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Capitulo 59 Elemento Tierra.

  


      


  •   Nivel: 90

      


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  •   Fuerza: 80

      


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  •   Vitalidad: 70

      


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  •   Agilidad: 100

      


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  •   Durabilidad: 70

      


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  •   Velocidad mejorada: 60

      


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  •   Afinidad con el agua: 80

      El camino hacia la Tierra no era visible para cualquiera. Jhon lo supo en cuanto dejó atrás los linderos del Lago Eterno. El sendero que se abría ante él no tenía indicaciones, ni se?ales, ni guía. Solo una constante sensación de peso, como si cada paso exigiera un compromiso que su cuerpo todavía no había hecho.

      A medida que se alejaba del agua, algo en él cambiaba. El flujo con el que se había acostumbrado a moverse comenzaba a estancarse. La ligereza del aire, la agilidad del viento y la intensidad del fuego se diluían en una lentitud profunda, en una firmeza silenciosa que impregnaba el suelo mismo. Era como si el mundo ya no se moviera con él... sino que lo esperaba.

      Los paisajes se volvieron áridos. Las hojas de los árboles que aún resistían el paso del tiempo estaban secas, no por falta de agua, sino por la quietud del entorno. La roca dominaba el horizonte: colinas erosionadas, formaciones antiguas talladas por el viento durante siglos y ca?ones cuyos ecos contaban historias de quienes no supieron escuchar.

      Jhon comprendió, sin necesidad de que nadie se lo explicara, que la tierra no se presentaba de inmediato. Ella te observa primero, espera a que te calles por dentro para poder hablarte. Así que dejó de apresurar el paso. Caminó en silencio, con los pies firmes y el pensamiento quieto, hasta que al fin llegó al valle.

      El aire era denso allí. No tóxico ni caliente, solo... lleno. Como si el espacio estuviera ocupado por una conciencia más grande que él. El suelo era de roca agrietada, con vetas oscuras que parecían heridas que el tiempo jamás cerró del todo. Las piedras, altas como torres caídas, descansaban en ángulos imposibles. Y justo al centro de aquel vacío de piedra, sobre una elevación natural, se alzaba el Espíritu de la Tierra.

      Era inmenso. Su cuerpo estaba compuesto de placas rocosas que crujían con cada movimiento leve. Tenía una silueta casi humana, pero no había piel, ojos ni voz. Solo un rostro sin gestos, un tórax como una monta?a, brazos como columnas y una espalda que parecía haber sostenido el peso del cielo desde el principio de los tiempos.

      Cuando Jhon se detuvo, el suelo tembló suavemente, como si el Espíritu hubiera exhalado a través de la piedra misma.

      Sin palabras. Ceremonia del pecado.

      Solo presencia.

      Y entonces, ocurrió.

      El suelo bajo los pies de Jhon se abrió con un chasquido sordo, como si la tierra lo hubiera estado esperando desde antes de que naciera. No hubo tiempo para retroceder. La roca se separó en un círculo perfecto y su cuerpo cayó, no a la oscuridad, sino a algo más profundo: al corazón del mundo.

      No gritó.

      No intentó aferrarse a nada.

      Porque entendía que esa caída no era una trampa, sino una elección. Y él había venido a enfrentarse a aquello que estaba debajo de todo.

      Cuando tocó el fondo, no hubo impacto. Solo el sonido de su respiración chocando con las paredes húmedas de una cueva gigantesca, enterrada más allá de lo que la luz alcanzaba. Allí, Jhon se encontró completamente solo. Ni el viento lo acompa?aba, ni el fuego lo protegía, ni el agua lo abrazaba.

      Solo la piedra. Y su silencio.

      Fue entonces cuando el verdadero entrenamiento comenzó, aunque no con golpes ni desafíos elementales.

      Fue el peso.

      No uno físico. Uno emocional.

      Un peso tan profundo que empezaba en el pecho y se extendía a cada parte del cuerpo. Un juicio sin palabras, sin verdugo, sin explicación. Como si la tierra misma sacara a relucir todo aquello que había sido enterrado en su interior.

      Las dudas que no confesó en voz alta.

      La culpa que fingía no cargar.

