Carlos estaba sentado frente al hombre, con la espalda apoyada contra la pared y los antebrazos descansando sobre las rodillas. Su mirada, apagada y fija, no transmitía rabia ni triunfo, solo una decepción pesada, casi cansada. El dolor de cabeza seguía ahí, latiendo como un recordatorio constante de lo que había hecho para llegar hasta ese punto.
Sandra permanecía en la esquina de la habitación, sentada en el suelo con la espalda encogida contra la pared. Estaba pálida, más de lo habitual, con los brazos rodeándose a sí misma como si necesitara anclarse a algo. No había dejado de mirar a Carlos… ni al hombre atado. A la escena. A todo.
Carlos respiró hondo antes de hablar.
—Dime cuáles fueron las órdenes que te dio Angélica.
El hombre levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban vacíos, sin rastro de duda ni emoción. Cuando habló, su voz fue plana, mecánica, como si recitara un protocolo aprendido.
—Caminar por las calles —dijo—. Comunicarme por el móvil. Informar de cualquier persona parecida a Carlos.
Carlos frunció el ce?o.
—?Parecida cómo?
—Altura, complexión, rostro similar. Comportamiento evasivo —continuó el hombre—. Cuando se detecta un objetivo, se le sigue a distancia y se comparte la ubicación en tiempo real.
Sandra apretó los labios, conteniendo un escalofrío.
Carlos tragó saliva.
—?Y si uno de ustedes desaparece de repente? —preguntó—. Si deja de moverse. Si deja de responder.
El hombre parpadeó una vez.
—Todos los peones soldados acuden al último punto registrado —respondió—. Se investiga la causa.
Carlos alzó ligeramente la cabeza.
—?Peones soldados?
El hombre inclinó la cabeza apenas, como si procesara la pregunta.
—Peones.
Carlos chasqueó la lengua, molesto.
—Eso no aclara una mierda—
No llegó a terminar la frase.
El hombre se quedó rígido de repente. Su respiración se detuvo un segundo. Luego habló, pero ya no parecía responderle a Carlos.
—Advertencia —dijo, con un tono aún más frío—. El control mental ha sido comprometido.
Carlos sintió un mal presentimiento inmediato.
—?Qué…? —empezó.
—Procediendo a la eliminación del peón da?ado —continuó el hombre—. Protocolo de seguridad activado.
—?Espera! —gritó Carlos, incorporándose.
Fue demasiado tarde.
El hombre abrió la boca de golpe y, sin vacilar, se mordió la lengua con una fuerza brutal. El sonido fue seco, húmedo. Un chasquido imposible de confundir. Antes de que Carlos pudiera reaccionar, el hombre se tragó el trozo arrancado.
La sangre brotó de inmediato.
Salpicó el suelo.
Salpicó la pared.
Y salpicó el rostro de Carlos.
El cuerpo del hombre se convulsionó durante apenas unos segundos antes de quedarse inmóvil, con los ojos abiertos y vacíos, la boca convertida en una masa roja y grotesca.
Carlos se quedó paralizado.
Sentía la sangre caliente resbalándole por la mejilla, por la nariz, por los labios. No se movió. No respiró durante un instante eterno.
Sandra soltó un grito ahogado desde la esquina, llevándose las manos a la boca.
Carlos parpadeó despacio.
Angélica no solo los estaba observando.
Había previsto incluso esto.
Y, por primera vez desde que todo había empezado, Carlos entendió algo con absoluta claridad:
No estaban jugando al gato y al ratón.
Estaban caminando sobre un campo minado.
Perfecto, continúo el capítulo manteniendo el ritmo, la tensión y el tono:
Carlos reaccionó tarde.
O, quizá, reaccionó justo como podía reaccionar alguien que acababa de ver morir a una persona de esa forma.
La rabia le subió de golpe, violenta, descontrolada. Se levantó de un salto y lo único que logró hacer fue gritar, un grito áspero, roto, lleno de odio.
—?Hija de puta! —rugió al aire—. ?Maldita seas, Angélica!
No esperaba respuesta. No la quería. Solo necesitaba sacarlo.
Con un movimiento brusco, tomó la bolsa con las bebidas energéticas del suelo y se giró hacia Sandra.
—Tenemos que irnos. Ya —dijo, seco, urgente.
Sandra no respondió.
Seguía sentada en la esquina, rígida, mirándolo fijamente. Su boca se abrió un poco, temblorosa, y solo logró balbucear una palabra, rota, casi inaudible:
—S… sangre…
Carlos frunció el ce?o, sin entender al principio. Luego lo notó. El tacto pegajoso en la piel. El olor metálico. Bajó la mirada y vio su reflejo distorsionado en un charco oscuro del suelo.
La sangre del hombre le cubría parte del rostro.
—Ah… —murmuró.
Sin decir nada más, se giró, agarró la manta que Sandra había estado usando para dormir y volvió junto a ella. Con movimientos rápidos pero sorprendentemente suaves, la usó para limpiarse la cara. Frotó sin cuidado al principio, luego más despacio, como si el gesto en sí mismo lo estuviera devolviendo a la realidad.
Cuando terminó, dejó la manta a un lado, manchada e inútil.
Miró a Sandra.
—Vámonos —repitió, esta vez más bajo.
Le tendió la mano.
