**Perspectiva de Aada**
En esta misma noche, veo a mi hermano peque?o, vestido con un adorable traje que resalta su inocencia y su cabello negro. Este último pensamiento provoca en mí una extra?a sensación en el pecho. Cuando lo tomo entre mis brazos, una sirvienta entra en la habitación y dice:
—Mi se?ora, sus padres la esperan en el comedor principal.
Abrazándolo para reunir valor, le sonrío con la mejor expresión que puedo forzar:
—Está bien.
Al dirigirnos a la sala, el silencio que nos rodea se vuelve incómodo. Mis padres están sentados en la mesa del comedor: mi padre en el lugar que le corresponde como cabeza de familia y mi madre a su lado derecho, lo que hace que la mesa parezca demasiado grande para solo dos personas. Entrego a mi hermano a la sirvienta, quien lo coloca en el lado opuesto al de mi madre para darle de comer, mientras yo me siento junto a ella para iniciar la comida. Mis padres me observan con severidad y dicen, sin dirigir una sola mirada a él:
—Dentro de tres a?os comenzaremos nuestro plan y derrocaremos a los principales miembros de esta familia; así podremos recuperar lo que nos pertenece.
Interrumpiendo esa oración con irritación, le digo a mi padre:
—Debemos dar gracias a Dios y comer antes de hablar de otra cosa; para eso estamos aquí.
Después de todo, les pedí esto por mi cumplea?os.
Mi padre, con una expresión que no oculta su ira, responde:
—Sabes que no podemos distraernos; esto es importante, mucho más que tú o yo. El mundo podría verse gravemente afectado.
Suspiro y le digo:
—Es solo una noche; después de hoy, tal vez no tengamos más noches como esta.
Antes de que mi padre pueda replicar, mi madre toma su mano y, volviendo su mirada hacia mí, dice:
—Tranquilo, mi amado. Mi ni?a, sabes que debemos hacer lo que corresponde; es nuestro deber, ya que nuestra familia es un pilar fundamental en esta era de paz. Si no lo hacemos, algo muy malo podría pasar.
Tomando aire y mirando a mi hermano, respondo:
—Lo sé, mamá; sé por qué lo hacemos y las consecuencias de fallar, pero no debemos olvidar que somos humanos. Si no disfrutamos de un momento como este, seremos iguales que ellos.
Una peque?a risa melancólica brota de ella, y replica:
—Perdóname, mi ni?a, por el peso que te estamos otorgando, pero debemos hacer lo necesario para salvar lo que representamos y lo que podría ocurrir si fracasamos.
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Mirando a mi hermano y tragando saliva, respondo:
—Lo sé, no te preocupes; haremos lo mejor que podamos.
Justo en ese instante, mi hermano comienza a llorar, y con ese gesto, la melancolía del ambiente se desvanece. Mi madre le habla a la sirvienta y se lleva a mi hermano del comedor, girando su cuerpo para mostrar que hay algo mucho más importante. Me dice:
—Tu potencial es impresionante; por eso te hemos encomendado dar la estocada final y liderar.
Esas palabras y el silencio posterior despliegan un peso inmenso sobre mí. Bajando la cabeza, le digo:
—No te preocupes, lo haré, y mi hermano estará a salvo de todo esto.
Mi padre, mirándome, habla con una voz que revela el peso que también él carga:
—Lo lamento, hija, pero desde que nuestro nuevo líder se instaló al frente de la familia principal, ha demostrado que trae consigo algo oscuro.
Reuniendo la determinación que me inspira mi hermano, lo miro y le digo:
—Lo sé; con la desconexión de tres de las cinco familias superiores, nuestros planes se han adelantado... comprendo.
Mi madre interrumpe:
—Solo tenemos tres a?os; ese es el tiempo que tomará tener el poder necesario para derrocar a nuestro líder y a quienes lo apoyen.
Respirando hondo, veo que mi hermano regresa y le hago una se?al a la sirvienta para que lo asiente a mi lado. Acariciando a mi hermano, le digo a mi madre:
—Es hora de comer.
Mis padres asienten con resignación.
Al final de la noche, mis padres salen de la casa para continuar preparando nuestro plan.
Tomando a mi hermano en brazos, lo llevo a su cuarto en la parte superior de la mansión para dejarlo dormir. él me mira y, con un poco de sue?o en su voz, dice:
—Me duele otra vez.
Con una expresión confundida, le respondo:
—Te sobaré el pecho para que te pase. Pensando por un momento, a?ado: Pediré que te vuelvan a revisar, aunque lo último que me dijeron fue que tu dolor era solo un golpe leve por jugar.
Saliendo silenciosamente de su cuarto, apago las luces y cierro la puerta. Al mirarlo por última vez, me dirijo a mi habitación, que está enfrente de la suya. Al entrar, me tiro en la cama, tomando un respiro profundo. Miro al techo y los pensamientos de todo lo que ha pasado me inundan. Desde que nací, mis padres vieron mi talento para sentir el mana y manipularlo, lo que era un indicio de poder. Por eso, decidieron llevarme a entrenar para liderar a mi familia en la búsqueda del trono y derrocar a nuestro nuevo rey, quien, desde su coronación, ha tenido extra?os rumores rodeándolo, como su conducta con los asentamientos vecinos o el rompimiento de amistad con la ciudad sagrada. Sin importar lo que ha hecho o lo que está haciendo, su sangre lo llevó al trono.
En este momento, tres de las familias principales se han mantenido aisladas, incluso de las otras dos, incluida la nuestra. Ante esta situación, mis padres se unieron a la única familia que no ha cortado comunicación y les propusieron unirse para salvar a nuestro clan y lo que representamos, combinando todas nuestras fuerzas para derrocarlo. Y, sobre todo, yo, ya que a pesar de mi edad, soy capaz de pelear en igualdad de condiciones con mi padre, al menos en términos de poder. Ellos, en contra del sentido común o de la seguridad de su propia hija, me entrenaron desde que cumplí siete a?os y, con ello, me forzaron a sacar ese talento con el mana, al sentirlo como si una sensación cálida pero incompleta me invadiera. Con esto, estoy al igual que mi padre, que a su vez está al nivel de los otros cuatro líderes de las familias principales. Juntos, están al nivel del rey, ya que, a pesar del título, debe estar precedido de su propia fuerza.
Tomando un profundo respiro, recuerdo mi única motivación y, entre suspiros, digo:
—Víctor, mi hermano, él es la única persona que logró dar luz a mi mundo, a pesar de todo lo que su nacimiento implicaba. Su llegada no fue un acto de amor, sino un acto de precaución. Si no soy capaz de seguir el guion que mis padres tienen para mí, podrían considerar a mi hermano como el nuevo rey. Por ello, debo ser su protectora. Aun así, debo ir a la academia de nuestro clan; con eso podré tener una oportunidad de averiguar qué le pasa a mi hermano y qué tan grande es la diferencia con los demás líderes, y más que el resto, para cuidarlo, para que tenga una vida normal y evitar el sufrimiento que yo estoy atravesando.

