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EL PACTO DEL VERDUGO

  CAPíTULO 3:EL PACTO DEL VERDUGO

  El grupo avanzó por las naves laterales del templo. El aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. Solaris se detuvo frente a unas pesadas puertas de bronce grabadas con el mapa estelar.

  —Es aquí —sentenció la Diosa.

  La sala era imponente: un espacio circular rodeado de columnas que parecían sostener el firmamento mismo. En el centro, un círculo mágico tallado en el suelo de piedra pulsaba con una luz tenue.

  —Bien, ni?os. Es hora de que sus espíritus los encuentren —dijo Gideon, cruzándose de brazos—. ?Quién irá primero?

  —Yo lo haré —respondió Kael, dando un paso al frente con una decisión que sorprendió incluso a Solaris.

  Siguiendo las instrucciones de Gideon, Kael se situó en el centro del círculo. Con un cuchillo corto, se hizo un peque?o corte en el dedo y dejó que una gota de sangre cayera sobre el grabado. El metal y la piedra reaccionaron al instante.

  —Espíritus, he venido aquí por un compa?ero. ?Respondan mi llamado a la batalla!

  De pronto, una niebla negra y densa brotó del suelo, tragándose a Kael. Sora, aterrado, dio un paso hacia adelante, pero Solaris le puso una mano de fuego en el hombro.

  —Espera, peque?o. Parece que tu hermano ha despertado algo... muy poderoso.

  El Dominio de Helión

  Dentro de la niebla, Kael ya no estaba en el templo. Se encontraba en una sala de entrenamiento antigua, donde el aroma a ceniza y sangre seca era abrumador. Frente a él, una figura de tres metros de altura, blindada en una armadura que parecía forjada con obsidiana y luz solar, lo observaba.

  —Así que tú eres el ni?o que busca un espíritu —la voz del gigante hizo que los huesos de Kael vibraran.

  —Sí. Busco el poder para ser el más fuerte —respondió Kael, aunque su aura se sentía minúscula frente al gigante.

  —Un sue?o grande para un humano tan peque?o. ?Crees que eres capaz de lograrlo?

  —No me importa cuánto tarde. Me volveré el más fuerte para proteger a mi hermano.

  El guerrero soltó un sonido que pudo ser una risa o un rugido. —Eso es lindo, pero el amor no gana batallas. Toma ese escudo —ordenó, se?alando un pesado broquel de metal negro en el suelo. Kael lo levantó; pesaba como una monta?a—. Te haré el hombre más fuerte del mundo si resistes mi reto: soporta tres de mis ataques. Si sobrevives, seré tu compa?ero hasta que mueras.

  Kael se agazapó tras el metal. No tuvo tiempo de respirar. El espíritu cargó su pu?o con llamas blancas y lanzó el primer golpe. ?BAM! El impacto fue tan devastador que Kael salió volando por los aires, rodando por el suelo de piedra.

  —Ese es mi poder, ni?o. ?Crees que puedes soportarlo dos veces más?

  Kael, con el brazo entumecido y el sabor de la sangre en la boca, se puso en pie. Sus ojos ardían. El espíritu lanzó el segundo golpe, esta vez con el doble de fuerza. El impacto lanzó a Kael contra la pared de piedra con un estruendo seco. El gigante bajó la guardia, creyendo que el ni?o no era más que huesos rotos.

  Pero entonces, un crujido de metal resonó en la sala. Kael, apoyándose en el escudo abollado, se levantó una vez más. Su mirada no era la de un ni?o; era la de un superviviente.

  —No... no voy a salir de aquí sin un espíritu —gru?ó Kael—. Mi hermano me espera. ?No lo voy a defraudar!

  El espíritu rugió y cargó más poder que nunca. Sus pu?os brillaban como soles a punto de estallar. Se lanzó contra Kael como un rayo, con una fuerza demoledora que prometía reducirlo a polvo. Kael apretó los dientes y se preparó para el impacto final... pero el golpe nunca llegó.

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  El pu?o se detuvo a milímetros del escudo, liberando una ráfaga de aire caliente que sacudió la habitación. El gigante se irguió, relajando su postura.

  —De verdad eres valiente, ni?o. No hubo miedo en tus ojos en ese último intento; estabas decidido a recibir el golpe con tal de obtener mi poder. Eso es suficiente para mí.

  El espíritu comenzó a encogerse, transformándose en una luz dorada que se fundió con el brazo de Kael, dejando una marca en forma de sol negro en su antebrazo.

  —Yo soy Helión, el Verdugo del Cénit. Es un honor, compa?ero.

  EL DESTELLO DEL ALBA

  Cuando Sora dio un paso hacia el centro del grabado, ocurrió lo contrario que con su hermano. En lugar de una niebla negra y pesada, una bruma blanca y radiante, fría como el rocío de la ma?ana, lo envolvió por completo. Al abrir los ojos, Sora ya no estaba en el templo.

  Se encontraba en el Dominio de los Espejos. La habitación era infinita, con miles de superficies cristalinas que reflejaban una figura de luz que se movía con una elegancia sobrenatural.

