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Avance

  Un a?o pasó sin que nadie se diera cuenta.

  Lo ocurrido aquel día se fue diluyendo entre rumores cada vez más bajos, hasta convertirse en un recuerdo incómodo que la gente prefería no mencionar. En Ilmenor, la rutina volvió a ocupar su lugar. Las calles siguieron llenándose al amanecer, los mercados abrieron como siempre y las campanas marcaron los días con la misma puntualidad de siempre.

  Excepto para una persona.

  Klein.

  Antes, su saludo era casi obligatorio al cruzarlo por la plaza. Una palabra amable, una sonrisa cansada pero sincera. Después de volver del cautiverio… aquello desapareció. Su mirada se volvió errática, las manos le temblaban sin razón aparente y, a veces, gritaba a la nada como si alguien lo estuviera observando.

  Cuando veía a Zein, todo empeoraba.

  Su voz se quebraba en alaridos, lo se?alaba con los ojos desorbitados, escupiendo palabras como “demonio”, “ruina”, “maldición”. Algunos se detenían a mirar, otros lo apartaban con lástima. Nadie le creía. Nadie quería creerle.

  Zein aprendió a cambiar de calle.

  No por miedo, sino porque no había nada que ganar ahí. Su vida siguió adelante, tranquila, incluso feliz. Con el paso de los meses, la distancia entre él y Kiomi se fue acortando. Las discusiones se transformaron en burlas, las miradas tensas en silencios cómodos. Eran amigos… aunque Kiomi aún encontraba formas de fastidiarlo, como si se negara a soltar del todo viejos resentimientos.

  Cada ma?ana salían juntos rumbo a la escuela. El trayecto se había vuelto natural desde que Kiomi y Meliora se mudaron a la casa contigua a la de Lucian. Meliora, cansada de ausencias y pasillos sagrados, había dejado atrás la Iglesia con una decisión silenciosa pero firme. La casa nueva era modesta, pero cálida, y por primera vez en mucho tiempo, compartían desayunos sin prisas.

  Zein y Lyra, por su parte, vivían con Lucian. La casa era peque?a, sí, pero siempre estaba llena de ruido, risas y olor a comida caliente. Zein entrenaba, estudiaba, reía. Lyra dormía tranquila. Tenía amigos. Tenía maestros. No le faltaba nada… o eso creía.

  Aquella ma?ana, el entrenamiento se realizaba al aire libre.

  El invierno mordía la piel con insistencia. La nieve cubría el suelo como una sábana intacta, reflejando una luz pálida que obligaba a entrecerrar los ojos. Zein se movía entre estocadas y desplazamientos, su respiración marcando el ritmo. Frente a él, Lucian corregía posturas con comentarios secos y cargados de ironía.

  A unos metros, Kiomi observaba con los brazos cruzados, el aliento formando peque?as nubes blancas frente a su rostro. A su lado, Zyteg permanecía en silencio, durmiendo.

  El entrenamiento ya no era solo físico.

  Zein extendió la mano y el aire a su alrededor vibró apenas, como si algo invisible se tensara. La magia comenzaba a formar parte de sus rutinas, haciendo cada sesión más exigente, más peligrosa… y más real.

  En medio del entrenamiento, Zein se sostenía en el aire, bloqueando los golpes de Lucian mientras intentaba contraatacar, usando peque?as ráfagas de magia para obligarlo a retroceder. Sus movimientos eran rápidos, calculados. Por un momento, vio una abertura clara.

  Entonces algo le golpeó la Zein.

  Una piedra peque?a.

  El equilibrio se le fue en un parpadeo. Cayó de espaldas contra la nieve, el combate terminado antes de que pudiera reaccionar.

  —??Por qué me lanzaste una roca, Kiomi?! —le gritó desde el suelo, se?alándola—. ?Perdí por tu culpa!

  Kiomi apartó la mirada como si no supiera de qué hablaba, aunque la sonrisa ladeada la traicionaba.

  —Serás…

  —No la culpes —intervino Lucian, acercándose—. Yo se lo pedí.

  —??Por qué?! —replicó Zein, incorporándose apenas.

  —Porque en una pelea real, distraerte así te mata —dijo Lucian, tendiéndole la mano para ayudarlo a levantarse.

  —?Y cómo se supone que no me distraiga si me lanzan piedras?

  Lucian soltó una risa breve.

  —No exactamente así. Pero te desconcentraste varias veces —a?adió—. Sobre todo cuando mirabas a Kiomi.

  —?Eso no es cierto! —protestó Zein.

