CAPíTULO 2: El Despertar de la Resonancia
Antes de que el primer rayo de sol lograra perforar la espesura del bosque, Gideon ya estaba en pie. El sonido del metal siendo ajustado y el roce del cuero despertaron a los hermanos Valerius.
—Muchachos, arriba. Rápido —ordenó Gideon con voz de mando.
Kael y Sora, con los ojos pegados por el sue?o, se incorporaron a rega?adientes.
—?Qué pasa, Gideon? —balbuceó Sora entre bostezos—. Todavía está oscuro... —Sé que es temprano, pero si no salimos ahora, no llegaremos antes de que el sol esté en lo alto. Así que muévanse.
Los hermanos se alistaron en silencio, aún confundidos pero confiando en su guía. Emprendieron la marcha por senderos ocultos, esquivando raíces y ramas bajas. Tras caminar varios kilómetros, el bosque se abrió en una peque?a cueva protegida por rocas antiguas. Gideon se detuvo y se giró hacia ellos con una expresión seria.
—Kael, Sora, escuchen bien —comenzó, cruzándose de brazos—. Ayer les dije que necesitarían un esfuerzo sobrehumano para su misión. Hoy empieza su educación. Vamos a hablar de la magia.
Los ni?os se pusieron firmes, olvidando el cansancio de inmediato.
—La magia nace de todo lo que nos rodea: la naturaleza, los objetos, la vida misma. Pero los humanos somos recipientes débiles. Para usar ese poder sin morir en el intento, realizamos un Pacto de Resonancia. Hacemos un contrato con un espíritu que, al carecer de cuerpo físico, nos presta sus habilidades a cambio de compartir nuestra existencia. Pero no se equivoquen: no es un compa?ero que puedes dejar cuando quieras. Es un contrato de por vida para compartir cuerpo y alma.
Los hermanos intercambiaron una mirada de asombro. La magia era mucho más profunda y personal de lo que imaginaban.
—?Quieres una demostración? —Gideon sonrió de lado y respiró hondo—. ?Solaris, emerge! ?Préstame tu poder!
Al pronunciar esas palabras, el aire alrededor de Gideon comenzó a vibrar por el calor. Su cabello casta?o se encendió en un tono cobrizo y sus ojos negros se transformaron en dos brasas ardientes de color rojizo. Una presión invisible hizo que Kael y Sora retrocedieran un paso, protegiéndose la cara del viento caliente que emanaba del guerrero.
Sora, con una sonrisa de oreja a oreja, exclamó: —?Gideon, esto es impresionante! Pareces alguien completamente diferente.
—Esto, muchacho, es la Resonancia completa —respondió Gideon, cuya voz ahora tenía un eco metálico y vibrante. Poco a poco, el calor disminuyó y su aspecto volvió a la normalidad—. Iremos a un lugar sagrado para que consigan su propio espíritu. Tendrán que aprender a sincronizarse con ellos y, de vez en cuando, escuchar lo que dicen... aunque sean difíciles de aguantar.
Mientras Gideon explicaba los detalles del viaje, una voz femenina, afilada y llena de energía, surgió de la nada:
—?Oye, guerrero de pacotilla! ?No piensas presentarme a estos peque?os?
Cuando Solaris emergió de la espalda de Gideon, el bosque guardó un silencio sepulcral. Los pájaros dejaron de cantar y las flores cercanas se marchitaron y volvieron a florecer en cuestión de segundos. Kael notó que, a diferencia de los espíritus de los que hablaban las leyendas, Solaris no tenía bordes difusos; parecía más real que el propio mundo físico.
—Gideon... —susurró Kael, retrocediendo—. Ella no se siente como un espíritu de rango medio. El aire quema solo con su aliento.
Gideon lanzó una mirada de advertencia a Solaris, como pidiéndole que se contuviera. —Es... antigua, Kael. Digamos que las clasificaciones humanas no le hacen justicia.