Ella dudó solo un segundo antes de agarrarla. Sus dedos estaban fríos.
Salieron del edificio con cautela, pegándose a las sombras, buscando rutas secundarias, evitando calles abiertas. Carlos iba delante, atento a cualquier movimiento, cualquier sonido fuera de lugar.
No llegaron muy lejos.
Carlos lo entendió en cuanto los vio.
Eso eran los .
Policías.
No civiles vacíos ni sombras errantes. Policías armados, con chalecos, pistolas enfundadas y miradas apagadas, avanzando en formación dispersa, bloqueando salidas, cortando calles con una precisión inquietante.
El estómago de Carlos se hundió.
—Claro… —murmuró—. Así que eso es.
Angélica no quería capturarlo.
No quería interrogarlo.
Sabía que una bala bastaba.
Y no tenía la menor intención de darle otra oportunidad.
Carlos sintió cómo el pulso se le aceleraba. Su mente empezó a trabajar a toda velocidad, pero no tuvo tiempo de completar ningún plan.
Una mano apareció de pronto en su campo de visión.
Firme. Decidida.
Alzó la cabeza.
Una pistola.
Apuntándole directamente al pecho.
Todo ocurrió en una fracción de segundo.
Carlos no pensó.
Su cuerpo se movió solo.
Agarró el brazo del policía y lo empujó hacia arriba con toda su fuerza.
El disparo resonó como un trueno.
El estruendo rebotó entre los edificios, seco, brutal. El proyectil se perdió en el aire, impactando contra una pared lejana.
Carlos soltó la bolsa de bebidas sin darse cuenta.
Con un movimiento rápido, torpe pero efectivo, desarmó al policía, retorciendo el brazo, arrancándole la pistola de la mano antes de que pudiera reaccionar.
No miró atrás.
No comprobó nada más.
Se giró hacia Sandra, la agarró con fuerza y, sin darle tiempo a protestar, la alzó en brazos.
—Agárrate —dijo.
Concentró el maná.
Lo empujó a través de su cuerpo sin reservas, sin sutileza. Los músculos respondieron de inmediato, tensándose, reforzándose, llevándolo más allá de sus límites normales. El mundo pareció ralentizarse durante un instante.
Y entonces corrió.
Saltó.
Aceleró.
Salió de allí como una bala humana, escapando entre callejones, superando obstáculos imposibles, con Sandra aferrada a él y el corazón golpeándole el pecho con violencia.
Detrás de ellos quedaron los gritos, el caos, los disparos que empezaban a resonar demasiado tarde.
Carlos no miró atrás.
Solo tenía una certeza clara, clavada como una verdad incómoda en su mente:
Angélica había dejado de jugar.
Y ahora, lo quería muerto.
Carlos no sabía cuánto tiempo llevaba corriendo cuando ocurrió.
Solo sintió el vacío.
El maná, que hasta ese momento había sostenido su cuerpo a la fuerza, desapareció de golpe, como si alguien hubiera cortado un cable invisible. Sus piernas dejaron de responderle. La fuerza que lo impulsaba hacia delante se evaporó en un instante.
—Mierda— alcanzó a pensar.
Tropezó.
El mundo se inclinó de forma violenta y todo pasó demasiado rápido. Cayó hacia delante, pero giró el cuerpo por puro reflejo, encorvándose, usando su espalda y sus hombros como escudo. Abrazó a Sandra con fuerza, protegiéndola mientras rodaban por el suelo.
El impacto fue brutal.
Carlos chocó contra un muro bajo con un golpe seco que le arrancó el aire de los pulmones. El dolor explotó en su costado y en la espalda, haciéndole ver chispas. Todo su cuerpo protestó al mismo tiempo, como si hubiera decidido pasarle factura de golpe.
Se quedaron quietos unos segundos.
Solo respiraciones agitadas. El corazón de Carlos martillándole el pecho. El suyo… y el de Sandra, que sentía temblar contra él.
—Carlos… —dijo ella, con la voz entrecortada—. Carlos, ?estás bien?
La pregunta lo atravesó.
El pánico que le había llenado la cabeza —la caída, el cansancio extremo, los disparos, la persecución— se frenó en seco. No desapareció, pero se ordenó lo justo como para permitirle volver a pensar.
Carlos parpadeó varias veces.
—Yo… —tragó saliva—. Sí. Creo que sí.
Miró alrededor con esfuerzo.
Y entonces lo vio.
La reja.
El edificio.
El símbolo inconfundible de la escuela, a apenas unas calles de distancia.
El estómago se le cerró.
—No… —murmuró—. No, no, no…
Estaban demasiado cerca.
Demasiado expuestos.
El pánico volvió a empujarle el pecho, esta vez más frío, más preciso. Si los veían allí, si alguien reconocía a Sandra, si la policía cerraba el perímetro…
—Carlos —insistió ella, tocándole el brazo—. Mírame. ?Estás herido?
La voz de Sandra volvió a traerlo de vuelta.
La miró.
Estaba pálida, con los ojos grandes, asustada… pero viva. Entera. Sin sangre.
Eso importaba.
—Necesito… —dijo, respirando hondo— necesito que me ayudes a levantarme.
Mientras hablaba, con un movimiento torpe pero deliberado, metió la mano en el bolsillo de la sudadera y guardó la pistola que aún tenía agarrada. El metal pesó más de lo que esperaba.