  —Jajaja, está bien, está bien —respondió Lucian, alzando las manos—. Broma. Pero igual, trabaja eso.

  A unos metros, Kiomi no se molestó en disimular las risas.

  —Ah, y otra cosa —a?adió Lucian—. Si alguna vez estás en una pelea a muerte, asegúrate de que tu enemigo esté realmente muerto. Nada peor que un ataque por la espalda.

  En ese instante, el estómago de Kiomi gru?ó con fuerza.

  —Bueno… —murmuró—. ?Comemos?

  Se sentaron cerca de Zyteg, que dormitaba envuelto en vapor tibio. El contraste entre su calor y el aire helado hacía que nadie tuviera prisa por levantarse.

  Mientras comían, un movimiento brusco entre los árboles rompió la calma. Un soldado irrumpió en el claro, tropezando casi con la nieve, respirando con dificultad. El vapor escapaba de su boca a cada exhalación.

  Lucian se puso de pie al instante.

  El soldado se inclinó apoyando las manos en las rodillas, buscando aire. Cuando por fin logró hablar, lo hizo en voz baja, rápida. Zein y Kiomi siguieron comiendo, atentos, sin decir palabra.

  Entonces algo cambió.

  Lucian soltó el sándwich, que cayó sobre la nieve sin que pareciera notarlo, y se giró hacia Zyteg.

  —Zyteg, ?podemos hablar un momento? —dijo, seco.

  Zyteg, aún adormilado, redujo su tama?o hasta adoptar forma humana y se apartó con Lucian unos pasos, lejos de los demás. Sus voces se perdieron entre los árboles.

  Kiomi se acercó al soldado y le tendió agua. él la aceptó con manos temblorosas, bebiendo con urgencia.

  Cuando Lucian y Zyteg regresaron, Zyteg volvió a transformarse. Sus escamas reflejaron la luz pálida del invierno al extender las alas.

  —Volvemos a Ilmenor —ordenó Lucian, recogiendo sus cosas sin perder tiempo.

  —?Qué está pasando? —preguntó Zein, poniéndose de pie.

  Lucian no respondió.

  Zyteg se detuvo frente a ellos y bajó un poco la cabeza.

  —Aquí nos despedimos, ni?os.

  —?Qué? ?Por qué? —insistió Zein, la confusión marcada en el rostro.

  Zyteg lo miró apenas un segundo.

  —Les deseo buena suerte —dijo—. Si sobrevives a esto… espero que nos reencontremos. Y dile a Kio que la esperaré. El tiempo que haga falta. Otra vez.

  Zyteg batió las alas y se elevó con fuerza, perdiéndose hacia el norte en cuestión de segundos.

  El soldado condujo al resto hacia Ilmenor en una carreta. El traqueteo del camino llenó el silencio.

  —Explícamelo todo —ordenó Lucian, con la mirada fija al frente.

  El soldado dudó, mirando a Zein y a Kiomi.

  —No te preocupes —respondió Lucian, apoyándole una mano en el hombro—. Zein es mi aprendiz. Kiomi es la hija del antiguo duque. Pueden escuchar.

  —Bien —dijo el soldado, enderezándose al fin—. Hace unos instantes, nuestros magos detectaron movimiento en la frontera con los ducados de Fictoma y Moeveth. El ejército del Imperio atacó sin previo aviso nuestras posiciones en la quinta muralla de defensa.

  Zein giró apenas el rostro hacia Kiomi.

  —?El Imperio…?

  Kiomi no lo miró.

  —Deberías estudiar más historia —respondió en voz baja—. El Imperio del Sol Negro. Los mismos que invadieron Ilmenor hace a?os. Los que ponen y quitan reinos. —Hizo una pausa—. Se suponía que ya éramos parte de ellos.

  —?Cuántos? —interrumpió Lucian.

  El soldado tragó saliva.

  —El reconocimiento contó cerca de noventa mil. Tal vez más.

  —Eso triplica nuestras fuerzas —murmuró Lucian—. Apenas llegamos a treinta y cinco mil.

  Sus manos se cerraron lentamente hasta que los nudillos palidecieron.

  —?Y el castillo? —preguntó.

  El soldado dudó un segundo.

  —El duque desapareció esta ma?ana. Sin rastro. El consejo actuó de inmediato… —bajó la voz—. La viuda del anterior duque tomó el mando. Meliora ya está dirigiendo la defensa. Ordenó que lo lleváramos con ella.

  Lucian asintió una sola vez.

  —Entonces no hay tiempo que perder.

