Jana y su nuevo escuadrón se deslizaban entre las sombras de la noche, apostados cerca de un puerto que no dormía nunca a un par de horas del palacio real valtoriano. El bullicio de los estibadores, el crujir de las jarcias y el olor penetrante de la sal se mezclaban en el aire, trayendo a su memoria recuerdos de otro tiempo: las largas travesías a bordo de la Serpiente Marina, las risas de su antigua tripulación y la seguridad de sentirse parte de algo más grande. Aquel eco de camaradería chocaba con la punzada de dolor que todavía le producía pensar en lo que había perdido. Entre esas imágenes persistía una que la atormentaba: Rodrick, firme sobre la cubierta de un navío valtoriano, con su hijo al lado. Aquella visión le encendía en el pecho una mezcla de ira y desgarro.
Sacudió la cabeza y apartó esos pensamientos. El pasado no podía distraerla ahora. Debía concentrarse. Habían pasado semanas siguiendo a los guardianes del tiempo, un grupo que parecía deslizarse como agua entre los dedos. Cambiaban de escondite con rapidez, moviéndose de aldea en aldea, dejando tras de sí apenas rastros que Jana y los suyos siempre llegaban tarde a recoger. Lo que Jana ignoraba era que esa misma persecución implacable había obligado a los guardianes a mantenerse en fuga constante.
Oculta tras unas cajas de mercancía apiladas en el muelle, Jana observaba con detenimiento. La embarcación que supuestamente debía transportar a los guardianes hacia tierras seguras permanecía aún amarrada, vacía, sin movimiento alguno. Ni rastro de sus objetivos.
Un suspiro escapó de sus labios, la frustración reflejada en su rostro.
—Esto no funciona —murmuró entre dientes, con los ojos fijos en las aguas negras—. Llevamos demasiado tiempo persiguiendo sombras.
A su lado, su lugarteniente, un hombre corpulento y curtido llamado Garrick, asintió lentamente. Sus brazos cruzados sobre el pecho parecían un muro de piedra Jana jamás mencionó orbes ni guardianes del tiempo. A ojos de sus hombres, aquellos fugitivos eran asesinos de su propia sangre: gente que, según ella, había atentado contra su familia y huido con secretos vergonzosos que no podían salir a la luz. No importaba si la historia era cierta o no, lo importante era que sonaba verosímil y justificaba la cacería. Los mercenarios no necesitaban más. Estaban a sueldo, bien alimentados de oro, y mientras las monedas tintinearan en sus bolsas, podían dar caza a fantasmas si se les pedía.
—Cierto es que los hemos forzado a salir de sus guaridas —dijo Garrick, su voz grave, con el cansancio de muchas noches sin reposo—, mas siempre hallan arte para escabullirse. Decidme… ?qué designio trazáis ahora?
Jana dejó que el rumor del puerto y el golpeteo del oleaje llenaran los segundos de silencio. Finalmente, habló con voz clara y resuelta:
—Si el cazador no da con la presa, ha de hacer que la presa venga a él. Necesitamos forzarlos a salir.
Garrick frunció el ce?o, intrigado.
—?Y cómo proponéis tal ardid?
— Necesitamos un cebo —respondió Jana tras una breve pausa— . Alguien en quien confíen lo bastante como para abandonar su escondite.
Garrick alzó una ceja.
—?Y a quién tenéis en mente?
Jana inspiró hondo, considerando la decisión que más había evitado. Elowen y Corin habían logrado una buena vida allí; no quería ponerlos en peligro, pero había llegado el momento de traerlos de nuevo a la causa. Ellos serían el vínculo y el aliciente para atraer a los guardianes hasta ella.
De vuelta en el castillo, Jana regresó de su puesto de vigilancia y entró en su dormitorio con sigilo. El cansancio la oprimía, y sabía que apenas tendría una hora para descansar antes de que las obligaciones la reclamaran otra vez. Había olvidado por completo el gran evento de ese día: una recepción para dar la bienvenida a las posibles prometidas del príncipe.
La idea de enfrentarse a un salón repleto de damas nobles desde?osas la hizo gemir por dentro. Se dejó caer en su estrecha cama, cerrando los ojos apenas unos segundos antes de que repicaran las campanas de la ma?ana, se?alando el inicio de la jornada.
Apresurada, se vistió con su uniforme de doncella, todavía con la mente agitada por la misión fallida de la noche anterior. Al encaminarse hacia el gran salón, se preparó para la indiferencia y las actitudes condescendientes de los nobles a los que debía servir.
El gran salón bullía de actividad, cargado de perfumes y del susurro de sedas y brocados. Las damas desfilaban frente al príncipe, compitiendo por su mirada. Jana se movía entre ellas, sirviendo copas y bandejas, agotada pero agradecida de que su mente pudiera al menos bajar la guardia un instante.
Entonces sus ojos se posaron en el príncipe. Era alto y regio, con penetrantes ojos azules y cabello rubio que relucía con la luz. A su lado permanecía su leal caballero, de cabellos morenos y mirada firme. Pese a su semblante serio, la visión del príncipe la distrajo un momento, aunque pronto recordó su lugar.
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De pronto, su atención se desvió hacia una dama vestida con un elegante vestido azul oscuro bordado con primor. Ocultando su copa bajo la mesa, había vertido algo en ella con disimulo antes de dirigirse al príncipe. Al principio, Jana pensó que se trataba de un simple truco, quizá un afrodisíaco para asegurarse su atención. Quiso apartarse del asunto, pero su sentido de la justicia no se lo permitió. ?Y si era veneno? él no debía morir todavía. Una parte de su mente le decía que lo dejara, que la línea del tiempo acabaría corrigiéndose, pero el otro lado, el más recto, venció en la disputa.
