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Primero pasos y primeros limites

  Carlos se levantó con cuidado, estirando los brazos hacia el cielo que ahora tenía un tono más claro que la tarde anterior, como si la luz misma le diera la bienvenida. Su cola se movió automáticamente detrás de él, balanceándose con cada movimiento, y él todavía tenía que acostumbrarse a sentirla como parte de su cuerpo.

  El río seguía allí, reflejando un azul diferente al que había visto antes. Era más profundo, casi como un espejo líquido, y Carlos no pudo evitar acercarse de nuevo. Esta vez levantó la mano con más decisión. Recordó un movimiento que había visto en un anime, un truco simple de energía que un personaje usaba para mover objetos a distancia. No sabía si funcionaría aquí, pero había algo en su instinto que lo empujaba a intentarlo.

  Extendió los dedos hacia una peque?a piedra que flotaba a la orilla. Concentró su atención, imaginando cómo se movería. Por un instante, nada pasó. Luego, un ligero temblor. La piedra vibró, se elevó un par de centímetros y cayó de nuevo al suelo.

  Carlos parpadeó, sorprendido.

  —No… ?es esto posible? —susurró.

  El corazón le palpitaba rápido, no de miedo, sino de emoción pura. No estaba seguro de si podía controlarlo aún, pero había funcionado. Peque?o, casi imperceptible, pero real.

  Se pasó una mano por el cabello y miró alrededor. Todo parecía igual que ayer, pero diferente. La luz, la brisa, incluso el río que parecía más vivo que antes. Cada sensación era más intensa, más palpable. Podía sentir la humedad en la hierba, el roce del viento en la piel, y hasta un leve temblor en los dedos al tocar las piedras del río.

  Se sentó junto al agua y cerró los ojos un momento. Recordó su vida humana: su habitación, la cena silenciosa con su hermano y su hermana, los cuadernos abiertos en el escritorio. Todo parecía distante, como un recuerdo de otra vida. Aquí, en este lugar, sentía que cada acción tenía peso, que cada movimiento era observado por algo que aún no entendía.

  Decidió caminar un poco más lejos, siguiendo el río. Esta vez lo hizo con más confianza, aunque con cautela. Observaba cada detalle: los árboles que flotaban suavemente, las piedras que parecían brillar bajo la luz, las corrientes de aire que rozaban la piel de manera casi consciente. Todo parecía moverse con un ritmo propio, respondiendo a su presencia.

  Se detuvo de repente. Allí, en una curva del río, vio algo que lo hizo contener la respiración: un grupo de peque?as criaturas flotando sobre el agua. No eran animales que conociera. Tenían cuerpos translúcidos y brillantes, como gotas de luz que flotaban, y ojos diminutos que lo observaban curiosamente.

  —Hola… —dijo, inseguro.

  Las criaturas se separaron un poco, como si midieran sus movimientos, pero no huyeron. Carlos levantó la mano, dudando, y una chispa de luz saltó de su dedo. Una de ellas brincó sobre la chispa, y entonces desapareció en un destello.

  Carlos soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Sonrió suavemente. La sensación era extra?a, emocionante, y le recordaba que todo era posible aquí, aunque todavía no supiera los límites.

  Caminó más allá, perdiéndose entre la vegetación y las corrientes de aire que parecían moverse de forma independiente. Cada paso lo hacía sentir más vivo, más presente. Olvidó por completo la noción de tiempo humano.

  Y entonces, de repente, un sonido lo arrancó de golpe de su concentración: un pitido agudo que lo hizo sentarse de un salto. Su corazón latía con fuerza y sus ojos se abrieron con incredulidad.

  —?Qué…? —murmuró, sin entender.

  Abrió los ojos de golpe, y se encontró en su habitación humana. La luz del atardecer entraba por la ventana, y la alarma del despertador sonaba insistente. Se incorporó, confuso y desorientado, con la respiración acelerada.

  Carlos siguió mirando el techo durante un rato largo, sin moverse.

  La habitación estaba en penumbra. La luz de la farola de la calle entraba a través de la persiana y dibujaba líneas anaranjadas en la pared. Todo estaba en silencio. Ni voces, ni pasos, ni sonidos de la televisión. La casa dormía.

  Giró la cabeza despacio hacia la mesilla.

  23:41.

  El número brillaba con una claridad incómoda.

  —…No puede ser —murmuró.

  Había sentido que llevaba horas allí. Caminando. Explorando. Tocando el agua del río. Observando el cielo imposible. Y sin embargo, el reloj decía otra cosa. Solo veinte minutos. Ni siquiera media hora.

  Se incorporó despacio. El cuerpo le pesaba, como después de un día largo, pero no estaba agotado. Era un cansancio distinto, más profundo, como si no viniera solo de los músculos.

  Se levantó y caminó hasta el ba?o con cuidado de no hacer ruido. Encendió la luz y se apoyó en el lavabo. El espejo le devolvió su reflejo habitual. No había nada extra?o en él. Ninguna se?al visible de lo que había vivido.

  Pero al mirarse a los ojos, tuvo la sensación de que algo no encajaba del todo.

  —Estoy despierto… —susurró—. Pero no lo estoy.

  Se mojó la cara con agua fría. El contacto lo ayudó a centrarse un poco, pero no borró la sensación persistente de que acababa de regresar de muy lejos.

  Apagó la luz y volvió a su habitación.

  Se sentó en la cama, con los pies colgando, escuchando el silencio. Pensó en el río. En la hierba azul. En el cielo nocturno que había visto antes de desaparecer.

  Allí seguía siendo de noche, pensó.

  Allí el tiempo no se había detenido.

  Se tumbó de lado y cerró los ojos.

  No tenía sue?o.

  O más bien, tenía un tipo de sue?o muy concreto.

  No sabía cuánto tiempo pasó así. Diez minutos. Tal vez quince. El reloj marcaba 00:03 cuando volvió a abrir los ojos.

  Suspiró.

  —No voy a dormirme así…

  Se giró, acomodó la almohada y cerró los ojos otra vez, esta vez intentando no pensar en nada. Contó respiraciones. Ignoró las imágenes que intentaban colarse en su cabeza.

  Y entonces, sin transición clara, el aire cambió.

  Estaba de pie otra vez.

  El mundo lo recibió con una calma profunda, casi solemne. El cielo nocturno se extendía sobre él, mucho más oscuro que antes, lleno de estrellas que no reconocía. El río seguía fluyendo, reflejando luces distantes, y la hierba azul brillaba con más intensidad bajo la noche.

  Carlos se quedó quieto, asimilándolo.

  —…He vuelto —dijo en voz baja.

  Esta vez no había sorpresa. Había confirmación.

  El aire era frío, pero agradable. Se frotó los brazos por reflejo y notó cómo su cuerpo respondía de inmediato. Todo funcionaba. Todo estaba ahí.