  El camino a Ilmenor estaba saturado. Carretas cargadas de armas avanzaban hacia las murallas, columnas de soldados marchaban en silencio, y el sonido del metal chocando llenaba el aire.

  Pero la ciudad era peor.

  Dentro de Ilmenor, los patios militares hervían de actividad. Sacos, lanzas y cajas de suministros pasaban de mano en mano. Civiles se agolpaban en las calles, murmurando, buscando respuestas que nadie parecía tener.

  Al doblar una esquina, lo vieron.

  Klein.

  Sus ojos se clavaron en Zein al instante. Su cuerpo se tensó, como si algo invisible lo hubiera atravesado.

  —?Tú! —rugió, avanzando un paso—. ?Todo esto es por tu culpa! ?Han venido por ti! ?Quieren vernos muertos! —Su voz se quebró en un grito—. ?DEMONIO!

  El eco de sus palabras se propagó por la calle. La gente se detuvo. Miradas inquietas comenzaron a fijarse en Zein.

  Por primera vez, nadie se rió.

  Lucian se inclinó hacia el soldado, con el ce?o endurecido.

  —?No se suponía que nadie debía saberlo?

  —Claro, se?or… no se le ha hablado de esto a nadie más que a algunos altos mandos y a pocos soldados.

  —Maldición —Lucian apretó la mandíbula y luego se?aló a Klein—. Arréstenlo. No podemos permitir que se filtre más información.

  Dos soldados cercanos se adelantaron de inmediato. Sujetaron a Klein de los brazos y comenzaron a llevárselo, mientras este forcejeaba inútilmente, gritando una y otra vez la misma palabra, escupiéndola con odio hacia Zein.

  —?Demonio! ?Demonio!

  El castillo no ofrecía un panorama mejor.

  Los pasillos estaban saturados de voces, pasos apresurados y órdenes cruzadas. Mensajeros entraban y salían, guardias corrían escaleras arriba, y el aire parecía más pesado de lo normal. Lucian se abrió paso sin dudar y desapareció tras las puertas de una sala donde se reunían figuras importantes.

  Zein intentó seguirlo, pero una mano firme se cerró sobre su brazo.

  —Nosotros no podemos estar ahí. Deja que los adultos se ocupen —dijo Kiomi, llevándoselo sin darle opción.

  Lo condujo por un corredor lateral hasta un jardín interior. El ruido del castillo quedaba amortiguado ahí. Arbustos bien cuidados, senderos de piedra y una fuente silenciosa daban la impresión de un lugar detenido en el tiempo, ajeno a la urgencia que reinaba fuera.

  —Yo solía vivir en este castillo antes de mudarme con mi mamá —dijo Kiomi, sentándose en una de las mesas de piedra.

  —Vaya… con que eras una ni?a mimada, ?eh? —bromeó Zein—. ?Pero… no te preocupa?

  —Claro que sí. Pero es mejor no atormentarse por cosas sobre las que no tenemos poder.

  Un mayordomo apareció poco después, avanzando con pasos tranquilos. Colocó tres tazas y una tetera sobre la mesa con cuidado.

  —Me alegra verla de vuelta, se?orita —dijo mientras servía el té.

  —Muchas gracias. Yo también te extra?é.

  —?Quién es? —preguntó Zein.

  —Zein, te presento a Iván, un mayordomo cuya familia ha servido a los gobernantes de Ilmenor por generaciones —dijo Kiomi, tomando su taza y se?alándolo.

  —Mucho gusto —respondió Zein, inclinando un poco la cabeza mientras hacía lo mismo.

  De pronto, algo lo embistió con fuerza desde un costado, haciéndolo tambalearse.

  —?Zein!

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  Lyra se había lanzado contra él, aferrándose con ambos brazos sin soltarlo.

  —?Lyra! ?Qué haces aquí? —preguntó Zein, sorprendido.

  —Vine con Kio —respondió, sentándose en otra silla con naturalidad, balanceando las piernas.

  —Así que a ella también la llamaron, ?eh? —murmuró Zein, desviando la mirada hacia el ala del castillo donde se encontraba la sala de reuniones.

  Dentro de la sala, el desorden inicial empezaba a tomar forma.

  —?Cuál es la situación actual? —preguntó Lucian, apoyando ambas manos sobre el mapa extendido en la mesa.

  —La defensa número cinco ha caído. Perdimos aproximadamente tres mil quinientos soldados. Las tropas se están reagrupando en la defensa número cuatro, pero el avance del Imperio es constante y rápido.

  Las fichas sobre el mapa se movían sin pausa, marcando retiradas y líneas de contención.

  En medio de la discusión, Kio entró en la sala.

