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Capítulo 129 — Los cristales que guardan escenas

  La clase de manualidades olía a virutas de madera y a cera recién calentada. Mesas largas, herramientas ordenadas y estanterías con proyectos en distintos estados de avance formaban un paisaje de calma creativa. Alan entró con la naturalidad de quien ha pasado la vida entre talleres: llevaba un estuche con peque?as herramientas, un pa?o para limpiar y, envuelto en un trapo, un objeto que parecía una piedra pulida pero que brillaba con una luz contenida. Sus compa?eros levantaron la vista; no con sorpresa extrema —ya estaban acostumbrados a sus inventos—, sino con la curiosidad que provoca lo nuevo.

  El maestro de manualidades, un hombre de manos callosas y ojos vivos llamado Maestro Roldán, dejó la lija en la mesa y se acercó. Había visto muchas cosas en su carrera, pero cuando Alan desplegó el cristal y lo colocó en el centro de la mesa, su ce?o se frunció con la mezcla de asombro y profesionalidad que reservaba para lo que merecía atención.

  —?Qué tienes ahí, muchacho? —preguntó Roldán, con la voz que usaba para llamar a la atención sin alarmar.

  Alan sonrió y, con la calma de quien ya había probado la pieza en privado, explicó: —Es un cristal de antes. Guarda imágenes. No es pintura ni espejo; es un registro. Si lo colocas en un lugar, captura lo que ocurre alrededor y lo reproduce después, como una escena que puedes ver de nuevo.

  Los aprendices se acercaron en corro. Algunos murmuraron que era otra de las excentricidades del hijo del conde; otros, más prácticos, pensaron en usos: registros de obras, lecciones prácticas, pruebas para disputas. El maestro Roldán, sin embargo, pidió que Alan mostrara una demostración controlada. Alan asintió, colocó el cristal sobre la mesa y, con un gesto medido, dejó que una luz muy tenue recorriera su superficie. La imagen que emergió no fue un destello teatral sino una proyección íntima: la conversación que Alan había tenido esa ma?ana con Sofía, la forma en que ella había inclinado la cabeza al explicar un protocolo, el gesto de una taza sobre la mesa. Los detalles eran precisos: la inclinación de la silla, la palabra que Sofía había susurrado al final.

  El aula quedó en silencio. Los más jóvenes aplaudieron en voz baja; los mayores intercambiaron miradas. Roldán, que no era hombre de exageraciones, se permitió un comentario que resonó en la sala:

  —Esto no es simple artesanía. Esto es registro. ?Cómo lo has hecho?

  Alan respondió con la modestia de quien no quiere convertir su trabajo en espectáculo: —Es una combinación de cristal tratado y una técnica de grabado de escenas. Lo llamo “registro de memoria”. Puedo controlar la duración y la resolución.

  Los murmullos se transformaron en preguntas prácticas: ?cuánto dura la grabación? ?Se puede borrar? ?Se necesita energía? Alan respondió con precisión técnica, sin revelar más de lo necesario. Para la mayoría, la explicación encajó en la narrativa conocida: es hijo del conde Jhon y de la directora Sofía; tiene recursos y educación; es un prodigio. Nadie imaginó que detrás de la calma del joven había algo que rozaba lo imposible.

  Esa misma tarde, impulsado por la idea de que la invención podía servir al reino, Alan decidió llevar algunos cristales a la capital. No buscaba fama; buscaba utilidad. Quería que los registros ayudaran en asuntos políticos: actas más fieles, reuniones con memoria incorruptible, archivos que no dependieran de la palabra de un solo hombre. Llegó al palacio con la seguridad de quien conoce los pasillos y la confianza de quien sabe que Julius lo recibe con afecto.

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  —Hola, tío Julius —saludó Alan al entrar en la sala de audiencias—. ?Qué tal? Vengo a mostrarte mi nueva creación.

  Julius, sentado tras su mesa, lo miró con la mezcla de sorpresa y orgullo que reservaba para la familia. Alan desplegó uno de los cristales y, con un gesto sencillo, proyectó la conversación que acababan de tener en la antesala: la forma en que Julius había recibido la noticia de la academia, la sonrisa al mencionar a Jhon, el leve gesto de aprobación. La escena se reprodujo con la misma calma que en el aula: sin artificio, sin estridencias.

