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Escapando.

  La noche era tan clara bajo la enorme luna que el lago reflejaba el cielo con una perfección inquietante. Los pabellones del Pico Espiritual estaban en silencio, rotos solo por el sonido distante de los guardias en los portones inferiores y los cánticos de los magos del templo menor.

  Maribel se inclinó sobre un mapa extendido sobre el suelo. La tinta, dibujada con polvo de color, marcaba un camino que se alejaba del dominio imperial hacia el este, cruzando ríos y pasos sellados por el Consejo de Ancianos. Richard sostenía una lámpara cubierta, su luz temblando como si temiera ser descubierta también. Amara observaba desde la ventana; su mirada, fija en el horizonte, vibraba con la concentración del don que le permitía ver momentos hacia adelante.

  —El sendero del río —murmuró Richard—. Si seguimos esa ruta, podríamos cruzar la frontera antes del tercer amanecer.

  Maribel no respondió. Sus manos estaban quietas sobre el mapa. Aether dormía en el camastro, el rostro cubierto con una máscara de hueso blanco y una capucha de cuero. Cada respiración suya parecía una apuesta contra el destino.

  Amara volvió a hablar sin apartar la vista del exterior:

  —Nadie en las cercanías. No tenemos más opción; esta noche suben los inspectores imperiales.

  Richard asintió.

  —He preparado provisiones y sellos de ocultamiento. Nos alcanzarán para ocultar tres presencias —su voz se quebró un instante—. Pero no cuatro.

  El silencio cayó como una piedra en el agua. Maribel levantó la cabeza y, en sus ojos, poco a poco una luz los volvió dorados por efecto del farol.

  —Entonces me quedaré.

  Richard giró hacia ella.

  —No digas estupideces. No puedes dejar a Aether; además, sin ti no hay posibilidad de llegar al otro lado.

  —Soy la más difícil de rastrear —dijo ella con calma—. El sistema aún tiene mi poder principal sellado, pero mantengo el sello que oculta mi cultivo. Les recuerdo que no libero nada de qi.

  —?Qué hay del ni?o?

  —Es mejor si dos personas lo cuidan —dijo, agitando la mano—. Yo no soy adecuada.

  Richard abrió la boca. En el fondo quería burlarse de ese comentario, pero luego se detuvo al mirarla de nuevo. Entendió a qué se refería después de verla así: vacía. Bajó la cabeza. Ya no veía a esa mujer que aceptaría el dolor y los estigmas para luego continuar con esperanza…

  —?Sabes? Puedes intentar seguirnos por detrás —propuso.

  Amara apretó el borde de la ventana.

  —No discutan. Si nos oyen, nada de esto servirá.

  Desde el pasillo, un crujido: el sonido de una tablilla vieja cediendo bajo un peso leve. Amara contuvo la respiración; Richard alzó el sello en la palma. Nada. Solo el viento.

  Pero a unos metros, detrás de un muro de bambú, Sofía escuchaba todo. Sus ojos estaban húmedos, pero no entró. No podía. Cada palabra de Maribel era un recordatorio de lo que se suponía que debía hacer… y no hacía.

  —El chico —dijo Richard en voz baja—, ?Cuánto tiempo puede mantener su disfraz?

  —El tiempo suficiente, pero con ayuda del sistema sube unas cuatro horas más —respondió Maribel—. Pero Aether ya no puede seguir escondido aquí.

  Ella dobló el mapa y lo guardó en el interior de su túnica. El movimiento fue lento, deliberado. Sabía que al hacerlo estaba sellando una decisión.

  —Iremos hacia el este —dijo—. Si el sistema me apoya, puedo pedirle ayuda al entorno. Ustedes tomen a Aether y vayan primero.

  Richard la miró con una mezcla de respeto y confusión.

  —?Y tú?

  Ojos vacíos, una sonrisa falsa. La voz de Maribel llegó con desánimo.

  —Los distraeré. No necesito luchar.

  Amara bajó la vista, su voz apenas un hilo.

  —Puedo prever las primeras rutas de los inspectores. Te enviaré una se?al cuando estemos fuera del rango del sello.

  Los tres esperaron en los tejados durante la noche.

  A lo lejos, las campanas del templo tocaron una vez. La hora del cambio de guardia. Era el momento.

  Richard cargó a Aether con cuidado; el ni?o, medio dormido, murmuró un nombre que nadie alcanzó a oír. Amara abrió el sello del muro interior, liberando un corredor oculto que descendía hacia los campos traseros del pico. El aire olía a raíces y humedad.

  Maribel los vio desaparecer en la oscuridad. No los siguió. Caminó hacia el lago y se arrodilló en el borde, mirando su propio reflejo temblar sobre el agua.

  ??Tal vez alguien quisiera salir a consolarme hoy?? No hubo respuesta.

  Ella sentía en lo profundo cómo el sello hacía que sus emociones se amontonaran… como una gran pira lista para arder con queroseno.