  Meliora fue la primera en verla y la recibió con un abrazo breve, pero sincero.

  —Me alegra que estés aquí.

  —?Qué tan mal está todo? —preguntó Kio.

  —Muy mal, como ya debes saber. Dime… ?qué tan probable es que nos ayudes con esto? —preguntó Meliora, dejando escapar una mínima esperanza.

  —Imposible. Ya sabes que éL no me lo permitiría.

  —Claro…

  La conversación continuó, seca y directa, hasta que la puerta se abrió una vez más.

  —?Disculpen la intromisión! Hay un mensajero en nombre del Imperio del Sol Negro.

  El murmullo cesó al instante.

  El mensajero entró sin prisa, avanzando como si la sala le perteneciera. No inclinó la cabeza ni buscó aprobación alguna. Desplegó un papel y carraspeó.

  —Ejem… Por decreto del Imperio del Sol Negro, queda establecida la siguiente orden. El Ducado de Ilmenor ha incumplido el Juramento Imperial al ocultar deliberadamente la existencia de una entidad clasificada como amenaza demoníaca. Pese a las advertencias formales, se ha negado a entregar a dicha entidad, conocida como Zein Ravenscroft, poniendo en riesgo la estabilidad del Imperio y del mundo. Ante esta negativa, el Imperio no puede permanecer inactivo. A partir de este momento, Ilmenor queda bajo intervención imperial. Toda resistencia será considerada traición. Toda obstrucción será tratada como complicidad. Entréguenlo… y esta ciudad será preservada. Desafíen esta orden… y asumirán las consecuencias.

  Apenas terminó la lectura, la sala estalló.

  —??Qué más da?! ?Entréguen al ni?o! —gritó alguien desde el fondo.

  —?Nos están usando de pretexto! —respondieron otros—. ?Siempre han odiado a los elfos! ?Esto es una invasión disfrazada!

  Las voces se superponían, el aire se volvió pesado, y las manos golpeaban la mesa sin orden alguno.

  El mensajero avanzó un paso y se dirigió directamente a la duquesa.

  —Para su información, las tropas imperiales están bajo el mando del descendiente de los Astorio. Alain Astorio. Imagino que el apellido les resulta familiar.

  Meliora se quedó inmóvil. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del respaldo de la silla.

  —Incluso el heredero de la antigua familia real ha venido por nosotros… —murmuró uno de los generales, sin ocultar el temblor en la voz.

  —Mi se?ora, debemos ser pragmáticos —intervino otro—. Sacrificar a uno para salvar a miles no debería siquiera ser una duda.

  Meliora apretó los labios antes de girarse hacia Kio.

  —?Qué harías tú… si decidiéramos entregarlo?

  —Eres mi amiga —respondió Kio sin rodeos—, pero mi misión es proteger al muchacho y a su hermana. Y no permitiré que lo entreguen. Bajo ninguna circunstancia.

  No hubo réplica inmediata.

  En medio del alboroto, el mensajero dio media vuelta y abandonó la sala como si nada de aquello le incumbiera.

  Atravesó el frente del palacio, pasando junto al jardín donde se encontraban Zein y los demás.

  Zein lo vio de reojo. Algo en su andar le resultó extra?o.

  Entonces ocurrió.

  La cabeza del mensajero se giró de golpe hacia él, en un movimiento antinatural. Sus ojos brillaron de un blanco antinatural, y una sonrisa demasiado amplia se dibujó en su rostro.

  Zein se frotó los ojos con fuerza.

  Cuando volvió a mirar, el mensajero seguía caminando, indiferente, como si nunca lo hubiera notado.

  Pero el frío que le recorrió la espalda no desapareció.

  De regreso en la sala, el orden se había roto por completo.

  Algunos generales intentaban marcharse, murmurando nombres, hogares, promesas que quizá no alcanzarían a cumplir. Otros permanecían sentados, la mirada perdida, como si la derrota ya hubiera pasado lista. Había quienes discutían a gritos, chocando visiones como espadas sin filo.

  Meliora alzó la voz.

  No fue un grito. Fue firme. Y bastó.

  —Perdonen… —dijo—. No sé leer mapas ni calcular cuánta pólvora puede cargar un hombre. Nunca imaginé estar aquí. Y mucho menos hoy.

  Se limpió las manos en la falda y descendió del estrado. El sonido de sus pasos fue suave, pero cada uno pareció marcar el ritmo de la sala.