  Caminó despacio, siguiendo el sendero invisible junto al río. No tenía prisa. No sabía cuánto tiempo podía quedarse, pero tampoco sentía urgencia. El mundo parecía estable, continuo, como si hubiera seguido existiendo mientras él no estaba.

  Eso le provocó una sensación extra?a en el pecho.

  No me estaban esperando, pensó.

  Este lugar no depende de mí.

  A lo lejos, volvió a ver las luces.

  No estaban más cerca que antes, pero tampoco más lejos. Peque?os puntos cálidos en la oscuridad, parpadeando con regularidad.

  Un asentamiento.

  Gente.

  Carlos se detuvo.

  No dio el paso todavía.

  Algo en su interior —esa presencia silenciosa— parecía observarlo con atención, como si evaluara si estaba listo para avanzar.

  —Luego… —murmuró—. Puedo ir luego.

  Se sentó en una roca cercana al río y dejó que el silencio lo envolviera. Escuchó el agua. El viento. El leve susurro del mundo nocturno. No sentía miedo. Tampoco euforia. Era una calma profunda, casi desconocida para él.

  Cerró los ojos un momento.

  No para irse.

  Solo para escuchar mejor.

  Cuando despertó de nuevo, fue en su cama.

  La habitación seguía a oscuras, pero la luz de la farola había cambiado de ángulo. El reloj marcaba 03:18.

  Carlos se incorporó lentamente.

  —Otra vez…

  No se sentía molesto. Solo confundido.

  Se dejó caer de espaldas sobre la cama, mirando el techo. Ahora lo entendía un poco mejor: no entraba y salía cuando quería. Su cuerpo humano tenía límites. Dormía, despertaba, volvía a dormirse.

  Y cada vez que despertaba, era arrancado de allí sin aviso.

  Esa idea le provocó un escalofrío.

  —Tengo que aprender a calcularlo… —susurró—. O al menos… a esperarlo.

  Cerró los ojos otra vez.

  Esta vez, el sue?o tardó más en llegar.

  Carlos no supo cuánto tiempo pasó hasta que volvió a quedarse dormido.

  No fue un sue?o profundo. Fue más bien como deslizarse lentamente hacia otro estado, uno en el que el cuerpo dejaba de pesar y la mente se afilaba, atenta. No hubo imágenes confusas ni pensamientos sueltos. Solo una sensación clara: regresar.

  Cuando abrió los ojos, el mundo lo estaba esperando.

  O eso parecía.

  El cielo seguía oscuro, pero no tanto como antes. Tenía un matiz diferente, más pálido, como si la noche estuviera cediendo terreno poco a poco. Las estrellas brillaban con menos fuerza, y una línea difusa en el horizonte insinuaba que algo estaba cambiando.

  Carlos respiró hondo.

  El aire era frío, más que en las veces anteriores. Se frotó los brazos y notó cómo su cuerpo reaccionaba con normalidad. Todo estaba en su sitio. Sus manos, sus piernas… y la cola que se movía lentamente detrás de él, como si también acabara de despertar.

  Miró a su alrededor.

  Estaba exactamente donde se había quedado.

  Sentado junto al río, sobre la misma roca. La hierba azul seguía intacta, meciéndose suavemente con la brisa. No había se?ales de que alguien hubiera pasado por allí durante su ausencia.

  —Así que… cuando me voy, esto se queda en pausa —murmuró.

  Se levantó despacio y dio un par de pasos, probando el equilibrio. El cuerpo respondía bien, sin torpeza. No había rigidez, ni entumecimiento, como si el tiempo no hubiera pasado para él en ese mundo.

  Eso le produjo una sensación extra?a. Reconfortante y, al mismo tiempo, inquietante.

  Si alguien me viera ahora, pensó, parecería que estoy dormido de pie… o inconsciente.

  Sacudió la cabeza y se centró en lo que tenía delante.

  Las luces.

  Esta vez no dudó.

  Caminó siguiendo el curso del río, pero desviándose poco a poco hacia donde las luces se concentraban. A cada paso, el terreno cambiaba sutilmente. La hierba se volvía menos densa, el suelo más firme, como si fuera un camino antiguo, marcado por el paso constante de personas.

  Eso hizo que el corazón le latiera más rápido.

  —De verdad hay gente… —susurró.

  El sonido del agua se fue apagando a su espalda, reemplazado por otros ruidos: el crujir lejano de la madera, el tintineo suave de algo metálico, incluso voces apagadas, distantes, difíciles de distinguir pero inconfundiblemente humanas.

  Carlos se detuvo tras un grupo de arbustos altos.

  Desde allí, pudo verlo.

  El pueblo no era grande. Estaba compuesto por casas de madera y piedra, con techos inclinados y peque?as ventanas iluminadas por el fuego de antorchas y faroles. Un muro bajo rodeaba el perímetro, más simbólico que defensivo. En la entrada había una puerta abierta y, junto a ella, dos figuras conversando tranquilamente.

  No parecían soldados. Llevaban ropa sencilla, capas ligeras. Gente normal.

  Carlos tragó saliva.

  Por primera vez desde que había llegado a ese mundo, se sintió fuera de lugar.

  No sabía cómo hablarles. No sabía qué decir. No sabía ni siquiera cómo se suponía que debía presentarse.

  Ni siquiera tengo nombre aquí, pensó.

  La idea le golpeó con más fuerza de la que esperaba.

  En su mundo, siempre había sido Carlos. Un nombre que nunca había cuestionado, que le había sido dado y ya. Aquí… no había nada. Nadie lo llamaría. Nadie lo reconocería.

  Una presencia se agitó en su mente, apenas perceptible.

  —Un nombre… —murmuró, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.

  Se quedó quieto, escondido, observando el pueblo. No avanzó. No retrocedió. Simplemente miró. Las personas que pasaban por las calles parecían cansadas, pero tranquilas. Alguien cerró una puerta. Otra figura apagó una antorcha.

  La noche estaba llegando a su fin.

  Y entonces, sin previo aviso, una sensación extra?a recorrió su cuerpo.

  No fue un sonido esta vez. Fue algo interno. Una presión suave, como si el mundo empezara a empujarlo hacia atrás. Carlos se tensó de inmediato.

  —No… espera —susurró.

  Miró el pueblo una última vez. Estaba demasiado cerca. Podía llegar en menos de un minuto. Podía hablar con alguien. Podía empezar algo.

  Pero no tuvo elección.

  El mundo se desvaneció de golpe.

  Carlos abrió los ojos en su cama.

  La habitación seguía a oscuras, pero ahora la luz que entraba por la persiana era distinta. Más fría. Azulada. El reloj marcaba 06:52.

  Se incorporó de golpe, respirando rápido.

  —Otra vez… —dijo entre dientes.

  Se pasó una mano por el rostro. Esta vez, la frustración fue más clara. No había sido una simple interrupción. Había sido una retirada forzada, justo cuando estaba a punto de cruzar un límite importante.