  La luna se partía en dos sobre la superficie del lago —como si también el cielo quisiera reflejar su corazón—. El sistema no había ofrecido palabras de consuelo tampoco. Por un momento se sintió tan sola de nuevo como cuando llegó a este mundo. No había nadie más; solo su respiración y el eco de la promesa que aún resonaba en algún rincón del cosmos:

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  ?Mientras respiremos, nadie caerá?.

  A lo lejos, los sellos imperiales comenzaron a encenderse uno por uno. Las pisadas no llegaban a los oídos de Maribel, pero en su corazón sintió un mensaje: la caza ha comenzado.

  Ella corrió para seguir a sus amigos a la distancia, una vigía silenciosa.

  El amanecer aún no había roto la bruma cuando tres siluetas descendieron del Pico Espiritual. No había caminos marcados ni senderos conocidos; solo el rumor del viento y la respiración contenida de la tierra.

  Amara iba al frente; Richard cargaba a Aether.

  A cada paso que daban, el bosque cambiaba. Las raíces se movían apenas, reacomodándose para abrirles paso. Las ramas bajaban, formando una cúpula espesa que ocultaba su rastro. Incluso los insectos callaban, como si el mismo pulso del mundo se ajustara para protegerlos.

  —?Ves eso? —susurró Richard.

  A lo lejos, un guardia imperial caminaba justo frente al barranco donde ellos habían pasado hacía unos segundos… pero el sendero había desaparecido, cubierto por una repentina caída de piedras.

  Amara no respondió. Solo siguió caminando, con una mano sobre el pecho, sintiendo cómo el aire parecía respirar con ellos.

  El ni?o levantó la vista, mirando a través del follaje.

  —Nos está ayudando —dijo, con una calma extra?a.

  Richard se tragó la pregunta con saliva; el silencio del bosque era demasiado perfecto como para romperlo.

  A medida que avanzaban, el terreno volvía a cambiar. Era como si el mundo, por capricho, se estuviera redibujando para mantenerlos ocultos.

  Llegaron al borde de un río. El agua corría en silencio, tan clara que reflejaba los rostros. Cuando Aether tocó la superficie, el reflejo tembló y se expandió; el agua se separó en múltiples ramificaciones, dejando un paso donde no había corriente y adaptándose mientras cruzaban.

  —?Qué… qué está pasando? —preguntó Richard.

  Aether cruzó primero, sin mirar atrás. Amara lo siguió y Richard, con el corazón latiendo con fuerza, fue el último.

  Detrás de ellos, el bosque volvió a cerrarse. Los sonidos del mundo regresaron lentamente: el canto de las aves, el murmullo del agua, los ecos lejanos de los cazadores que nunca los encontrarían.

  Al otro lado del río, Amara miró hacia el horizonte. Por primera vez desde que huyeron, sintió algo parecido a esperanza… y miedo al mismo tiempo. Porque comprendió que si el mundo se adaptaba para protegerlos, también podía hacerlo para castigarlos. ?Pero quién los protegía cuando el Dragón Rojo los quisiera muertos?

  El sol no había subido del todo cuando las sombras del bosque comenzaron a diluirse. El aire se volvió más claro, pero no más cálido; una brisa ligera corría desde el este, trayendo un olor a piedra húmeda y flores que no deberían existir en esa estación.

  Habían caminado sin hablar durante horas. Cada tanto, Amara se detenía, ladeando la cabeza como si escuchara un eco que los demás no podían oír. Richard, con Aether en brazos, solo miraba al frente, contando los pasos como si de eso dependiera su cordura.

  —Falta poco —dijo Amara de pronto, rompiendo el silencio.

  —?Poco para qué? —preguntó Richard.

  —Hay un santuario viejo más adelante. Lo usaban los cultivadores cuando este camino aún estaba abierto. Nadie lo visita desde la guerra de las fronteras.

  El sendero se estrechó. Entre los árboles comenzaron a verse fragmentos de piedra cubiertos por raíces: antiguas esculturas, pilares grabados con runas apenas visibles y, en el centro de todo, una puerta de arco bajo que parecía formar parte del mismo bosque. No había signos de magia activa.

  Aether abrió los ojos, observando las ruinas.

  —Aquí no hay peligro.

  Amara dudó, pero asintió. Richard empujó la puerta con cuidado; cedió sin resistencia, revelando un recinto semicircular cubierto de musgo. En el techo, un hueco dejaba pasar la luz de la ma?ana. El agua caía desde allí en hilos delgados, formando un peque?o estanque en el centro.

  —Descansaremos aquí —murmuró Amara—. Nadie nos rastreará mientras el qi del lugar esté tan quieto.

  Richard dejó a Aether junto al estanque y se dejó caer contra la pared. El cansancio lo alcanzó de golpe, como si su cuerpo recién ahora recordara que seguía vivo. El ni?o miraba el agua, fascinado por las ondas que formaba con los dedos.

  Amara recorrió el recinto en silencio. Había inscripciones antiguas, pero desgastadas, casi borradas por el tiempo.