  —Los oigo decir que es imposible. Que son demasiados. Pero ellos no conocen nuestro frío… ni el viento cuando baja de la monta?a y se mete en los huesos. Ellos vienen por órdenes, por un ducado que es solo una palabra en un pergamino. Nosotros estamos aquí porque no tenemos a dónde huir. Este es nuestro hogar.

  Se detuvo.

  —Mi padre decía que el invierno no castiga la tierra… la prepara. Quizá esto sea eso. Preparación. No sé cómo vamos a ganar. Pero sé que si ustedes, los valientes, se rinden ahora… ?qué nos queda a los demás?

  El silencio empezó a ganar terreno.

  —No necesitamos ser más que ellos. Solo resistir más. Yo me quedaré aquí. Con ustedes. Si Ilmenor va a caer… que nos encuentre cuidando lo que amamos. No peleando entre nosotros.

  Las discusiones se apagaron poco a poco. Algunas miradas bajaron. Otras se endurecieron, distintas, pero decididas.

  Era su hogar. No había otro lugar al cual volver.

  Tras aquella reunión, aún cargada de tensión, Ilmenor trazó un plan. Se establecerían líneas de contención en las murallas cuarta y tercera, retrasando el avance imperial lo más posible.

  Y, conscientes de lo que el enemigo haría con las aldeas cercanas, tomaron una decisión impensable.

  Las puertas de Ilmenor se abrirían.

  Para todos.

  La se?al se envió al amanecer.

  Quienes aún vivían fuera de Ilmenor abandonaron sus hogares con lo puesto. Se llevaron a los suyos, prendieron fuego a graneros, establos y talleres, y emprendieron el camino bajo la nieve. Las columnas de humo se alzaban a lo lejos, negras contra el cielo blanco, dejando atrás pueblos vacíos y silenciosos.

  Nada debía quedar para el enemigo.

  Durante los días siguientes, con el invierno cayendo sin tregua, Ilmenor se convirtió en un hervidero de movimiento. Carretas atascadas en la nieve, familias apretadas en las calles, soldados marcando rutas, nombres anotados con prisa. Nunca tanta gente había cruzado sus puertas.

  Dentro de la ciudad, la rutina desapareció.

  Las aulas quedaron vacías. Los patios se llenaron de cajas, vendas, listas y turnos. Los alumnos ayudaban donde hiciera falta: cargando víveres, reforzando posiciones, trasladando heridos. Algunos afilaban armas en silencio, otros practicaban formaciones con manos temblorosas.

  Meliora no se quedó atrás.

  Se la veía entre la gente, escuchando, organizando, corrigiendo rutas, con el frío calándole los dedos igual que a todos. No había trono. Solo calles estrechas y decisiones constantes.

  Y entonces, el día llegó.

  Tras jornadas de asedio, el Imperio logró abrir la primera muralla. Un estallido seco, seguido de humo y piedra cayendo, abrió una brecha estrecha. Demasiado peque?a para un avance rápido, pero suficiente para anunciar lo inevitable.

  Las tropas imperiales comenzaron a concentrarse, lentas, obligadas a pasar por ese cuello de botella mientras la nieve les mordía las botas.

  Un nuevo mensajero llegó.

  Dos días.

  Dos días para rendirse o enfrentar una invasión sin piedad.

  Nadie se enga?ó. Esos dos días eran para acercar más tropas, para preparar el golpe final. Y no pensaban regalarles ese tiempo.

  Las escaramuzas comenzaron antes del amanecer del primer día. En el bosque cercano, sombras entre los árboles, choques breves, retiradas rápidas, cuerpos que no siempre regresaban.

  El segundo día pasó igual.

  Y al tercero, el Imperio avanzó.

  Desde Ilmenor, la monta?a de la academia se alzó como un ojo vigilante. Desde allí partían se?ales, disparos precisos, movimientos coordinados. Entre los tiradores, Kiomi destacaba, firme, precisa, con la nieve pegándosele al cabello y las manos tensas sobre la cuerda.

  La guerra había llegado a las puertas de Ilmenor.

  Desde las murallas, los soldados disparaban a través de las rejillas de piedra y hierro, asomándose apenas lo justo antes de volver a cubrirse. El humo de los mosquetes quedaba atrapado en el aire frío, espeso, pegándose a la garganta y a la ropa. Tras la primera oleada, el campo frente a Ilmenor desapareció bajo una niebla gris que no dejaba distinguir ni siluetas.

  Los magos de apoyo actuaban de inmediato, empujando el humo con corrientes de aire, abriendo brechas momentáneas para que los tiradores volvieran a disparar. Abajo, quienes intentaban escalar la empinada ladera de la academia apenas avanzaban unos metros antes de ser repelidos; la pendiente, la nieve y el fuego cruzado los obligaban a retroceder o caer.

