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Capítulo 116 EL SILENCIO Y LA CREACIÓN

  I. La Espada del Equilibrio

  La Custodia de Obsidiana extendió el pergamino frente a Jhon y Antonio. Sus ojos grises brillaban con una intensidad que no necesitaba palabras.

  —Este es el primer legado —dijo—. La Espada del Equilibrio. No es un arma para destruir. Es un espejo para comprender.

  Jhon y Antonio, aún fusionados, tomaron el pergamino. Al abrirlo, las letras se movieron como si estuvieran vivas. No eran palabras. Eran símbolos que cambiaban con cada mirada. Luz y sombra, entrelazadas en un lenguaje que no pertenecía a los hombres.

  Kai observaba en silencio. Sabía que esa prueba no era física. No era mental. Era espiritual. Era el verdadero inicio del camino.

  —Lean —ordenó la Custodia—. Y enfrenten lo que verán.

  El pergamino brilló. Y el mundo cambió.

  —

  II. Alan y el ser

  Mientras tanto, en el lugar sin tiempo, Alan jugaba con nuevos experimentos. El ser lo observaba desde la mesa, con una taza de café en la mano y una sonrisa que nunca se apagaba.

  Alan extendió las manos.

  —Luz y fuego.

  Una chispa dorada surgió de su palma derecha. Una llama roja, de la izquierda. Las unió.

  El resultado fue un rayo. Un relámpago que cruzó el cielo violeta, iluminando todo el campo. Alan rió.

  —?Magia de Rayo!

  El ser lo miró con asombro.

  —Eso no es común. Has creado energía pura.

  Alan se encogió de hombros.

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  —Solo mezclé cosas.

  Luego, intentó otra combinación.

  —Agua y luz.

  De una mano surgió una esfera líquida. De la otra, un resplandor dorado. Al unirlos, la esfera brilló con un fulgor suave. Alan la colocó sobre una flor marchita. La flor se enderezó. Sus pétalos se abrieron. Volvió a vivir.

  Alan abrió los ojos, sorprendido.

  —?Magia curativa! Puede sanar.

  El ser lo miró con seriedad.

  —Alan… estás creando lo que los dioses tardaron milenios en comprender.

  El ni?o sonrió.

  —Entonces… puedo hacer más.

  —

  III. Sofía y el bosque

  En Eldoria, Sofía caminaba por el sendero hacia el bosque, buscando le?a para el fogón. Llevaba una cesta en la mano y tarareaba una canción antigua. Pero al llegar… se detuvo.

  El bosque estaba muerto.

  No quemado. No talado. Desintegrado. árboles reducidos a polvo. Rocas convertidas en ceniza. El suelo, vacío. Como si algo hubiera borrado la existencia misma.

  Sofía dejó caer la cesta.

  —?Qué… pasó aquí?

  Miró alrededor. No había huellas. No había se?ales de batalla. Solo vacío.

  Su mente buscó una explicación. Y solo encontró una.

  —Jhon…

  Se llevó la mano al pecho. No sabía cómo ni por qué. Pero estaba convencida de que su esposo había hecho esto. Tal vez como parte del entrenamiento. Tal vez como defensa. No lo sabía. Pero no podía imaginar otra causa.

  Recogió la cesta. Se alejó en silencio.

  —

  IV. La prueba de la Espada

  Jhon y Antonio se encontraron en un espacio distinto. No era el claro. No era Eldoria. Era un campo infinito, dividido en dos: mitad luz, mitad sombra.

  Frente a ellos, una figura.

  Yen-Lua.

  No como hombre. No como dios. Como ilusión. Como recuerdo.

  —?Quiénes son? —preguntó la figura.

  —Somos Jhon y Antonio —respondieron al unísono.

  —?Por qué buscan el equilibrio?

  —Porque sin él… no somos nada.

  La figura los miró con ojos que eran dos espirales opuestas.

  —Entonces… muéstrenme.

  De su espalda surgió una espada. No de metal. De energía. Luz y sombra entrelazadas. La levantó.

  —Defiéndanse.

  Jhon y Antonio se miraron. Respiraron. Invocaron su fusión. La energía surgió. Sus manos se llenaron de poder.

  El combate comenzó.

  —

  V. Alan y la creación

  En el lugar sin tiempo, Alan seguía experimentando. El ser lo observaba, cada vez más asombrado.

  Alan mezcló tierra, agua y luz. El resultado fue un tallo verde que creció en segundos. Luego, un árbol. Luego, un bosque entero.

  Alan rió.

  —?Magia de madera! Puedo crear árboles. Bosques. Vida.

  El ser lo miró con seriedad.

  —Alan… acabas de crear existencia. Eso es más que magia. Es creación.

  Alan tocó una hoja.

  —Entonces… puedo hacer que nunca falte comida. Nunca falte sombra. Nunca falte aire.

  El ser asintió.

  —Sí. Pero también puedes llenar el mundo de lo que no debe existir. Ten cuidado.

  Alan lo miró, confundido.

  —?Qué significa?

  —Que tu poder no tiene límites. Y eso… es peligroso.

  Alan guardó silencio. Luego, sonrió.

  —Entonces… haré cosas bonitas.

  —

  VI. El fuego negro

  Alan extendió las manos de nuevo.

  —Fuego y oscuridad.

  Una llama roja surgió de la derecha. Una neblina oscura, de la izquierda. Las unió.

  El resultado fue un fuego negro. No humo. No ceniza. Una llama oscura que ardía sin consumir nada. Que no se apagaba. Que no necesitaba aire ni madera.

  Alan la sostuvo en su palma.

  —Es… fuego negro.

  El ser lo miró con preocupación.

  —Ese fuego nunca se extinguirá. Ni con agua. Ni con viento. Ni con tiempo.

  Alan lo colocó dentro de una esfera de cristal.

  —Entonces… lo guardaré. Para cuando lo necesite.

  El ser suspiró.

  —Alan… aún no entiendes lo que eres.

  —

  VII. La Custodia inquieta

  En la Torre de Obsidiana, la Custodia se levantó de su asiento. El fuego bicolor temblaba. Una vibración recorría el aire.

  Creación. Vida. Fuego eterno.

  No era Jhon. No era Antonio. No era Kai.

  Era algo más.

  —?Quién… eres? —susurró.

  Intentó rastrear el origen. Pero no pudo. Solo sintió el eco. El vacío. El silencio.

  —Algo… está creciendo. Y no sé si debo temerlo… o esperarlo.

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