El portón de hierro forjado se abrió con un chirrido metálico que rasgó el silencio de la colina. Era un sonido antiguo, un quejido de bisagras oxidadas que parecía advertir de lo que yacía más allá. Ante Adrián Vane se extendía la ascensión final: un camino serpenteante de piedra negra y brillante por la humedad, que culmina en la imponente silueta de la Universidad de Dragonhall, recortada contra el cielo plomizo de Edimburgo.
La lluvia fina, esa llovizna persistente y gélida típica de Escocia, golpeaba sin piedad contra su rostro. Adrián, con sus diecinueve a?os recién cumplidos y unos ojos oscuros que intentaban absorber cada detalle, sentía cómo sus manos no terminaban de dejar de temblar dentro de los bolsillos de su chaqueta. No tenía miedo, se repetía a sí mismo una y otra vez, intentando controlar la respiración.
El coche que lo había traído lo dejó justo en la entrada principal. Durante un instante agónico, Adrián pensó en dar media vuelta, en volver a subir al vehículo y huir. Pero el conductor, un hombre de rostro inexpresivo, lo miró por el retrovisor sin pronunciar palabra. Solo una media sonrisa asomó a sus labios, una mueca fría que parecía sentenciar: "Ya no hay retorno, muchacho". El motor rugió y el coche desapareció colina abajo, dejándolo solo.
Frente a él, Dragonhall se alzaba como un titán dormido. El edificio era imponente, una obra maestra de la arquitectura gótica. Muros grises y ásperos, cubiertos parcialmente por una hiedra perenne y oscura, sostenían ventanales de arcos apuntados que parecían cuencas oculares vacías. En la torre central, un reloj monumental marcaba una hora eterna, con sus manecillas detenidas en un tiempo que ya no existía. De repente, una campana sonó en algún lugar profundo de la estructura; un ta?ido grave, solemne y resonante, que vibró en el aire como un aviso de bienvenida... o una advertencia de peligro.
Un hombre vestido rigurosamente de negro lo esperaba en lo alto de las escaleras de piedra. No llevaba uniforme, ni medallas, ni distintivo.
Su voz, profunda y cavernosa, rompió el silencio.
—Nombre.
—Adrián Vane —respondió él, tragando saliva para aclarar su garganta seca.
El hombre no se inmutó. Deslizó los dedos con parsimonia sobre una fina pantalla de cristal transparente que flotaba sobre su antebrazo, una pieza de tecnología avanzada que parecía pura magia bajo la lluvia. El sistema emitió un tenue pitido azul al reconocer la biometría de Adrián.
Unlawfully taken from Royal Road, this story should be reported if seen on Amazon.
—Curso inicial. Bienvenido. —Fue todo lo que dijo.
Adrián esperó alguna indicación más, una ruta, un mapa, una palabra de aliento. Pero lo único que recibió fue un gesto imperceptible con la cabeza hacia el interior, hacia la oscuridad que aguardaba tras la puerta principal. Sin más opciones, atravesó el umbral.
El cambio fue instantáneo y brutal. Dentro, el aire era denso, impregnado de un olor a cera, cuero viejo y algo más... algo rancio y antiguo, como papel de biblioteca olvidado. La luz era tenue, filtrada por las vidrieras góticas, creando un juego de luces y sombras que danzaban sobre los muros. Hologramas de retratos de antiguos estudiantes . Todos miraban con la misma expresión calculada: una mezcla de serenidad, frialdad y un orgullo contenido y elitista. Ninguno sonreía. Sus ojos parecían seguirle.
Otros estudiantes avanzaban por el pasillo principal. Caminaban en formación, sin hablar, sin saludarse, sin cruzarse las miradas. Se movían en un silencio absoluto y coreografiado, como si supieran exactamente a dónde ir, como si cada paso estuviera predeterminado. Adrián se obligó a imitarles, a adoptar su postura rígida. Cada paso de sus botas resonaban en las losas de piedra góticas como un martillazo, un sonido que lo juzgaba con cada avance.
En el hall principal, una mujer lo interceptó con una precisión matemática. Era alta, elegante, con el cabello casta?o recogido en un mo?o perfecto, sin un solo pelo fuera de lugar. Llevaba unos guantes de terciopelo negro que acentuaban la palidez de su piel.
—Vane, ?verdad? —preguntó, su voz era un hilo frío y afilado, sin mirarlo directamente a los ojos.
—Sí.
—Soy la se?ora Dahlia Morven, instructora de primer a?o. —Su tono no admitía réplica, era pura autoridad.
—Regla básica: aquí no estás para aprender a vivir —dijo ella, finalmente clavando su mirada gélida en la de Adrián—. Estás aprendiendo a cazar el miedo .
La frase le heló la sangre. No sonaba a amenaza vacía ni a exageración dramática para asustar a los novatos. Era un hecho. Una verdad fundamental de Dragonhall expuesta con la misma frialdad que una ecuación matemática.
—Tu dormitorio está en el ala este. La cena es a las ocho en punto. Ma?ana, tu primera clase. No llegues tarde.
Dahlia Morven lo observó durante un instante eterno, evaluando su valor, su resistencia y su potencial en un simple parpadeo clínico. Después, sin a?adir nada más, dio media vuelta y lo dejó allí, solo en medio del inmenso hall, rodeado por las sombras de los antiguos estudiantes y el eco de sus propias palabras.
Adrián respiró hondo, sintiendo cómo el aire gélido de la universidad llenaba sus pulmones. Sabía lo que significaba estar allí . Todos lo sabían. Aquí no bastaba con aprobar exámenes o sobrevivir a las clases. Aquí había que demostrar, día tras día, que merecías seguir en Dragonhall .