Sandra asintió de inmediato. Se colocó a su lado, pasó su brazo por debajo del hombro de Carlos y tiró con cuidado.
—Despacio —dijo—. Apóyate en mí.
Carlos gru?ó por lo bajo cuando se puso en pie. El cuerpo le temblaba, débil, agotado. Cada músculo parecía arderle desde dentro. Aun así, consiguió mantenerse erguido, apoyándose en ella.
Y fue entonces cuando la idea apareció.
Clara. Fría. Terrible.
Su madre.
Un rehén.
Una forma de obligarla a parar. De ganar tiempo. De equilibrar la balanza.
La idea se desplegó en su mente con una lógica inquietante. Rápida. Eficiente.
Giró la cabeza y miró a Sandra.
Sabía, sin necesidad de preguntarlo, que ella no aceptaría jamás algo así. Que lo miraría como si ya no fuera él. Que se negaría. Que intentaría detenerlo.
Y entonces el recuerdo le golpeó.
La azotea.
La voz de Shion, tranquila, cruel:
Sintió algo romperse por dentro.
No con ruido.
Con cansancio.
Pensó, por primera vez de verdad, que tal vez la opinión de Sandra… no podía seguir marcando sus decisiones. Que quizá era un lujo que ya no podía permitirse.
Apretó la mandíbula.
—Vamos a ir a otro sitio —dijo.
Sandra levantó la cabeza, confusa.
—?A dónde?
Carlos no respondió.
Dio el primer paso, lento, apoyándose más en ella. Luego otro. Empezó a caminar, arrastrando un poco los pies, pero avanzando con determinación.
Sandra dudó, pero lo siguió.
—Carlos… —insistió—. ?A dónde vamos?
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Silencio.
él siguió caminando, con la mirada fija al frente, el rostro tenso, la decisión ya tomada en algún lugar oscuro de su mente.
Sandra apretó el brazo alrededor de su espalda, sintiendo el peso muerto que cargaba… sin saber que, en ese momento, no solo lo estaba sosteniendo físicamente.
También estaba caminando junto a alguien que acababa de cruzar otra línea.
La casa era demasiado normal.
Eso fue lo primero que pensó Sandra cuando se detuvieron frente a ella: una fachada cuidada, un peque?o jardín delantero, una luz cálida encendida en el salón. No parecía el hogar de alguien que estuviera moviendo medio infierno desde las sombras.
—Carlos… —preguntó en voz baja— ?de quién es esta casa?
él no respondió.
Ni siquiera la miró.
Se soltó de ella con cuidado, ignorando el temblor de sus piernas, y recogió una piedra del suelo. La sopesó un segundo en la mano. Sandra abrió la boca para decir algo más, pero el sonido llegó antes que las palabras.
El cristal de la puerta lateral estalló en mil fragmentos. Carlos metió el brazo entre los restos, giró el pestillo desde dentro y abrió. El ruido pareció resonar demasiado fuerte en la quietud del barrio.
—Sígueme —dijo, seco.
Sandra dudó apenas un instante… y lo siguió.
Dentro, la casa estaba viva.
La televisión seguía encendida en el salón, un programa cualquiera sonando de fondo. Varias luces estaban prendidas, como si alguien hubiera estado allí hacía apenas segundos. El aire olía a café frío y a detergente. Un hogar real. Habitual.
Carlos avanzó despacio, con pasos medidos. Sus ojos se movían sin parar, analizando cada rincón, cada sombra. Sabía que la madre de Angélica estaba allí. Lo sentía. Si había oído el cristal romperse, se habría escondido. Cualquiera lo haría.
—Carlos… —susurró Sandra— esto no está bien.
No contestó.
Entonces escuchó el ruido.
Arriba.
Un golpe seco, torpe. Un paso mal contenido.
Carlos levantó la cabeza al instante. Alzó una mano para que Sandra guardara silencio y se?aló las escaleras. Subió primero, apoyando el peso en la barandilla, ignorando el dolor que le recorría el cuerpo.
El pasillo del piso superior estaba en penumbra. Varias puertas cerradas. Al fondo, una habitación con luz encendida… y voces.
—…sí, creo que han entrado… —una voz temblorosa—. Por favor, vengan rápido…
Carlos empujó la puerta.
La escena se congeló.
La madre de Angélica estaba de pie junto a la cama, con el móvil pegado a la oreja, los ojos desorbitados, el cuerpo rígido por el terror. No era joven. Tampoco fuerte. Solo una mujer normal atrapada en una pesadilla que no entendía.
—Cuelgue —dijo Carlos.
Su voz era baja. Controlada.
La mujer gritó.
Un grito agudo, puro pánico, que le atravesó los oídos a Sandra como un cuchillo.
—?No! ?Aléjese! ?Policía, por favor—!
Carlos no tuvo opción.
Sacó la pistola.
El sonido metálico al alzarla fue definitivo. Apuntó al pecho de la mujer sin que le temblara la mano.
—Cuelgue. Ahora.
El grito murió en la garganta de la mujer. Sus ojos se clavaron en el arma. El móvil resbaló un poco entre sus dedos.
Sandra sintió que el mundo se le venía abajo.
—Carlos… —susurró, con la voz rota— ?qué estás haciendo?
él no apartó la vista de la mujer.
