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Los ladrones de Antigua Luna (Parte 10)

  Rex bajó las escaleras para encontrar a Víctor inmóvil. El haber aterrizado en el concreto sin la oportunidad de mover sus extremidades fue algo que terminó de quitarle la consciencia. Fueran o no graves sus heridas, necesitaba que acomodaran su cuerpo en una posición menos restringida o terminaría torciéndose un músculo.

  “Vamos, amigo” exhaló Rex al cortarle las ataduras. “No te puedes morir, no después de todo lo que hicimos por salvarte”.

  Colocó dos dedos directamente debajo de la nariz de Víctor, haciendo contacto con la punta, y esperó un par de segundos. Si no salía aire, significaba que Víctor había dejado de respirar.

  Verónica bajó las escaleras también, fallando en notar la gravedad de la situación. Ordenó a Rex que se apurara para seguir persiguiendo a los hermanos Severino. Sin embargo, al ver que una parte de la cabellera de Víctor estaba manchada de lo que parecía ser grasa negra, se quedó callada. Inspeccionó más de cerca, ayudándose de la luz de la luna, y notó que no se trataba de grasa, sino de sangre.

  Rex mantenía los dedos debajo la nariz del hombre. Sus propios latidos empezaban a sentirse pesados, distrayéndolo de la sensación que buscaba percibir.

  De repente, calor cayó sobre la mano de Rex. Una cascada suave de viento le hizo confirmar que su amigo aún seguía con vida.

  Terminó de quitarle las ataduras. Esto pareció devolverle un poco de aliento a Víctor, haciéndolo recuperar bastante energía, casi en un arranque, lo cual hizo que tosiera y entreabriera los ojos.

  —?Estoy muerto?

  Rex sonrió con alivio.

  —Si lo estuvieras, no me estarías viendo.

  Verónica y Rex ayudaron a Víctor a levantarse, pero este último fracasó en dar más que un par de pasos antes de que le temblaran las rodillas y perdiera el equilibrio. Cayó detenido por Rex y la se?orita Lombarde, mientras atestiguaban cómo el conocimiento abandonaba nuevamente la mirada del oficial.

  —Creo que necesita un médico —anunció Rex.

  Mientras tanto, bajo el cielo nocturno, Enya y sus dos hermanos abandonaban la escena del crimen, cargando consigo una bolsa llena de diamantes. Aunque el atraco había sido un éxito, Enya se sentía lejos de celebrar.

  —?Qué demonios te sucede? —reclamó Enya a Jerónimo.

  —Enya… —dijo Liz.

  —??Enya?! —repitió la misma, incrédula—. ?él es quien debería ser rega?ado! ?Arruinó todo!

  Sin embargo, la hermana mayor, llena de rabia, se detuvo para encarar a la hermana más joven.

  —La próxima vez que quieras dejar vivo a alguien, sólo dilo. Estoy cansada de tus pretextos.

  Jerónimo se burló, pero Liz lo encaró también.

  —?Y tú…! Enya tiene razón. Arruinaste todo con tu pistola. —Lo golpeó—. El punto de robar en la noche… ?Es no hacer ruido!

  —Pues quizá estoy cansado de actuar como un miedoso —exclamó Jerónimo.

  Liz, que esperaba seguir caminando siendo seguida en silencio, tensó los músculos de su voz.

  —?Qué acabas de decirme?

  —Yo no soy cobarde como ustedes. Yo jamás accedí a movernos al este. ?Yo no le tengo miedo al Monstruo!

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  Liz sacó su propia pistola y apuntó a Jerónimo.

  El rostro del hermano menor, y el de Enya, se llenaron de palidez.

  —?Sientes miedo ahora?

  Enya y Jerónimo se quedaron callados.

  —??Lo sientes?!

  Jerónimo balbuceó que sí.

  —Ustedes no lo entienden —siguió hablando Liz—. Ustedes son lo más cercano que tengo a…

  De repente, se abstuvo. Era un pensamiento vergonzoso.

  —Hijos. Yo le ense?é a Enya a leer. Yo te cambié los pa?ales, Jerónimo.

  Lentamente bajó el arma.

  —Si sentiste miedo cuando te apunté, ese es el miedo que siento todos los días por sólo imaginar que el Monstruo les hace algo.