  Se levantó despacio, con el cuerpo aún cargado de sensaciones que no pertenecían a ese mundo.

  Sabía que, en el otro lugar, su cuerpo seguía allí.

  De pie. Inmóvil. Como dormido.

  Esperando.

  Miró el reloj otra vez.

  En menos de media hora sonaría la alarma.

  Y Carlos tuvo la sensación de que, cuando volviera, las cosas ya no podrían seguir siendo tan simples.

  Carlos se levantó con el corazón todavía latiendo rápido, la sensación de la noche en el otro mundo pegada a la piel.

  Se vistió con el uniforme escolar sin mucho cuidado: camisa blanca arrugada, corbata torcida y pantalones grises. El calor del dormitorio era reconfortante después del frío de la noche que acababa de dejar atrás, pero en su mente aún tenía la claridad de la hierba azul, el río, las luces del pueblo… y la cola que se movía suavemente detrás de él.

  —Vamos, Carlos, enfócate —se dijo mientras se ataba los cordones—. Clase de historia primero.

  Salió de su habitación con la mochila al hombro. El camino hasta el instituto no le sorprendió: calles familiares, vecinos saludando distraídamente, el aroma del pan recién horneado desde alguna panadería cercana. Todo igual, todo repetido. Su corazón seguía ligeramente acelerado, como si la noche anterior lo hubiera despertado por completo.

  Entró al aula de historia y buscó su asiento habitual. El uniforme de los demás brillaba bajo la luz de las ventanas, mientras los murmullos de los compa?eros llenaban la sala.

  —?Eh, Carlos! —le llamó alguien desde el pupitre de atrás. Era Niko, un chico alto y siempre bromista.

  —?Qué pasa? —respondió Carlos con una sonrisa neutra, acomodándose en su asiento.

  —Nada, nada… solo que llegaste temprano. ?Otra vez so?ando despierto? —Niko se rió y volvió a mirar sus apuntes.

  Carlos se encogió de hombros. No le molestaba que se burlaran un poco; de hecho, había aprendido a mostrar solo lo que creía aceptable para los demás.

  Se apoyó en la mesa, todavía sintiendo la memoria de cada detalle del otro mundo. Aun podía recordar cómo el río brillaba, cómo las luces flotaban y cómo su instinto le decía que no debía quedarse quieto demasiado.

  El profesor entró, interrumpiendo sus pensamientos.

  —Buenos días, clase —dijo, ajustándose las gafas—. Hoy vamos a continuar con la Edad Media y sus transformaciones políticas en Europa.

  Carlos tomó su cuaderno y su lápiz, pero sus ojos se movían lentamente, con un aire distraído. Podía copiar y entender la información, pero la atención plena le costaba. Su mente, todavía fresca de la noche y de las experiencias extra?as, se dispersaba con facilidad.

  —Carlos… ?puedes leer la segunda línea? —le preguntó el profesor, se?alando un párrafo del libro de texto.

  Carlos tragó saliva, sintiendo un ligero rubor. Se aclaró la garganta y leyó con voz temblorosa, recordando palabras que había leído antes, pero con dificultad para unirlas.

  —Exactamente —dijo el profesor, aunque con un dejo de curiosidad por la vacilación del alumno—. Continúa anotando los puntos clave, por favor.

  Se sentó de nuevo y bajó la vista a los apuntes. Intentó enfocarse, pero su mente no dejaba de recrear el otro mundo: la sensación de la hierba, la brisa, los sonidos imposibles, la cola que se movía detrás de él, la voz que había escuchado y que parecía observarlo.

  El timbre del recreo llegó como un alivio. Carlos se levantó con sus compa?eros, siguiendo la rutina, pero en silencio. Caminó hacia la zona del patio donde sus amigos se reunían.

  —Oye, ?qué hiciste anoche? —le preguntó Niko mientras lanzaban una pelota de goma.

  —Nada especial —respondió Carlos con indiferencia, atrapando la pelota y devolviéndola con cuidado—. Solo… descansé.

  Los demás se rieron, pero Carlos no se unió. No porque quisiera ser antisocial, sino porque aún sentía la energía del otro mundo corriendo bajo su piel. Cada sonido, cada movimiento, cada aroma del patio le recordaba que estaba dividido entre dos realidades.

  Y aun así, debía actuar como si todo fuera normal.

  Durante el recreo, escuchó a su alrededor conversaciones sobre videojuegos, series, tareas pendientes y el último examen. Se inclinó hacia un grupo cercano, imitando sutilmente la postura y el tono de voz de los demás para encajar, como hacía siempre.

  —Sí, el examen estuvo imposible —dijo con una risa leve, copiando la que acababa de escuchar.

  Algunos asintieron, otros murmuraron comentarios similares, y Carlos sintió una mezcla de alivio y vacío. Era capaz de encajar, pero no estaba seguro de si estaba mostrando su verdadero yo o solo un reflejo de los demás.

  El segundo timbre sonó y la clase de matemáticas comenzó. Carlos se sentó en silencio, el lápiz en la mano, viendo cómo el profesor escribía fórmulas en la pizarra. Su mente funcionaba de manera diferente: podía calcular los números y entender los patrones, pero su atención se dispersaba hacia recuerdos de saltos sobre piedras flotantes, luces y corrientes de aire del otro mundo.

  Cuando la profesora pidió que resolvieran un problema en parejas, Carlos tuvo que juntar su concentración. Se inclinó hacia su compa?era, Mayu, y murmuró la solución paso a paso. Ella asintió, satisfecha.

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  —Buen trabajo —dijo con una sonrisa—. Casi no lo noto que estabas distraído.

  Carlos sonrió levemente. Era suficiente. Para los demás, nada parecía raro. Para él, cada instante estaba lleno de contraste: un mundo vivo dentro de su cabeza y la rutina repetitiva de su escuela.

  El resto de la ma?ana transcurrió de manera similar. Historia, matemáticas, lengua… Carlos hacía lo mínimo necesario, copiaba gestos y actitudes de quienes lo rodeaban y, cuando podía, sus pensamientos volvían al otro mundo. A veces recordaba cómo podía levantar una piedra con solo un gesto o cómo las luces del pueblo lo miraban con curiosidad.

  Cuando sonó el timbre para el almuerzo, Carlos guardó sus apuntes y se dirigió al comedor con los demás. Comió rápido, hablando poco, escuchando mucho. Cada conversación se le grababa casi automáticamente, y mientras imitaba expresiones y risas, seguía acumulando información, como un archivo que no sabía cuándo necesitaría.

  Por la tarde, después de otra clase de ciencias y lengua, el timbre final lo liberó. Carlos salió del aula, respirando hondo. Podía sentir la tensión acumulada desaparecer lentamente, aunque sabía que la noche lo esperaba. La próxima vez que volviera, esperaba poder quedarse más tiempo, continuar explorando sin interrupciones… y quizás acercarse al pueblo sin miedo.