—Silencio —dijo, sin mirarla.
La madre de Angélica sollozaba. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el teléfono.
—Por favor… —balbuceó— no me mate… no sé qué quieren… yo no—
—Cuelgue —repitió Carlos— o no podré controlar lo que pase después.
Eso fue suficiente.
La llamada se cortó. El móvil cayó al suelo con un golpe sordo. La mujer se llevó las manos a la cara y rompió a llorar, deslizándose hasta sentarse en la cama, repitiendo entre sollozos que no la mataran, que haría lo que fuera.
Sandra estaba paralizada.
No reconocía al chico frente a ella.
Carlos avanzó un paso, manteniendo el arma apuntando. Sacó su propio móvil con la otra mano. Enfocó a la mujer, encogida, aterrada, y tomó la foto.
El clic fue suave.
Irreversible.
Sin bajar el arma, envió la imagen.
Guardó el móvil.
El silencio que siguió fue insoportable.
La madre de Angélica lloraba en silencio, respirando de forma errática, mirándolo como si fuera una pesadilla con forma humana. Sandra dio un paso atrás, llevándose una mano a la boca.
—Carlos… —dijo, esta vez casi suplicando—. Esto… esto ya no es tú.
Por primera vez desde que habían entrado, él la miró.
Sus ojos estaban cansados. Vacíos. Decididos.
—No —respondió—. Esto es lo que queda cuando nadie más me deja opciones.
Shion no dijo nada.
Y ese silencio, más que cualquier palabra, confirmó que ya no había vuelta atrás.
Carlos bajó un poco la pistola, lo justo para poder mirar la pantalla del móvil sin apartarse del todo de la mujer. El icono confirmó lo que ya esperaba: Angélica había visto el mensaje
Escribió otro.
Envió el mensaje y bloqueó la pantalla. Durante un segundo se quedó mirando el reflejo apagado del cristal, su propio rostro pálido y manchado aún por restos de sangre seca. Apenas se reconocía.
Guardó el móvil.
Entonces se giró hacia Sandra.
Ella seguía de pie junto a la puerta, rígida, con los brazos pegados al cuerpo como si intentara ocupar menos espacio. Su mirada iba de la pistola a la mujer en la cama y de vuelta a Carlos, sin asentarse en ningún sitio. Estaba blanca. Demasiado.
—Sandra —dijo él, más bajo—. Necesito que hagas algo por mí.
Ella no respondió.
Carlos tragó saliva. El cansancio le pesaba en los huesos, le ardía en los músculos, le nublaba la cabeza. Sentía cómo el uso del maná y la huida anterior le estaban pasando factura, una presión sorda que amenazaba con tumbarlo en cualquier momento.
—?Puedo confiar en ti? —preguntó—. Solo un momento. Vigílala mientras voy a la cocina. Necesito algo para no desplomarme aquí mismo.
Sandra no se movió.
No habló.
Sus ojos estaban abiertos, pero parecía muy lejos, como si la escena se reprodujera con retraso en su cabeza. La madre de Angélica sollozaba en silencio, abrazándose a sí misma, temblando de miedo.
Carlos dio un paso hacia Sandra.
—Sandra —insistió, con un hilo de urgencia que se le escapó en la voz—. ?Puedo confiar en ti?
Ese segundo se hizo eterno.
Finalmente, sin decir una sola palabra, Sandra asintió despacio con la cabeza. El gesto fue peque?o, casi imperceptible, pero real. No había convicción en él. Solo aceptación.
Carlos la sostuvo con la mirada un instante más, como si quisiera grabarse ese asentimiento en la memoria. Luego bajó por fin la pistola, sin guardarla del todo, y se giró hacia la puerta.
—No la pierdas de vista —dijo—. Vuelvo enseguida.
Salió de la habitación y cerró con cuidado, dejando atrás el llanto ahogado y la tensión densa del aire.
El pasillo le pareció más largo que antes.
Cada paso hacia la cocina era un esfuerzo. El cuerpo le pedía parar, sentarse, dejarse caer. El agotamiento se le acumulaba detrás de los ojos, pesado, traicionero. Abrió armarios, cajones, el frigorífico, buscando cualquier cosa: azúcar, café, bebidas energéticas, lo que fuera que pudiera mantenerlo en pie un poco más.
Porque sabía una cosa con absoluta certeza:
Aún no había terminado.
Sandra se quedó inmóvil, la mirada fija en la madre de Angélica. Su respiración era lenta, casi contenida, mientras sentía cómo el peso de la situación se le hundía en el pecho. La mujer lloraba en silencio, abrazándose a sí misma, temblando de miedo. Cada sollozo apagado hacía que Sandra se estremeciera.
No podía mover la cabeza, no podía apartar los ojos. Se sentía atrapada entre el horror de lo que acababa de ocurrir y la impotencia absoluta de no poder cambiarlo. La pistola seguía apuntada, y aunque Carlos ya no la tenía tan firme entre manos, el miedo seguía impregnando el aire, y Sandra podía sentirlo como un calor helado que la rodeaba.
—Está bien… —susurró Sandra, apenas audible—. No le haré nada.
