La tormenta se había ido, pero el cielo seguía pesado, con ese tono ceniza que huele a presagio.
El amanecer no trajo luz, solo el recuerdo de lo que la luz solía ser.
Elarith se despertó antes que los demás. No porque quisiera, sino porque su cuerpo ya no confiaba en dormir.
Miró el lugar donde descansaban sus compa?eros: el kobold Grek, envuelto en una mara?a de capas y humo de incienso; y Dorian, el artista marcial, abrazado a una botella vacía como si fuera una promesa que no se cumplió.
"Así luce un grupo de salvadores", pensó Elarith con una sonrisa amarga.
El reflejo de su propia armadura abollada le devolvió una cara que alguna vez fue noble. Ahora solo veía cicatrices y una trenza rojiza que le caía sobre la mejilla, rebelde, indómita.
Había jurado servir a la luz. Pero últimamente, esa luz la hacía doler.
El ruido de una cuerda rasgándose la sacó de sus pensamientos.
Alguien afinaba un instrumento.
—?Y tú quién demonios eres? —gru?ó Grek desde su rincón sin abrir los ojos.
—Solo un viajero cansado —respondió una voz cálida, musical, demasiado tranquila para esa hora del día—. Me dijeron que aquí dormían los locos que quieren acercarse al castillo negro. Y pensé... bueno, no me gusta dormir solo.
Elarith alzó la mirada.
Un joven se apoyaba contra la puerta de la taberna. Tenía el cabello oscuro, una sonrisa fácil y un laúd viejo colgado al hombro. Sus ropas eran simples, pero la forma en que se movía tenía una gracia natural, como si el mundo entero marcara su ritmo.
—Kael —dijo, haciendo una peque?a reverencia—. Bardo, cronista y pésimo cocinero.
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Dorian resopló.
—Perfecto. Un payaso con guitarra. Lo que nos faltaba.
Kael sonrió con los ojos, no con la boca.
—No subestimes la música, amigo. A veces una canción puede hacer lo que una espada no.
Grek se levantó con el humor de un volcán a punto de estallar.
—?Y qué quieres de nosotros, trovador?
—Solo ver de cerca lo que nadie debería ver —contestó Kael encogiendo los hombros—. Y tal vez escribir algo que dure más que nosotros.
Elarith lo observó con cuidado. Había algo en él... algo que no lograba nombrar. No peligro, exactamente, pero sí una sensación de vértigo, como cuando uno se asoma demasiado a un precipicio.
—Puedes venir —dijo al fin—, pero si nos retrasas, te dejo atrás.
Kael asintió, encantado.
—Justo lo que esperaba de una princesa que sabe ensuciarse las manos.
Elarith arqueó una ceja, entre irritada y divertida.
—No me llames princesa.
—Está bien —respondió él con una sonrisa torcida—. Entonces te llamaré Elarith, y prometo hacerlo sonar bien en mis canciones.
Por un momento, nadie habló. Solo el crepitar del fuego y el ruido distante de la lluvia cayendo sobre el tejado.
Dorian tomó su bastón, se levantó y dijo:
—Si ya terminamos con el concurso de encanto, será mejor movernos antes de que el castillo decida seguir acercándose.
Kael lo miró con curiosidad.
—?El castillo se mueve?
Grek lo fulminó con la mirada.
—Sí. Y cuando llegue hasta aquí, tú tocarás la ultima nota.
Kael se rio, y ese sonido pareció llenar toda la taberna, suave y cálido, como si el lugar respirara por primera vez en a?os.
Elarith no lo mostró, pero sintió un leve escalofrío. No de miedo... sino de algo parecido al recuerdo de una emoción que creía olvidada.
Y en ese instante, sin razón aparente, todos en la taberna —hasta el cantinero, hasta el fuego— guardaron silencio.
Solo el viento se atrevió a entrar por las rendijas y repetir el nombre del bardo:
Kael... Kael... Kael...
Cuando salieron, la neblina cubría el camino como una mortaja.
El castillo negro flotaba a lo lejos, suspendido sobre el mar, más cerca que la noche anterior.
Elarith miró a sus compa?eros y pensó que algo en ese grupo no encajaba... aunque todavía no sabía quién era el que traía la oscuridad consigo.

