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Nuevos rostros

  —??Qué?!—gritaron los tres al mismo tiempo.

  —Como lo escucharon, él es mi exnovio—repitió Kio, cruzándose de brazos como si eso cerrara el tema.

  —Exacto, un gusto—a?adió Alexander, levantando la mano con total naturalidad.

  Las expresiones de Zein, Kiomi y Lyra no tenían precio. Ninguno, ni siquiera Kiomi con su temple habitual, parecía capaz de procesar lo que acababan de oír. Zein abrió la boca para decir algo, pero no salió ningún sonido. Kiomi frunció el ce?o, seria, como si intentara reconstruir el mundo desde cero.

  En ese momento, alguien más salió por la misma puerta trasera de la que había aparecido Alexander.

  Era una mujer de presencia tranquila, con un aire sereno que contrastaba con el caos del momento. Su cabello negro caía en ondas desordenadas sobre unos ojos ámbar suaves y atentos. Tenía la piel pálida, casi nívea, y vestía un atuendo tradicional en blanco y negro, de capas bien cuidadas y líneas limpias, muy similar al de Alexander, aunque en ella parecía más ligero.

  Se acercó a él con pasos calmados.

  —?Qué pasa, amor?—preguntó en voz baja.

  Alexander carraspeó antes de responder, como si recién recordara un detalle importante.

  —Ah, cierto—dijo—. Les presento a mi esposa, Mei.

  La rodeó con un brazo, orgulloso.

  —Mucho gusto—saludó ella, inclinando un poco la cabeza con una sonrisa cálida.

  Los ojos de Mei se posaron en Kio… y se iluminaron.

  —?Kio!—exclamó, acercándose sin dudar y envolviéndola en un abrazo—. Cuánto tiempo sin vernos.

  —Sí…—respondió Kio, sin oponer resistencia.

  De hecho, a diferencia de lo ocurrido antes, no intentó apartarse. Incluso apoyó el peso apenas un segundo más de lo necesario.

  —Vaya sorpresa—dijo Kio cuando Mei la soltó—. Quién diría que tú terminarías casándote con Alexander… después de lo mucho que se odiaban.

  Mei dejó escapar una peque?a risa.

  —Ya ves—respondió—. Como dicen, del odio al amor hay solo un paso.

  Zein y Kiomi seguían inmóviles, aún atrapados en su propio asombro. Lyra, en cambio, ya se había desplazado hacia una vitrina cercana, fascinada por unas reliquias antiguas, tocando el cristal con curiosidad.

  —Qué recuerdos, ?no?—comentó Mei, con un deje nostálgico en la voz.

  Kio desvió la mirada y se rascó la mejilla.

  —La verdad… yo no recuerdo mucho—dijo, soltando una risa nerviosa que no convenció a nadie.

  —Oh, yo sí que recuerdo mucho… y más cuando estábamos juntos—dijo Alexander, ladeando la cabeza con una sonrisa demasiado sugerente.

  El golpe llegó de inmediato.

  Mei le dio un manotazo en la parte de atrás de la cabeza, seco y preciso.

  —Sí serás…—murmuró, visiblemente molesta.

  —Ejem—intervino Kio, aclarando la garganta—. Mei, Alexander, les presento a Zein, Lyra y Kiomi. Ahora están bajo mi protección… por ciertas razones.

  —Mucho gusto—respondieron los tres casi al unísono.

  —Vaya, qué ni?os tan educados—comentó Mei, llevándose una mano a la mejilla con genuina ternura.

  Alexander los observó con más atención, como si algo acabara de encajarle.

  —?Y qué pasó con Meliora y Lucian?—preguntó de pronto—. Hace mucho que no los vemos.

  La expresión de Kio se tensó apenas un segundo.

  —Será mejor que hablemos eso en privado—dijo, ya dándose la vuelta.

  Sin a?adir nada más, Kio se dirigió hacia una habitación apartada del fondo, seguida por Alexander y Mei. La puerta se cerró tras ellos, dejando a Zein, Kiomi y Lyra solos en la parte principal de la tienda.

  El silencio cayó incómodo.

  Lyra siguió curioseando entre los objetos, fascinada. Kiomi permaneció quieta, con la espalda recta y la mirada alerta. Zein, en cambio, no tuvo tiempo de pensar demasiado.

  La campanilla de la puerta sonó y alguien entró sin notar su presencia.

  La chica avanzó un par de pasos… y chocó de lleno contra Zein.

  La joven cayó sentada en el suelo. Tenía una postura encogida, casi como si intentara hacerse peque?a. Su cabello negro ceniza le cubría por completo los ojos, y su ropa —capas amplias blancas y negras de hombros caídos— parecía envolverla a modo de escondite. Llevaba varios adornos metálicos en los labios y orejas, y un bolso grande que cayó a su lado con un ruido sordo.

  Se sobó la cabeza, avergonzada.