      La rabia contenida bajo su piel desde que vio morir a los suyos.

      Las preguntas que aún le hacía a Dios, sin tener el valor de decirlas en voz alta.

      Y entonces lo entendió: la tierra no se trataba de moldear lo que está fuera. Se trataba de sostener lo que llevas dentro. Todo. Sin dejar que te hunda.

      Jhon cayó de rodillas. El eco lo acompa?ó como un susurro de siglos. Y aún en silencio, el Espíritu de la Tierra seguía observándolo. No lo levantaba. No lo ayudaba.

      Porque esa no era su función.

      Solo cuando Jhon fuera capaz de levantarse por sí mismo —no más fuerte, no más ágil, sino más verdadero— sería digno de tomar el siguiente paso.

      Y en el silencio de aquella caverna, con las manos tocando la piedra fría y su frente apoyada en la roca, Jhon decidió quedarse quieto.

      No por resignación.

      Sino porque entendió que la tierra no se conquista... se honra.

      El castillo de piedra negra se alzaba sobre la llanura como una fortaleza del tiempo, imperturbable frente al caos que comenzaba a devorar el mundo. Las estatuas de antiguos héroes vigilaban sus muros, pero incluso sus ojos de mármol parecían ahora mirar con temor hacia el horizonte. En el interior, la sala del trono estaba en penumbra.

      El Rey Julius, conocido por su mente aguda y su voluntad férrea, contemplaba el mapa extendido frente a él. Su corona reposaba sobre la mesa, olvidada entre informes manchados de barro y sangre. No dormía desde hacía días. Su mirada, profunda y hundida, no observaba una región concreta; lo hacía todo al mismo tiempo, como si buscara un patrón que aún no podía entender.

      “No es una guerra de espadas,” murmuró con voz áspera. “Es una muerte que se arrastra y se traga todo lo que toca.”

      A su lado, el Gran Archivero sostenía una pluma sin escribir. Su rostro viejo y seco parecía aún más pálido bajo la tenue luz de las antorchas. “Las aldeas desaparecen sin rastro. Y los que regresan... no lo hacen cuerdos.”

      Julius desvió los ojos hacia una de las ventanas de la sala, que daba hacia el norte. Hacía apenas unas semanas, desde allí se divisaban caravanas, comerciantes, vida. Ahora sólo quedaba vacío. Una niebla oscura —no densa, sino delgada como una tela maldita— flotaba apenas sobre el horizonte, extendiéndose cada día un poco más. Una marea sin agua. Un incendio sin fuego.

      “No podemos esperar más,” dijo Julius, con la gravedad de quien entrega una orden que sabe que costará vidas. “Convoca a los Guardianes.”

      Hubo un silencio que pesó como plomo. El Archivero lo miró, con los labios apenas separados por el espanto.

      “Majestad… los Guardianes llevan generaciones sin ser llamados. Son los últimos herederos de la primera llama. Su existencia es un pacto más antiguo que la corona misma.”

      “Y es precisamente por eso que los necesito,” respondió Julius con los dientes apretados. “Si no enfrentan esto… ?quién lo hará?”

      Horas más tarde, las antiguas campanas del castillo resonaron. Por caminos ocultos y símbolos grabados en piedra, los siete Guardianes fueron convocados.

      Vestían capas bordadas con runas de siglos pasados. Algunos llevaban armaduras tan viejas que parecía que la tierra misma las había cubierto con musgo, y otros simplemente llevaban sus cuerpos: endurecidos, silenciosos, como estatuas que habían esperado demasiado tiempo. Eran diferentes entre sí, pero compartían algo indiscutible: una presencia que hacía temblar la sala a su paso.

      Stolen from its original source, this story is not meant to be on Amazon; report any sightings.

      Julius los recibió sin ceremonia.

      “El enemigo no se presenta en batalla,” les dijo. “El enemigo es sombra. Silencio. Y vacío. Ustedes cruzarán la frontera y llevarán la luz a esa oscuridad. Me informarán lo que encuentren. O me demostrarán que incluso las antiguas leyendas pueden morir.”