  Carlos regresó a su habitación con pasos lentos, cada movimiento pesado por la sensación de haber caminado un día entero. La tarde en el instituto había sido monótona, una sucesión de clases y voces que parecían lejanas, como si pertenecieran a otra realidad. Se dejó caer sobre la cama, sintiendo la suavidad de la manta, y cerró los ojos un instante.

  La oscuridad de la habitación lo envolvía, pero su mente permanecía despierta, recordando cada textura del otro mundo: la hierba azul que crujía bajo sus pies, el río que reflejaba la luz de estrellas que no existían, la brisa que le rozaba la piel con un frío húmedo y preciso. Cada recuerdo parecía más vívido que cualquier sensación en la escuela. Podía casi sentir la humedad del río en sus manos y el leve cosquilleo en la cola que aún sentía moverse con él, como si fuera parte de su memoria física.

  El sue?o llegó de manera gradual, arrastrándolo hacia esa frontera difusa donde la vigilia y la fantasía se entrelazan. No fue un salto brusco. Primero percibió un cambio sutil en el aire, una densidad diferente, más densa y cargada de posibilidades. Luego la luz de la habitación se desvaneció lentamente, como si la propia noche se filtrara por los muros. Finalmente, abrió los ojos y el mundo que conocía se había transformado.

  El cielo nocturno del otro mundo se extendía por encima de él con una profundidad imposible. Estrellas que parecían moverse con intención iluminaban un paisaje que se sentía más grande de lo que recordaba. La brisa era fresca y húmeda, cargada de un aroma que recordaba a tierra mojada y madera quemada. A lo lejos, el río curvaba su curso, reflejando la luz de formas que nunca había visto. La corriente parecía viva, arrastrando reflejos de color que giraban y se mezclaban antes de desaparecer suavemente.

  Carlos respiró hondo. Cada inhalación le llenaba los pulmones de una claridad desconocida. Cada exhalación parecía desprender la tensión acumulada durante el día humano. Se puso de pie, notando la firmeza del suelo bajo sus pies. No había dudas: cada piedra, cada brizna de hierba, incluso el aire mismo, estaba vivo y respondía a su presencia de una manera que no podía explicar.

  Se dirigió hacia el pueblo que había visto la noche anterior. Cada paso se sentía pesado y ligero al mismo tiempo, como caminar sobre un espacio entre lo tangible y lo intangible. Los sonidos del mundo humano desaparecían de su mente, reemplazados por un murmullo constante de hojas, agua y corrientes de aire. La luz de los faroles flotantes comenzaba a delinear las casas del peque?o asentamiento, y cada sombra parecía tener un movimiento propio, como si el mundo respirara alrededor de él.

  Carlos llegó al borde de las casas. Las paredes de madera y piedra reflejaban la luz de los faroles, proyectando sombras que danzaban lentamente. Podía escuchar pasos lejanos, conversaciones apagadas, pero cada sonido estaba te?ido de un eco extra?o, como si la distancia doblara la realidad. Cada respiración era más intensa, más consciente; podía sentir el ritmo de su propio corazón mezclarse con el latido del mundo que lo rodeaba.

  Se quedó quieto un momento, absorbiendo cada detalle. No había miedo, solo una curiosidad profunda, mezclada con respeto y fascinación. Cada farol que se movía, cada hoja que flotaba, cada sombra que se alargaba parecía preguntarle: “?hasta dónde llegarás?”.

  Carlos avanzó lentamente hacia la puerta principal del pueblo, sintiendo que con cada paso se acercaba a algo desconocido, a un límite que todavía no comprendía. La sensación de estar suspendido entre dos mundos lo mantenía alerta. Su cuerpo estaba presente, su mente despierta, y cada sensación se multiplicaba: el frío del aire, el aroma del fuego, el leve crujido de la madera, la textura de las piedras bajo sus pies.

  Sabía que no podía calcular cuánto tiempo permanecería allí antes de despertar de nuevo. Cada movimiento, cada decisión, era una exploración de lo posible, un ensayo para entender hasta dónde podía llegar sin romper las reglas de este mundo. La incertidumbre lo mantenía vivo, el suspenso lo hacía consciente de cada detalle.

  Se detuvo frente a la puerta principal del pueblo, respirando hondo, con la luz de los faroles reflejada en sus ojos. Todo estaba en calma, pero cada sombra parecía contener un secreto, cada sonido un aviso. Carlos permaneció allí, sin moverse, absorbiendo el mundo, sabiendo que el límite estaba cerca, pero sin poder verlo todavía. La noche todavía era suya, y con cada instante que pasaba, su curiosidad crecía, recordándole que todo lo que había vivido era apenas el principio.

  La puerta del pueblo estaba más cerca de lo que había imaginado.

  Carlos se detuvo a unos pocos pasos de ella. La madera era gruesa, reforzada con bandas de metal ya algo desgastadas, no por abandono, sino por uso constante. No parecía una entrada hecha para repeler guerras, sino para marcar un límite claro entre el exterior y un lugar donde la gente vivía, dormía y regresaba cada día.

  Dos figuras custodiaban la entrada.

  Guardias.

  No llevaban armaduras completas como las de los animes más exagerados, pero sí protecciones funcionales: cuero endurecido, placas metálicas en hombros y antebrazos, lanzas apoyadas contra el suelo. Uno era humano. El otro… no lo era del todo. Tenía rasgos animales, orejas puntiagudas y ojos amarillos que brillaban bajo la luz del farol.

  Carlos sintió cómo su cuerpo se tensaba.

  Tranquilo, se dijo.

  Respira. No hagas nada raro.

  El edificio del gremio no imponía respeto por su tama?o, sino por lo que representaba. La madera estaba gastada, el cartel ligeramente torcido, pero había algo en el ambiente que lo hacía distinto del resto del pueblo. Como si ahí dentro se concentraran historias que todavía no habían terminado.

  Carlos seguía de pie frente a la entrada cuando notó una sombra acercarse desde un lado.

  —Eh… —dijo una voz grave, pero tranquila.

  Carlos se giró de inmediato.

  Frente a él había un hombre lagarto. Era alto, de complexión fuerte, con escamas verdes oscuras que reflejaban la luz de los faroles. Vestía ropa sencilla, resistente, y llevaba una espada enfundada a la espalda, gastada por el uso. Sus ojos, verticales, no mostraban amenaza alguna; más bien curiosidad.

  —No te había visto antes por aquí —continuó—. ?Eres nuevo?

  Carlos dudó un segundo, pero asintió.

  —Sí… se nota mucho, ?no?

  El hombre lagarto dejó escapar una especie de risa baja, más un resoplido divertido que otra cosa.

  —Un poco —admitió—. Te quedaste mirando el gremio como si fuera a morderte. ?Buscas algo? ?Ayuda, quizá?

  Carlos abrió la boca, la cerró, y respiró hondo. No quería mentir. Tampoco sabía exactamente qué decir.