  —?Estás bien?—preguntó Zein, agachándose y extendiéndole la mano.

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  En cuanto ella alzó el rostro y notó que alguien le hablaba, se sonrojó de golpe. Se quedó inmóvil, como si su mente hubiera dejado de funcionar por completo.

  Un segundo.

  Dos.

  Entonces reaccionó.

  Se levantó de un salto, murmuró un perdón casi inaudible y, sin mirar atrás, salió corriendo de la tienda, dejando tras de sí solo el leve tintinear de la campanilla y un silencio aún más raro que antes.

  ??Acabo de ver bien? No… nadie reacciona así con Zein?, pensó Kiomi, observando de reojo la puerta. ?Tal vez solo era alguien demasiado apenada?.

  —Qué raro… ?quién habrá sido ella?—murmuró Zein, rascándose la nuca.

  El tiempo pasó despacio. Demasiado. La chica no se iba.

  Seguía afuera, acurrucada en una esquina junto a la fachada, asomando apenas la cabeza cada cierto rato, como si midiera el momento exacto para volver a entrar.

  ?Seguro cree que no la vemos?, pensó Zein, fingiendo examinar una antigüedad mientras la vigilaba de reojo.

  En ese momento, la puerta del fondo se abrió.

  Alexander, Mei y Kio regresaron. Los dos primeros tenían los ojos enrojecidos, húmedos, aunque sonreían como si nada hubiera pasado. Kio mantenía el gesto serio, pero había algo distinto en su postura, un cansancio silencioso.

  —Los acogeremos aquí—dijo Alexander, apoyando una mano en el hombro de Mei—. No hay problema.

  —Sí—a?adió ella con suavidad—. Tenemos varias habitaciones libres. Pueden quedarse el tiempo que necesiten.

  Los guiaron a través del local. Detrás de la tienda se abría un pasillo angosto que desembocaba en un patio amplio. En el centro se alzaba un árbol de tronco grueso y retorcido, tan viejo que parecía sostener el lugar por pura terquedad.

  Más allá estaba la casa.

  Era cálida, llena de objetos extra?os y comodidades desconocidas para ellos, detalles peque?os que hacían evidente que Mirathun no se parecía en nada a Ilmenor. Les mostraron las habitaciones donde se quedarían por ahora, sin preguntas, sin condiciones.

  Luego Alexander los condujo de nuevo hacia el pasillo.

  Esta vez, se detuvo ante una entrada discreta.

  Abrió la puerta.

  Unas escaleras largas descendían hacia el subsuelo, tragándose la luz poco a poco. Al bajar, el murmullo los envolvió.

  Había un bar enorme bajo tierra.

  Mesas ocupadas, risas desordenadas, vasos golpeando madera, cuerpos ya vencidos por el alcohol. Antorchas iluminaban el lugar con un brillo cálido y tembloroso. Al fondo, a la derecha, se alzaba un escenario vacío, amplio, esperando algo. Y en el centro de todo, dominando la sala, un cuadrilátero.

  Una plataforma elevada de madera maciza dominaba el centro del lugar. Estaba rodeada por cuerdas de cá?amo tensas, marcadas por el desgaste, formando un cuadrado cerrado y opresivo. No había mucho espacio para moverse ahí dentro; estaba hecha para que los cuerpos chocaran, para que nadie pudiera huir.

  El grupo se quedó mirándola unos segundos de más.

  Terminaron sentándose en una mesa libre, lo bastante grande para todos.

  —No sabía que tenías un negocio tan… sucio—comentó Kio, apoyando el codo en la mesa, con una sonrisa burlona.

  Alexander soltó una peque?a risa mientras hacía una se?a a un mozo.

  —Creí que, si iban a vivir aquí, al menos debían saber que este lugar existe.

  —Tienes razón—admitió Kio sin quitarle los ojos de encima al cuadrilátero.

  —?No se les hace raro que no nos hayamos enterado de lo de Ilmenor?—preguntó Alexander, bajando la voz.

  —Tal vez porque apenas han pasado un par de días desde el incidente—respondió Kio, observando las vetas de la mesa como si buscara algo ahí.

  —Te sorprendería lo rápido que vuelan los rumores en Mirathun.

  —Entonces quizá el Imperio no quiere que se sepa nada—dijo Kio justo cuando le dejaron una bebida frente a ella—. Tal vez están reteniendo la información.

  Mei alzó una ceja al ver el contenido del vaso.

  —No puedo creer que sigas con la costumbre de pedir el alcohol más fuerte de cada lugar al que vas.

  Kio bebió sin responder.

  —?Y por qué no querrían que se supiera?—preguntó Alexander, dando un sorbo más tranquilo.

  —No lo sé—dijo Kio, dejando el vaso vacío sobre la mesa—. Tal vez no quieren que la opinión pública se les venga encima.

  Mei miró el vaso y luego a Kio.