La Prueba de la Llama
Gideon suspiró, frotándose la nuca mientras Solaris flotaba a su alrededor con una sonrisa desafiante.
—Bueno... esto también pasa —explicó Gideon a los chicos—. Los espíritus pueden decidir si mostrarse o no. La mayoría prefiere quedarse en las sombras y solo transmitir sus deseos a través del portador, pero Solaris y yo nos conocemos desde hace demasiado tiempo.
—Es verdad —interrumpió la mujer de fuego, cruzándose de brazos mientras flotaba en el aire—. Conozco a este idiota desde hace una eternidad.
—?Oye! No soy un idiota —protestó Gideon.
—Sí lo eres. Dijiste que entrenarias a estos cachorros, pero míralos. El mayor es demasiado rígido, parece que se va a romper, y al peque?o le falta una siesta de tres días. No soportarán ni el calentamiento.
Sora, impulsado por el orgullo, dio un paso al frente y alzó la voz junto a su hermano:
—?Se?ora Solaris! Seremos capaces de completar cada tarea que usted y el Maestro Gideon tengan para nosotros. No nos subestime.
Solaris arqueó una ceja de fuego. La valentía en los ojos de los ni?os la tomó por sorpresa.
—Está bien... lo intentaremos —dijo ella con una voz que chisporroteaba como madera seca—. Pero les advierto algo: los rostizaré vivos si se rinden a mitad de camino, ?entendido?
Los hermanos se miraron y asintieron con firmeza. Solaris descendió hasta quedar frente a ellos, y su expresión se volvió gélida a pesar del calor que emanaba.
—Son valientes, pero la valentía no detiene las espadas. Les pondré una prueba. Si resisten, les ense?aré los secretos de los espíritus. Si no, volverán a esconderse bajo el suelo.
Kael apretó el pu?o y miró a su hermano. —Haremos cualquier prueba para ser fuertes. ?Verdad, Sora? —?Sí! No nos rendiremos.
Solaris sonrió de una forma aterradora. De repente, el aire en la cueva cambió. La guerrera comenzó a liberar su Aura de Resonancia.
—Si resisten el peso de mi presencia, el "invencible" de Gideon los entrenará físicamente y yo les ayudaré con su pacto. ?Prepárense!
Cuando Solaris liberó su aura, los hermanos no solo sintieron calor. Sintieron una necesidad instintiva de arrodillarse. No era miedo a la muerte, era una presión espiritual que les decía que estaban ante algo que existía antes que los hombres.
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Gideon observaba la escena con sudor en la frente, apretando los dientes. Kael lo vio: su maestro estaba sufriendo para mantenerse en pie mientras ella liberaba solo una chispa. ?Qué clase de hombre podía contener algo que parecía el corazón de una estrella?
—Oye, Solaris, no estás jugando limpio —gru?ó Gideon, dando un paso adelante—. Tu aura es demasiado para ellos, déjalos en paz.
—?Cállate y observa! —rugió ella sin dejar de presionar—. Si no resisten esto, ?cómo pretenden mirar a Malacor a los ojos?
Los hermanos estaban al borde del colapso. El sudor les nublaba la vista y sentían que sus pulmones se secaban, pero ninguno soltó la mano del otro. En un último esfuerzo de voluntad, Kael dio un paso al frente, manteniendo a Sora erguido. Sus miradas, llenas de un fuego que no era mágico sino humano, desafiaron la presión de la deidad.
Repentinamente, el calor desapareció. Solaris retiró su energía con un gesto de satisfacción.
—Aprobaron, muchachos —dijo ella, con un tono de respeto que no tenía antes—. Descansen un poco. Retomaremos el viaje cuando recuperen el aliento.
Kael y Sora se desplomaron en el suelo de la cueva, jadeando, con el corazón latiendo a mil por hora, pero con la certeza de que habían dado su primer paso real hacia la justicia.