  —La verdad… no sé muy bien cómo funciona todo esto —dijo finalmente—. Lo de ser aventurero y eso.

  El hombre lagarto inclinó la cabeza, pensativo.

  —Entiendo. ?Estabas pensando en inscribirte?

  Carlos miró la puerta otra vez. Luego el pueblo. Luego a sí mismo. No sabía cuánto tiempo tenía antes de despertar. No sabía si aquello era una locura. Pero también sabía que quedarse quieto no le iba a dar respuestas.

  —Sí —dijo al fin—. Creo que sí.

  —Bien —respondió el hombre con naturalidad—. Entonces empecemos por lo básico. ?Cuántos a?os tienes?

  Carlos parpadeó.

  —Dieciséis.

  El hombre lagarto asintió sin sorpresa.

  —Perfecto. Aquí, a partir de los quince ya se considera mayoría de edad. Puedes inscribirte sin problemas.

  Eso relajó un poco a Carlos. No sabía por qué, pero escuchar una regla clara lo hacía sentir más seguro.

  —No te preocupes —a?adió el hombre—. El proceso es sencillo. Te registran, te asignan una placa provisional y ya puedes aceptar encargos peque?os. Nada peligroso al principio.

  —?Placa…? —repitió Carlos.

  —Sí, ya lo verás.

  El hombre lagarto le hizo un gesto para que lo siguiera y empujó la puerta del gremio.

  El interior era más amplio de lo que parecía desde fuera. Había un mostrador largo de madera clara al fondo, varias mesas ocupadas por aventureros hablando en voz baja y un tablón grande cubierto de pergaminos clavados con chinches. El olor a papel, metal y algo parecido a té llenaba el aire.

  Carlos entró despacio, observándolo todo.

  —Vamos —dijo el hombre—. Te presentaré.

  Se acercaron al mostrador. Detrás de él había una chica joven, sentada sobre un taburete alto. Tenía orejas largas y puntiagudas que sobresalían entre su cabello plateado, y ojos claros, atentos, que se alzaron en cuanto los vio acercarse.

  —Buenas —dijo ella con una sonrisa profesional—. ?Qué se les ofrece?

  —Traigo a uno nuevo —respondió el hombre lagarto—. Quiere inscribirse como aventurero, pero anda un poco perdido.

  La chica miró a Carlos con interés, evaluándolo sin incomodarlo.

  —Ya veo —dijo—. Tranquilo, no eres el primero. ?Es tu primera vez en un gremio?

  Carlos asintió.

  —Sí.

  —Perfecto —respondió ella, tomando un pergamino—. Empezaremos con lo básico. Nombre.

  Carlos se quedó quieto.

  Por un instante, su mente se quedó en blanco.

  Un nombre.

  En el mundo humano no había tenido que pensar en eso nunca. Simplemente era Carlos. Pero aquí… aquí nadie lo conocía. Nadie lo llamaría si no decía algo.

  Sintió un leve cosquilleo en la cabeza, como si algo esperara su respuesta.

  Abrió la boca… y dijo el primer nombre que se le vino, uno que no sabía de dónde había salido, pero que encajaba demasiado bien.

  —Loranm.

  La chica lo escribió sin cuestionarlo.

  —Edad, dieciséis —continuó—. ?Raza?

  Carlos dudó un segundo, pero respondió con naturalidad.

  —Antropomorfo.

  Ella levantó la vista, observando sus orejas y su cola, y asintió.

  —De acuerdo. Por ahora, se te asignará una placa provisional. Eso significa que solo podrás aceptar encargos de bajo riesgo hasta que se evalúen tus capacidades.

  El hombre lagarto apoyó un codo en el mostrador.

  —Si necesitas ayuda para tu primer encargo, avísame —dijo—. No está mal empezar acompa?ado.

  Carlos lo miró y asintió, agradecido.

  —Gracias.

  Mientras la chica continuaba escribiendo, Carlos sintió algo claro en el pecho.

  No sabía cuánto tiempo podría quedarse.

  No sabía hasta dónde podía llegar.

  Pero ya había dado el primer paso.

  Y no había vuelta atrás.

  Avanzó un par de pasos más.

  —Eh —dijo el guardia humano, levantando una mano—. Alto ahí.

  Carlos se detuvo de inmediato. Notó cómo ambos lo observaban con atención, recorriéndolo de arriba abajo. No con hostilidad, pero sí con cautela.

  —No te he visto antes —continuó el guardia—. ?Vienes del bosque?

  Carlos abrió la boca… y dudó.

  Durante un instante, su mente se quedó en blanco. No sabía qué responder. No sabía qué era normal decir en ese mundo. No sabía si una respuesta equivocada podía meterlo en problemas.

  Pensó rápido.

  No muestres demasiado.

  No parezcas peligroso.

  Imita.

  —Sí —respondió finalmente, con voz calmada—. Estaba… viajando.

  El guardia ladeó la cabeza.

  —?Traes algún arma?

  Carlos bajó la mirada hacia su propio cuerpo. No llevaba nada. Ni espada, ni daga, ni siquiera algo improvisado.

  —No —dijo—. Nada.

  El guardia antropomorfo dio un paso adelante, olfateando ligeramente el aire, como si pudiera percibir algo más allá de lo visible.

  —?Aventurero? —preguntó, con una voz más grave.

  Carlos volvió a pensar antes de responder. Había visto suficientes historias como para saber que decir “sí” sin pruebas podía ser sospechoso… pero decir “no” tampoco parecía del todo correcto.

  —No todavía —dijo—. Solo… estoy buscando un lugar donde pasar la noche.

  Hubo un breve silencio.

  Los dos guardias se miraron entre sí. El humano se encogió de hombros.

  —Mientras no causes problemas —dijo, apartándose—, puedes pasar.

  El otro asintió lentamente.

  —El gremio está abierto hasta que salga el sol —a?adió—. Si buscas trabajo, ve allí. Si no, el motel está al fondo, junto a la iglesia.

  Carlos inclinó ligeramente la cabeza, imitando un gesto que había visto hacer cientos de veces.

  —Gracias.

  Y cruzó la puerta.

  El cambio fue inmediato.

  El interior del pueblo estaba vivo.

  No ruidosamente, no de forma caótica, sino con una actividad constante y cálida. Faroles colgaban de postes y balcones, iluminando calles estrechas de tierra apisonada. Las casas de madera tenían ventanas encendidas, algunas con risas suaves escapando por ellas, otras con sombras que se movían lentamente tras las cortinas.

  Carlos caminó despacio, casi olvidándose de avanzar.

  Había gente por todas partes.

  Elfos de orejas largas conversando cerca de una fuente. Enanos robustos sentados frente a una taberna peque?a, riendo con voces graves. Humanos caminando con cestas, ni?os correteando. Personas lagarto de escamas apagadas charlando tranquilamente como si aquello fuera lo más normal del mundo. Incluso vio, más a lo lejos, a alguien con peque?os cuernos y ojos brillantes que reflejaban la luz como los de un dragón.