  —Hola, humano... —la voz del espíritu sonaba como mil campanillas de cristal—. Así que tú eres el que busca una unión conmigo, ?eh? Prepárate, porque si fallas, te quedarás solo en este vacío.

  Sin previo aviso, el espíritu se dividió en miles de copias exactas que llenaron cada espejo y cada rincón de la sala.

  —Tienes que diferenciar entre mi yo real y mis reflejos de luz. Intenta atraparme antes de que me aburra de ti... y te advierto que me aburro muy rápido.

  Sora no lo pensó dos veces. Corrió con todas sus fuerzas, lanzándose hacia una de las figuras que se movía a su derecha, pero al atraparla, su mano solo atravesó aire y luz.

  —?Maldición! Era una copia —gru?ó Sora, mientras el espíritu soltaba una carcajada desde todas las direcciones.

  —?Creíste que sería tan fácil? Mis clones son casi imperceptibles y mi velocidad es cegadora. Te quedarás sin espíritu y siempre serás débil.

  —?No! —gritó Sora, poniéndose en pie con la mirada encendida—. ?Me volveré fuerte, te convertirás en mi compa?ero y acabaremos con todos los malvados!

  Sora continuó corriendo, intentando una y otra vez atrapar las estelas de luz, pero la frustración empezaba a nublar su juicio. Entonces, las palabras del espíritu resonaron en su mente: "Casi imperceptibles... velocidad cegadora".

  Sora se detuvo en seco. Se dio cuenta de que mientras más usaba sus ojos, más lo enga?aba la luz.

  —Si es muy veloz para mis ojos... usaré el resto de mí —susurró.

  Sora cerró los ojos con fuerza. El mundo de espejos desapareció y, en su lugar, el ni?o agudizó su oído y su tacto. Sintió el sutil desplazamiento del aire, el calor de la energía moviéndose y el leve "chisporroteo" de la magia real entre tantos reflejos inertes. Esperó, inmóvil, hasta que sintió una corriente de aire pasar a su izquierda.

  Por puro instinto, Sora extendió la mano y cerró los dedos. Sintió algo sólido. Sintió una mu?eca.

  Eos se quedó paralizada. El silencio invadió el dominio. El espíritu pensó para sí misma: ?Este desafío no era de fuerza; era de ingenio y calma. Este ni?o ha pasado con honores gracias a su perseverancia?.

  Sora, notablemente exhausto y con la respiración entrecortada, abrió un ojo y sonrió.

  —Te atrapé... compa?era.

  —Me atrapaste, peque?o —respondió Eos con una sonrisa genuina—. He cumplido mi palabra. Vamos.

  Con un chasquido de dedos, el dominio de cristal se hizo a?icos. Sora volvió al círculo mágico del templo, cayendo de rodillas, empapado en sudor pero con una chispa dorada bailando en sus ojos. Miró a Gideon y a Solaris con orgullo.

  —Maestros... lo logré.

  De la marca en el brazo de Sora emergió una figura de luz pura que se inclinó ante Solaris y luego miró a los presentes con picardía.

  —Hola a todos. Yo soy Eos, el Destello del Alba. Mucho gusto... espero que estén listos para moverse rápido.

  EOS: —?Vaya, vaya! Pero si es la Gran Se?ora. Te ves un poco... ?pálida? ?O es que este humano te está dando mala vida?

  SOLARIS: (Suspirando, pero con una sonrisa oculta) —Sigues siendo igual de ruidosa, Eos. Veo que el encierro no te quitó lo molesta.

  EOS: —?Y tú sigues teniendo el mismo mal genio! Me alegra ver que algunas cosas no cambian, ni siquiera después de que el mundo se fuera al demonio.

  Forjando el Acero y la Luz

  Gideon regresó al claro justo cuando los primeros rayos del sol atravesaban la copa de los árboles. Venía cargado con un saco de cuero lleno de armas rescatadas del campo de batalla; metal ennegrecido, pero aún funcional. Se detuvo en seco al ver que los hermanos no estaban durmiendo, sino que ya estaban bajo la tutela de sus generales.

  —Vaya... parece que me ganaron el tirón —comentó Gideon, dejando caer el saco con un estruendo metálico—. Buenos días, reclutas.

  —Buenos días, Maestro —respondieron ambos al unísono, aunque con tonos diferentes. Kael estaba empapado en sudor, mientras que Sora tenía una expresión de frustración concentrada.

  —Veo que ya tienen sus tareas —dijo Gideon, sacando un escudo abollado y una espada pesada para Kael, y un arco de madera reforzada para Sora—. Helión, Eos... ?cómo van los cachorros?

  —El muchacho tiene voluntad, pero su cuerpo aún es blando —sentenció Helión, cruzado de brazos como una estatua de piedra—. Para portar mi fuerza, necesita que sus músculos sean como el roble. No tocará la espada hasta que sus piernas dejen de temblar.

  —?Y mi peque?o Sora es demasiado impaciente! —rió Eos, flotando boca abajo sobre la cabeza del ni?o—. Quiere disparar diez flechas antes de sentir la primera. "Enfócate en el blanco", le digo, pero él solo ve la madera, no la esencia.

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