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Capitulo 62 Retorno al Silencio

  El sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte cuando Jhon divisó la aldea. Sus pasos eran firmes, pero su alma parecía no haber regresado del todo. A su alrededor, la tierra se mantenía quieta, el aire flotaba con una calma extra?a y el mundo, por unos minutos, no exigía nada de él.

  A lo lejos, vio la silueta que más había deseado durante todo su entrenamiento… y la que más temía enfrentar.

  Sofia. De pie frente a la entrada del hogar. Un vestido sencillo, mechones de cabello sueltos ondeando al viento, la panza ligeramente crecida, palpitando con vida futura.

  Ella lo vio.

  Y corrió hacia él.

  Sus brazos se encontraron en un abrazo largo, profundo, tibio. Jhon cerró los ojos y dejó que el peso se deslizara por su espalda como un río bajando la monta?a. Por un instante, solo por ese instante, creyó que el tiempo podía congelarse allí, con ella entre sus brazos.

  Alan llegó segundos después, jadeando, con los ojos brillantes.

  “?Papá!” gritó antes de lanzarse contra su pierna.

  Jhon lo alzó y lo apretó contra el pecho.

  Y sin embargo… no dijo nada.

  Esa noche, el fuego crepitaba suavemente dentro de la casa. Sofia preparó sopa caliente. Alan dormía abrazando una piedra que su padre le había traído de la monta?a, creyendo que era mágica. La paz parecía haber vuelto.

  Pero Jhon seguía… distante.

  Sentado en la silla de siempre, espalda recta, manos entrelazadas. No hablaba del entrenamiento. No preguntaba por los días que había perdido. Apenas miraba el fuego. Como si algo en él se hubiese quedado atrás.

  Sofia lo observó en silencio. Lo conocía demasiado como para fingir.

  —?Dónde estás, Jhon? —preguntó finalmente, sentándose frente a él.

  él alzó los ojos lentamente.

  —Aquí —respondió, pero su voz no tenía peso.

  Sofia frunció el ce?o. Se acercó un poco más.

  —No… tú estás… como si solo tu cuerpo hubiera vuelto. No me mires así. No soy una sombra, ni una visión. Estoy viva. Y tú estás comportándote como si estuvieras en duelo.

  Jhon apretó los labios.

  El silencio volvió.

  Sofia no lo permitió.

  —?Qué viste allá? ?Qué fue tan terrible que ni el fuego ni la tierra lograron romperte, pero ahora no puedes ni abrazarme como antes?

  él tembló. Cerró los ojos. Y habló.

  —Vi sus cuerpos. Los tuyos. El de Alan. Vi tus ojos sin vida, tus brazos extendidos, vi a Alan deambulando solo entre ruinas. Vi eso una y otra vez. No porque lo creyera real… sino porque lo temo. Porque cada noche, cuando el mundo calla, me siento culpable por estar lejos. Por no poder prometer que los protegeré siempre.

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  Sofia lo escuchó sin moverse. No interrumpió. Solo lo dejó hablar.

  —La Luz… me pidió que soltara ese miedo. Que lo mirara sin paralizarme. Pero no pude. No pude verlos morir sin quebrarme. No pude aceptar esa posibilidad. No pude renunciar al miedo de perderlos… y por eso fallé. Por eso… todavía siento este vacío.

  Sofia se inclinó. Tomó su rostro entre las manos, con ternura y firmeza. Jhon, por un momento, no se resistió. Apoyó la frente en su hombro. Cerró los ojos.

  Y entonces la oyó.

  El corazón de Sofia.

  Latiendo. Lento. Fuerte. Presente.

  —Escúchame —susurró ella, acariciándole la nuca—. Amar a alguien no es jurar que nunca se irá. Amar es saber que podrías perderlo… y aun así, seguir amándolo. Cada día. Sin control. Sin garantía.

  Jhon contuvo el aliento.

  —El miedo que sientes —continuó—, lo sentimos todos. Yo también me despierto con el corazón en las manos cuando no estás. Pero ese miedo no es debilidad. Es el precio de amar. Es lo que nos hace humanos. No somos dioses, Jhon. Y está bien.