  —Qué rápido…

  Mientras hablaban, Zein, Kiomi y Lyra observaban el lugar con atención. Rostros nuevos, risas extra?as, miradas cansadas. Todo era distinto, demasiado distinto.

  Entonces la vieron.

  La misma chica de antes entró al bar. Avanzó con la cabeza baja, como si el suelo le interesara más que la gente. Se sentó sola en una mesa apartada, encogiéndose sobre sí misma.

  Lyra la reconoció al instante.

  Sin decir nada, se levantó de su asiento y caminó hacia ella.

  —Espera, Lyra, no la molestes…—intentó detenerla Zein, pero fue inútil.

  Lyra se sentó en la misma mesa que la chica. Al inicio, el silencio pesó entre ambas; la desconocida encogió los hombros, jugando con los dedos sobre la mesa. Desde lejos, Zein y Kiomi solo podían intuir la conversación por los gestos.

  Poco a poco, la rigidez de la chica se fue aflojando. Sus hombros dejaron de estar tan tensos, y su voz, aunque baja, comenzó a fluir. Mientras más hablaba con Lyra, más segura parecía sentirse.

  En un momento, Lyra se?aló hacia la mesa donde estaban Zein y Kiomi. Ambos levantaron la mano a modo de saludo. La chica imitó el gesto apenas, levantando la mano lo justo… pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Zein, se sobresaltó y giró el rostro de inmediato, tratando de esconderse.

  ?Esto no puede ser verdad. No… no puede ser? pensó Kiomi, clavando la mirada en Zein, como si intentara arrancarle una explicación solo con los ojos.

  Lyra regresó a la mesa poco después.

  —?Cómo te fue?—preguntó Zein.

  —Bien…—respondió Lyra, llevándose una mano al cuello—. Solo que me duele un poco la garganta.

  —No te esfuerces—dijo Zein, deslizándole un vaso de agua.

  —?Y?—intervino Kiomi—. ?Quién era?

  —Dijo que se llama Naoko—respondió Lyra tras beber un sorbo—. Tiene más o menos su edad.

  —?Y por qué se fue?—preguntó Zein.

  —No se fue—aclaró—. Dijo que tenía que hacer algo rápido y que luego volvía.

  El ambiente del lugar empezó a cambiar.

  Varias personas se levantaron de sus mesas y comenzaron a reunirse cerca del cuadrilátero. Monedas de plata y bronce tintineaban al caer en las manos de alguien que las recogía mientras anotaba números en una peque?a pizarra.

  De pronto, una voz retumbó desde el interior del cuadrilátero.

  —?Cállense, hijos de puta! ?Esto está a punto de empezar!—rugió la figura en el centro.

  El griterío y el golpe seco de la madera hicieron que el grupo se acercara, empujados por la curiosidad.

  —?La última pelea de la noche será ahora!—continuó la voz—. ?Que ya amaneció hace rato, malditos alcohólicos!

  —?Ya cállate y que empiece la pelea!—le gritaban desde la multitud.

  —?La pelea de hoy será entre dos leyendas de este bar!—

  —?Qué está pasando?—preguntó Zein, alzando la voz entre el ruido.

  —Una pelea—respondió Alexander, con una sonrisa orgullosa—. Dos personas se enfrentan, el ganador se lleva parte del dinero. También pueden apostar.

  —Ajá… ?y quiénes pelean?—preguntó Kiomi, cruzándose de brazos.

  —Esperen y verán.

  —?En una esquina tenemos a la Muralla de Mirathun!—rugió el presentador—. ?Campeón casi invicto, más de cincuenta peleas en este bar!—

  Un hombre enorme entró al cuadrilátero. Alto, musculoso, de cabello rubio y ojos azules, con cicatrices repartidas por el torso como viejos trofeos. Vestía solo unos calzones de cuero reforzado que le llegaban a mitad del muslo. Las manos, envueltas en vendas de lino, se cerraban y abrían con calma, como si ya supiera cómo terminaría aquello.

  —?Ponte algo de ropa, exhibicionista!—le gritaron desde algún rincón.

  —Vaya músculos…—murmuró Zein, sin darse cuenta.

  —?Y en la otra esquina!—continuó la voz—. ?El único! ?El inigualable! ?El demonio invencible! ?Campeón absoluto! ?Ni una sola pelea perdida!—

  Del lado opuesto, una figura cruzó las cuerdas.

  Era Naoko.

  Pero no la Naoko tímida de hace un rato.

  Llevaba el cabello recogido en una coleta firme, con dos mechones enmarcando su rostro. Sus ojos ya no se escondían; observaban el lugar con una calma afilada. Vestía un top ajustado de combate y calzones cortos que dejaban libres sus piernas. Las vendas en manos y antebrazos estaban bien tensadas, listas.

  No dudó. No titubeó.

  Simplemente avanzó hasta el centro.

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