  Julius se quedó en silencio un instante, luego rió con esa carcajada que siempre le brotaba cuando algo le agradaba de verdad.

  —?Cuántos tienes? —preguntó, ya en modo negociador.

  —Puedo darte trescientos ahora mismo —respondió Alan con naturalidad—. Los primeros trescientos son un regalo para que la administración del reino los pruebe en actas y reuniones. Si funcionan, puedo producir más; los siguientes serían a precio, y el beneficio iría a la academia.

  Julius lo miró con la mezcla de asombro y cálculo que lo definía. —Eres igual a Jhon —dijo—. Crea cosas fuera de este mundo. Está bien. Acepto la oferta. ?Y cuánto quieres por los siguientes?

  Alan sonrió, sin ambición desmedida. —Los primeros trescientos son regalo. Los siguientes serán presupuesto para la academia; así la institución podrá sostener investigación y formación.

  Julius asintió, satisfecho. La negociación fue breve porque ambos sabían que la propuesta tenía sentido: registros fiables para la administración y fondos para una academia que prometía transformar la región. Antes de que Alan se retirara, Julius se levantó y, con una sonrisa que mezclaba orgullo y cálculo, dijo:

  —Antes de irte, quiero presentarte a alguien.

  Alan inclinó la cabeza con cortesía. —?Quién es?

  —Mi hijo —respondió Julius—. Va a estudiar en la academia junto a ti. Será como un primo. Espero que se ayuden mutuamente.

  La puerta se abrió y entró un joven de semblante serio, vestido con la formalidad propia de la corte. Se presentó con una reverencia medida y una voz que buscaba el respeto: —Soy Arturo, su alteza me envía a la academia. Es un honor conocerle, se?or Alan.

  El joven llevaba en la mirada la admiración que muchos sentían por Jhon; había oído historias y esperaba aprender. Alan, con la naturalidad que lo caracterizaba, le tendió la mano.

  —No hace falta tanta formalidad —dijo—. No soy tu padre Jhon; somos prácticamente familia. Llámame Alan.

  Arturo sonrió, la rigidez se aflojó un poco, y estrechó la mano con respeto y una tímida confianza. Julius observó la escena con satisfacción; la idea de que sus hijos compartieran aulas con los de Jhon le parecía una inversión en alianzas y en futuro.

  —Dejaré los cristales en administración para que se encarguen de ellos —dijo Alan antes de despedirse—. Pueden probarlos en reuniones y en actas. Si quieren, puedo supervisar las primeras pruebas.

  —Hazlo —respondió Julius—. Y bienvenido, Arturo. Que la academia los haga mejores.

  Alan se despidió con un gesto sencillo: —Bueno, adiós. Nos vemos en la academia. Adiós, tío Julius.

  Al salir del palacio, con la brisa de la tarde en la cara, Alan sintió la mezcla de alivio y responsabilidad que siempre lo acompa?aba. Había dado un paso más: sus cristales entrarían en la vida pública, pero bajo la tutela de la administración y con la etiqueta técnica que los protegería de miradas indiscretas. Sabía que la herramienta podía servir para la transparencia política, pero también sabía que debía cuidarse la discreción. Julius, por su parte, ya imaginaba actas más fieles y menos disputas por versiones; la idea le gustó porque, además de utilidad, ofrecía control.

  De regreso a la academia, Alan dejó una caja con los trescientos cristales en administración. Sofía, al recibir la noticia, sonrió con esa mezcla de orgullo y cansancio que la definía: la academia ganaba recursos y responsabilidad. En privado, le dijo a Alan con voz baja:

  —Buen trabajo. Pero recuerda: que la gente no vea no significa que no aprenda. Usa esto con cuidado.

  Alan asintió. Guardó en su cuaderno la nota de la negociación y, en la última línea, escribió: cristales 300 — regalo; siguientes = presupuesto academia. Supervisión inicial. No era una cifra fría; era un compromiso. Y mientras la ciudad en ciernes seguía su ritmo, nadie fuera de los muros supo que, en manos de un joven que aprendía a medir costos y a repartir responsabilidades, se forjaba una herramienta que, en el futuro, podría cambiar la forma en que la memoria y la verdad se guardaban en el reino.

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