Historias de Fuego y Voluntad
Después del agotador despliegue de poder, Gideon encendió una peque?a fogata y preparó algo de comida. El aroma del pan tostado y el caldo caliente ayudó a los hermanos a recuperar el aliento. Kael, sin embargo, no dejaba de observar a Solaris, quien flotaba cerca de las llamas como si el fuego fuera su elemento natural.
La curiosidad venció a su cansancio. Kael dejó su cuenco a un lado y se armó de valor para preguntar:
—Maestro... ?Cómo es que un espíritu tan poderoso como ella se unió a usted?
Gideon dejó de masticar y miró a Kael con una expresión nostálgica. Luego, dirigió su vista a la guerrera de fuego.
—Conozco a la "Se?orita Mal Humor" desde que tenía más o menos la misma edad que ustedes: quince a?os.
Solaris interrumpió con un bufido, aunque sus ojos brillaban con un matiz más suave. —Ha pasado una eternidad desde que conozco a este tonto, pero fue pura casualidad.
—Sí, así fue —continuó Gideon con una media sonrisa—. Era muy joven cuando encontré el templo en el que Solaris residía. Pero ella era dura, mucho más de lo que es ahora. No importaba cuántas veces la buscara o cuántas pruebas intentara pasar; simplemente no quería que yo fuera su anfitrión. Me veía como a un ni?o debilucho.
Sora escuchaba con los ojos muy abiertos, olvidando por completo su hambre.
Me aceptó después de mucho insistir —dijo Gideon mirando las llamas—. Pero a veces me pregunto si fui yo quien la encontró a ella, o si ella simplemente estaba esperando a que el último hombre con esperanza pasara por su templo en ruinas para volver a caminar sobre la tierra. Los dioses no suelen hablar con los mortales, Kael... y Solaris no habla, ella dicta.
Solaris desvió la mirada, haciendo que las chispas de su cabello saltarán con orgullo. —Alguien tenía que evitar que este idiota se matara solo en su primera batalla. Y aquí estamos, todavía aguantándolo.
Kael asintió, comprendiendo que el Pacto de Resonancia era más que magia; era una amistad forjada en el tiempo y el esfuerzo. Si Gideon lo hubiera logrado empezando desde la nada, ellos también podrían.
El Rugido del Sol
Tras reincorporarse, el grupo levantó el campamento con rapidez. El ambiente se había vuelto más pesado a medida que se acercaban a su destino. De repente, Gideon frenó en seco y dio una orden cortante:
—?Al suelo!
Kael y Sora se agacharon instintivamente tras unos matorrales densos. Frente a ellos, bloqueando el paso principal, una tropa de reconocimiento de las Tierras Oscuras patrullaba el área.
—Gideon, mira —susurró Kael, se?alando al centro—. Ese esbirro... emana un poder diferente.
—Sí, lo noté —respondió Gideon con una calma inquietante—. Pero nos encargaremos de esto rápido, ?no es así, Solaris?
—Jajaja, ?claro! Ya me estaba aburriendo de tanto caminar sin quemar nada —la voz de la guerrera de fuego resonó en la mente de Gideon con un entusiasmo feroz.
Gideon giró hacia los ni?os con una sonrisa ladeada. —Muchachos, observen esto. Y traten de no quedarse con la boca abierta.
Sin más preámbulos, Gideon salió de los arbustos con una parsimonia aterradora. Desenvainó su espada centímetro a centímetro, el metal raspando la vaina con un sonido agudo.
—?Oigan, feos! —gritó desafiante—. ?Aquí hay algo que pueden intentar cortar!
Los monstruos rugieron, pero antes de que pudieran abalanzarse, las filas se abrieron. Un demonio de rango medio, montado sobre una bestia de colmillos retorcidos, emergió del grupo.
—Humano... si viniste a morir, espero que estés listo para sufrir por mi mano —sentenció el demonio con una voz que sonaba como piedras triturándose.
Gideon no esperó más. Plantó los pies en la tierra y rugió: —?Solaris, Resonancia al cincuenta por ciento!