  Es real…

  Todo es real.

  El corazón le latía con fuerza.

  Cerca de una plaza peque?a, distinguió varios grupos reunidos alrededor de mesas improvisadas. Aventureros. No había duda. Llevaban armas visibles, mochilas gastadas, armaduras de distintos estilos. Eran grupos mixtos: un humano con una mujer bestia de orejas grandes, un elfo junto a un enano, un lagarto apoyado contra una pared mientras escuchaba a los demás.

  Todos parecían cansados.

  Pero vivos.

  Carlos giraba la cabeza de un lado a otro, absorbiendo cada detalle: los materiales de las armas, los símbolos grabados en las armaduras, los diferentes tonos de piel, escamas, pelaje. Cada paso era un descubrimiento nuevo, y su atención estaba tan dispersa que no se dio cuenta de la figura que venía de frente.

  —?Oye!

  Pum.

  Carlos chocó de lleno con alguien.

  —?L-lo siento! —dijo de inmediato, dando un paso atrás.

  Frente a él había una chica con orejas de animal y cola esponjosa, claramente molesta, sosteniendo una bolsa que casi se le cae.

  —Mira por dónde vas —gru?ó.

  —Perdón, estaba… distraído.

  Ella lo observó unos segundos, frunciendo el ce?o, y luego suspiró.

  —Se nota que eres nuevo.

  Recogió su bolsa y se alejó sin decir nada más.

  Carlos se quedó quieto un instante, sintiendo el calor subirle a la cara. Se pasó una mano por el cuello y siguió caminando, esta vez con más cuidado… aunque no duró mucho.

  Unos pasos después, rozó el hombro de un hombre lagarto. Más adelante, casi tropezó con un ni?o enano. Cada choque era acompa?ado de una disculpa rápida y miradas curiosas.

  Pero nadie parecía enfadado de verdad.

  El pueblo era peque?o, sí, pero acogedor. En el centro se alzaba una iglesia modesta, de piedra clara, con un símbolo grabado sobre la puerta que Carlos no reconoció. Cerca de ella estaba el motel: un edificio de dos plantas, con un cartel de madera que se balanceaba suavemente. Y no muy lejos, un edificio algo más descuidado, con un emblema sencillo colgado sobre la entrada.

  El gremio de aventureros.

  Carlos se detuvo frente a él.

  Sintió algo en el pecho. No miedo. No emoción pura. Algo intermedio. Como si estuviera al borde de tomar una decisión que aún no entendía del todo.

  Miró a su alrededor una vez más.

  Este mundo no era un sue?o bonito.

  Era un lugar donde la gente vivía.

  Y ahora él estaba dentro.

  Sin saber cuánto tiempo le quedaba.

  El hombre lagarto carraspeó suavemente, como si acabara de darse cuenta de algo evidente.

  —Por cierto —dijo, girándose un poco hacia Carlos—. Aún no me he presentado. Mi nombre es Rashak.

  Carlos levantó la vista hacia él.

  —Carlos… —empezó a decir por costumbre… y se detuvo—. Loranm.

  Rashak mostró una leve sonrisa, dejando ver ligeramente los colmillos.

  —Encantado, Loranm. Tranquilo, se te nota nervioso, pero eso es normal. La primera vez siempre abruma.

  Antes de que Carlos pudiera responder, la chica del mostrador dejó el pergamino a un lado y sacó otro documento, más grueso, acompa?ado de una pluma.

  —Bien —dijo con tono práctico—. Antes de continuar, necesitas rellenar esto.

  Lo deslizó por el mostrador hacia él.

  Carlos lo tomó con cuidado. El papel era áspero, más resistente que el del instituto, y estaba cubierto de texto escrito con una caligrafía clara pero formal. Bajó la mirada y empezó a leer.

  No tardó en fruncir el ce?o.

  —Esto es… —murmuró.

  —El acuerdo estándar del gremio —explicó la tendera con naturalidad—. Básicamente establece qué ocurre con tus pertenencias en caso de muerte durante una misión.

  Carlos alzó la vista de golpe.

  —?Muerte?

  —Sí —respondió ella sin rodeos—. Si un aventurero muere durante un encargo oficial, todo su equipo registrado pasa a ser propiedad del gremio. Se usa para compensar gastos, apoyar a otros aventureros o financiar misiones públicas. Es obligatorio firmarlo.

  Carlos volvió a bajar la mirada al documento.

  Las palabras estaban ahí, claras. En caso de fallecimiento. Cesión de bienes. Responsabilidad propia.

  Sintió un peque?o nudo en el estómago.

  Hasta ese momento, todo había sido… como un anime. Razas distintas, un gremio, aventuras. Pero ese papel le recordaba algo muy concreto: aquí la gente moría de verdad.

  Rashak lo observó de reojo.

  —No te asustes —dijo en voz baja—. Nadie te va a mandar a morir. Al principio son encargos simples. Recolección, escoltas cortas, cosas así.

  Carlos asintió lentamente.

  —Ya… —murmuró.

  Siguió leyendo y firmó al final con el nombre que acababa de aceptar como suyo.

  Loranm.

  Al escribirlo, sintió algo extra?o, como si el nombre se asentara dentro de él, no como una máscara, sino como una parte más.

  La tendera tomó el papel y lo guardó con cuidado.

  —Bienvenido oficialmente al gremio —dijo—. Ahora queda lo último: tu clase.

  Carlos se quedó quieto.

  —?Clase…?

  Ella sacó otro pergamino, este más corto, y lo extendió frente a él.

  —Debes registrar la clase con la que comenzarás. No es permanente, pero define el tipo de encargos que podrás aceptar y el entrenamiento que se te recomendará.

  Carlos miró el pergamino… y se quedó en blanco.

  Clase.

  En su cabeza comenzaron a aparecer imágenes, recuerdos de historias, juegos, animes que había visto alguna vez. Espadas, magia, sigilo, arcos, escudos.

  Pero ahora no era una elección para un personaje ficticio.

  Era para él.

  Se quedó pensando, demasiado tiempo. Tanto que la tendera levantó la vista con curiosidad y Rashak cruzó los brazos, paciente.

  —Eh… —dijo Carlos finalmente—. ?Qué clases hay exactamente?

  La chica sonrió levemente, como si esa fuera una pregunta muy común.

  —Las más habituales son: caballero sagrado, espadachín, asesino, arquero, tanque y mago.

  Hizo una breve pausa antes de continuar.

  —Luego están las especializadas: mago verde —enfocado en apoyo y naturaleza—, mago luchador, explorador, sanador, entre otras. Algunas se descubren con el tiempo.

  Carlos tragó saliva.

  Cada palabra resonaba en su cabeza. Espadachín… mago… asesino… Todas parecían posibles. Todas parecían ajenas.

  Miró sus manos.

  No sostenían una espada. No tensaban un arco. Pero recordaba la sensación de mover una piedra con la mente, el leve temblor del aire cuando lo había intentado.