  El viento cambió, entrando por la grieta del techo. Las ondas del estanque se movieron en direcciones opuestas, formando un patrón que parecía una flor abierta. Aether la miró fijamente.

  —Ella aún viene —susurró.

  Ni Amara ni Richard dudaron de a quién se refería.

  Por un tiempo, el refugio se mantuvo silencioso. Las criaturas del bosque no se acercaron, las hojas no crujieron, pero una profunda tristeza llenó el aire, como si de pronto todos se sintieran impotentes e inútiles. Incluso las bestias huyeron de ese sentimiento.

  Ellos no fueron la excepción. Mientras los adultos saboreaban el contraste entre un ambiente que debería transmitir paz y una atmósfera deprimente, se escuchaban los leves lloros de un peque?o ni?o lobo.

  —Ya no hay comida abundante ni camas cálidas.

  Un sonido de piedras chocando resonó desde arriba.

  —Aún tenemos estas.

  Una mujer familiar se encontraba sobre la estructura que sostenía el techo, con un amuleto en la cintura que parecía un hombre, hecho de las mismas piedras que chocaban.

  —Snif. Tenemos muchos de esos…

  Amara y Richard la miraron sorprendidos.

  —??Cómo tienes tantos?! —dijeron al unísono al ver un cofre casi lleno hasta el tope.

  —??Y dónde rayos lo guardaste?! —agregó Amara.

  Acto seguido, vieron cómo el cofre se hacía peque?o y desaparecía en el escote de Maribel. Todos se quedaron con los ojos como platos, incluso Aether.

  —Es parte de mi habilidad secundaria —dijo Maribel, con la voz un poco apagada y una sonrisa forzada.

  Ella respiró hondo, cerró los ojos y contempló el entorno.

  —Gracias por ayudarme. Ya pueden volver.

  —?Qué? —preguntó Amara, molesta—. ?Por qué nos iríamos?

  —Exactamente. Ya estamos a medio paso de salir de este lugar que tiene a un sujeto capaz de matar gente sentado. ?Por qué volveríamos? —agregó Richard.

  —Ni siquiera yo quisiera volver —a?adió una voz inesperada.

  Amara y Richard se giraron hacia donde emergía una mujer oculta.

  —Pensé que me seguirías después —comentó Maribel.

  —?Cómo supiste que estaba aquí?

  —Puedo sentir tu confusión, tu miedo y tus dudas. Siempre supe dónde estabas, Sofía. Sin mencionar que Aether pudo descubrirte desde antes.

  Sofía se rascó la cabeza, incómoda.

  —Qué curioso —dijo con un suspiro triste—. Podría decir lo mismo de ti. ?Podrías simplemente superarlo ya? Todos nos sentimos impotentes ante un alma naciente.

  —?Cómo no? Claro, simplemente dejaré de estar mal y arreglaré mis emociones. ?Te importaría venir y cambiarlas por mí? Olvidé cómo se hace eso.

  Sofía levantó una ceja.

  —No estuviste ahí —dijo Richard.

  —Así es. Fue horror puro. Nunca podría olvidar esa impotencia —agregó Amara.

  Sofía levantó la otra ceja.

  —De cualquier manera, solo quería animarla… no es agradable tener que deprimirme yo misma solo por tenerla cerca.

  —Perdón, realmente no es mi intención. Sellaré esa habilidad —dijo Maribel con dificultad.

  Las palabras salieron lentamente. Su atención se perdía entre las piedras y los árboles, haciendo muecas incómodas de vez en cuando. Se tapó los oídos, como si escuchara un bullicio invisible.

  Un dulce alivio llegó pronto. La paz del lugar regresó y los animales comenzaron a volver: lagartijas y moscas, libélulas y abejas, así como criaturas ocultas que solo Aether podía sentir.

  —Es como si el entorno hubiera estado contaminado antes y ahora hubiera vuelto a la normalidad —dijo Aether.

  —Sí, se contaminó de Maribel —respondió Sofía—. Aunque eso es normal, porque no sabe manejar su poder.

  Se sentó a descansar un momento y preguntó:

  —?A dónde iremos ahora?

  —?No estás molesta porque no te trajimos? —preguntó Amara.

  —Sí, lo estoy. ?Acaso quieres discutirlo ahora? —La agresividad en su voz no era disimulada.

  Una sonrisa surgió en Amara.

  —Claro… si quieres, podemos resolverlo ahora —dijo, tomando su arma.

  —Alto ahí, esto es tonto. Si se da?an y no pueden avanzar bien, luego será desastroso. No peleen.

  Maribel suspiró, mirando el bosque.

  —Gracias por intentar ayudar, pero tal vez quieras moverte. Esas dos tienen una afinidad inesperada…

  Ambas soltaron las armas de sus cinturas y comenzaron a pelear entre sí. Aunque Richard intentó detenerlas, pronto recibió un golpe de ambas y ellas continuaron con lo suyo.

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