  Ella lo separó un poco para mirarlo a los ojos.

  —Llenarte de poder no te hará dejar de tener miedo. Pero dejar que el amor te acompa?e, incluso con ese miedo... eso sí puede llenarte por dentro.

  Jhon no supo qué decir.

  Solo sintió... que algo dentro de él cedía.

  No un muro. Un vacío. Ese espacio donde la Luz no pudo brillar.

  Pero ahora... ella lo iluminaba.

  Y en ese lugar oscuro, donde habitaban el miedo, la culpa, el temblor... comenzó a brotar algo más fuerte.

  No era un fuego. No era magia.

  Era simplemente... presencia. Vida. Amor.

  Jhon la abrazó. No con fuerza. Sino con verdad. Con todo lo que era. Y dejó que el corazón de Sofía marcara el ritmo del suyo. Hasta que el vacío ya no doliera. Hasta que el amor fuera más grande que el miedo.

  La casa estaba en silencio.

  Después de todo lo dicho, de las lágrimas escondidas y las confesiones arrancadas al alma, Jhon miró a Sofia a los ojos. Y allí, en esa profundidad cálida que ni la guerra ni la magia habían logrado ensombrecer, encontró algo más fuerte que cualquier elemento.

  La besó.

  No con ansiedad, ni con prisa. Fue un beso lento, pleno, cargado de gratitud, de cansancio, de redención. Fue un “estoy aquí” pronunciado sin palabras. Ella le respondió con una sonrisa callada, y al separarse, simplemente apoyaron sus frentes, compartiendo el mismo suspiro.

  Esa noche durmieron abrazados, como si el mundo fuera una tormenta fuera de las paredes de su hogar y ellos solo tuvieran una única defensa: permanecer juntos. Sofia descansaba con la cabeza sobre su pecho, y Jhon, por primera vez en mucho tiempo, no so?ó con ruinas ni con fuego. Solo con el murmullo suave de la respiración de su esposa.

  Alan dormía en su cuna, la peque?a piedra brillante entre sus dedos aún apretados. Había comenzado a hablar palabras sueltas, a reconocer se?ales, pero sus ojos tenían una madurez extra?a, como si el tiempo lo tocara de forma desigual.

  Al amanecer, Jhon abrió los ojos antes que la luz entrara. Se incorporó con una lentitud distinta, no por debilidad, sino como quien quiere saborear el momento de haber despertado en paz.

  Sofia seguía dormida. La besó suavemente en la frente y se acercó a la cuna. Alan bostezó, estirando los brazos como si fueran raíces, y al ver a su padre, lo miró con ojos brillantes.

  —Hola, campeón —susurró Jhon con voz ronca.

  Lo cargó en brazos y se sorprendió de cuánto pesaba.

  No debía pesar así.

  Lo estudió. Alan tenía el cabello más largo que la última vez. Sus piernas más fuertes. Su espalda más erguida. Era apenas perceptible, pero estaba ocurriendo.

  Jhon frunció el ce?o, preocupado.

  —Sientes la magia, ?verdad? —dijo casi para sí mismo.

  El ni?o emitió un peque?o sonido y tocó la frente de su padre con un dedo caliente.

  Entonces lo entendió. Alan no controlaba su poder, no porque fuera inexperto, sino porque aún no sabía que lo tenía. Su cuerpo lo manifestaba como podía: acelerando el crecimiento, absorbiendo fragmentos del ambiente. No había equilibrio.

  Jhon lo abrazó más fuerte, sintiendo esa vida peque?a y poderosa apretada contra su pecho.

  —No importa si creces rápido o lento —murmuró, acariciándole el cabello—. Yo voy a estar aquí. Para ense?arte, para frenarte... o para seguirte si decides correr.

  En ese instante, sintió que su corazón encajaba. Que todo ese entrenamiento, todo ese peso, la luz que no completó, el vacío... ya no importaban del mismo modo.

  Porque ahora sabía con absoluta certeza:

  él no estaba luchando por el mundo. Estaba luchando por esto. Por ellos.

  Y eso era suficiente para hacerlo indestructible.

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