La madre de Angélica la miró, con los ojos desbordados de lágrimas, y en su expresión había una mezcla de confusión, terror y súplica. Sandra vio la manera en que su cuerpo temblaba, cómo cada palabra, cada movimiento, podía provocar un sobresalto más profundo. Sentía que cualquier gesto en falso podía romper todo el frágil hilo de control que Carlos había dejado sobre la situación.
Se acercó un poco, con cuidado de no hacer ruido, y se sentó en el suelo a unos pasos de la mujer, manteniendo la distancia suficiente para no asustarla más. Sus manos descansaban sobre las rodillas, temblorosas, pero firmes: se sentía responsable, aunque apenas comprendiera la magnitud de lo que pasaba.
—No te pasará nada mientras esté aquí —dijo con voz suave, tratando de que la madre de Angélica creyera en sus palabras—. Solo quédate quieta. Respira. Nada más.
La mujer asintió con dificultad, sollozando todavía, mientras sus ojos buscaban un refugio, un apoyo, y lo encontraron en la presencia silenciosa de Sandra. Por un momento, la tensión se alivió un poco: no había palabras que pudieran calmar del todo el miedo, pero había un contacto humano, un puente entre la violencia de lo que estaba sucediendo y la mínima seguridad que Sandra podía ofrecer.
Sandra permaneció allí, observando, respirando al ritmo de la mujer, vigilando cada movimiento, cada signo de pánico, cada intento de levantar el móvil otra vez. El tiempo se volvió lento, pesado, y con cada minuto que pasaba sentía cómo su propio cuerpo se llenaba de una mezcla de ansiedad y responsabilidad, consciente de que cualquier fallo podía desencadenar un desastre.
El silencio era absoluto, salvo por los sollozos apagados. Sandra entendió que, por ahora, su papel no era intervenir, sino sostener la calma, sostener a la mujer, sostener la situación, hasta que Carlos regresara. Y mientras esperaba, el miedo y la tensión le recordaban que estaban atrapadas en algo que las superaba por completo.
Sandra seguía sentada frente a ella cuando la madre de Angélica rompió el silencio.
—?Por qué…? —su voz era un hilo quebrado—. ?Por qué me hacen esto? Yo no he hecho nada…
Sandra abrió la boca para responder… y no salió nada.
Parpadeó varias veces, como si buscara una respuesta en algún rincón de su cabeza. No la encontró. El nudo en su garganta se apretó.
—Yo… —empezó, pero la frase murió antes de nacer.
La mujer la miró con desesperación, aferrándose a esa mínima posibilidad de comprensión.
—?Es por mi hija? —preguntó—. Si ha hecho algo, yo no lo sabía. Te lo juro. No entiendo qué está pasando…
Sandra bajó la mirada. Sus manos temblaban sobre sus rodillas.
No sabía qué decirle. No sabía por qué estaban ahí. No sabía en qué momento todo se había torcido de esa manera. Solo sabía que, hasta hacía no tanto, Carlos era su mejor amigo… y que ahora estaba amenazando a una madre con un arma.
—No lo sé —admitió por fin, con la voz rota—. De verdad… no lo sé.
Decirlo en voz alta la golpeó más fuerte de lo que esperaba.
La madre soltó un sollozo ahogado y se llevó las manos a la cara.
—Tengo miedo —dijo—. Por favor… yo solo quiero volver a ver a mi hija.
Ese fue el punto de quiebre.
Sandra sintió algo retorcerse en su pecho. Una sensación sucia, pesada. Atroz. Como si hasta ese momento hubiera estado caminando dormida y, de repente, despertara en medio de una pesadilla que ella misma estaba ayudando a sostener.
No “complicado”. No “necesario”. Mal.
Miró a la mujer: indefensa, temblando, atrapada en su propia casa. Miró la puerta. Miró el pasillo por donde Carlos había desaparecido hacia la cocina.
Y, por primera vez desde que todo empezó, no pensó en Carlos.
Pensó en lo que estaba haciendo.
—Oiga… —susurró, acercándose un poco—. Escúcheme.
La madre levantó la cabeza, los ojos enrojecidos, llenos de una esperanza frágil.
—No levante la voz —continuó Sandra—. él está en la cocina. No sé cuánto tardará.
Su corazón latía tan fuerte que temía que se le notara en la voz.
—Cuando yo le diga… tiene que correr. Salga por la puerta principal y no mire atrás.
La mujer se quedó paralizada, incrédula.
—?Y tú…?
Sandra tragó saliva.
—Yo me encargaré de distraerlo —mintió. No tenía ningún plan. Solo sabía que no podía permitir que esto siguiera así.
La madre dudó, aterrada, pero Sandra le sostuvo la mirada con una determinación que ni ella sabía que tenía.
—No se lo merece —dijo en voz baja—. Nada de esto.
Por dentro, el miedo la estaba devorando. Sabía que, si Carlos se daba cuenta, todo podría salir terriblemente mal. Sabía que estaba a punto de cruzar una línea.
Pero quedarse quieta… eso ya no era una opción.
Así que se preparó.
Para ayudarla a escapar.
Aunque eso significara enfrentarse al monstruo que su mejor amigo se estaba convirtiendo.
Sandra guió a la madre de Angélica lentamente hacia la puerta del pasillo. Cada paso era un cálculo, un equilibrio entre silencio y urgencia. La madre temblaba, aferrándose a su brazo, incapaz de procesar del todo lo que estaba pasando, pero confiando en Sandra de manera instintiva.
