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Capitulo 70 El Corazón Herido del Mundo

  Shadow seguía inmóvil, su figura rota, la silueta fluctuando como si dudara de sí misma. Por primera vez desde que se convirtió en una fuerza, parecía humano… en su desconcierto. El recuerdo del pu?o de luz de Jhon aún brillaba en su pecho, humeante, imposible.

  Y allí, justo cuando la grieta se abría, Jhon apretó los dientes.

  Sintió que la poca energía luminosa que aún habitaba en él latía, intermitente, no como un faro, sino como una chispa. Peque?a. Suficiente.

  —No te voy a dejar escapar —susurró—. No si puedo alcanzarte de nuevo.

  Se lanzó.

  El mundo apenas vio el movimiento.

  Una zancada, un rugido breve, y el viento comprimido en su espalda. El pu?o de Jhon, envuelto en la última hebra de luz que le quedaba, brilló como una astilla de amanecer.

  Shadow, aún aturdido, reaccionó por instinto.

  Giró el torso y también alzó el brazo. Su pu?o estaba cubierto de oscuridad líquida, envolvente, pesada como culpa.

  Ambos se encontraron en mitad del vacío.

  Los dos golpes fueron al abdomen.

  Ambos acertaron.

  El pu?o de Jhon atravesó el cuerpo de Shadow. Lo perforó como un relámpago de justicia, saliendo por su espalda entre sangre oscura y vapor negro. Shadow abrió los ojos como si algo dentro de él se apagara.

  Pero al mismo tiempo, el pu?o de Shadow le atravesó el estómago a Jhon. La sombra se clavó como una lanza viva, y la sangre brotó de su boca al instante. El aliento se le cortó. El mundo se redujo a un sonido apagado y un dolor frío.

  Ambos quedaron un instante congelados, con los brazos enterrados en el pecho del otro.

  Y luego…

  cayeron.

  Jhon golpeó el suelo de espaldas. El polvo se alzó. El cuerpo de Shadow se derrumbó a pocos metros. Ninguno se movía.

  En la sala de observación, Julius se llevó una mano al corazón sin darse cuenta. Sofia cayó de rodillas, sin emitir un sonido, sin poder mirar hacia otro lado. Solo sus labios, temblando, pronunciaban el nombre que aún la mantenía en pie:

  —Jhon…

  —

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  Todo se volvió negro.

  Jhon ya no sentía el cuerpo. Ya no escuchaba su propia respiración. Pero no era muerte. Era un pasillo.

  Negro. Profundo. Hueco.

  Buscó una salida a tientas. Caminó. Llamó. Nada respondió.

  El mundo en el que estaba no tenía eco.

  Hasta que una grieta de luz apareció a lo lejos. Una línea fina. Una puerta.

  Jhon la alcanzó. Apoyó los dedos. La empujó.

  La luz lo cegó por un segundo.

  Y cuando volvió a ver, no estaba en batalla. Ni en ruina.

  Estaba en una pradera.

  Verde. Serena. Viva.

  Frente a él, una familia sentada sobre una manta. Risas. Manos peque?as tomando fruta. Una mujer riendo. Un hombre con el rostro tranquilo, más joven, sin sombras. Jugaban. Hablaban. Cantaban, quizás.

  Jhon no comprendía. Se acercó con cautela.

  Y entonces, sucedió lo imposible.

  Nadie lo veía. Nadie lo sentía. Pero él sentía el calor del sol. El olor del pan recién partido. El sonido de esa alegría antigua.

  Y algo... algo le era familiar. Una emoción en el aire. Una voz que, sin hablarle, lo atravesaba.

  Se quedó de pie, observando, sin comprender aún qué veía.

  Pero algo en su pecho comenzó a doler.

  No por las heridas.

  Por el amor.

  Por algo que iba a entender... justo cuando fuera el momento.

  En la torre de observación del Reino del Norte, el aire se había vuelto insoportablemente denso. Los sabios que mantenían la proyección mágica respiraban apenas, como si temieran que incluso el sonido de sus jadeos pudiera alterar el desenlace. Y al frente, en la primera línea del silencio, el rey Julius yacía rígido como una estatua, la mirada clavada en la imagen suspendida ante él.

  El plano mostraba solo polvo, sombras, cuerpos caídos.

  La figura de Jhon… inmóvil. El torso ensangrentado. El brazo derecho caído a un costado. El pu?o izquierdo aún cerrado.

  Sombra, también en el suelo. El mundo no distinguía vencedor. Solo tragedia.

  Julius no decía nada. Su mandíbula estaba tan tensa que crujía al apretarla. Tenía las manos cruzadas tras la espalda, pero ahora los dedos se enterraban unos en otros, tan fuerte que las u?as empezaban a sangrar. A su alrededor, nadie se atrevía a hablar.

  Sofia, en cambio, no podía callar por dentro. Aunque sus labios no se movían, sus ojos hablaban en un idioma que sólo aquellos que han amado entienden.

  Temblaba.

  A pesar de la capa que la cubría. A pesar de los sabios, los soldados, los muros. Temblaba.

  Y entonces bajó la cabeza. Se llevó ambas manos al rostro.

  —No… —murmuró sin que nadie más pudiera oírla—. No así. No después de todo.

  El recuerdo de Jhon sonriendo antes de partir, ese último abrazo sin palabras, el silencio compartido en la cocina mientras Alan dormía. Todo eso se golpeaba contra la proyección como un ruego sin magia.

  —él no está muerto —dijo de pronto Julius, rompiendo el aire. Su voz no fue un grito. Fue una orden que salía desde el abismo del alma—. él no ha terminado. No aún.

  Uno de los sabios lo miró, con el rostro pálido, las manos temblorosas sobre los cristales de energía.

  —Majestad… su pulso mágico ha desaparecido.

  Sofia levantó la mirada al instante. Había fuego en sus ojos, sí. Pero también agua. Y tierra. Y viento.

  Todo lo que había amado.

  —Pues búsquenlo otra vez —susurró con furia—. ?Búsquenlo con lo que queda! Porque si él no está… el mundo no vale el esfuerzo de seguir emitiendo luz.

  Nadie pudo responder. Porque lo sabían.

  Ese hombre, tirado entre ruinas, no era solo un guerrero. Era el equilibrio entre lo que arde y lo que cura. Era el puente entre lo que se rompe... y lo que vuelve a unir. Era Jhon.

  Y aunque no se moviera, aunque el mundo lo creyera vencido...

  Sofía no.

  Sofía no pensaba dejar de creer.

  —

  Mientras tanto, en el valle... el cuerpo de Jhon seguía inmóvil.

  Pero la luz en su pecho aún latía.

  Y Julius, con voz apenas audible, lo dijo por primera vez sin corona:

  —Vuelve, Jhon. No por nosotros. No por la guerra. Vuelve... porque ella aún te llama por tu nombre.

  “Me ense?aste a creer en tu regreso”

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