  Recordaba también algo más profundo: que podía imitar, copiar, recrear lo que había visto… si tenía la energía suficiente.

  Pero eso no podía decirlo.

  No todavía.

  —?Tengo que decidir ahora? —preguntó.

  —Puedes cambiar más adelante —respondió la tendera—, pero la inicial es importante. Marca tu comienzo.

  Carlos cerró los ojos un segundo.

  No sabía cuánto tiempo le quedaba antes de despertar. No sabía si este mundo lo aceptaría o lo rechazaría. Pero sabía una cosa: no quería encerrarse en una sola forma de luchar.

  Abrió los ojos de nuevo, mirando el pergamino.

  —Quiero algo… flexible —dijo—. Algo que me permita aprender.

  Rashak ladeó la cabeza.

  —Entonces quizá mago luchador —sugirió—. Combina cuerpo y energía. No es fácil, pero se adapta bien a quienes aún están descubriéndose.

  Carlos miró a la tendera.

  Ella lo observó unos segundos más, como si evaluara algo que él no podía ver.

  —No es una elección común —dijo—. Pero tampoco es mala.

  Carlos respiró hondo.

  —Entonces… eso.

  La chica asintió y escribió con cuidado en el pergamino.

  Clase inicial: Mago Luchador.

  Al terminar, levantó la vista.

  —Listo, Loranm.

  Al escuchar su nombre, algo dentro de él se afirmó.

  No sabía hasta dónde podía llegar.

  No sabía cuáles eran los límites.

  Pero acababa de dar otro paso.

  Y el mundo, silenciosamente, parecía observar con interés.

  La tendera guardó los pergaminos ya firmados y, sin decir nada durante unos segundos, se inclinó por debajo del mostrador. Carlos escuchó el leve sonido de madera moviéndose y algo pesado siendo colocado con cuidado.

  Cuando volvió a incorporarse, llevaba entre las manos una bola de cristal.

  No era grande, apenas del tama?o de una naranja, pero en cuanto la apoyó sobre el mostrador, Carlos sintió un ligero cambio en el ambiente. El aire parecía más denso alrededor de ella, como si algo invisible se concentrara en ese punto. En su interior, el cristal no era completamente transparente: suaves remolinos opacos se movían lentamente, como nubes atrapadas.

  —Esto es un medidor de maná —explicó la tendera con naturalidad—. Todos los aventureros pasan por esto.

  Carlos no pudo evitar inclinarse un poco hacia delante.

  —?Maná…?

  —La energía interna —continuó ella—. La base de la magia, habilidades especiales y ciertas técnicas físicas. La cantidad varía de persona a persona.

  Rashak observaba con atención, sin intervenir.

  La chica apoyó una mano junto a la esfera y se?aló su superficie.

  —El color que tome indica tu rango. De menor a mayor, están: blanco, verde, azul, rojo, amarillo, naranja… y negro.

  Carlos levantó la vista.

  —?Negro… es el más alto?

  —Extremadamente raro —respondió ella—. La mayoría de la gente se queda entre verde y azul. Rojo ya es poco común. Amarillo y naranja… casi no se ven. Negro es más una leyenda que otra cosa.

  Carlos tragó saliva.

  No sabía por qué, pero una inquietud suave le recorrió el pecho. No miedo exactamente, sino una sensación de estar a punto de revelar algo que todavía no entendía del todo.

  —Solo tienes que poner la mano encima —dijo la tendera—. No duele.

  Carlos asintió despacio.

  Antes de hacerlo, miró la bola un segundo más. Recordó la sensación de mover aquella piedra junto al río. El cosquilleo leve que había sentido en los dedos. La facilidad con la que el mundo parecía responderle allí.

  No pienses demasiado, se dijo.

  Hazlo como todos.

  Extendió la mano.

  En cuanto su piel tocó la superficie fría del cristal, algo reaccionó.

  Al principio no pasó nada. La bola permaneció clara, silenciosa. Carlos pensó que quizá no tenía maná suficiente, que sería blanco o verde y ya está.

  Entonces, un pulso.

  No físico. Interno.

  Sintió como si algo dentro de él se hubiera despertado, una corriente suave que subía desde el pecho hasta el brazo. La esfera respondió de inmediato: las nubes internas comenzaron a moverse más rápido, girando, concentrándose en el centro.

  El color apareció.

  Primero fue verde, tenue.

  —Bien… —murmuró la tendera mientras observaba.

  Pero no se detuvo ahí.

  El verde se intensificó… y cambió a azul.

  Carlos contuvo la respiración.

  El azul se volvió más profundo, más denso, casi vibrante.

  Rashak frunció ligeramente el ce?o.

  —Oh…

  El color volvió a cambiar.

  Ahora era rojo.

  No un rojo violento, sino firme, estable, como una brasa constante. La bola emitía un brillo suave que iluminaba los dedos de Carlos desde abajo.

  La tendera dejó de escribir.

  —Eso ya es… bastante alto para un principiante —dijo, con un tono más serio.

  Carlos abrió la boca para decir algo, pero no tuvo tiempo.

  El rojo empezó a tornarse más claro.

  Un matiz diferente apareció en el centro.

  Amarillo.

  No llenó toda la esfera, pero estaba ahí, pulsando lentamente, como un corazón que late.

  El silencio se hizo espeso.

  Rashak dio un paso más cerca del mostrador.

  —Espera… —dijo en voz baja.

  Carlos sentía ahora claramente la energía fluyendo, no de forma descontrolada, pero sí abundante, como si siempre hubiera estado allí y nadie la hubiera notado antes. No dolía. No quemaba. Solo… existía.

  Después de unos segundos, el brillo comenzó a disminuir.

  El amarillo se desvaneció primero. Luego el rojo. Finalmente, la bola volvió a un tono azul claro, estable.

  Carlos retiró la mano lentamente.

  El aire pareció relajarse.

  La tendera respiró hondo y tomó la pluma de nuevo.

  —Registro oficial —dijo, recuperando la compostura—: Rango de maná principal: azul alto. Pico registrado: rojo, con indicios temporales de amarillo.

  Carlos parpadeó.

  —?Eso es… bueno?

  Rashak soltó una breve risa baja.

  —Para alguien que dice no saber cómo funciona todo esto… sí. Es muy bueno.

  La tendera miró a Carlos con una mezcla de curiosidad y cautela.

  —No es algo peligroso —a?adió—. Pero será mejor que aprendas a controlar tu energía. Un maná así, sin guía, puede agotarte rápido.

  Carlos asintió despacio.

  Por dentro, sentía algo distinto. No orgullo. No miedo.

  Una confirmación silenciosa.

  Este mundo no lo estaba rechazando.

  Al contrario.

  Parecía haberlo reconocido.

  Carlos observó la bola de cristal, aún brillando débilmente con los últimos restos de azul y rojo, y sintió que una curiosidad imposible de ignorar se apoderaba de él.