Se abalanzó hacia la dama, derramando la bebida por todo su propio vestido. La noble, furiosa, la abofeteó.
—?Cómo os atrevéis, torpe sirvienta! —escupió.
Jana pidió disculpas una y otra vez por su torpeza y se excusó. Sin darse cuenta, acababa de librarse de las tareas del día. La doncella mayor, María, decidió apartarla para evitar más bochornos. Jana aprovechó con sabiduría ese tiempo para descansar y preparar la noche que se avecinaba.
Al acercarse a los dormitorios, oyó pasos que corrían tras ella.
—Doncella Agnes —la llamaron. Se giró y vio al caballero del príncipe.
—Gracias por lo que habéis hecho antes —dijo con tono grave—. Yo ya había visto sus acciones y pensaba intervenir.
—No ha sido nada —respondió Jana, manteniendo su mirada—. Solo era lo correcto.
—Me aseguraré de que el príncipe sepa de vuestro gesto —insistió él.
—No lo hice por reconocimiento —dijo ella en voz baja.
El caballero sonrió, suavizando por un instante su semblante rígido.
—Vuestra humildad es digna de nota. Bien haría este palacio en tener más como vos.
Jana asintió con un leve gesto. El caballero se despidió:
—Descansad, doncella Agnes. Espero volvamos a cruzarnos.
Al entrar en su cuarto, un ave golpeaba la ventana. Era una paloma mensajera. La tomó, se sentó y abrió el mensaje. En él estaba la información que necesitaba: la identidad del noble misterioso que había preguntado por los escondites de la princesa Moriana. En cuanto leyó el nombre, comprendió el verdadero trasfondo. Si aquel hombre encontraba a la princesa y se desposaba con ella, pondría en riesgo la posición del príncipe heredero .Esa unión podía incluso devolver al reino drakoriano desde sus cenizas.
Por lo general, las intrigas políticas le importaban poco, pero esta era distinta: ella era la protagonista. El sue?o la eludió a pesar del cansancio, pues no dejaba de pensar en lo que ocurriría si daban con un retrato suyo o alguien la reconocía como la princesa.
Cuando despertó, ya era de noche y probablemente llegaba tarde a su cita con Elowen y Corin. Se vistió a toda prisa y corrió hasta la taberna donde debían encontrarse.
Entró jadeante, golpeando el código secreto en la puerta trasera. Momentos después, la entrada oculta se abrió con un chirrido. Dentro, Elowen y Corin charlaban y reían con los empleados. Al verla, la abrazaron con calidez.
—Habéis tardado —dijo Corin, con alivio en la voz.
—No quería contactar hasta tenerlo todo resuelto —contestó Jana, seria.
Los ojos de Elowen brillaron con irritación.
—Siempre hacéis lo mismo, Jana. Siempre esperáis a estar contra las cuerdas para pedir ayuda.
Jana suspiró, bajando los hombros.
—Lo sé, Elowen, y lo lamento. Pero debéis comprender que intento mantener a todos a salvo. Cuantos más sepan de nuestros planes, mayor es el riesgo.
El gesto de Elowen se suavizó un poco.
—Odio sentir que somos piezas en un juego que no comprendemos del todo.
—No lo sois—replicó Jana con firmeza—.
Corin apoyó una mano en el hombro de Elowen.
—Tiene razón. Nada de esto es fácil.
Elowen respiró hondo, dejando que su enfado se disipara.
—Está bien, Jana. ?Cuál es el plan?
Jana enderezó la espalda.
—Mi búsqueda de los guardianes del tiempo no ha sido exitosa. Es hora de atraerlos hacia nosotros. Necesitamos algo que ellos reconozcan sin duda, pero que a ojos de los aldeanos sea normal. —Se volvió hacia Elowen—. No hay nadie mejor que tu para esta misión.
Se reunieron, compartiendo ideas y estrategias. La noche avanzaba entre discusiones y aportes, hasta que las fuerzas comenzaron a flaquear. De pronto, alguien interrumpió, llamando a Jana. Salió hacia la sala principal. Era un joven mensajero de los muchos que empleaba para evitar sospechas.
—Maestra, alguien de la joyería os busca —dijo el muchacho. Jana le dio unas monedas y ordenó al tabernero:
—Decid a los de dentro que tardare en volver.
—Así será, maestra —respondió el hombre.
Camino a la joyería, Jana se preguntaba quién podía requerirla. Recordó que ya había pasado una semana, aunque no entendía por qué debía acudir en persona. La información ya estaba preparada y el visionario de esa tienda había cumplido su papel. ?Había algún error? ?El cliente no estaba satisfecho? No quería encontrarse con aquel noble de nuevo, por temor a que hubiera surgido algún rumor sobre la princesa que comprometiera su identidad.
Al llegar, el recepcionista se le acercó.
—Maestra, un hombre os espera arriba. Exige ver a la misma mujer que lo atendió la última vez.
—?Sabe quién soy? —preguntó Jana.
—No, solo pide a persona que le atendió la primera vez, se niega a pagar si no se presenta —replicó él.
Jana se cubrió rápidamente con un velo que colgaba de una de las perchas designadas para las capas y abrigos de la clientela habitual y subió, relevando al visionario que estaba de guardia.
—?Qué deseáis, duque Edmund? —preguntó.