—Casi estamos fuera —susurró Sandra, con la voz apenas audible—. Solo unos pasos más y nadie nos verá.
La mujer asintió débilmente, tragando lágrimas. Cada crujido del piso bajo sus pies le hacía saltar el corazón. Sandra se adelantó, tanteando el camino, asegurándose de que no hubiera nada que delatara su escape.
Al llegar al umbral de la puerta principal, Sandra colocó una mano firme sobre el hombro de la madre.
—Cuando salga… corre. No mires atrás. ?Entendido?
—Sí… sí… —balbuceó la mujer, la voz quebrada, los ojos fijos en el pasillo oscuro.
Sandra asintió y dio un paso hacia atrás para que la mujer pudiera moverse primero. El silencio de la casa era pesado, casi tangible. Cada respiración parecía resonar en las paredes, y el miedo que sentían ambas se mezclaba con la adrenalina.
La madre avanzó unos pasos hacia la libertad. Sus dedos rozaron la manija de la puerta, la empujaron con cuidado, y justo cuando estaba a punto de abrirla por completo y dar el primer paso hacia el exterior…
Un ruido metálico y seco llegó desde la cocina.
Sandra se congeló.
—Carlos —susurró para sí misma, el terror y la incredulidad mezclándose en su garganta.
La puerta estaba a un metro de abrirse, el aire fresco de la calle casi a su alcance, y de repente, la presencia de Carlos se dejó sentir detrás de ellas, demasiado cerca, demasiado rápido…
Y ahí, justo en ese instante, todo se detuvo.
Carlos las miraba como si no encajaran en el mundo.
Tardó un segundo en reaccionar. Quizá dos. El suficiente para que la incredulidad se le clavara en el pecho.
—?Qué… qué estás haciendo, Sandra? —preguntó, con la voz rota, casi infantil.
Sandra abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron de inmediato. Tenía la garganta seca, el corazón desbocado. Miró a la madre de Angélica, luego a Carlos. Al chico que conocía. Al que ya no reconocía.
—Esto… esto no está bien —dijo al fin—. No es la manera, Carlos. No somos así. Hay otras formas, podemos—
No terminó la frase.
Shion susurró.
No fue una voz alta. No fue urgente. Fue peor: fue calmada.
—?Ves? —dijo, suave—. Exactamente lo que te dije. No puede entenderte. Nunca pudo. Para ella todo es blanco o negro. Tú ya no vives ahí.
Carlos no respondió.
Miró a Sandra. Miró a la madre de Angélica, paralizada junto a la puerta, con la esperanza a medio nacer aún reflejada en los ojos.
Sandra seguía hablando. Carlos lo sabía porque veía moverse sus labios, porque su rostro suplicaba, porque sus manos temblaban al extenderse hacia él.
Pero no escuchaba nada.
El mundo se había quedado en silencio.
—Tenías razón… —susurró Carlos, casi para sí mismo.
Shion no dijo nada. No hacía falta.
Carlos levantó la pistola.
El disparo resonó en la casa como un trueno.
La madre de Angélica gritó al caer, un grito desgarrador, animal, mientras la sangre comenzaba a empapar el suelo. La pierna no respondió. El cuerpo tampoco. Solo dolor. Puro, absoluto.
—??CARLOS, QUé HACES?! —gritó Sandra, la voz quebrada.
Corrió hacia él sin pensar, empujada por el instinto, por el horror.
Y entonces ocurrió.
Carlos giró el arma.
La apuntó a ella.
Sandra se detuvo en seco.
El tiempo se congeló.
—No des un paso más —dijo Carlos, con una frialdad que nunca había tenido—. Dame a la madre de Angélica. Ahora.
Sandra lo miró, incapaz de procesarlo.
—Carlos… soy yo —susurró—. Para. Por favor.
—O la entregas —continuó él, la voz firme, sin rastro de duda—, o disparo. Y esta vez no será a una pierna.
Las palabras cayeron como cuchillas.
—Ya no me importa lo que te pase —a?adió.
Eso fue lo que la rompió.
No el arma.
No el disparo.
No la sangre en el suelo.
Eso.
Sandra se quedó inmóvil, los ojos abiertos, el cuerpo rígido, incapaz de moverse, incapaz de respirar.
Porque en ese instante entendió algo aterrador:
Carlos no estaba mintiendo.
Sandra sintió que el aire se le escapaba. Su mente gritaba, sus piernas temblaban, pero no podía moverse. La pistola apuntada, la sangre, la desesperación… todo se había condensado en un solo momento imposible de ignorar.
—Carlos… —su voz salió como un hilo, apenas audible—… no… no tienes que hacer esto…
él no la miró. Solo mantenía la calma, como si cada músculo estuviera calculando la siguiente acción. La madre de Angélica gimió, apoyada contra la pared, incapaz de levantarse. Sus ojos buscaban ayuda, pero no había nadie que pudiera ofrecerla.
Sandra tragó saliva con fuerza. Su corazón golpeaba contra las costillas. Por un instante, todo su entrenamiento, su racionalidad, su conocimiento de lo que estaba bien y lo que estaba mal se le derrumbó como arena entre los dedos.
Entonces algo cambió dentro de ella.