      Los Guardianes no replicaron. No eran caballeros ni soldados. Eran el último escudo del mundo, y sabían que se les llamaba solo cuando los dioses se habían retirado.

      Partieron esa misma noche.

      Dos días después, uno de los jinetes de avanzada volvió solo. Su rostro estaba cubierto por un velo. Julius sintió una punzada en el pecho antes siquiera de escuchar el informe.

      “Los encontramos… pero no vivos, Majestad. No muertos tampoco.”

      Lo que el joven describió fue más horrible que la muerte misma.

      Los Guardianes habían cruzado el umbral donde la sombra comenzaba, y en cuanto uno de ellos tocó la negrura con el arma, su cuerpo se detuvo. No colapsó. No gritó. Simplemente... se quedó quieto. Luego, su carne comenzó a secarse, como si su sangre hubiera sido absorbida en un suspiro. Sus ojos se hundieron, su rostro se demacró como una flor muerta, y cayó al suelo, convertida en una cáscara hueca.

      Los demás intentaron retroceder, pero ya era tarde. La oscuridad no los alcanzaba... los llamaba, y uno por uno comenzaron a sufrir el mismo destino: rostros vacíos, manos crispadas, sus voces apagadas por algo que no necesitaba rugir para matar.

      Solo uno escapó. Solo uno tuvo la fuerza —o el horror— suficiente para huir. Lo encontraron hablando solo, repitiendo una frase que aún hoy retumba en las paredes del castillo:

      "No es sombra... es hambre".

      Julius escuchó el informe sin interrumpir. Luego pidió que lo dejaran solo.

      Cuando todos salieron, el rey tomó la corona de la mesa y la sostuvo entre sus manos. Durante mucho tiempo, simplemente la miró. No con orgullo. Con rabia.

      Porque entendía que si ni siquiera los Guardianes pudieron contener aquello, entonces no quedaba más que apostar por lo improbable... y rezar que Jhon llegara a tiempo.

      Pero en el fondo, Julius ya comenzaba a aceptar una verdad insoportable:

      Dios no vendría a salvarlos.

      Y el mundo tal como lo conocían... estaba en cuenta regresiva.

      El castillo de piedra negra se alzaba sobre la llanura como una fortaleza del tiempo, imperturbable frente al caos que comenzaba a devorar el mundo. Las estatuas de antiguos héroes vigilaban sus muros, pero incluso sus ojos de mármol parecían ahora mirar con temor hacia el horizonte. En el interior, la sala del trono estaba en penumbra.

      El Rey Julius, conocido por su mente aguda y su voluntad férrea, contemplaba el mapa extendido frente a él. Su corona reposaba sobre la mesa, olvidada entre informes manchados de barro y sangre. No dormía desde hacía días. Su mirada, profunda y hundida, no observaba una región concreta; lo hacía todo al mismo tiempo, como si buscara un patrón que aún no podía entender.

      “No es una guerra de espadas,” murmuró con voz áspera. “Es una muerte que se arrastra y se traga todo lo que toca.”

      A su lado, el Gran Archivero sostenía una pluma sin escribir. Su rostro viejo y seco parecía aún más pálido bajo la tenue luz de las antorchas. “Las aldeas desaparecen sin rastro. Y los que regresan... no lo hacen cuerdos.”

      Julius desvió los ojos hacia una de las ventanas de la sala, que daba hacia el norte. Hacía apenas unas semanas, desde allí se divisaban caravanas, comerciantes, vida. Ahora sólo quedaba vacío. Una niebla oscura —no densa, sino delgada como una tela maldita— flotaba apenas sobre el horizonte, extendiéndose cada día un poco más. Una marea sin agua. Un incendio sin fuego.

      “No podemos esperar más,” dijo Julius, con la gravedad de quien entrega una orden que sabe que costará vidas. “Convoca a los Guardianes.”

      Hubo un silencio que pesó como plomo. El Archivero lo miró, con los labios apenas separados por el espanto.

      “Majestad… los Guardianes llevan generaciones sin ser llamados. Son los últimos herederos de la primera llama. Su existencia es un pacto más antiguo que la corona misma.”

      “Y es precisamente por eso que los necesito,” respondió Julius con los dientes apretados. “Si no enfrentan esto… ?quién lo hará?”

