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Capítulo 117: EL LEGADO DE LA CUSTODIA

  I. El final del entrenamiento

  Cinco a?os habían pasado desde que Jhon y Antonio comenzaron su camino. El claro que había sido escenario de frustraciones, caídas y lágrimas ahora era testigo de un silencio distinto: el silencio de la victoria.

  Kai los observaba con orgullo. Ya no eran aprendices. Ya no eran dos hombres intentando lo imposible. Eran portadores de un vínculo que había trascendido la técnica: el Equilibrio.

  La Custodia de Obsidiana apareció una vez más, con su túnica flotando y sus ojos grises como espejos.

  —Han cruzado las pruebas —dijo—. La Espada del Equilibrio es suya.

  La entrega de la Espada

  En sus manos, la Custodia sostenía una espada que no era de metal ni de piedra. Era de energía pura: luz y sombra entrelazadas, vibrando como un latido. Su filo no cortaba materia, sino intención. Su empu?adura no era rígida, sino flexible, como si se adaptara al portador.

  —Esta espada no destruye —explicó la Custodia—. Esta espada decide. Cada vez que la usen, no será para imponer, sino para equilibrar.

  Jhon y Antonio, aún fusionados, extendieron las manos. La espada se posó en ellas. Y al tocarla, sintieron que no era un arma. Era un espejo. Un reflejo de lo que eran juntos.

  —Ahora son portadores del Equilibrio —dijo la Custodia—. Pero la espada es solo el inicio.

  Las otras habilidades

  La Custodia levantó la mano. Tres símbolos surgieron en el aire: círculo, espiral y llama. Cada uno representaba una habilidad distinta.

  1. El Círculo de Resonancia

  - Les permite expandir su energía conjunta en un radio amplio, sincronizando y estabilizando todo lo que toca.

  - Con él, pueden calmar tormentas, detener terremotos, o armonizar energías caóticas.

  2. La Espiral de Memoria

  - Les da acceso a recuerdos antiguos, incluso de generaciones pasadas.

  - No es solo conocimiento, sino experiencia viva: pueden sentir lo que sintieron los portadores anteriores del Equilibrio.

  3. La Llama Bicolor

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  - Una manifestación de luz y sombra que no destruye, sino revela.

  - Al invocarla, todo lo oculto se muestra: verdades, enga?os, intenciones.

  La Custodia los miró con seriedad.

  —Estas habilidades no son dones. Son responsabilidades. Cada vez que las usen, el mundo cambiará.

  .La reacción de Kai

  Kai cayó de rodillas, con lágrimas en los ojos.

  —Lo lograron…

  Sabía que el entrenamiento había terminado. Pero también sabía que lo que venía sería más difícil. La espada y las habilidades no eran premios. Eran cargas. Y Jhon y Antonio tendrían que aprender a vivir con ellas.

  Alan y el ser

  Mientras tanto, Alan estaba en el lugar sin tiempo, jugando con el ser. Habían creado un bosque entero alrededor de la mesa, y el fuego negro ardía dentro de un cristal. Alan reía mientras lanzaba rayos que se convertían en juegos de luces.

  El ser lo observaba con ternura, pero también con filosofía.

  —?Sabes qué significa crear vida, Alan? —preguntó.

  —Que nunca falte comida ni sombra —respondió el ni?o.

  El ser negó suavemente.

  —Crear vida significa aceptar que algún día esa vida terminará. La creación y la destrucción son inseparables. Tú no solo estás jugando. Estás tocando la frontera de lo divino.

  Alan lo miró, confundido.

  —?Y eso es malo?

  —No es malo ni bueno. Es responsabilidad. Y algún día tendrás que decidir qué hacer con ella.

  Alan guardó silencio. Luego sonrió.

  —Por ahora… solo quiero hacer cosas bonitas.

  El ser rió.

  —Y eso, Alan, ya es más sabio que muchos dioses.

