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  Alexander hizo que todos los empleados se colocaran en fila frente a la barra. El murmullo habitual del lugar se fue apagando poco a poco hasta que solo quedaron miradas expectantes.

  —Bueno, gracias por venir —dijo con calma—. El bar va a cerrar por un tiempo indefinido.

  —??Qué?! —exclamaron varios al mismo tiempo, incluidos Zein y Kiomi.

  —Así como lo oyen —continuó Alexander sin cambiar el tono—. El bar cerrará por un tiempo indefinido. Justamente por eso quería hablar con ustedes hoy.

  —?Por qué? —preguntó Judas, apoyándose en la barra, más sereno que el resto.

  Alexander entrelazó las manos antes de responder.

  —Según mis fuentes, varios instructores y un peque?o grupo de tropas del Imperio llegarán a la isla muy pronto, y lo harán por sorpresa. No podemos permitirnos seguir operando con ellos revisando cada rincón de Mirathun.

  Kiomi frunció el ce?o.

  —?Y esas fuentes son confiables?

  Alexander la miró de frente.

  —Lo son. No confío en cualquiera.

  El silencio cayó pesado sobre el lugar. Nadie parecía tener ganas de discutirle eso.

  —Por ahora, les recomiendo que busquen un trabajo temporal —continuó—. Los inspectores suelen tardar bastante en irse. Les pagaré por adelantado lo correspondiente a este mes. Y si necesitan ayuda para encontrar trabajo, no duden en decírmelo. Conozco a mucha gente.

  Una sonrisa tranquila acompa?ó sus palabras, contrastando con la inquietud general.

  Alexander comenzó a repartir los sobres con el pago uno por uno. Los empleados se fueron despidiendo poco a poco, hasta que el bar quedó casi vacío.

  Zein y Kiomi fueron los últimos en quedarse.

  —Tengo algo planeado para ustedes hoy —dijo Alexander mientras les entregaba sus sobres.

  —?Qué cosa? —preguntó Zein, mirándolo con curiosidad.

  —Los llevaré a registrarse. Hasta ahora no lo han hecho, ?cierto?

  —No —respondió Kiomi, cruzándose de brazos.

  —Entonces es hora de hacerlo —dijo Alexander—. Los acompa?aré a la oficina de empadronamiento. A estas horas no debería haber mucha gente.

  Alexander tomó su abrigo, como si se tratara de algo completamente rutinario.

  —Será rápido —a?adió.

  De camino a la oficina, el grupo se cruzó con varios soldados yendo de un lado a otro. Algunos caminaban con prisa, otros se detenían a hablar en voz baja, con gestos tensos y miradas inquietas. La actividad en las calles era demasiado evidente como para ignorarla.

  Al llegar a la oficina, se llevaron una sorpresa poco agradable. Una larga fila se extendía desde la entrada hasta casi doblar la esquina.

  —Me alegro de que no hubiera tanta gente, Alexander… —dijo Zein, recorriendo la fila con la mirada.

  Alexander soltó una risa nerviosa mientras se rascaba la nuca, sin responder.

  Durante la espera, los murmullos comenzaron a propagarse entre la gente. Las voces se mezclaban, subían y bajaban, cargadas de especulación.

  Algunos decían que el Imperio volvería a invadir, igual que había hecho con Ilmenor no hacía mucho. Otros aseguraban que el duque de la isla bajaría a inspeccionar los barrios pobres. Y no faltaban quienes se burlaban de esa idea, diciendo que nadie de las altas esferas pondría un pie en un lugar así, que eran demasiado clasistas como para siquiera considerarlo.

  Para distraer el tiempo, Alexander empezó a explicarle a Zein con más detalle cómo funcionaban aquellas “televisiones mágicas”, hablando de sintonías y cristales como si fuera lo más normal del mundo.

  Kiomi, en cambio, mantenía la vista fija en las imágenes proyectadas.

  Las noticias informaban que, hacía poco, un barco del Imperio proveniente del coloso donde se encontraba la capital, Solheim, había desembarcado en la costa. Aún no se sabía el motivo de su llegada ni qué buscaban exactamente, pero los rumores apuntaban a la presencia de una figura importante.

  Entonces, desde el interior de la oficina, se escuchó un alboroto repentino.

  Varias personas uniformadas irrumpieron en el recinto, y el ambiente cambió al instante.

  El uniforme imponía respeto incluso antes de ver el rostro de quien lo vestía. Era una mezcla precisa de autoridad militar y lujo imperial. La túnica negra, con el cuello bordado en oro, caía hacia atrás en largos faldones, evocando más a un director de orquesta que a un soldado común. El correaje blanco cruzaba el pecho, sostenido por hebillas doradas que brillaban bajo la luz.