      Horas más tarde, las antiguas campanas del castillo resonaron. Por caminos ocultos y símbolos grabados en piedra, los siete Guardianes fueron convocados.

      Vestían capas bordadas con runas de siglos pasados. Algunos llevaban armaduras tan viejas que parecía que la tierra misma las había cubierto con musgo, y otros simplemente llevaban sus cuerpos: endurecidos, silenciosos, como estatuas que habían esperado demasiado tiempo. Eran diferentes entre sí, pero compartían algo indiscutible: una presencia que hacía temblar la sala a su paso.

      Julius los recibió sin ceremonia.

      “El enemigo no se presenta en batalla,” les dijo. “El enemigo es sombra. Silencio. Y vacío. Ustedes cruzarán la frontera y llevarán la luz a esa oscuridad. Me informarán lo que encuentren. O me demostrarán que incluso las antiguas leyendas pueden morir.”

      Los Guardianes no replicaron. No eran caballeros ni soldados. Eran el último escudo del mundo, y sabían que se les llamaba solo cuando los dioses se habían retirado.

      Partieron esa misma noche.

      Dos días después, uno de los jinetes de avanzada volvió solo. Su rostro estaba cubierto por un velo. Julius sintió una punzada en el pecho antes siquiera de escuchar el informe.

      “Los encontramos… pero no vivos, Majestad. No muertos tampoco.”

      Lo que el joven describió fue más horrible que la muerte misma.

      Los Guardianes habían cruzado el umbral donde la sombra comenzaba, y en cuanto uno de ellos tocó la negrura con el arma, su cuerpo se detuvo. No colapsó. No gritó. Simplemente... se quedó quieto. Luego, su carne comenzó a secarse, como si su sangre hubiera sido absorbida en un suspiro. Sus ojos se hundieron, su rostro se demacró como una flor muerta, y cayó al suelo, convertida en una cáscara hueca.

      Los demás intentaron retroceder, pero ya era tarde. La oscuridad no los alcanzaba... los llamaba, y uno por uno comenzaron a sufrir el mismo destino: rostros vacíos, manos crispadas, sus voces apagadas por algo que no necesitaba rugir para matar.

      Solo uno escapó. Solo uno tuvo la fuerza —o el horror— suficiente para huir. Lo encontraron hablando solo, repitiendo una frase que aún hoy retumba en las paredes del castillo:

      "No es sombra... es hambre".

      Julius escuchó el informe sin interrumpir. Luego pidió que lo dejaran solo.

      Cuando todos salieron, el rey tomó la corona de la mesa y la sostuvo entre sus manos. Durante mucho tiempo, simplemente la miró. No con orgullo. Con rabia.

      Porque entendía que si ni siquiera los Guardianes pudieron contener aquello, entonces no quedaba más que apostar por lo improbable... y rezar que Jhon llegara a tiempo.

      Pero en el fondo, Julius ya comenzaba a aceptar una verdad insoportable:

      Dios no vendría a salvarlos.

      Y el mundo tal como lo conocían... estaba en cuenta regresiva.

      El castillo de piedra negra se alzaba sobre la llanura como una fortaleza del tiempo, imperturbable frente al caos que comenzaba a devorar el mundo. Las estatuas de antiguos héroes vigilaban sus muros, pero incluso sus ojos de mármol parecían ahora mirar con temor hacia el horizonte. En el interior, la sala del trono estaba en penumbra.

      El Rey Julius, conocido por su mente aguda y su voluntad férrea, contemplaba el mapa extendido frente a él. Su corona reposaba sobre la mesa, olvidada entre informes manchados de barro y sangre. No dormía desde hacía días. Su mirada, profunda y hundida, no observaba una región concreta; lo hacía todo al mismo tiempo, como si buscara un patrón que aún no podía entender.

      “No es una guerra de espadas,” murmuró con voz áspera. “Es una muerte que se arrastra y se traga todo lo que toca.”

      A su lado, el Gran Archivero sostenía una pluma sin escribir. Su rostro viejo y seco parecía aún más pálido bajo la tenue luz de las antorchas. “Las aldeas desaparecen sin rastro. Y los que regresan... no lo hacen cuerdos.”