Una luz cegadora, roja como el núcleo de un volcán, envolvió a Gideon. Su transformación fue instantánea: el cabello se tornó fuego líquido y sus ojos se volvieron dos pozos carmesíes. Antes de que el demonio pudiera reaccionar, Gideon avanzó como una bola de fuego imparable. Se movía con tal velocidad que los monstruos menores se desintegraban a su paso como si fueran simples cucarachas.
En segundos, solo quedó el líder demoníaco. Preso del pánico pero impulsado por su naturaleza oscura, el demonio lanzó un ataque desesperado. Gideon ni siquiera se inmutó; esquivó el golpe con un movimiento mínimo, casi elegante.
—Espero que no vuelvas del infierno —susurró Gideon mientras su espada se cargaba de una energía solar insoportable—. ?Toma esto! ?ESTOCADA DEL DIOS DEL SOL!
En un santiamén, un rayo de luz pura atravesó al demonio y a su montura, reduciéndolos a nada más que cenizas esparcidas por el viento. Los ni?os, ocultos tras los arbustos, no podían articular palabra. Sus ojos estaban fijos en el lugar donde antes había un ejército y ahora solo quedaba tierra chamuscada.
Tras el "estallido Solar", el demonio no solo murió; fue borrado. No quedó sangre, ni ceniza, ni rastro de su esencia oscura. El suelo donde Gideon había golpeado brillaba con un oro líquido que se negaba a apagarse.
Kael y Sora estaban temblando, no por la batalla, sino por la figura que flotaba sobre los restos. Solaris ya no parecía una guerrera; su armadura se había vuelto translúcida, revelando constelaciones ardiendo en su interior.
—Gideon... eso no fue magia de un Segador —dijo Kael con la voz quebrada.
Gideon se limpió la cara, exhausto, y por primera vez miró a los ni?os con una mezcla de lástima y orgullo. —Tienen razón. Es hora de que sepan la carga que llevamos. Los Segadores servimos a los antiguos, pero yo... yo soy el recipiente de lo que queda de ella. Ella es la Diosa del Sol. Lo que vieron fue una fracción de la luz que una vez gobernó el cielo antes de que Malacor trajera su invierno de ceniza.
Gideon comenzó a relajar su cuerpo, dejando atrás la transformación mientras el brillo de sus ojos se apagaba.
—Ni?os, esta es la cantidad de poder que, como mínimo, tendrán que aprender a manejar —dijo, aunque su tono era cansado.
—Oye, idiota, estás perdiendo tu toque. Te tomó demasiado tiempo —se burló Solaris, materializándose a su lado.
—Cállate. Es tu culpa por no dejar de molestarme durante el flujo —respondió Gideon, aunque se notaba el respeto mutuo.
Kael y Sora salieron de su escondite, llenándo a ambos de elogios y preguntas.
Cuando Gideon envaina su espada tras el Estallido Solar, el silencio que queda no es un silencio normal. Es un silencio sagrado. Los ni?os ven que la tierra no solo está quemada, sino que los restos de los demonios han sido borrados de la existencia, sin dejar rastro de oscuridad.
GIDEON: —Lo que vieron no fue una técnica de combate común. Solaris no es una compa?era de guerra cualquiera... ella es la Diosa del Sol, la que fue traicionada cuando el mundo se volvió ceniza.
SOLARIS: (Elevándose sobre ellos, su figura creciendo hasta tocar las nubes por un segundo) —Y este "idiota" es el único que tuvo la voluntad de no arrodillarse cuando mis templos cayeron. Por eso lo elegí.
Pero Gideon no se detuvo a celebrar. Caminaron un kilómetro más, ascendiendo por una escalinata de piedra tallada en la misma monta?a, hasta que finalmente, frente a ellos, se alzaron las imponentes columnas del Templo de los Espíritus.
El aire allí era diferente: frío, antiguo y cargado de voces que susurraban en idiomas olvidados.
—Hemos llegado —dijo Gideon seriamente—. Aquí es donde sus vidas cambiarán para siempre
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