  Sofía y la duda

  En Eldoria, Sofía seguía convencida de que Jhon había desintegrado el bosque. Cada vez que lo miraba, sentía orgullo… pero también distancia. El hombre que amaba estaba cambiando. Su poder era incomprensible. Y ella no sabía si aún podía alcanzarlo.

  La Custodia de Obsidiana se despidió sin ceremonia, regresando a su torre silenciosa. El claro quedó vacío, con Kai, Jhon y Antonio de pie, aún con la energía vibrando en sus cuerpos. Kai los miró con seriedad y les dijo que el verdadero reto apenas comenzaba: debían asimilar sus nuevas habilidades y su poder, pues tener la Espada del Equilibrio y las demás facultades no significaba dominarlas.

  El primer paso fue aprender a separarse y unirse a voluntad. No una vez, no dos, sino diez veces consecutivas. Jhon y Antonio comenzaron torpemente, cayendo de rodillas, perdiendo el ritmo, tardando segundos en completar la fusión. Pero poco a poco, con esfuerzo y concentración, lograron hacerlo con fluidez. Tras horas de práctica, consiguieron las diez fusiones seguidas. Kai asintió, satisfecho, pero les advirtió que eso era apenas el inicio.

  Entonces, Kai cerró los ojos y su cuerpo cambió. Se transformó en un adulto musculoso, imponente, con un aura vibrante que parecía sacudir el aire. Con un gesto creó una zona barrera, un espacio sellado donde nada podía ser destruido. Allí podrían luchar sin miedo a da?ar el mundo. Sin darles tiempo, se lanzó sobre ellos con velocidad imposible.

  Jhon y Antonio estaban separados. El ataque fue tan rápido que apenas lograron fusionarse antes de recibir el segundo golpe. La figura fusionada se lanzó al combate, espada en mano, pero cada golpe fallaba. Kai esquivaba con facilidad, contraatacaba con precisión, y los derribaba con un solo empuje. La fusión era fuerte, pero torpe. Sus movimientos eran poderosos, pero descoordinados.

  Kai los miró con dureza. Les dijo que no todo se trataba de fuerza bruta ni poder, que también había práctica y habilidad. Ellos tenían la fuerza, pero aún no sabían dominar su nuevo cuerpo ni su poder. Debían aprender.

  Así comenzó un mes entero de lucha. Cada día, desde el amanecer hasta el anochecer, combatían contra Kai en la barrera. Cada error era castigado con un golpe certero, cada avance reconocido con un silencio respetuoso. Aprendieron a usar la fusión como estrategia: separarse para esquivar, unirse para contraatacar. Al principio apenas podían mantenerse de pie, pero con el paso de las semanas sus movimientos se volvieron más fluidos, más seguros.

  Las noches eran distintas. Regresaban a la casa de Jhon, donde Sofía los recibía con comida caliente y palabras de aliento. Alan escuchaba las historias del día con ojos brillantes, aunque guardaba en silencio sus propios secretos de creación. Antonio y Kai descansaban en la sala, mientras Alan jugaba con sus dibujos. Jhon se acercaba a Sofía, la abrazaba, la besaba, y se acurrucaba junto a ella en la cama. Cada noche le susurraba cuánto la amaba, y Sofía respondía con ternura, acariciando su rostro. Ese gesto simple era lo que mantenía a Jhon firme en medio del agotamiento.

  Al terminar el mes, Kai se detuvo en medio del claro. Su cuerpo volvió a la forma habitual. Los miró con orgullo y les dijo que habían avanzado, que ya no eran torpes, que habían comenzado a dominar su nuevo cuerpo. Aún faltaba mucho, pero ahora eran verdaderos portadores del Equilibrio. Sofía los observaba con lágrimas en los ojos, y Alan dibujaba en su cuaderno una espada rodeada de un círculo. Debajo escribió una palabra que no sabía de dónde venía: “Dominio”. El viento sopló, como si el mundo lo hubiera leído.

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