      Julius desvió los ojos hacia una de las ventanas de la sala, que daba hacia el norte. Hacía apenas unas semanas, desde allí se divisaban caravanas, comerciantes, vida. Ahora sólo quedaba vacío. Una niebla oscura —no densa, sino delgada como una tela maldita— flotaba apenas sobre el horizonte, extendiéndose cada día un poco más. Una marea sin agua. Un incendio sin fuego.

      “No podemos esperar más,” dijo Julius, con la gravedad de quien entrega una orden que sabe que costará vidas. “Convoca a los Guardianes.”

      Hubo un silencio que pesó como plomo. El Archivero lo miró, con los labios apenas separados por el espanto.

      “Majestad… los Guardianes llevan generaciones sin ser llamados. Son los últimos herederos de la primera llama. Su existencia es un pacto más antiguo que la corona misma.”

      “Y es precisamente por eso que los necesito,” respondió Julius con los dientes apretados. “Si no enfrentan esto… ?quién lo hará?”

      Horas más tarde, las antiguas campanas del castillo resonaron. Por caminos ocultos y símbolos grabados en piedra, los siete Guardianes fueron convocados.

      Vestían capas bordadas con runas de siglos pasados. Algunos llevaban armaduras tan viejas que parecía que la tierra misma las había cubierto con musgo, y otros simplemente llevaban sus cuerpos: endurecidos, silenciosos, como estatuas que habían esperado demasiado tiempo. Eran diferentes entre sí, pero compartían algo indiscutible: una presencia que hacía temblar la sala a su paso.

      Julius los recibió sin ceremonia.

      “El enemigo no se presenta en batalla,” les dijo. “El enemigo es sombra. Silencio. Y vacío. Ustedes cruzarán la frontera y llevarán la luz a esa oscuridad. Me informarán lo que encuentren. O me demostrarán que incluso las antiguas leyendas pueden morir.”

      Los Guardianes no replicaron. No eran caballeros ni soldados. Eran el último escudo del mundo, y sabían que se les llamaba solo cuando los dioses se habían retirado.

      Partieron esa misma noche.

      Dos días después, uno de los jinetes de avanzada volvió solo. Su rostro estaba cubierto por un velo. Julius sintió una punzada en el pecho antes siquiera de escuchar el informe.

      “Los encontramos… pero no vivos, Majestad. No muertos tampoco.”

      Lo que el joven describió fue más horrible que la muerte misma.

      Los Guardianes habían cruzado el umbral donde la sombra comenzaba, y en cuanto uno de ellos tocó la negrura con el arma, su cuerpo se detuvo. No colapsó. No gritó. Simplemente... se quedó quieto. Luego, su carne comenzó a secarse, como si su sangre hubiera sido absorbida en un suspiro. Sus ojos se hundieron, su rostro se demacró como una flor muerta, y cayó al suelo, convertida en una cáscara hueca.

      Los demás intentaron retroceder, pero ya era tarde. La oscuridad no los alcanzaba... los llamaba, y uno por uno comenzaron a sufrir el mismo destino: rostros vacíos, manos crispadas, sus voces apagadas por algo que no necesitaba rugir para matar.

      Solo uno escapó. Solo uno tuvo la fuerza —o el horror— suficiente para huir. Lo encontraron hablando solo, repitiendo una frase que aún hoy retumba en las paredes del castillo:

      "No es sombra... es hambre".

      Julius escuchó el informe sin interrumpir. Luego pidió que lo dejaran solo.

      Cuando todos salieron, el rey tomó la corona de la mesa y la sostuvo entre sus manos. Durante mucho tiempo, simplemente la miró. No con orgullo. Con rabia.

      Porque entendía que si ni siquiera los Guardianes pudieron contener aquello, entonces no quedaba más que apostar por lo improbable... y rezar que Jhon llegara a tiempo.

      Pero en el fondo, Julius ya comenzaba a aceptar una verdad insoportable:

      Dios no vendría a salvarlos.

      Y el mundo tal como lo conocían... estaba en cuenta regresiva.

      


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