  Los pantalones de servicio estaban metidos dentro de botas de cuero pulido, adornadas con remates dorados en las puntas. Sobre la cabeza, un casco de acero con bordes dorados era ce?ido por una corona de laurel metálica, un símbolo que recordaba a los antiguos emperadores.

  El uniforme era similar al que llevaban los soldados en Mirathun, pero este resultaba mucho más llamativo, dise?ado no solo para imponer orden, sino para ser visto.

  Frente a ellos apareció una mujer rubia. Su uniforme destacaba incluso entre los demás, cargado de una autoridad que no necesitaba ser anunciada. A diferencia del resto, llevaba hombreras rígidas de gala y una capa pesada que se arrastraba con cada paso, envolviendo su figura en una sombra que parecía reclamar dominio absoluto del lugar.

  El grupo avanzó directamente hacia la recepción.

  A su alrededor, la gente evitaba mirarlos. Algunos bajaban la cabeza, otros fingían interés en cualquier otra cosa. Aun así, los susurros comenzaron a filtrarse entre el silencio forzado.

  —Míralos, con esa postura tan orgullosa… Nos desprecian solo por no ser de Solheim —murmuró alguien.

  —Claro, no dejan de ser soldados comunes, pero como vienen de la capital se creen superiores —respondió otra voz.

  —Oigan… ?esa no es Leonor Von Trapp?

  —Sí, es ella. ?Qué hace una noble aquí?

  —Seguro sus papis le dieron palanca para entrar al ejército —se burlaron algunos en voz baja.

  Los murmullos crecieron poco a poco, cubriendo el lugar como un zumbido constante. Aun así, nadie se atrevía a mirar directamente al grupo del Imperio.

  Leonor ya estaba frente a la vitrina de recepción, discutiendo con una recepcionista que intentaba, visiblemente nerviosa, mantener la compostura. Sus manos temblaban ligeramente mientras hojeaba unos documentos.

  If you stumble upon this narrative on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it.

  —?Te digo que me des una lista de todos los que se han registrado como ciudadanos en las últimas dos semanas! —exclamó Leonor, golpeando la madera del mostrador.

  —P-perdone, pero no podemos hacer eso —respondió la recepcionista con voz tensa—. Las leyes especifican que esa información está reservada únicamente para los duques del coloso o para quienes cuenten con su autorización. Aún no hemos recibido ninguna confirmación de que el duque le haya permitido…

  Leonor golpeó el mostrador con más fuerza, haciendo que varios se sobresaltaran.

  —??Que no sabes quién soy!? —espetó, llevándose la mano al pecho con gesto exagerado—. ?Soy Leonor Von Trapp! ?Orgullosa heredera de los Von Trapp! ?Y lo que yo digo se hará!

  —Discúlpeme, pero en verdad no puedo —repitió la recepcionista, con la voz temblándole y las manos aferradas al borde del mostrador.

  Uno de los hombres que acompa?aban a Leonor se acercó a ella y se inclinó apenas para susurrarle algo al oído.

  —Mi se?ora, estamos llamando demasiado la atención. Será mejor ir a la isla central y solicitar el permiso correspondiente para continuar con la investigación… —murmuró en voz baja.

  Leonor apretó la mandíbula. Sus u?as se clavaron en la palma de su mano por un instante antes de darse la vuelta bruscamente, caminando hacia la salida con pasos duros, cargados de humillación contenida.

  Fue entonces cuando ocurrió.

  Por pura coincidencia, su mirada se cruzó con la de Zein.

  Leonor se detuvo en seco.

  Alexander reaccionó de inmediato, tirando de Kiomi hacia atrás y colocándose frente a ella para ocultar sus orejas, su cuerpo rígido como un muro improvisado.

  Leonor, en cambio, cambió de dirección y avanzó directamente hacia Zein.

  Al acercarse, su expresión se torció al notar algo que no estaba acostumbrada a ver.

  Zein no bajó la mirada.

  No había reverencia, ni miedo, ni sumisión. Solo una mirada firme, casi desafiante.

  Eso bastó.

  Leonor agarró a Zein del cabello con fuerza y lo levantó hasta obligarlo a quedar a su altura. El tirón fue seco, arrancándole un jadeo involuntario.

  —??Tienes algo contra mí, mocoso?! —escupió, con los ojos ardiendo de ira.

  —No… —respondió Zein, conteniendo el impulso de reaccionar.

  —??Entonces por qué me miras así?! —continuó, apretando más—. ??Acaso no sabes quién soy?!

  Zein apretó el pu?o con fuerza. Sus dedos temblaron un segundo… y luego se relajaron.