  Así resistieron dos días.

  Para la noche del segundo, el cansancio ya no se ocultaba. Los soldados permanecían apoyados en la piedra, con los ojos rojos y las manos rígidas. El olor a pólvora se mezclaba con el de las pieles húmedas que envolvían los rifles para protegerlos del frío, un aroma agrio que se metía en la nariz y no se iba. Afuera, cada disparo aislado hacía que más de uno se estremeciera.

  Dormir no era una opción.

  Cerca de la puerta, los heridos eran atendidos a la carrera. Los gemidos y gritos se filtraban entre los pasillos, y para muchos resultaban más difíciles de soportar que el sonido del combate.

  Esa noche, Lucian se llevó a Zein lejos de las murallas.

  Caminaron hasta una peque?a playa del puerto comercial, donde el mar golpeaba con suavidad, oscuro y constante. La arena estaba dura por el frío, y el viento arrastraba sal y humedad. A lo lejos, Ilmenor seguía iluminada por antorchas y fogatas, como una herida abierta en la monta?a.

  Caminaron un rato sin hablar.

  Lucian fue el primero en romper el silencio.

  —La antigua familia imperial vino a reclamar lo que considera suyo… el trono —dijo, con la vista fija en el cielo

  Zein abrió la boca para responder, pero Lucian se detuvo de golpe y se giró hacia él.

  Extendió la palma.

  Por un instante, el aire sobre su piel tembló, como si el mundo dudara. Primero apareció una astilla de sombra, un parpadeo incómodo que hacía doler la vista. Luego, esa mancha comenzó a crecer, a beber de su entorno; la luz cercana se curvó hacia ella, estirándose como hilos que se deshacían antes de tocar el centro.

  El frío pareció intensificarse.

  El vacío se estabilizó en su mano: una esfera peque?a, del tama?o de una bola de billar, negra de una forma antinatural. No reflejaba nada. No brillaba. Simplemente estaba ahí, tragándose todo intento de mirarla directamente.

  —?Sabes? —dijo Lucian sin apartar la vista del cielo—. La humanidad siempre ha mirado hacia arriba. Tan lejos que ha aprendido los nombres de lugares a los que jamás llegará. Se gastan reinos enteros persiguiendo ese sue?o… tocar las estrellas.

  El viento movía las nubes con lentitud.

  —Por eso muchos hechizos nacen de ahí —continuó—. De lo que cae del cielo, de lo que no entendemos. Es lo más cerca que hemos estado de alcanzar esas alturas.

  Zein lo escuchaba en silencio.

  Lucian bajó la mirada hacia la esfera negra que volvió a formarse brevemente en su mano, estable, silenciosa.

  —Este hechizo —dijo— lo desarrollamos Araphor, Kio y yo. No porque quisiéramos destruir… sino porque algunas cosas solo pueden comprenderse si sabes que podrían desaparecer.

  La esfera se disipó.

  Lucian apoyó la mano en el hombro de Zein.

  —Ojalá algún día continúes esta investigación conmigo.

  Los ojos de Zein brillaron.

  —?Claro! —respondió sin dudar—. Es una promesa.

  Lucian sonrió apenas.

  —Nunca huyas de lo que te corresponde —dijo mientras se ponía de pie—. Enfrentarlo es lo único que realmente te hace crecer.

  El sonido seco de los mosquetes rompió el momento.

  Regresaron a Ilmenor de inmediato.

  El combate continuó durante el resto de la noche, lento, agotador, hasta que el amanecer apagó los disparos. Dentro de la muralla nadie se quedó quieto: unos cargaban municiones, otros atendían heridos, otros simplemente sostenían antorchas con manos temblorosas.

  Lucian pasó entre ellos, deteniéndose unos segundos con cada uno del grupo, murmurando palabras que Zein no alcanzaba a escuchar.

  Cuando terminó con Kiomi, se acercó a él.

  —Zein —dijo con seriedad—. ?Recuerdas lo que te dije sobre la responsabilidad?

  —Sí, Lucian… ?por qué…? —alcanzó a decir Zein, confundido por el tono.

  El aire se tensó.

  Antes de que pudiera reaccionar, raíces etéreas brotaron del suelo y le rodearon brazos y piernas, apretándose lo justo para inmovilizarlo. Zein forcejeó, el corazón golpeándole el pecho.

  —Esta es mi responsabilidad —dijo Lucian sin alzar la voz—. Mi deber con esta gente.