No podía quedarse quieta. No podía permitir que Carlos… que Carlos cruzara ese límite completamente. El instinto de proteger, de salvar, de corregir lo que estaba mal, la impulsó hacia adelante.
—?CARLOS! —gritó, con una fuerza que le dolió sacar de la garganta—. ?BASTA!
él parpadeó. No bajó el arma, pero su rostro mostró un atisbo de sorpresa, apenas perceptible. Sandra dio un paso más, respirando hondo, cada fibra de su cuerpo lista para enfrentarlo. La madre de Angélica la miró con ojos suplicantes, como si viera en ella la última oportunidad de sobrevivir a ese infierno.
Sandra respiró hondo y dijo, con voz que trataba de mantenerse firme:
—Esto… esto solo los hace como Angélica. Despiadados. Sin corazón alguno. No podemos seguir así. Si haces esto, ya no serás Carlos… te perderías a ti mismo.
Carlos la miró, los ojos fríos, y respondió con una frase que cortaba más que un cuchillo:
—?Qué sabes tú de mí?
Sandra se quedó descolocada, pero aun así sostuvo su mirada.
—Soy tu mejor amiga… —dijo, con un hilo de voz—. Te he ayudado, te he escuchado, muchas veces…
Carlos la interrumpió, el tono seco, cortante:
—?Cuántas veces realmente me has ayudado? ?Cuántas veces me escuchaste de verdad?
Sandra tardó en responder, dudando. Finalmente dijo:
—Muchas…
—Pon un ejemplo —dijo él, desafiante.
Sandra abrió la boca, pero ninguna situación le venía a la mente. Todo parecía insignificante comparado con ese momento. Al final, solo dijo:
—Te estoy ayudando ahora… a no hacer algo de lo que te arrepientas.
Carlos la miró, seco:
—No… estás arruinando la última oportunidad que teníamos de sobrevivir.
Luego rectificó, sus palabras cayendo como un martillo:
—En realidad… estás arruinando MI oportunidad de sobrevivir.
Sandra se quedó en silencio. Miró de reojo a la madre de Angélica en el suelo, la sangre manando de su pierna. Luego volvió a mirar a Carlos, con decisión en sus ojos.
—Carlos… no serías capaz de matarme —dijo, firme.
El silencio se hizo absoluto. Carlos la observaba, el arma firme. Sus ojos ya no reflejaban rabia, sino una calma vacía, peligrosa.
—No deberías apostar por eso —murmuró.
Sandra tragó saliva y dio un paso más cerca.
—Mírate… míranos. Esto no eres tú. Nunca lo fuiste. Tú eras el que dudaba, el que se paraba a pensar, el que cargaba con todo para que otros no tuvieran que hacerlo.
Carlos soltó una risa breve, sin humor.
—Ese Carlos murió hace rato.
La madre de Angélica gimió, apoyándose en la pared. Sandra la vio y algo dentro de ella se quebró.
—No —dijo, con más firmeza—. Sigue ahí. Solo estás intentando convencerte de que no.
Carlos apretó un poco más el arma, y Shion le susurró en la mente, suave, insistente:
—Está manipulándote. Usando recuerdos. Afecto. Miedo. Exactamente como lo haría Angélica.
Carlos apretó los dientes.
—Cállate —pensó.
—?Ves? —continuó Shion—. Incluso ahora dudas. Y esa duda te va a matar.
Carlos levantó un poco más el arma.
Sandra lo vio. Vio el quiebre final acercándose como una ola.
—Carlos… —dijo, con la voz rota—. Si disparas… ya no hay vuelta atrás. No solo para ella. Para ti. Para nosotros.
él la miró como si fuera la primera vez que realmente la viera.
—No hay “nosotros” —respondió—. Nunca lo hubo de verdad.
Y aun así… no disparó.
El silencio se estiró, insoportable.
La madre de Angélica aprovechó ese mínimo respiro. Apoyó la mano en la pared y, gimiendo de dolor, comenzó a arrastrarse lentamente hacia la puerta, dejando un rastro rojo tras de sí.
Sandra lo notó al instante, sus ojos se abrieron de par en par.
—Carlos, espera —empezó, desesperada—.
Pero fue demasiado tarde.
Carlos giró la cabeza.
Y las vio.
Carlos giró la cabeza. Y las vio.
La madre de Angélica, con la pierna sangrando, intentaba arrastrarse hacia la puerta. Cada movimiento era lento, torpe, pero determinado. Su respiración era un hilo entrecortado, y la sangre manchaba el piso mientras dejaba un rastro rojo que parecía marcar un destino inevitable.
Sandra sintió un nudo en la garganta. Su corazón golpeaba con fuerza, como si quisiera escapar de su pecho.
—?Carlos, detente! —gritó, pero su voz estaba cargada de desesperación. Cada palabra parecía un intento inútil de detener lo que estaba a punto de suceder.
él frunció el ce?o, y por un instante su mirada se tornó aún más fría. La pistola seguía firme, apuntando a Sandra, pero su atención ahora estaba dividida entre ambas.
Sandra dio un paso hacia la madre, instintivamente protegiéndola, su propio miedo quedando en segundo plano.
—?No puedes hacer esto! —dijo, con la voz quebrada—. ?Si de verdad eres Carlos, esto no eres tú!
Pero Carlos solo respiró hondo, sus labios apretados, y dijo con una calma aterradora:
—Si das un solo paso más, ella muere. Tú mueres. Ya no hay otra opción.