  —?Hay alguna manera de mejorar esto? —preguntó, se?alando con un gesto torpe la esfera que la tendera ya había guardado bajo el mostrador.

  La joven lo miró con una sonrisa tranquila, inclinándose un poco hacia él como si ya esperara esa pregunta.

  —Sí, la hay —dijo—. Básicamente, el maná crece con el uso. Cuanto más lo agotes, cuanto más lo emplees, más puede desarrollarse. Pero no es rápido.

  Carlos frunció el ce?o.

  —?Cuánto… rápido?

  La tendera suspiró, dejando que su voz bajara un poco, como advirtiéndole de algo que la mayoría no comprendía hasta vivirlo.

  —Depende del rango. Por ejemplo, pasar de azul a rojo puede tardar a?os, incluso décadas si no se practica constantemente. Y de rojo a amarillo… sería casi una eternidad. Muy pocas personas lo logran en su vida.

  Carlos parpadeó. El entusiasmo que había sentido al ver su maná por primera vez se enfrió ligeramente. Era… más lento de lo que esperaba. Pero, en lugar de desanimarse, sintió que algo dentro de él se tensaba con determinación.

  —Entonces… —dijo finalmente, con voz firme—. Lo subiré.

  La tendera arqueó una ceja, pero no comentó nada. Solo le dio un gesto leve con la cabeza, como aceptando la resolución de alguien que todavía no comprendía del todo las dificultades que tendría por delante.

  Carlos se quedó pensando un instante más, viendo el gremio detrás del mostrador: las mesas, los pergaminos, las personas moviéndose, discutiendo, viviendo. Todo estaba tan vivo, tan real… y él también quería ser parte de ello, aprender y mejorar.

  Mientras meditaba sobre su objetivo, la tendera desapareció por un momento hacia la parte trasera del local. Carlos se quedó quieto, dejando que la luz de los faroles lo ba?ara suavemente, concentrándose en su respiración. Cada segundo le parecía tan real como cualquier otro momento en este mundo.

  Al cabo de unos instantes, regresó con un objeto metálico brillante en la mano y se lo deslizó a Carlos por el mostrador.

  —Aquí —dijo—. Placa de aventurero oficial. Rango F+, con tu nombre, clase, edad y maná registrado. A partir de ahora, se te considera un aventurero oficial.

  Carlos tomó la placa con cuidado. El metal era frío y sólido, más pesado de lo que parecía, y el grabado estaba perfectamente hecho:

  Nombre: Loranm

  Edad: 16

  Clase: Mago Luchador

  Rango: F+

  Maná: Azul alto (registro máximo: rojo con indicios de amarillo)

  La sensación de sostenerla era extra?a. No era solo un pedazo de metal. Era un documento tangible que confirmaba su existencia aquí, que lo ataba de alguna manera a este mundo, a sus reglas, a sus posibilidades.

  Rashak, que había estado observando desde un lado, sonrió y dio un paso adelante.

  —?Felicidades, Loranm! —dijo, con voz grave pero amable—. Bienvenido oficialmente al gremio. Ahora sí, eres uno de nosotros.

  Carlos asintió, sintiendo que un escalofrío recorría su espalda. No era miedo ni emoción simple. Era la certeza de que, aunque todavía no entendiera los límites de su poder ni hasta dónde podía llegar, había dado el primer paso.

  El mundo seguía ahí, vivo, y por primera vez sintió que podía enfrentarlo de frente.

  Rashak dio un paso atrás, cruzando los brazos y con una sonrisa apenas perceptible.

  —Bueno, Loranm —dijo—, si quieres, podemos ir a tomar unas copas para celebrar tu llegada al gremio. Nada demasiado fuerte, solo algo para brindar por tu primer día.

  Carlos se detuvo de golpe. Miró alrededor, recordando la luz suave de los faroles, el ambiente cálido del gremio… y luego el tiempo.

  Espera… —pensó, con un leve escalofrío recorriéndole la espalda—. No tuve en cuenta cuánto me queda antes de despertar.

  Frunció el ce?o.

  —Creo que… no, Rashak —dijo rápidamente—. Mejor, ?hay algún lugar donde pueda hospedarme esta noche?

  Rashak asintió, comprendiendo de inmediato.

  —Claro. El motel está al final de la calle, cerca de la iglesia. No es gratis, claro.

  Carlos se mordió el labio. No podía perder tiempo buscando trabajo para pagar. Miró a Rashak con una mezcla de urgencia y esperanza.

  —Entonces… —dijo, casi sin aliento—. ?Alguna manera de conseguir algo para la noche?

  El lagarto se inclinó levemente y sacó un peque?o saco de monedas de bronce.

  —Toma —dijo, deslizando un par hacia Carlos—. Con esto te alcanza para una noche en el motel.

  Carlos las tomó casi temblando.

  —?Gracias! —exclamó, apretando las monedas en la mano y sintiendo un alivio inmediato—. ?De verdad, muchas gracias!

  Sin perder un segundo, se giró y salió corriendo hacia el motel. La calle estaba tranquila, iluminada solo por los faroles, y cada paso resonaba en su mente con la urgencia del tiempo que se le escapaba.

  Al llegar, la dependienta lo saludó amablemente desde la recepción.

  —Buenas noches —dijo con una sonrisa—. ?Puedo ayudarte?

  —Una noche, por favor —respondió Carlos, entregándole rápidamente las monedas de bronce.

  Ella las tomó, contó las piezas con habilidad y le dio un sobre peque?o con la llave de la habitación.

  —Habitación 10 —dijo—. Que descanses bien.

  Carlos asintió, haciendo un gesto agradecido, y subió corriendo las escaleras. Cada pelda?o parecía arrastrarlo hacia la cima mientras el corazón le latía con fuerza.

  Al llegar frente a la puerta de la habitación, metió la llave en la cerradura y la giró.

  Y justo cuando empujaba la puerta para entrar, un sonido familiar le atravesó la cabeza: el pitido de la alarma de su mundo humano.

  —No… —murmuró, intentando apresurarse.

  Empujó la puerta, cerrándola de un golpe detrás de él, apenas a tiempo. La madera resonó, la habitación lo acogió y el mundo se disolvió en un parpadeo.

  Carlos abrió los ojos. La luz tenue de su habitación humana entraba por la persiana, y el reloj marcaba 07:15. La alarma seguía sonando, insistente.

  Se sentó en la cama, jadeando. La sensación del otro mundo todavía lo mantenía pegado a su piel, un recuerdo vivo de la calle, el gremio, la bola de cristal y la placa de aventurero que ahora sabía que existía, aunque solo en el otro lado.

  Se pasó la mano por la cara, respirando hondo, y por primera vez comprendió con claridad: todo esto apenas había comenzado.

  El mundo fantástico esperaba por él. Y él tendría que aprender a jugar con el tiempo, la energía y los límites que todavía no entendía.

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