  —Perdone… —dijo con la voz tensa, pero controlada—. Es que así es mi cara. Nunca quise ofenderla…

  El mismo soldado que antes había hablado con Leonor se acercó rápidamente y se inclinó hacia ella.

  —Mi se?ora… le recuerdo que no deberíamos causar más alboroto mientras estamos aquí —le susurró con urgencia.

  Leonor chasqueó la lengua, furiosa. Sin miramientos, soltó a Zein empujándolo a un lado.

  —Deberías cambiar esa cara, mocoso —le lanzó antes de darse la vuelta y marcharse.

  Cuando el grupo del Imperio salió del recinto, el aire pareció volver a circular.

  Una mujer mayor que estaba junto a Alexander se apresuró a ayudar a Zein a ponerse de pie, apoyándole una mano firme en el brazo.

  —?Estás bien, ni?o? —preguntó la se?ora, mirándolo con sincera preocupación.

  Zein apenas asintió. Antes de que pudiera decir algo, Alexander se acercó y le revolvió el cabello con la mano, un gesto torpe pero genuino.

  —Me alegro de que no hayas hecho un escándalo —dijo—. Kio ya me había contado lo impulsivo que eres.

  —Sí… diría que fue un milagro, la verdad —intervino Kiomi de pronto—. Te felicito por no hacer ninguna estupidez.

  —Gra… —Zein intentó responder, pero no alcanzó a terminar la palabra.

  —Pero —continuó Kiomi, sin suavizar la voz— aun así eso demuestra lo peligroso que eres. Solo por ese cabello blanco nos pusiste en riesgo a todos. ?Cuándo vas a dejar de ser un peligro para quienes te rodean?

  Su mirada era dura, afilada, como si cada palabra estuviera cargada de algo más profundo que simple enojo.

  Zein bajó la mirada. No respondió. Sus manos colgaban a los costados, inmóviles.

  —?Kiomi! No digas esas cosas —la reprendió Alexander de inmediato—. Además, ella no mencionó nada sobre el cabello de Zein.

  Kiomi apretó los labios, desviando la mirada.

  Después de eso, el trámite se realizó en silencio. Firmas, sellos, miradas rápidas por encima del hombro. Y luego, se fueron.

  Rato después, Zein caminaba solo por la ciudad, buscando algún trabajo, tal como Alexander les había recomendado.

  Gracias a Naoko ya no se perdía con tanta facilidad. Reconocía calles, esquinas, incluso algunos puestos. Aun así, la respuesta era siempre la misma.

  “No estamos contratando”.

  “Lo sentimos”.

  “Tal vez en otro momento”.

  Había demasiadas personas buscando lo mismo.

  Zein observó los anuncios pegados en las paredes, muchos arrancados, otros medio tapados.

  ?Vaya…? pensó. ?Así que también hay muchos que viven de cosas ilegales?.

  La diferencia era evidente. Cuando llegó a Mirathun había trabajo por todos lados. Ahora, casi nada.

  Mientras avanzaba sin rumbo fijo, algo llamó su atención.

  Un póster.

  Mostraba la figura de una persona se?alando directamente al frente, como si lo estuviera apuntando a él. Letras grandes decían: “Te necesitamos”. Debajo, información más peque?a.

  Zein se detuvo.

  Dudó un segundo… y estiró la mano para despegarlo un poco, solo para leer mejor.

  En ese instante, tres personas pasaron por la calle frente a él.

  Sus pasos eran firmes, sincronizados.

  Zein levantó la vista.

  Los tres vestían uniformes impecables.

  Vestían túnicas azules con fajas rojas y cinturones de cuero cargados de herramientas. Sobre los hombros, abrigos grises con cuellos de espesa felpa los blindaban contra el frío, mientras botas altas les permitían avanzar sobre la nieve profunda.

  Sus cabezas estaban envueltas en estructuras de lona y correas que sujetaban visores binoculares de acero. Un filtro de hierro colgaba de sus barbillas, ocultando cualquier rastro de humanidad bajo una máscara de ingeniería bélica y sombras.

  ?Se ven tan bien esos uniformes?, pensó Zein por un instante, sin darse cuenta de que se había quedado observándolos más de la cuenta.

  En ese mismo momento, los tres soldados notaron su mirada. Durante un segundo, el mundo pareció quedarse quieto, sus visores apuntando directamente hacia él. Entonces repararon en el póster que Zein intentaba despegar de la pared y, sin mediar palabra, comenzaron a acercarse.

  —Oye, tú. ?Estás buscando trabajo? —preguntó uno de ellos, con una voz apagada tras el filtro.

  —?Eh? Sí… claro —respondió Zein, sorprendido de que se le hubieran acercado tanto.