  Enya y Jerónimo intercambiaron una mirada que era una mezcla entre compasión y vergüenza por su anterior comportamiento, aunque el hermano no se calmó del todo.

  —Perdón —musitó Enya.

  —Pero James no está aquí —dijo el varón—. Y, honestamente, ya estoy harto de robar por los techos.

  Liz le dirigió una mirada desafiante, pero Jerónimo no desistió.

  —No hay más ciudades al este de aquí; solo pueblitos. ?Dejaremos de robar?

  —Sacamos un buen botín de aquí —opinó Enya.

  —No. Se nos acabará en cuerdas y arneses y en los estúpidos sobornos que pagamos. Le prometimos un cuarto de esto a Mildred solo por abrir la boca sobre la joyería equivocada —gru?ó—, pero yo no la vi balanceándose y arriesgando su pellejo por estas monedas.

  —Jerónimo… —advirtió Liz.

  —Yo digo que no le demos nada. —Se irguió, más retador—. ?Qué va a hacer? ?Acusarnos con los oficiales?

  Enya pareció considerarlo, pero la hermana mayor sacudió la cabeza, acercándose a Jerónimo para picarle el pecho con el índice y recriminarlo.

  —Así no es como hacemos las cosas.

  —?Según quién? ?Tú? Así fue como me agarraron hace tres a?os.

  Los labios de Liz se estrujaron hasta formar una línea delgada, y Enya trató de interponerse entre sus hermanos, pero ambos estaban tan firmes que no le permitieron empujarlos.

  —No peleen. Jerónimo, así nos evitamos problemas…

  —No. Solo nos damos otros problemas. Tenemos que hacer acrobacias para conseguir dinero. Literalmente.

  Liz se cruzó de brazos y lo miró con dureza.

  —?Y entonces qué quieres? ?Entrar a balazos a las joyerías como si fuéramos unos bandidos?

  —?Somos unos bandidos! ?Y sí! —Sacó su pistola y la blandió en el aire—. Quiero que nos dejemos de preocupar por los malditos testigos. Podríamos ganar mucho más dinero mucho más rápido si tan solo disparáramos estas cosas.

  —Son para protección —le recordó Liz.

  —Pues si el otro sujeto también le vio la cara a Enya, las vamos a necesitar. El oficial y la mujer se cayeron, pero aún queda un cabo suelto.

  La mayor odiaba admitirlo, pero su hermano tenía razón: el tercer cazarrecompensas sería un problema, sobre todo ahora que le habían matado a sus compa?eros.

  —Tenemos que irnos esta noche —concluyó.

  —?Sin pagarle a Mildred? Ella también nos vio —preguntó Enya, nerviosa.

  Liz intercambió una mirada sombría con Jerónimo. El hermano entendió y sonrió con malicia; no tendrían que compartir su botín después de todo.

  —Jerónimo irá a verla. Tú y yo moveremos el botín a la carreta.

  Enya asintió, desanimada por lo que sus hermanos habían decidido hacer, pero no los cuestionó. Quizás tenían razón.

  —Las veo en el punto de encuentro —dijo él, dejando atrás su bolsa para viajar ligero.

  —Vamos —ordenó Liz a Enya con seriedad.

  En otra parte de la ciudad, Rex golpeaba la puerta del médico. Verónica se había quedado con Víctor en el edificio junto a la joyería.

  —?Por favor, abra! —gritó.

  Una luz se encendió en el interior de la oficina y se escucharon unos pasos lentos. El doctor abrió la puerta, claramente recién despertado; estaba en ropa de dormir y sostenía su portavelas.

  —?Qué sucede? —preguntó—. ?Quién es usted?

  —Los hermanos Severino asaltaron Diamantes Holly y hay al menos dos heridos —bramó Rex—. Tiene que ir a verlos.

  El doctor se tardó unos segundos más en espabilarse.

  —?Eh? ?Ya avisó a los oficiales?

  Rex mintió y respondió afirmativamente. No quería perder más tiempo con el médico o la autoridad, pues tenía que ir a confrontar a la se?orita Bustamante, quien les había mentido a todos. Si sabía más sobre los hermanos Severino, lo averiguaría.

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