  —Oye… ?q-qué estás haciendo? —preguntó Zein, la respiración acelerada.

  Lucian alzó la mano.

  La luz negra que Zein había visto la noche anterior se deshizo en partículas, dóciles, casi cálidas, y se reunieron frente al pecho del muchacho. No ardió. No dolió. Se hundió en él como si siempre hubiera estado ahí.

  Zein contuvo el aliento.

  —Ahora tienes todo el conocimiento del hechizo… —Lucian hizo una breve pausa, como si eligiera con cuidado cada palabra—. Cuando vuelva, lo investigaremos juntos. Por ahora… guárdalo por mí.

  —?Espera! ?No vayas! ?Al menos déjame luchar contigo! —su voz se quebró al final.

  Lucian dio un paso al frente y, con un movimiento preciso, golpeó detrás de su cuello. El mundo de Zein se apagó antes de tocar el suelo.

  Lucian se giró.

  —Perdóname, Kio —dijo en voz baja mientras la rodeaba con un brazo—. Esto… esto me toca a mí.

  La soltó y se acercó a Meliora. No hubo discursos. Solo un abrazo largo, firme, y unas palabras que se perdieron entre el viento frío.

  Kio no dijo nada. Lo observó alejarse, con los pu?os cerrados, sintiendo cómo algo se le escapaba sin poder detenerlo.

  Lucian cruzó la puerta principal de Ilmenor.

  La armadura completa reflejaba el amanecer; el escudo colgaba firme de su brazo, la espada descansaba a su costado. Una tela roja caía desde su hombro derecho, ondeando suavemente con cada paso.

  Avanzó solo.

  —?Escuchen! —su voz retumbó entre las filas—. ?Yo, Lucian Bellamy, pido formalmente un duelo contra su general, Alain Astorio!

  El silencio se extendió como una herida abierta.

  Tras unos instantes, alguien avanzó desde las líneas imperiales.

  Era un elfo de rasgos comunes, orejas cortadas al ras. Cabello negro, ojos cafés, expresión segura. Su armadura negra, cruzada por telas rojas, hablaba de rango y autoridad.

  Caminó con calma, con una sonrisa cargada de orgullo.

  Cuando quedó frente a Lucian, se detuvo.

  —Sabía que el orgullo de uno de los doce más fuertes del Imperio evitaría que te negaras —dijo Lucian, con un dejo burlón que contrastaba con la rigidez de su postura.

  —Vaya que me conoces —respondió Alain, molesto—. ?Y bien?

  —Si yo gano, te vas con todo tu ejército ahora mismo y dejas Ilmenor en paz. Si tú ganas, reclamas el trono de Ilmenor… siempre y cuando el pueblo lo acepte —dijo Lucian, afirmando los pies sobre la tierra, el cuerpo inclinado apenas hacia adelante.

  —Me parece justo —respondió Alain sin emoción—. El que muera pierde este combate.

  Desde la muralla, todo aquel que aún podía sostenerse en pie observaba en silencio. Kio, Lyra y Kiomi no apartaban la vista del campo, tensos, sin respirar del todo. A un costado, Zein permanecía inconsciente, aún atado, ajeno a lo que estaba por suceder.

  El duelo no empezó con un grito ni con una se?al solemne.

  Empezó con el sonido seco del metal.

  Lucian avanzó primero, rompiendo la distancia sin advertencia, pesado, directo, como si quisiera acabar con todo de una vez. Alain clavó el talón en el suelo. La tierra respondió con un crujido áspero; bloques de piedra surgieron de forma irregular, levantándose sin elegancia, formando un pasaje torcido, estrecho, incómodo incluso para respirar.

  Lucian no buscó una salida. Bajó el hombro y empujó. El escudo chocó con la piedra, arrancando fragmentos que le raspaban la armadura. Avanzó a la fuerza, chocando, resbalando, dejando marcas profundas en cada pared al pasar. No había gracia en sus movimientos, solo insistencia.

  Alain sonrió apenas.

  Levantó ambas manos y el aire se tensó con un sonido áspero, como huesos rechinando. Lanzas de piedra se formaron sin orden perfecto, irregulares, toscas. No eran bellas. Eran pesadas. Salieron disparadas al mismo tiempo, llenando el pasillo sin espacio para maniobrar.

  Lucian se cubrió haciendo que el impacto sacudiera todo su cuerpo. El escudo vibró con cada golpe, el metal deformándose poco a poco. Una lanza pasó rozando su pierna y le arrancó un gru?ido ahogado; otra se clavó en su hombro, atravesando una unión de la armadura y desgarrando carne. La sangre comenzó a escurrir de inmediato, caliente, empapando el interior de la placa.

