su postura, más bien una curiosidad fría, y habló con voz clara y extra?amente amistosa: "Hola, ?qué tal, chicos? ?Cómo van? Así que por fin llegó el día; es algo emocionante, veamos de qué son capaces". Jhon y Antonio se miraron, sonrieron con la calma de quienes han esperado este momento, y Jhon, para romper la tensión, comentó en tono burlón que se había imaginado el cuerpo físico del dios más alto y apuesto, como en las visiones, no tan bajito y desagradable; Antonio rió y se acercó, y el dios respondió con una sonrisa que no alcanzó los ojos: “Que bien, rían mientras pueden, pero ese cuerpo era mejor que el de ellos dos”.
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El ser llevó a Alan al lugar sin tiempo; no fue un traslado con pasos ni con aire, sino una presencia que los colocó a ambos en la llanura en un parpadeo, con la intención de que observaran la batalla y sacaran conclusiones claras, aunque su propósito real era estar listo para enviar a Alan cuando llegara la hora. Sofía no notó que Alan se había ido; en la sala de control seguía revisando registros y órdenes, ajena al vacío que dejó la ausencia del joven. Jhon y Antonio continuaron la conversación con la figura que había descendido del cielo; Jhon, con la costumbre de poner nombres a lo que enfrenta, comentó que “dios de la reencarnación” era demasiado largo y preguntó si no tenía uno más corto. La figura respondió con calma que podía llamarlo “Reen”. Jhon y Antonio rieron, burlones, como si la tensión se aliviara con una broma: “?En serio? Tantos nombres y tu creatividad solo alcanza para usar las cuatro letras de 'reencarnación'”, dijo Jhon con sorna. Reen pareció ofenderse; su expresión apenas cambió, y con una pisada al frente todo quedó en silencio. El aire se tensó. Jhon y Antonio sintieron el peligro en el gesto y se pusieron en posición ofensiva, listos para atacar si hacía falta; sus rostros se endurecieron y la broma se apagó. Antonio, en voz alta y con un intento de imponer orden en la tensión, dijo que iría él primero, que pelearían por turnos. Jhon no estuvo de acuerdo: quería ser el primero en enfrentarlo. Para zanjarlo, propusieron un juego infantil —piedra, papel o tijeras— y, cuando la suerte favoreció a Antonio, aceptaron la decisión: Antonio pelearía primero. Reen los observaron con incredulidad, sorprendidos de que no mostraran miedo; esperaba sumisión o pánico, no aquel gesto de camaradería que resolvía el orden con un juego. Jhon se alejó un poco, colocándose en una posición desde la que podría intervenir en cualquier momento, y Antonio tomó una postura ofensiva, concentrada, con la espada en mano y la respiración medida, listo para iniciar el combate.