Sandra se congeló. Su mente buscaba desesperadamente una salida, cualquier plan que no terminara en sangre. Pero no había tiempo. Cada segundo que pasaba acercaba a la madre de Angélica más a la puerta… y más cerca de la muerte si Carlos no lo permitía.
La madre gimió de nuevo, haciendo un movimiento más para levantarse, apoyándose con una mano en la pared y con la otra intentando empujar a Sandra para que la ayudara a escapar.
Sandra tragó saliva, su corazón latiendo a mil por hora. Se dio cuenta de que si Carlos disparaba, no solo la pierna de la madre se vería afectada, sino que todo lo que habían hecho hasta ahora se derrumbaría en segundos.
—Carlos… por favor… —susurró, temblando—. No tienes que hacer esto. No hoy. No así…
Pero antes de que pudiera moverse, de que pudiera hacer algo, Carlos ya estaba avanzando, la tensión entre ellos cargada como un resorte a punto de romperse.
Y justo en ese instante…
Bam.
El disparo retumbó en la casa como un trueno seco.
No vino de Carlos.
Sandra giró la cabeza por puro reflejo y vio la silueta en el marco de la puerta: Angélica
La bala impactó en el hombro de Carlos sin piedad.
El sonido fue distinto al anterior. Más húmedo. Más real.
Carlos soltó un gru?ido ahogado y dio medio paso atrás. La sorpresa se le estampó en la cara antes incluso del dolor. La pistola resbaló de sus dedos y cayó al suelo con un golpe metálico que pareció durar una eternidad.
Por un segundo, nadie se movió.
Carlos miró su hombro. La sangre empezó a brotar casi de inmediato, oscura, empapando la tela de la sudadera. Levantó la vista hacia la puerta, incrédulo.
—…Angélica —murmuró, como si no terminara de creerlo.
Ella volvió a alzar el arma, temblándole ligeramente el pulso, pero con la intención clara.
Carlos reaccionó tarde. Demasiado tarde para pensar.
Con la mano libre agarró lo primero que tuvo cerca: un jarrón de cerámica del mueble del pasillo. Lo lanzó con todas sus fuerzas.
El jarrón se hizo a?icos contra la pared junto a Angélica. Fragmentos volaron, uno de ellos rozándole la mejilla vendada. Ella gritó y se cubrió por reflejo.
Eso fue suficiente.
Carlos se agachó de golpe, ignorando el dolor que le explotaba en el hombro, agarró la pistola del suelo y, sin mirar atrás, salió corriendo por la puerta trasera.
—?Carlos! —gritó Sandra, con la voz rota.
No hubo respuesta.
Solo el sonido de sus pasos alejándose.
Angélica volvió a apuntar de inmediato. Esta vez, directamente a Sandra.
Sus manos temblaban. Su respiración era caótica.
—No… —susurró Sandra, paralizada—. No dispares…
El dedo de Angélica estaba a un suspiro de apretar el gatillo.
Entonces, una mano se aferró a su brazo.
—A ella no —dijo la madre de Angélica, con voz quebrada pero firme.
Angélica giró la cabeza, confundida, como si tardara en reconocerla. Sus ojos estaban vidriosos, desbordados.
—Mamá… —jadeó—. Se la va a llevar… se va a escapar…
—No —repitió su madre, apretándole el brazo con lo poco que le quedaba de fuerza—. A ella no.
Angélica dudó. El arma seguía apuntando a Sandra, pero su pulso empezó a ceder. Finalmente, bajó la pistola con un gemido frustrado y cayó de rodillas junto a su madre.
—Joder… —murmuró—. Joder, joder…
La madre gimió de dolor cuando Angélica presionó la herida de la pierna.
—En el ba?o… —dijo ella, respirando con dificultad—. Hay… un botiquín… debajo del lavabo…
Sandra reaccionó como si despertara de un sue?o horrible. Asintió varias veces, torpemente, y corrió al ba?o. Sus manos temblaban tanto que casi se le cayó el botiquín al cogerlo.
Cuando volvió, ayudó a vendar la herida lo mejor que pudo. La sangre seguía ahí, el dolor también, pero al menos estaba controlado.
El tiempo pasó raro. Espeso. Silencioso.
Finalmente, la madre de Angélica quedó recostada en el sofá, pálida pero estable. Angélica se sentó en una silla frente a ella, con los codos apoyados en las rodillas, la cabeza gacha.
—…Gracias —dijo al cabo de un rato, sin levantar la vista—. Por ayudarla.
Sandra no respondió de inmediato.
Tenía las manos manchadas de sangre. No sabía de quién. Le temblaban.
Carlos.
Solo podía pensar en Carlos.
—Te debo un favor —a?adió Angélica, alzando la mirada por fin—. Uno grande.
Sandra la miró. Los ojos se le llenaron de lágrimas antes de que pudiera evitarlo.
—Dime algo… —dijo, con la voz rota—. Dime si… si esa persona que estaba aquí… ?era realmente Carlos?
Las lágrimas empezaron a caerle sin control.
Angélica abrió la boca para responder…
y se quedó en silencio.
Su mirada se desvió, incómoda. Tensa.
No dijo nada.
Y ese silencio fue la peor respuesta posible.