  No se detuvo.

  Salió del pasillo tambaleándose, respirando con dificultad, el cuerpo inclinado hacia adelante como si cargara un peso invisible. Alain abrió los ojos apenas un instante de más. No esperaba que siguiera en pie.

  Lucian llegó hasta él sin levantar la espada.

  El golpe fue corto, torpe, directo al cuerpo. El escudo chocó contra el pecho de Alain, sacándole el aire. El bastón del general subió a destiempo y apenas logró desviar el filo que buscaba su cuello.

  Lucian saltó.

  No fue un movimiento elegante ni calculado; fue un cuerpo agotado lanzándose por pura decisión. La espada descendió en un arco vertical, arrastrando consigo el peso de la armadura, el cansancio acumulado y todo lo que aún le quedaba por dar. El bastón de Alain —aquel símbolo de mando y poder— crujió al primer contacto, la madera partiéndose como si siempre hubiera estado destinada a fallar. Astillas volaron en el aire helado.

  El acero no encontró resistencia.

  La hoja cruzó el hombro y el pecho de Alain en una diagonal perfecta. El impacto lo hizo retroceder un paso… dos. Sus manos se abrieron, temblorosas, intentando aferrarse a algo que ya no estaba allí. Cayó de rodillas y luego de costado sobre la nieve, que empezó a oscurecerse bajo su cuerpo. No hubo palabras finales, ni maldiciones, ni promesas. Solo un jadeo ahogado que se perdió entre el viento.

  Lucian permaneció de pie unos segundos, respirando con dificultad. La sangre le corría por el brazo y se enfriaba sobre el metal. Miró el cuerpo en el suelo sin expresión alguna, como si ya no tuviera fuerzas ni siquiera para sentir alivio.

  Entonces se dio la vuelta.

  Guardó la espada con un cuidado casi reverente, como si aquel gesto le devolviera algo de orden al mundo. La nieve comenzó a caer con más fuerza, cubriendo poco a poco las huellas del combate.

  —Parece que ese título te quedaba bastante grande… no eras la gran cosa —murmuró, alejándose paso a paso.

  No escuchó nada.

  No vio cómo, detrás de él, el cuerpo de Alain se movía.

  El ataque fue torpe, desesperado, pero suficiente. Una cuchilla se hundió en la espalda de Lucian, entre placas mal cerradas. El aire se le escapó de los pulmones en un solo golpe. Trató de girarse, de levantar el escudo, de hacer algo… pero ya era tarde.

  El segundo corte fue limpio.

  El mundo se inclinó bruscamente y luego se separó en dos. La cabeza de Lucian rodó sobre la nieve, dejando tras de sí un rastro oscuro que contrastaba con el blanco. Su cuerpo cayó un instante después, pesado, inútil.

  En ese mismo momento, Zein abrió los ojos.

  No entendía dónde estaba. El frío, los gritos lejanos, el peso en el pecho… y luego la visión frente a él. Su respiración se cortó antes de poder transformarse en un grito.

  ?Perdóname, chico… Ojalá jamás te hubiera conocido. Tal vez así no dolería tanto?, fue el último pensamiento que cruzó por la mente de Lucian, atrapado para siempre en ese instante.

  Alain se incorporó con dificultad. La herida que había debido matarlo brilló débilmente, cerrándose poco a poco, como si nunca hubiera sido real. Con manos manchadas de sangre, alzó la cabeza de Lucian por el cabello.

  La expresión había quedado fija en su rostro: sorpresa, dolor… y algo más, algo parecido a la tristeza.

  El general la levantó para que todos la vieran.

  Desde las murallas, el silencio duró apenas un latido… antes de romperse.

  Los gritos de victoria del ejército del Imperio se alzaron como una marea oscura. A ellos se mezclaron otros sonidos: voces quebradas, alaridos ahogados, nombres pronunciados sin respuesta. Kio sintió que las piernas le fallaban. Kiomi se llevó la mano a la boca, incapaz de emitir sonido alguno. Lyra no entendía del todo, pero el nudo en el pecho le dijo que algo irremediable acababa de ocurrir.

  La nieve siguió cayendo.

  Se posó sobre el cuerpo sin cabeza de Lucian.

  Se ti?ó lentamente de rojo.

  Y en Ilmenor, mientras el amanecer avanzaba sin piedad, nadie sabía qué sería peor: la derrota que se avecinaba…

  o vivir en un mundo donde Lucian Bellamy ya no estaba.

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