  Los tres se miraron entre sí y, sin darle tiempo a reaccionar, lo sujetaron con firmeza.

  —Ven con nosotros un momento. Te aseguramos que no vamos a hacerte nada malo —dijo uno, mientras ajustaba su agarre.

  —Exacto, exacto. Creemos tener justo lo que necesitas —a?adió otro, con un tono extra?amente animado.

  —Esperen un momento… —intentó decir Zein, forcejeando—. Yo solo…

  No pudo hacer mucho más.

  En un abrir y cerrar de ojos lo llevaron hasta la costa del coloso, donde se reunía una cantidad considerable de personas vestidas con aquel mismo uniforme peculiar que Zein no había visto antes. El ambiente era distinto allí, más denso, cargado de una disciplina silenciosa.

  Al llegar, los tres soldados lo soltaron y adoptaron una postura firme e impecable. Entonces, alguien apareció frente a ellos.

  Era una chica, un poco más baja que Zein. Vestía el mismo uniforme y portaba la misma máscara, pero la manera en que los soldados enderezaron aún más la espalda dejó claro que su presencia imponía un respeto distinto.

  —?Capitana! ?Le hemos traído a un posible nuevo miembro de la brigada! —anunció uno de ellos en voz alta.

  La capitana giró lentamente la cabeza hacia Zein. Al verlo, su cuerpo se tensó apenas un segundo, lo suficiente para que Zein lo notara. Sus hombros se relajaron casi de inmediato y recuperó la compostura, como si aquella sorpresa nunca hubiera existido. Ese peque?o gesto, tan fugaz, dejó a Zein con una extra?a sensación que no supo explicar.

  Entonces la capitana avanzó hacia los tres soldados, su andar firme y cargado de autoridad.

  —?Idiotas! —espetó—. ??Acaso saben si puede manipular magia?!

  Los tres se removieron en su sitio, incómodos. Incluso a través de las máscaras, su nerviosismo era evidente por la rigidez de sus posturas.

  —P-perdón… nunca le preguntamos —admitió uno de ellos, bajando un poco la cabeza.

  —Ah… justo como me temía —murmuró la capitana, llevándose una mano al rostro mientras exhalaba con cansancio.

  —Disculpe… —intervino Zein, dando un paso al frente—. Si se trata de eso, sí sé manejar magia.

  La capitana alzó la mirada hacia él.

  —Bien. Por esta vez, están excusados —dijo, sin apartar los ojos de Zein.

  —?Muchas gracias! ?Nos salvaste! —exclamaron los tres casi al mismo tiempo, acercándose a Zein y rodeándolo—. ?Quién sabe qué nos habría hecho la capitana si no supieras usar magia!

  —?Ni que fuera tan mala persona! —les gritó ella, cruzándose de brazos—. ?Vuelvan al trabajo!

  —?Sí, capitana! —respondieron al unísono antes de marcharse apresuradamente.

  Zein se quedó observando cómo se alejaban, todavía tratando de entender qué acababa de ocurrir. No sabía cómo había terminado allí, ni por qué había permitido que lo arrastraran hasta ese lugar sin oponer demasiada resistencia. Todo parecía haberse dado demasiado rápido.

  —Ejem… —la capitana carraspeó para llamar su atención—. Perdona por lo de antes. Déjame presentarme.

  Se acercó y le extendió la mano.

  —Puedes llamarme capitana —dijo, con un tono más calmado.

  —Mucho gusto. A mí puedes llamarme Zein —respondió él, estrechándole la mano con una leve sonrisa.

  ?Su voz… se me hace conocida?, pensó Zein mientras la escuchaba hablar. ?Pero no recuerdo de dónde?.

  —Entonces, ?estabas buscando trabajo? —preguntó ella.

  —Sí. La verdad es que está siendo bastante difícil encontrar algo en estos momentos —contestó Zein, dejando escapar una risa suave.

  —Lo entiendo. Entonces este es el lugar perfecto para ti —dijo la capitana.

  —Claro, pero… —Zein dudó— ?qué hacen exactamente aquí?

  Ella ladeó ligeramente la cabeza.

  —Vaya. ?Viniste sin saber quiénes éramos?

  —Sí. Simplemente me trajeron sin darme mucho espacio para preguntar.

  —De verdad que son un caso… —murmuró ella, exhalando con resignación—. Bueno, en ese caso…

  La capitana extendió el brazo, se?alando las instalaciones y a los soldados que se movían con precisión alrededor.

  —Te doy la bienvenida a la base de los Liquidadores.

  Zein se quedó en silencio. Las palabras resonaron en su mente, pesadas, difíciles de procesar.

  —?Eh…?

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